Bélgica cayó ante la ofensiva alemana en apenas dieciocho días en mayo de 1940, un colapso militar que dejó al país sumido en la confusión y el desconcierto. El rey Leopoldo III decidió quedarse con sus tropas y firmó la capitulación, mientras el gobierno marchaba al exilio en Londres. Bajo la ocupación, una sociedad dividida entre flamencos y valones, entre monárquicos y republicanos, encontró en la resistencia un terreno común que movilizó a decenas de miles de personas en actividades que iban desde el espionaje hasta el sabotaje y el rescate de perseguidos.

El inicio de la ocupación
La administración militar alemana se instaló en Bruselas bajo el mando del general Alexander von Falkenhausen. A diferencia de Francia, Bélgica no tuvo un gobierno colaboracionista formal, sino una administración militar directa que gobernaba a través de los secretarios generales belgas, funcionarios que permanecieron en sus puestos para mantener la administración civil funcionando.
La decisión del rey Leopoldo III de permanecer en Bélgica y capitular ante los alemanes provocó una profunda división. Muchos belgas lo consideraron un traidor, mientras otros lo veían como un prisionero que había evitado mayor derramamiento de sangre. Esta controversia, conocida como la «cuestión real», envenenó la política belga durante décadas.
Los alemanes intentaron explotar las tensiones entre flamencos y valones. Movimientos como el VNV (Vlaams Nationaal Verbond) y el Rex de Léon Degrelle, que ya antes de la guerra habían mostrado simpatías fascistas, colaboraron abiertamente con el ocupante. Miles de voluntarios belgas se alistaron en la Wehrmacht y las Waffen-SS, formando unidades como la División Wallonien y la División Langemarck.
Las redes de evasión
Una de las contribuciones más importantes de la resistencia belga fue la creación de redes de evasión que permitieron a miles de soldados aliados, aviadores derribados y fugitivos escapar de la Europa ocupada. La red Comète, fundada en 1941 por la joven enfermera Andrée de Jongh, fue la más célebre. Desde Bruselas, la ruta atravesaba Francia hasta los Pirineos, donde guías vascos conducían a los evadidos hasta España y finalmente a Gibraltar.
La red Comète evacuó a más de ochocientos aviadores aliados durante la guerra. Andrée de Jongh, conocida como «Dédée», realizó personalmente más de treinta travesías de los Pirineos antes de ser arrestada en enero de 1943. Deportada a Ravensbrück, sobrevivió a la guerra y fue condecorada por los gobiernos británico, belga y estadounidense.
Otra red destacada fue la línea Pat O'Leary, que operaba entre Bruselas y Marsella. Estas redes dependían de una cadena de casas seguras, documentos falsos y guías locales, y su funcionamiento requería una disciplina extraordinaria, ya que la infiltración de un solo agente enemigo podía destruir toda la organización.
Espionaje e inteligencia
El servicio de inteligencia de la resistencia belga fue uno de los más eficaces de Europa. La red Clarence, dirigida por Walthère Dewé, suministró información militar de primera importancia a los Aliados. Dewé ya había dirigido una red de espionaje durante la Primera Guerra Mundial —la célebre red La Dame Blanche— y aplicó su experiencia para crear una organización compartimentada y disciplinada.
La red Clarence proporcionó datos sobre movimientos de tropas, instalaciones defensivas, producción industrial y el despliegue de las armas V-1 y V-2. Sus informes llegaban a Londres a través de transmisores clandestinos y correos que cruzaban las fronteras. Walthère Dewé fue asesinado por la Gestapo en enero de 1944, pero la red siguió funcionando hasta la liberación.
El SOE británico también operó activamente en Bélgica, enviando agentes y suministros para apoyar las operaciones de sabotaje y recopilación de inteligencia. La cooperación entre las redes belgas y los servicios aliados fue un factor clave en la preparación del Día D.
La prensa clandestina
La prensa clandestina desempeñó un papel fundamental en mantener la moral de la población y contrarrestar la propaganda alemana. Se estima que circularon más de trescientas publicaciones ilegales durante la ocupación, desde hojas mimeografiadas hasta periódicos con tiradas de miles de ejemplares.
