La Sociedad de Naciones nació con la promesa de convertir la Primera Guerra Mundial en "la guerra que acabaría con todas las guerras". Apenas dos décadas después, su fracaso era total. Creada en 1920 como el primer organismo internacional dedicado a mantener la paz, la Sociedad se mostró incapaz de frenar la agresión de las potencias fascistas y fue una espectadora impotente del camino hacia la SGM. Su historia es la crónica de una idea noble destruida por la falta de voluntad política, las contradicciones internas y la ingenuidad de creer que la diplomacia podía funcionar sin fuerza.

Asamblea de la Sociedad de Naciones en Ginebra
La Sociedad de Naciones fue incapaz de impedir las agresiones que condujeron a la SGM. Fotógrafo desconocido · Dominio público

Orígenes y creación

La Sociedad de Naciones fue la visión personal del presidente estadounidense Woodrow Wilson. En sus Catorce Puntos, presentados en enero de 1918, Wilson propuso la creación de una "asociación general de naciones" que garantizara la independencia política y la integridad territorial de todos los Estados. La idea respondía al horror de una guerra que había matado a millones y a la convicción de que el sistema de alianzas secretas y el equilibrio de poder habían sido los responsables de la catástrofe.

El Pacto de la Sociedad de Naciones se redactó como parte del Tratado de Versalles en 1919. Esto vinculó desde su nacimiento a la organización con un tratado que Alemania consideraba humillante y punitivo, asociación que nunca dejó de perjudicarla. La sede se estableció en Ginebra, Suiza, símbolo de neutralidad y diplomacia.

La estructura comprendía una Asamblea General donde cada Estado miembro tenía un voto, un Consejo con miembros permanentes (Reino Unido, Francia, Italia y Japón) y una Secretaría permanente. El primer secretario general fue el diplomático británico Sir Eric Drummond, que estableció el modelo de burocracia internacional que perdura hasta hoy.

La ausencia fatal de Estados Unidos

El golpe más devastador para la Sociedad de Naciones llegó antes de que comenzara a funcionar. El Senado de Estados Unidos rechazó la ratificación del Tratado de Versalles y, con él, la membresía en la Sociedad. Los senadores republicanos, liderados por Henry Cabot Lodge, argumentaban que la pertenencia a la organización comprometería la soberanía estadounidense y arrastraría al país a conflictos lejanos.

La ironía fue amarga: la organización concebida por el presidente de Estados Unidos funcionaría sin Estados Unidos. La ausencia de la potencia económica y militar más importante del mundo privó a la Sociedad de su principal pilar de credibilidad y capacidad de acción. Sin la garantía estadounidense, la seguridad colectiva era una promesa vacía.

Otras ausencias debilitaron aún más la organización. Alemania no fue admitida hasta 1926 y se retiró en 1933 con la llegada de Hitler al poder. La Unión Soviética no ingresó hasta 1934 y fue expulsada en 1939 por su invasión de Finlandia. Japón se retiró en 1933 tras la condena por su invasión de Manchuria. Italia abandonó la organización en 1937. Para finales de los años treinta, la Sociedad carecía de la mayoría de las grandes potencias del mundo.

Éxitos tempranos y limitados

En sus primeros años, la Sociedad de Naciones logró algunos éxitos modestos en la resolución de disputas menores. Resolvió el conflicto entre Suecia y Finlandia por las islas Åland en 1921, adjudicándolas a Finlandia con garantías para la población suecófona. Medió en la disputa fronteriza entre Bulgaria y Grecia en 1925, evitando una escalada. Administró el territorio del Sarre y la ciudad libre de Dánzig, y supervisó el sistema de mandatos sobre los territorios coloniales del Imperio Otomano y Alemania.

Las agencias técnicas de la Sociedad realizaron una labor valiosa y duradera. La Organización de Salud combatió epidemias y sentó las bases de la futura Organización Mundial de la Salud. La Organización Internacional del Trabajo, formalmente vinculada a la Sociedad, promovió derechos laborales. El Tribunal Permanente de Justicia Internacional resolvió disputas legales entre Estados.

Sin embargo, estos éxitos se limitaban a conflictos entre potencias menores o a cuestiones técnicas. Cuando los intereses de las grandes potencias estaban en juego, la Sociedad se revelaba impotente.

