Dinamarca fue ocupada por Alemania el 9 de abril de 1940 en una operación relámpago que apenas encontró oposición militar. El gobierno danés, consciente de la imposibilidad de resistir, optó por una política de cooperación controlada que convirtió al país en un caso único dentro de la Europa ocupada. Sin embargo, bajo esa apariencia de normalidad, la resistencia fue creciendo de forma gradual hasta convertirse en uno de los movimientos más eficaces del continente, coronado por una hazaña sin precedentes: el rescate de prácticamente toda la comunidad judía danesa.

La ocupación y la política de cooperación
La invasión de Dinamarca duró apenas unas horas. El ejército danés, con menos de quince mil soldados, no podía enfrentarse a la Wehrmacht, y el rey Cristián X ordenó el alto el fuego para evitar un baño de sangre. A cambio, Alemania ofreció unas condiciones de ocupación relativamente benignas: el gobierno danés seguiría funcionando, el parlamento continuaría abierto y la policía danesa mantendría el orden interno.
Esta situación, conocida como la «política de cooperación», permitió a Dinamarca conservar una autonomía formal que ningún otro país ocupado disfrutó. Los alemanes necesitaban la producción agrícola danesa —mantequilla, tocino, carne— para alimentar a sus tropas, y preferían un país tranquilo a uno rebelde. Durante los primeros años, muchos daneses aceptaron esta realidad pragmática, aunque el resentimiento contra el ocupante fue creciendo en silencio.
El rey Cristián X se convirtió en un símbolo de dignidad nacional. Sus paseos diarios a caballo por Copenhague, sin escolta, eran interpretados como un acto de resistencia pacífica. Aunque la leyenda de que llevó una estrella de David es un mito —los judíos daneses nunca fueron obligados a llevarla—, su actitud firme ante los alemanes inspiró a la población.
Los primeros actos de resistencia
La resistencia danesa no surgió de la noche a la mañana. En los primeros meses de ocupación, las manifestaciones de oposición se limitaron a gestos simbólicos: llevar insignias con los colores nacionales, cantar canciones patrióticas, boicotear productos alemanes. Los periódicos clandestinos fueron una de las primeras formas organizadas de resistencia, y hacia 1942 circulaban decenas de publicaciones ilegales que informaban sobre el curso real de la guerra.
El sabotaje industrial comenzó de forma esporádica en 1942 y se intensificó dramáticamente en 1943. Los objetivos principales eran las fábricas que producían para Alemania, las vías férreas y las instalaciones portuarias. El grupo BOPA (Borgerlige Partisaner), de orientación comunista, fue uno de los más activos en Copenhague, mientras que Holger Danske se especializó en acciones de sabotaje y liquidación de colaboracionistas.
El SOE británico desempeñó un papel crucial en el apoyo a la resistencia danesa. Agentes entrenados en Gran Bretaña fueron paracaidados en territorio danés para coordinar operaciones, suministrar explosivos y establecer comunicaciones con Londres. La cooperación entre el SOE y los grupos locales permitió que el sabotaje alcanzara una eficacia notable.
La crisis de agosto de 1943
El punto de inflexión llegó en agosto de 1943. Una oleada de huelgas y disturbios en varias ciudades danesas llevó a los alemanes a presentar un ultimátum al gobierno: debía declarar el estado de emergencia, prohibir las reuniones públicas e imponer la pena de muerte para los saboteadores. El gobierno se negó y dimitió el 29 de agosto. Los alemanes declararon la ley marcial y desarmaron al ejército danés.
La marina danesa, en un acto de desafío extraordinario, hundió la mayor parte de su propia flota en el puerto de Copenhague para evitar que cayera en manos alemanas. Varios buques lograron escapar a Suecia. Este episodio galvanizó a la población y marcó el fin de la cooperación y el comienzo de una resistencia abierta y generalizada.
