Cuando la SGM llegó a su fin en 1945, Europa era un continente de ruinas habitado por millones de personas sin hogar, sin comida y sin país al que regresar. Prisioneros de guerra liberados, supervivientes de campos de concentración, trabajadores forzados, evacuados y refugiados deambulaban por las carreteras de un continente devastado. Para enfrentar esta crisis humanitaria sin precedentes, los Aliados habían creado en 1943 la UNRRA (United Nations Relief and Rehabilitation Administration), la primera gran organización internacional de ayuda que sentó las bases del sistema humanitario moderno.

La creación de la UNRRA
La UNRRA fue establecida el 9 de noviembre de 1943 en una conferencia celebrada en la Casa Blanca con la participación de cuarenta y cuatro naciones. Su mandato era proporcionar ayuda material a las poblaciones de los países liberados y asistir a los millones de personas desplazadas por la guerra. El presidente Roosevelt impulsó personalmente la creación de la agencia, consciente de que la estabilidad de la posguerra dependía de evitar el caos humanitario que había seguido a la Primera Guerra Mundial.
El primer director general fue Herbert Lehman, exgobernador de Nueva York, un administrador eficaz que puso en marcha la maquinaria organizativa. Le sucedió en 1946 Fiorello La Guardia, el carismático exalcalde de Nueva York, que inyectó energía y visibilidad pública a la agencia en un momento en que el interés político por los refugiados comenzaba a decaer.
La financiación provenía principalmente de los países que no habían sufrido la ocupación enemiga. Estados Unidos aportó aproximadamente el setenta por ciento del presupuesto, seguido por el Reino Unido y Canadá. En total, la UNRRA manejó un presupuesto de unos cuatro mil millones de dólares de la época, una suma colosal que equivaldría a decenas de miles de millones actuales.
La crisis de los desplazados
La magnitud del problema era difícil de comprender. Al final de la guerra, se estima que entre once y veinte millones de personas estaban desplazadas en Europa. Los grupos más numerosos incluían a los trabajadores forzados que habían sido llevados a Alemania desde todos los países ocupados, los prisioneros de guerra liberados, los supervivientes de los campos de concentración y las poblaciones civiles que habían huido de los combates.
Los desplazados —designados con el término inglés displaced persons o DP— se encontraban en una situación desesperada. Muchos estaban enfermos, desnutridos y traumatizados. Otros descubrieron que sus hogares habían sido destruidos o que sus comunidades habían desaparecido. Los judíos supervivientes del Holocausto que intentaron regresar a sus países de origen encontraron en muchos casos hostilidad y violencia, como en el pogromo de Kielce en Polonia en julio de 1946.
La repatriación fue relativamente rápida para la mayoría de los desplazados occidentales. En los primeros meses tras la victoria, millones de franceses, belgas, holandeses e italianos fueron devueltos a sus países. Sin embargo, quedó un grupo resistente de personas que no podían o no querían regresar: judíos supervivientes, polacos que rechazaban vivir bajo el régimen comunista, bálticos cuyas naciones habían sido anexionadas por la Unión Soviética y otros grupos para quienes el hogar ya no existía.
Los campos de desplazados
La UNRRA administró cientos de campos de desplazados (DP camps) repartidos por las zonas de ocupación aliadas en Alemania, Austria e Italia. Estos campos, que a menudo aprovechaban antiguas instalaciones militares, barracones de trabajadores forzados o incluso campos de concentración reconvertidos, albergaron a cientos de miles de personas durante años.
Las condiciones en los campos variaban enormemente. Algunos funcionaban como pequeñas ciudades con escuelas, hospitales, periódicos, teatros y talleres. Otros eran poco más que almacenes humanos donde el hacinamiento, la falta de privacidad y la incertidumbre sobre el futuro generaban desesperación. Un informe del enviado especial estadounidense Earl Harrison en 1945 denunció que los judíos supervivientes estaban siendo tratados en los campos «casi como los nazis los trataron, excepto que no los exterminamos».