La Libre Belgique, que ya había publicado ediciones clandestinas durante la Primera Guerra Mundial, reapareció como periódico de resistencia. Le Faux Soir, una edición falsa del periódico colaboracionista Le Soir, fue una de las operaciones de propaganda más audaces: el 9 de noviembre de 1943, los resistentes distribuyeron cincuenta mil copias de un Le Soir falso que parodiaba la propaganda nazi con noticias inventadas sobre las derrotas alemanas.
El sabotaje industrial y ferroviario
Los grupos de sabotaje atacaron sistemáticamente la infraestructura industrial y de transporte que servía al esfuerzo bélico alemán. Las vías férreas fueron un objetivo prioritario, ya que Bélgica era un nodo crucial en la red de comunicaciones alemanas entre el Ruhr y Francia.
El Ejército Secreto (Armée Secrète), vinculado al gobierno en el exilio, coordinó gran parte de las operaciones militares de la resistencia. Junto a él operaban los Partisanos Armados (Partisans Armés), de orientación comunista, que llevaron a cabo acciones más agresivas, incluyendo ataques contra soldados alemanes y colaboracionistas.
El Frente de la Independencia (Front de l'Indépendance) fue un movimiento amplio que agrupó a resistentes de todas las tendencias políticas. Su capacidad para movilizar a sectores diversos de la sociedad belga —desde católicos hasta comunistas, desde intelectuales hasta obreros— fue una de sus fortalezas.
El rescate de judíos y perseguidos
Bélgica tenía una comunidad judía de unas sesenta y seis mil personas antes de la guerra, la mayoría inmigrantes recientes que carecían de la ciudadanía belga. La Gestapo y sus colaboradores locales deportaron a aproximadamente veinticinco mil judíos desde el campo de tránsito de Malinas (Mechelen) hacia Auschwitz y otros campos de exterminio.
Sin embargo, la resistencia logró salvar a miles de perseguidos. El Comité de Defensa de los Judíos (Comité de Défense des Juifs), creado en 1942, organizó la ocultación de niños judíos en familias, conventos e instituciones católicas. Se estima que unos tres mil niños fueron salvados de esta manera. Figuras como la resistente Yvonne Jospa y el padre Bruno Reynders arriesgaron sus vidas para proteger a los más vulnerables.
Un episodio memorable fue el asalto al vigésimo convoy de deportación el 19 de abril de 1943. Tres jóvenes resistentes —Youra Livchitz, Jean Franklemon y Robert Maistriau— detuvieron el tren que transportaba judíos hacia Auschwitz y lograron liberar a diecisiete deportados. Fue el único ataque a un convoy de deportación en toda la Europa ocupada.
La liberación y las consecuencias
Bélgica fue liberada en septiembre de 1944 por las fuerzas británicas y estadounidenses, con la participación activa de la resistencia. Los combatientes belgas aseguraron puentes, liberaron prisioneros y detuvieron a colaboracionistas. Sin embargo, la liberación no fue completa: la ofensiva de las Ardenas en diciembre de 1944 devolvió temporalmente parte del territorio belga al control alemán.
Tras la guerra, la depuración fue severa. Más de cincuenta mil personas fueron procesadas por colaboracionismo, y varios cientos fueron ejecutadas. La «cuestión real» sobre la conducta de Leopoldo III provocó una crisis política que no se resolvió hasta 1950, cuando el rey abdicó en favor de su hijo Balduino.
La resistencia belga dejó un legado de coraje y solidaridad. Sus redes de evasión salvaron a cientos de aviadores aliados, su espionaje contribuyó decisivamente a las operaciones militares aliadas, y su rescate de judíos fue un ejemplo de humanidad en tiempos de barbarie. El país pagó un precio alto: más de treinta y cinco mil civiles belgas murieron durante la ocupación, y las heridas de la colaboración tardaron generaciones en cicatrizar.