La crisis de Manchuria: el primer fracaso grave

En septiembre de 1931, Japón invadió Manchuria, la provincia nororiental de China, fabricando un incidente ferroviario como pretexto. China apeló a la Sociedad de Naciones, que envió una comisión investigadora presidida por Lord Lytton. El informe Lytton, publicado en octubre de 1932, condenó la agresión japonesa y recomendó la retirada.

La Asamblea de la Sociedad aprobó el informe en febrero de 1933 por 42 votos contra 1 (el de Japón). La respuesta japonesa fue inmediata y demoledora: Japón se retiró de la organización. Manchuria siguió ocupada, transformada en el estado títere de Manchukuo, y no se aplicó ninguna sanción.

La crisis de Manchuria demostró que la Sociedad carecía de mecanismos para hacer cumplir sus resoluciones. Podía condenar, pero no castigar. Podía investigar, pero no actuar. El precedente fue devastador: cualquier potencia agresiva podía ignorar las resoluciones de la Sociedad y simplemente abandonar la organización.

La invasión de Etiopía: el punto de no retorno

Si Manchuria fue el primer fracaso grave, la crisis de Etiopía fue el golpe mortal. En octubre de 1935, la Italia fascista de Mussolini invadió Etiopía (entonces Abisinia), el único Estado africano independiente que era miembro de la Sociedad de Naciones. El emperador Haile Selassie apeló personalmente a la Asamblea en un discurso memorable en junio de 1936.

Esta vez la Sociedad intentó actuar. Se declaró a Italia agresor y se aprobaron sanciones económicas que incluían un embargo de armas, la prohibición de préstamos y restricciones comerciales. Sin embargo, las sanciones tenían lagunas fatales: no incluían el petróleo, el acero ni el carbón, precisamente los recursos que Italia necesitaba para su maquinaria bélica. Francia y el Reino Unido, temerosos de empujar a Mussolini hacia Hitler, sabotearon las sanciones desde dentro.

El pacto Hoare-Laval de diciembre de 1935 reveló la hipocresía de las potencias democráticas. Los ministros de Exteriores británico y francés negociaron en secreto un acuerdo que habría entregado a Italia dos tercios del territorio etíope. Cuando el plan se filtró a la prensa, el escándalo obligó a la dimisión de Hoare, pero el daño estaba hecho: la Sociedad de Naciones había quedado expuesta como un instrumento de las grandes potencias, no un garante de la justicia internacional.

Italia completó la conquista de Etiopía en mayo de 1936. Las sanciones fueron levantadas en julio. El mensaje era claro: la agresión funcionaba y la Sociedad de Naciones no podía impedirlo.

Las crisis de los años treinta

Tras el fracaso etíope, la Sociedad de Naciones fue irrelevante en las sucesivas crisis que condujeron a la SGM. Cuando Hitler remilitarizó Renania en marzo de 1936, violando el Tratado de Versalles y el Pacto de Locarno, la Sociedad no actuó. La Guerra Civil Española, que estalló en julio de 1936, fue ignorada mediante una política de "no intervención" que benefició exclusivamente a Franco y sus aliados fascistas.

La política de apaciguamiento practicada por el Reino Unido y Francia a partir de 1937 marginó completamente a la Sociedad de Naciones. La Conferencia de Múnich de septiembre de 1938, donde las democracias entregaron los Sudetes checoslovacos a Hitler sin consultar ni a Checoslovaquia ni a la Sociedad, demostró que las grandes potencias habían vuelto a la diplomacia bilateral y al equilibrio de poder, los mismos mecanismos que la Sociedad había sido creada para reemplazar.

La anexión de Austria (Anschluss) en marzo de 1938, la destrucción de Checoslovaquia en marzo de 1939 y la invasión de Albania por Italia en abril de 1939 se produjeron sin que la Sociedad emitiera más que protestas formales.

Debilidades estructurales

El fracaso de la Sociedad de Naciones no fue solo cuestión de mala suerte o circunstancias adversas. La organización tenía defectos estructurales profundos que la condenaban a la ineficacia frente a agresores decididos.

