Pocas cuestiones de la SGM han generado un debate tan prolongado y apasionado como el papel del Vaticano y, en particular, la actitud del papa Pío XII ante el Holocausto. Para sus defensores, fue un diplomático prudente que salvó miles de vidas mediante una acción discreta. Para sus críticos, su negativa a condenar públicamente el exterminio de los judíos constituyó una complicidad moral imperdonable. La apertura parcial de los archivos vaticanos en 2020 ha aportado nuevos documentos, pero no ha cerrado un debate que toca cuestiones fundamentales sobre el liderazgo moral en tiempos de barbarie.

El Vaticano entre las dos guerras
La relación entre el Vaticano y los regímenes totalitarios europeos fue compleja desde el principio. En 1929, los Pactos de Letrán entre Pío XI y Mussolini habían resuelto la «cuestión romana» y creado el Estado de la Ciudad del Vaticano, pero la relación con el fascismo italiano siempre fue tensa. En 1931, la encíclica Non abbiamo bisogno criticó las pretensiones totalitarias del fascismo sobre la juventud.
Con respecto al nazismo, Pío XI firmó un concordato con la Alemania de Hitler en 1933, buscando proteger los derechos de los católicos alemanes. El acuerdo fue criticado por quienes lo interpretaron como una legitimación del régimen, aunque el Vaticano lo presentó como un instrumento jurídico de defensa. En la práctica, el régimen nazi violó sistemáticamente el concordato, persiguiendo a sacerdotes, cerrando escuelas católicas y hostigando a las organizaciones laicas.
En marzo de 1937, Pío XI publicó la encíclica Mit brennender Sorge («Con ardiente preocupación»), escrita en alemán y leída desde todos los púlpitos católicos de Alemania. El documento denunciaba las violaciones del concordato y condenaba las doctrinas raciales del nazismo como incompatibles con la fe cristiana. Fue uno de los pocos documentos oficiales de una autoridad moral internacional que desafió abiertamente al régimen nazi antes de la guerra.
La elección de Pío XII
Eugenio Pacelli fue elegido papa en marzo de 1939, apenas meses antes del estallido de la guerra. Como secretario de Estado de Pío XI, había sido el arquitecto de la política exterior vaticana y conocía en profundidad la situación europea. Su formación como diplomático y su larga estancia en Alemania como nuncio apostólico marcaron profundamente su estilo: discreto, cauteloso, convencido de que la diplomacia silenciosa era más eficaz que la denuncia pública.
Pío XII heredó un Vaticano que se sentía amenazado por dos frentes: el nazismo pagano y el comunismo ateo. Esta doble amenaza condicionó toda su política durante la guerra. El temor a que una condena explícita del nazismo provocase represalias contra los católicos —especialmente en Polonia, donde la Iglesia estaba siendo devastada— y el pavor ante un posible avance del comunismo sobre Europa fueron los dos ejes de su cálculo.
La guerra y la neutralidad vaticana
Cuando estalló la guerra en septiembre de 1939, el Vaticano declaró su neutralidad y se ofreció como mediador. Pío XII publicó su primera encíclica, Summi Pontificatus, en octubre de 1939, donde lamentaba el estallido del conflicto y condenaba la invasión de Polonia sin nombrar directamente a Alemania. Esta ambigüedad calculada se convirtió en el sello de su pontificado.
El Vaticano intentó actuar como intermediario en varias ocasiones. En el invierno de 1939-1940, Pío XII sirvió secretamente de canal de comunicación entre conspiradores alemanes que planeaban derrocar a Hitler y el gobierno británico. La conspiración no prosperó, pero demuestra que el papa no era indiferente al peligro nazi.
La Radio Vaticana denunció las atrocidades cometidas contra los polacos —incluyendo deportaciones y ejecuciones de sacerdotes— hasta que la presión alemana obligó a moderar las emisiones. La Secretaría de Estado recibía constantemente informes sobre las persecuciones en los países ocupados y los transmitía a las nunciaturas para que actuaran discretamente.
El silencio ante el Holocausto
El punto más controvertido del pontificado de Pío XII es su actitud ante el exterminio de los judíos europeos. El Vaticano recibió información temprana y detallada sobre las deportaciones masivas y las matanzas. Ya en 1941, los informes de los nuncios en Eslovaquia y Croacia describían las deportaciones de judíos. En 1942, fuentes polacas, británicas y estadounidenses confirmaron que se estaba llevando a cabo un programa de exterminio sistemático.