Tras la caída del gobierno, se creó el Consejo de la Libertad (Frihedsrådet), un organismo clandestino que coordinó las actividades de los distintos grupos de resistencia. El Consejo funcionó como un gobierno en la sombra, planificando operaciones de sabotaje, organizando redes de evasión y manteniendo contacto con los Aliados.
El rescate de los judíos daneses
La hazaña más extraordinaria de la resistencia danesa fue el rescate de los judíos en octubre de 1943. Cuando las autoridades alemanas decidieron deportar a los aproximadamente ocho mil judíos daneses, la noticia se filtró gracias al diplomático alemán Georg Ferdinand Duckwitz, que avisó a políticos daneses con antelación.
En apenas tres semanas, entre finales de septiembre y mediados de octubre de 1943, la población danesa organizó una operación de rescate sin precedentes. Pescadores, marineros, médicos, policías, sacerdotes y ciudadanos corrientes colaboraron para trasladar a los judíos a la costa y cruzarlos en barcos pesqueros hasta la neutral Suecia. Aproximadamente 7.220 judíos y 680 familiares no judíos fueron evacuados con éxito. Solo unos 480 fueron capturados por los alemanes y deportados a Theresienstadt, donde la mayoría sobrevivió gracias a la presión diplomática danesa.
Este episodio no fue solo un acto de humanidad individual, sino una respuesta colectiva de toda una sociedad. Hospitales escondieron a familias judías en sus instalaciones, iglesias proporcionaron refugio, empresarios financiaron los traslados y la policía danesa se negó a participar en las redadas. La operación demostró que, cuando una sociedad entera rechaza la persecución, incluso el aparato nazi puede ser derrotado.
El sabotaje y la guerra abierta
Tras la crisis de 1943, el sabotaje se multiplicó. Los grupos de resistencia atacaron fábricas de armamento, volaron puentes ferroviarios y sabotearon líneas de comunicación. En 1944, el número de acciones de sabotaje superó las mil, y la producción industrial destinada a Alemania se redujo significativamente.
La huelga general de Copenhague en junio de 1944, provocada por la ejecución de un popular líder de la resistencia, paralizó la capital durante varios días y obligó a los alemanes a negociar. Fue una demostración de fuerza que mostró la capacidad de movilización de la resistencia.
Los alemanes respondieron con dureza: disolvieron la policía danesa en septiembre de 1944, deportando a casi dos mil agentes a campos de concentración en Alemania. El grupo Schalburgkorps, formado por colaboracionistas daneses, llevó a cabo acciones de terror contra la población civil, incluyendo asesinatos y sabotajes diseñados para parecer obra de la resistencia.
A pesar de la represión, la resistencia continuó creciendo. Para la primavera de 1945, unos cincuenta mil daneses estaban organizados en grupos armados listos para actuar cuando llegara la liberación.
La liberación y el legado
Dinamarca fue liberada el 5 de mayo de 1945, cuando las fuerzas alemanas en el país se rindieron tras la capitulación general. La resistencia danesa desempeñó un papel activo en los últimos días, asegurando infraestructuras clave y deteniendo a colaboracionistas. La transición fue relativamente pacífica, aunque se produjeron ajustes de cuentas con quienes habían colaborado con el ocupante.
Tras la guerra, unos trece mil daneses fueron procesados por colaboracionismo. Cuarenta y seis recibieron la pena de muerte, aunque solo se ejecutaron los casos más graves. La depuración fue menos violenta que en Francia o los Países Bajos, en parte porque la línea entre cooperación y colaboración había sido más difusa en Dinamarca.
El legado de la resistencia danesa reside en dos lecciones fundamentales. La primera es que la resistencia puede adoptar muchas formas: desde el sabotaje armado hasta la desobediencia civil, desde la prensa clandestina hasta el rescate de perseguidos. La segunda es que el rescate de los judíos daneses demostró que la solidaridad colectiva puede prevalecer frente a la maquinaria del genocidio, una lección que sigue siendo relevante para cualquier sociedad que se enfrente a la injusticia organizada.