El informe Harrison provocó un escándalo y llevó a mejoras significativas en las condiciones de los campos. Se crearon instalaciones separadas para los supervivientes judíos, se incrementaron las raciones alimentarias y se establecieron programas educativos y de formación profesional. La UNRRA contrató a miles de trabajadores internacionales para gestionar los campos, aunque la calidad del personal fue desigual.
Las operaciones de ayuda
Además de la gestión de los campos de desplazados, la UNRRA llevó a cabo operaciones de ayuda a gran escala en los países devastados por la guerra. Sus programas incluían la distribución de alimentos, ropa y medicinas; la rehabilitación de infraestructuras agrícolas e industriales; y la asistencia técnica para la reconstrucción.
China fue el mayor receptor individual de ayuda de la UNRRA fuera de Europa. El país, devastado por años de guerra contra Japón y sumido en una guerra civil entre nacionalistas y comunistas, recibió suministros valorados en más de quinientos millones de dólares. En Europa, países como Polonia, Yugoslavia, Grecia, Italia y Checoslovaquia recibieron cantidades significativas de ayuda.
La logística era monumental. La UNRRA operaba flotas de barcos, trenes y camiones que transportaban suministros desde los puertos atlánticos hasta los puntos de distribución en el interior del continente. Mantener las cadenas de suministro en un continente con la infraestructura de transporte destruida fue un desafío constante.
Los dilemas políticos
La UNRRA operó en un contexto político cada vez más complicado. La creciente tensión entre Estados Unidos y la Unión Soviética transformó la cuestión de los desplazados en un problema geopolítico. La Unión Soviética exigía la repatriación forzosa de todos los ciudadanos soviéticos, incluyendo a quienes se negaban a regresar por temor a las represalias de Stalin. Los Aliados occidentales accedieron en muchos casos, y decenas de miles de personas fueron devueltas contra su voluntad a la Unión Soviética, donde muchos enfrentaron el encarcelamiento o la ejecución.
La cuestión de los refugiados judíos también fue políticamente explosiva. Muchos supervivientes del Holocausto querían emigrar a Palestina, pero Gran Bretaña, que administraba el Mandato británico, mantenía severas restricciones a la inmigración judía. Los campos de desplazados se convirtieron en centros de activismo sionista, y la frustración de los supervivientes alimentó la presión internacional que conduciría a la creación del Estado de Israel en 1948.
Estados Unidos, que financiaba la mayor parte de la UNRRA, fue perdiendo paciencia con una organización que consideraba ineficiente y que operaba también en países que estaban cayendo bajo la órbita soviética. El Congreso estadounidense se mostraba cada vez más reticente a financiar ayuda que pudiera beneficiar a gobiernos comunistas.
El fin de la UNRRA y su legado
La UNRRA fue disuelta el 30 de junio de 1947, apenas cuatro años después de su creación. Sus funciones fueron transferidas a nuevas organizaciones: la Organización Internacional de Refugiados (IRO) asumió la responsabilidad de los desplazados, mientras que los programas de ayuda a países fueron sustituidos por el Plan Marshall y otros mecanismos bilaterales que daban a Estados Unidos mayor control sobre el destino de los fondos.
La IRO continuó gestionando los campos de desplazados hasta 1951, cuando fue reemplazada por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), que sigue existiendo. El último campo de desplazados en Alemania no cerró hasta 1957, más de una década después del final de la guerra.
El legado de la UNRRA es ambivalente. Por un lado, la agencia proporcionó ayuda vital a millones de personas en un momento de necesidad extrema, evitó hambrunas masivas y sentó las bases del sistema humanitario internacional. Por otro lado, sus limitaciones —la incapacidad de proteger a los refugiados de la repatriación forzosa, la dependencia de la voluntad política de los donantes, la burocratización— anticiparon los dilemas que siguen enfrentando las organizaciones humanitarias en el siglo XXI.
La experiencia de la UNRRA demostró que las crisis de refugiados no se resuelven solo con buena voluntad: requieren recursos sostenidos, voluntad política y, sobre todo, soluciones duraderas que vayan más allá del alivio inmediato. Esa lección, aprendida entre las ruinas de la Europa de posguerra, sigue siendo pertinente en un mundo donde los desplazamientos forzosos siguen marcando la vida de millones de personas.