La Wehrmacht fue el nombre que recibieron las fuerzas armadas de la Alemania nazi entre 1935 y 1945. Compuesta por el Heer (ejército de tierra), la Luftwaffe (fuerza aérea) y la Kriegsmarine (armada), llegó a movilizar a más de 18 millones de hombres a lo largo de la SGM. Fue el instrumento militar que ejecutó las guerras de conquista de Hitler, desde la invasión de Polonia hasta la defensa final de Berlín. Su historia está marcada tanto por una eficacia operativa que revolucionó la guerra moderna como por una complicidad con los crímenes del régimen nazi que la historiografía reciente ha documentado de forma irrefutable.

Soldados de la Wehrmacht en formación
La Wehrmacht fue el ejército de la Alemania nazi entre 1935 y 1945. Fotógrafo desconocido · Dominio público

Del Reichswehr a la Wehrmacht

Tras la derrota en la Primera Guerra Mundial, el Tratado de Versalles limitó el ejército alemán (Reichswehr) a 100.000 hombres, sin aviación militar, sin tanques y con una armada reducida a lo mínimo. Estas restricciones, humillantes para el estamento militar alemán, fueron burladas sistemáticamente durante la República de Weimar mediante acuerdos secretos con la Unión Soviética, que permitieron a oficiales alemanes entrenar con armas prohibidas en territorio soviético.

Cuando Hitler llegó al poder en enero de 1933, el rearme se aceleró de forma abierta. En marzo de 1935, el régimen denunció las cláusulas militares de Versalles e instauró el servicio militar obligatorio. El Reichswehr pasó a llamarse Wehrmacht. En apenas cuatro años, las fuerzas armadas alemanas crecieron de 100.000 a más de un millón de efectivos, y para 1939 alcanzaban los 4,5 millones.

El rearme no fue solo cuantitativo. Pensadores militares como Heinz Guderian desarrollaron la doctrina de la guerra de movimiento (Bewegungskrieg), que integraba tanques, infantería motorizada y aviación táctica en operaciones de penetración profunda. Esta doctrina, popularizada como Blitzkrieg (guerra relámpago), definiría las campañas alemanas de los primeros años de la guerra.

Estructura de las fuerzas armadas

La Wehrmacht se dividía en tres ramas principales que operaban bajo un mando conjunto, el OKW (Oberkommando der Wehrmacht), dirigido nominalmente por el mariscal Wilhelm Keitel. En la práctica, Hitler ejerció cada vez más control directo sobre las operaciones militares, especialmente a partir de 1941.

El Heer (ejército de tierra) era con diferencia la rama más grande, con más de 13 millones de hombres movilizados a lo largo de la guerra. Organizado en grupos de ejércitos, ejércitos, cuerpos y divisiones, el Heer fue el brazo ejecutor de las campañas terrestres en todos los frentes. Sus divisiones Panzer y de infantería motorizada formaban la élite de las fuerzas de maniobra.

La Luftwaffe, bajo el mando de Hermann Göring , era la fuerza aérea más poderosa del mundo en 1939. Contaba con cazas, bombarderos, aviones de transporte y unidades paracaidistas. La Luftwaffe también controlaba las unidades antiaéreas (Flak) y, de forma inusual, divisiones de infantería propias (las llamadas Luftwaffe-Feld-Divisionen).

La Kriegsmarine, bajo los almirantes Erich Raeder y Karl Dönitz sucesivamente, incluía la flota de superficie (acorazados, cruceros, destructores) y la poderosa flota de submarinos (U-Boote) que libró la batalla del Atlántico .

Las campañas de la Wehrmacht

La Wehrmacht libró campañas en prácticamente todo el continente europeo, el norte de África y los océanos del mundo.

La invasión de Polonia (septiembre de 1939) demostró la eficacia de la nueva doctrina alemana. En menos de cinco semanas, la resistencia polaca fue aplastada mediante la combinación de ataques aéreos masivos, penetraciones blindadas y envolvimientos. La campaña estableció el patrón que se repetiría en los meses siguientes.