A pesar de esta información, Pío XII nunca pronunció una condena pública y explícita del Holocausto. Su mensaje de Navidad de 1942 mencionó a «las centenas de miles de personas que, sin culpa propia alguna, a veces solo por razón de su nacionalidad o su raza, han sido condenadas a la muerte o al exterminio gradual», pero no nombró ni a los judíos ni a los nazis. La ambigüedad fue deliberada: el Vaticano consideraba que una formulación más directa provocaría represalias sin salvar una sola vida.
Los defensores de Pío XII argumentan que la Iglesia católica de los Países Bajos emitió una protesta pública contra las deportaciones de judíos en julio de 1942, y que la respuesta nazi fue intensificar las deportaciones, incluyendo a los judíos convertidos al catolicismo, como Edith Stein. Este episodio habría convencido al papa de que la protesta pública era contraproducente. Sus críticos responden que la autoridad moral del papa era incomparable con la de los obispos holandeses, y que su silencio fue interpretado por muchos como indiferencia o incluso aquiescencia.
Las acciones de rescate
Si bien Pío XII no condenó públicamente el Holocausto, el Vaticano y la Iglesia católica participaron en acciones de rescate que salvaron miles de vidas. Cuando los alemanes ocuparon Roma en septiembre de 1943, el papa ordenó abrir monasterios, conventos e instituciones eclesiásticas para esconder a judíos y otros perseguidos. Se estima que más de cuatro mil judíos romanos fueron ocultados en propiedades de la Iglesia durante la ocupación.
La razzia del gueto de Roma el 16 de octubre de 1943 —en la que más de mil judíos fueron capturados y deportados a Auschwitz — se produjo literalmente bajo las ventanas del Vaticano. Pío XII no emitió una protesta pública, aunque la Secretaría de Estado presentó una queja diplomática al embajador alemán ante la Santa Sede. Para muchos, este fue el momento en que el silencio papal se volvió más difícil de justificar.
En otros países, los nuncios vaticanos intervinieron activamente. En Hungría, el nuncio Angelo Rotta emitió miles de salvoconductos para proteger a judíos y protestó enérgicamente ante el gobierno húngaro. En Eslovaquia, la intervención vaticana logró paralizar temporalmente las deportaciones en 1942. En Francia, varios obispos denunciaron públicamente las deportaciones, aunque no todos con la misma firmeza.
La posguerra y las «líneas de ratas»
Otro aspecto controvertido fue el papel de instituciones eclesiásticas en la fuga de criminales de guerra nazis tras la derrota de Alemania. Las llamadas «líneas de ratas» (ratlines) utilizaron redes de monasterios y parroquias para facilitar la huida de criminales como Adolf Eichmann, Josef Mengele y Klaus Barbie hacia Sudamérica.
El obispo Alois Hudal y el sacerdote croata Krunoslav Draganović fueron figuras clave en estas redes. No está claro hasta qué punto el Vaticano como institución fue cómplice de estas operaciones o si se trató de iniciativas individuales. Lo que sí es evidente es que la falta de control permitió que eclesiásticos con simpatías fascistas ayudaran a escapar de la justicia a algunos de los peores criminales de la historia.
La apertura de los archivos
En 2020, el papa Francisco ordenó la apertura de los archivos vaticanos correspondientes al pontificado de Pío XII, un paso que los historiadores habían reclamado durante décadas. Los primeros investigadores que accedieron a los documentos encontraron un panorama complejo que no satisface completamente a ninguna de las partes del debate.
Los archivos confirman que Pío XII recibió información detallada sobre el Holocausto y que optó conscientemente por una estrategia de diplomacia silenciosa. También revelan que, en al menos un caso, el papa dio instrucciones directas de no responder a una petición de ayuda de judíos brasileños que pedían intervención en favor de sus familiares en Europa. Al mismo tiempo, los documentos muestran numerosas intervenciones discretas en favor de judíos y otros perseguidos.
El debate moral
El debate sobre Pío XII trasciende la historia y entra en el terreno de la ética. La cuestión central no es si el papa podría haber detenido el Holocausto con una denuncia pública —probablemente no—, sino si la autoridad moral más reconocida del mundo tenía la obligación de dar testimonio contra el mal, independientemente de las consecuencias prácticas.
Los defensores de Pío XII sostienen que su prudencia salvó más vidas que una protesta que habría provocado represalias. Sus críticos argumentan que el silencio del representante de Cristo ante el mayor crimen de la historia fue una traición a los valores que decía defender, y que la denuncia profética es parte esencial de la misión de la Iglesia.
El proceso de beatificación de Pío XII, iniciado en 1965, sigue abierto y continúa siendo objeto de controversia entre la Iglesia católica y las organizaciones judías. Independientemente de cómo se resuelva, el debate sobre el «silencio del papa» seguirá planteando preguntas incómodas sobre los límites y las responsabilidades del liderazgo moral en tiempos de crisis.