Austria ocupa un lugar singular en la historia de la SGM. Incorporada al Tercer Reich mediante el Anschluss de marzo de 1938, no fue tratada como un país ocupado sino como parte integral de Alemania. Los austriacos sirvieron en la Wehrmacht, trabajaron en la industria de guerra y participaron en todos los aspectos del esfuerzo bélico alemán. Sin embargo, desde el principio hubo quienes se opusieron al régimen nazi, pagando un precio desproporcionado por su resistencia: más de dos mil setecientos austriacos fueron ejecutados por motivos políticos y decenas de miles fueron encarcelados en campos de concentración.

El Anschluss y la disolución de Austria
El Anschluss del 12 de marzo de 1938 fue recibido con entusiasmo por una parte significativa de la población austriaca. Las imágenes de multitudes jubilosas saludando a Hitler en Viena han definido durante décadas la narrativa sobre la anexión. Sin embargo, esta imagen es parcial. Austria ya vivía bajo una dictadura conservadora desde 1934, y los partidos de izquierda y los demócratas llevaban años siendo perseguidos. Muchos austriacos que se oponían al nazismo ya estaban silenciados, exiliados o encarcelados antes de la llegada de Hitler.
La represión fue inmediata y feroz. En los días siguientes al Anschluss, decenas de miles de personas fueron detenidas: socialdemócratas, comunistas, monárquicos, judíos, intelectuales y cualquiera que fuera considerado enemigo del régimen. El campo de concentración de Mauthausen , inaugurado en agosto de 1938, se convirtió en el principal instrumento de terror en el territorio austriaco.
Austria dejó de existir como entidad política. Su nombre fue sustituido por «Ostmark» y sus instituciones fueron absorbidas por las alemanas. Los austriacos recibieron la ciudadanía alemana y fueron sometidos al servicio militar obligatorio en la Wehrmacht. Esta integración total hizo que la resistencia austriaca operara en condiciones especialmente difíciles: no luchaba contra un ocupante extranjero, sino contra un régimen que reclamaba representarla.
Los primeros grupos de resistencia
La resistencia austriaca fue fragmentada y diversa, reflejando las divisiones políticas que habían marcado al país antes de la anexión. Los principales grupos se organizaron según líneas ideológicas: comunistas, socialdemócratas, conservadores católicos y monárquicos legitimistas.
Los comunistas fueron los más activos en los primeros años. El Partido Comunista de Austria (KPÖ), acostumbrado a la clandestinidad desde su prohibición en 1933, poseía la experiencia organizativa necesaria para operar en la ilegalidad. Sus células distribuyeron propaganda antinazi, organizaron redes de solidaridad y llevaron a cabo actos de sabotaje en fábricas de armamento. Sin embargo, la Gestapo infiltró repetidamente sus organizaciones, y las pérdidas fueron devastadoras: se estima que más de dos mil comunistas austriacos fueron ejecutados durante la guerra.
Los socialdemócratas crearon los Socialistas Revolucionarios (Revolutionäre Sozialisten), que mantuvieron una red clandestina centrada en la distribución de propaganda y la ayuda a los perseguidos. Su enfoque fue menos confrontativo que el de los comunistas, pero su contribución a mantener viva una alternativa política al nazismo fue significativa.
La resistencia conservadora y católica
Los grupos conservadores y católicos tenían motivaciones diversas. Algunos buscaban restaurar la independencia austriaca bajo la monarquía de los Habsburgo, mientras que otros se oponían al nazismo por convicciones religiosas o patrióticas.
La Iglesia católica austriaca tuvo una actitud ambigua. El cardenal Theodor Innitzer inicialmente dio la bienvenida al Anschluss, una postura que luego matizó ante las políticas anticristianas del régimen. A nivel individual, numerosos sacerdotes y religiosos se opusieron al nazismo: el beato Franz Jägerstätter, un campesino de Alta Austria, se negó a servir en la Wehrmacht por motivos de conciencia y fue ejecutado en 1943. Su caso se convirtió en un símbolo de la resistencia moral frente a la tiranía.
El grupo O5, cuyo nombre hacía referencia a las letras OE (Österreich, Austria, donde la quinta letra del alfabeto, E, sustituía al diptongo), fue una organización amplia que agrupó a resistentes de distintas tendencias políticas en los últimos años de la guerra. Su objetivo principal era preparar la restauración de una Austria independiente y facilitar la transición cuando el régimen nazi colapsara.