El principio de unanimidad en el Consejo significaba que cualquier miembro permanente podía vetar cualquier acción. Esto hacía prácticamente imposible actuar contra una gran potencia o sus aliados. El Pacto no establecía un mecanismo automático de respuesta a la agresión: cada crisis debía ser evaluada individualmente, con lo que los agresores ganaban tiempo mientras la burocracia ginebrina deliberaba.

La ausencia de una fuerza militar propia era quizás la debilidad más crítica. La Sociedad dependía de que sus miembros aportaran tropas voluntariamente para imponer sus decisiones, algo que ningún Estado estaba dispuesto a hacer en defensa de los intereses de otro. La seguridad colectiva funcionaba en teoría pero se desmoronaba en la práctica cuando implicaba sacrificios reales.

El sistema de sanciones económicas, único instrumento coercitivo disponible, era fácilmente eludible si las principales potencias comerciales no participaban o hacían excepciones. Sin Estados Unidos ni, eventualmente, sin Alemania, Japón o Italia, las sanciones carecían de mordiente.

Además, el Pacto no distinguía claramente entre la resolución pacífica de disputas y la respuesta a la agresión armada. El proceso de arbitraje, mediación y conciliación estaba diseñado para disputas diplomáticas, no para detener invasiones en curso. Cuando un país decidía recurrir a la fuerza, los mecanismos de la Sociedad eran demasiado lentos y débiles para responder.

La disolución

La Sociedad de Naciones no fue formalmente disuelta al estallar la SGM. Simplemente dejó de funcionar. La última sesión del Consejo tuvo lugar en diciembre de 1939, tras la expulsión de la Unión Soviética. La Asamblea no volvió a reunirse durante la guerra.

La Secretaría de Ginebra continuó realizando funciones técnicas menores, y algunas agencias especializadas mantuvieron su actividad. Pero como organización política dedicada al mantenimiento de la paz, la Sociedad estaba muerta desde 1936 como mínimo.

La disolución formal se produjo el 18 de abril de 1946, cuando la última Asamblea transfirió sus bienes, archivos y funciones a la recién creada Organización de las Naciones Unidas. El Palacio de las Naciones de Ginebra se convirtió en la sede europea de la ONU, un símbolo arquitectónico de continuidad entre ambas organizaciones.

Lecciones para la ONU

Los creadores de las Naciones Unidas estudiaron cuidadosamente los errores de la Sociedad de Naciones e intentaron corregirlos. El Consejo de Seguridad de la ONU, a diferencia del Consejo de la Sociedad, puede adoptar decisiones vinculantes por mayoría (aunque el veto de los miembros permanentes persiste como herencia del realismo político). La ONU incluyó desde el principio a todas las grandes potencias, evitando la exclusión fatal que debilitó a su predecesora.

La Carta de las Naciones Unidas contempla explícitamente el uso de la fuerza militar colectiva contra agresores (Capítulo VII), algo que el Pacto de la Sociedad trataba con ambigüedad. La ONU también creó mecanismos como las operaciones de mantenimiento de la paz, inexistentes en la Sociedad.

Sin embargo, muchas de las debilidades de la Sociedad de Naciones persisten en la ONU. El derecho de veto de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad paraliza la acción ante conflictos que involucran a esas potencias o sus aliados. La dependencia de la voluntad política de los Estados miembros sigue siendo el talón de Aquiles del multilateralismo. Y la tensión entre soberanía nacional e intervención internacional continúa sin resolverse.

Legado

El fracaso de la Sociedad de Naciones no invalida la idea que representaba. La noción de que las naciones deben resolver sus disputas mediante el diálogo y no mediante la guerra, de que existe una comunidad internacional con responsabilidades compartidas y de que la agresión contra un Estado es una amenaza para todos, sobrevivió a la destrucción de la Sociedad y se encarnó en la ONU.

La verdadera lección de la Sociedad de Naciones no es que la cooperación internacional sea imposible, sino que no puede funcionar sin la voluntad genuina de las grandes potencias de subordinar sus intereses inmediatos al bien común. Cuando Francia y el Reino Unido antepusieron el apaciguamiento a la seguridad colectiva, cuando Estados Unidos eligió el aislacionismo sobre el compromiso internacional, la Sociedad perdió su razón de ser. Las instituciones internacionales son tan fuertes como la determinación de sus miembros de hacerlas funcionar, y en los años treinta esa determinación fue trágicamente insuficiente.