El sabotaje y la resistencia militar
El sabotaje en las fábricas de armamento fue una de las formas más eficaces de resistencia. Austria albergaba importantes complejos industriales, incluyendo las fábricas subterráneas de aviones a reacción en las galerías de Gusen, cerca de Mauthausen. Los trabajadores austriacos, junto con los trabajadores forzados extranjeros, practicaron el sabotaje menor de forma sistemática: piezas defectuosas, montajes incorrectos, ralentización deliberada de la producción.
Dentro de la propia Wehrmacht, algunos oficiales austriacos participaron en actividades de resistencia. El mayor Carl Szokoll, destinado en el cuartel general militar de Viena, fue una figura clave: colaboró con el complot del 20 de julio de 1944 para asesinar a Hitler y, cuando este fracasó, logró evitar ser descubierto. En abril de 1945, Szokoll organizó la Operación Radetzky, un plan para entregar Viena al Ejército Rojo sin combates. El plan fue traicionado y tres de sus colaboradores fueron ahorcados públicamente, pero la operación contribuyó a reducir la destrucción de la capital.
En los campos de concentración, los prisioneros políticos austriacos mantuvieron organizaciones clandestinas que proporcionaban solidaridad mutua, protegían a los más vulnerables y preparaban acciones para el momento de la liberación. En Mauthausen, la resistencia interna logró preservar documentos que después sirvieron como pruebas en los juicios contra los criminales de guerra.
La resistencia en los últimos meses
A medida que el Tercer Reich se derrumbaba, la resistencia austriaca intensificó sus actividades. El grupo O5 estableció contactos con los Aliados occidentales y con el Ejército Rojo para coordinar la transición. En varias ciudades austriacas, grupos de resistentes intentaron evitar la destrucción de infraestructuras que los fanáticos nazis querían volar antes de rendirse.
En Innsbruck, el grupo de resistencia liderado por Karl Gruber tomó el control de la ciudad el 2 de mayo de 1945, antes de la llegada de las tropas estadounidenses. En otras localidades se produjeron episodios similares, aunque en muchos casos los intentos de insurrección fueron aplastados por las SS y los tribunales militares nazis, que siguieron ejecutando a «traidores» hasta los últimos días de la guerra.
La liberación de Austria fue un proceso gradual. El Ejército Rojo llegó a Viena en abril de 1945 tras intensos combates, mientras que las fuerzas estadounidenses, británicas y francesas avanzaban desde el oeste. Austria fue dividida en cuatro zonas de ocupación, una situación que se prolongó hasta 1955.
La Declaración de Moscú y el mito de la víctima
En noviembre de 1943, los Aliados habían firmado la Declaración de Moscú, que calificaba a Austria como «el primer país libre víctima de la agresión hitleriana» y proclamaba la intención de restaurar su independencia. Sin embargo, el mismo documento añadía que Austria tenía una responsabilidad por haber participado en la guerra del lado de Alemania.
Tras la guerra, Austria adoptó con entusiasmo la primera parte de la declaración y olvidó convenientemente la segunda. El «mito de la víctima» permitió al país eludir durante décadas un examen serio de su participación en los crímenes del nazismo. No fue hasta los años ochenta, con el escándalo del pasado nazi del presidente Kurt Waldheim, cuando la sociedad austriaca comenzó un proceso de autocrítica que todavía continúa.
El legado
La resistencia austriaca fue numéricamente limitada pero moralmente significativa. Se estima que unos cien mil austriacos fueron perseguidos por motivos políticos durante el período nazi, y que más de treinta mil murieron en campos de concentración o fueron ejecutados. Estas cifras desmienten la idea de que Austria aceptó pasivamente el Anschluss y el nazismo.
Sin embargo, también es cierto que los austriacos participaron de forma desproporcionada en los crímenes del régimen. Adolf Eichmann, Ernst Kaltenbrunner, Amon Göth y muchos otros criminales notorios eran austriacos. La realidad de Austria durante la SGM fue una mezcla de colaboración y resistencia, de entusiasmo y rechazo, que no admite simplificaciones.
El legado de los resistentes austriacos —de Franz Jägerstätter, de Carl Szokoll, de los miles de anónimos que arriesgaron sus vidas— es el de quienes eligieron la conciencia sobre la conformidad en un entorno donde la oposición significaba la muerte. Su ejemplo recuerda que incluso dentro de un sistema totalitario, la elección individual sigue siendo posible.