La campaña de Francia (mayo-junio de 1940) fue el triunfo operativo más espectacular de la Wehrmacht. El ataque a través de las Ardenas, consideradas impenetrables por el mando francés, permitió a los Panzer alcanzar el Canal de la Mancha en diez días, cortando en dos al ejército aliado. Francia capituló en seis semanas. La derrota de una potencia militar de primer orden en tan poco tiempo conmocionó al mundo y generó una mística de invencibilidad alrededor del ejército alemán.

La Operación Barbarroja (junio de 1941), la invasión de la Unión Soviética, fue la operación militar más grande de la historia. Tres millones de soldados alemanes, organizados en tres grupos de ejércitos, avanzaron en un frente de 2.900 kilómetros. Los éxitos iniciales fueron asombrosos: cientos de miles de prisioneros soviéticos, avances de cientos de kilómetros, la destrucción de ejércitos enteros. Pero la campaña no logró su objetivo de derrotar a la URSS antes del invierno, y la contraofensiva soviética ante Moscú en diciembre de 1941 marcó el primer gran revés.

A partir de 1942, la Wehrmacht combatió una guerra de desgaste para la que no estaba preparada. La derrota en Stalingrado (febrero de 1943) destruyó al 6.º Ejército y marcó un punto de inflexión psicológico. La batalla de Kursk (julio de 1943) acabó con la capacidad ofensiva alemana en el este. Desde entonces, la Wehrmacht solo pudo retroceder, combatiendo encarnizadamente pero sin posibilidad de invertir la situación estratégica.

En el frente occidental, la Wehrmacht se enfrentó a las fuerzas aliadas en Normandía (junio de 1944) y, a pesar de una defensa tenaz, fue incapaz de detener el avance. La contraofensiva de las Ardenas en diciembre de 1944 fue el último intento desesperado de recuperar la iniciativa, pero fracasó ante la superioridad material aliada.

La Wehrmacht y los crímenes del régimen

Durante décadas, la narrativa dominante en Alemania Occidental sostuvo que la Wehrmacht había sido un ejército profesional ajeno a los crímenes nazis, que eran responsabilidad exclusiva de las SS . Este «mito de la Wehrmacht limpia» (Saubere Wehrmacht) fue desmantelado por la investigación histórica a partir de los años noventa, especialmente por la exposición itinerante «Crímenes de la Wehrmacht» (1995-1999), que documentó con fotografías y documentos la participación directa de soldados regulares en atrocidades.

En el frente oriental, la Wehrmacht colaboró activamente en el exterminio. La «orden de los comisarios» (Kommissarbefehl), emitida antes de Barbarroja, ordenaba la ejecución sumaria de los comisarios políticos soviéticos capturados. Las directrices sobre «mantenimiento de la tropa» autorizaban medidas brutales contra la población civil. Los comandantes de la Wehrmacht cedieron prisioneros de guerra soviéticos a las SS para su ejecución y facilitaron las operaciones de los Einsatzgruppen, los escuadrones de la muerte que asesinaron a más de un millón de judíos en el este.

De los 5,7 millones de prisioneros de guerra soviéticos capturados por la Wehrmacht, más de 3,3 millones murieron en cautividad —por hambre deliberada, enfermedades, trabajos forzados y ejecuciones—. Esta cifra, que supera el 57 % de los prisioneros, revela una política de exterminio planificada, no negligencia.

En los Balcanes, las represalias de la Wehrmacht contra la población civil alcanzaron niveles extremos. La proporción de 100 civiles ejecutados por cada soldado alemán muerto se aplicó con regularidad en Serbia y Grecia.

El alto mando y la resistencia

La relación entre Hitler y el alto mando de la Wehrmacht fue tensa desde el principio y se deterioró progresivamente. Los generales profesionales aceptaron la expansión militar y las conquistas iniciales, pero muchos comenzaron a cuestionar la estrategia de Hitler cuando las derrotas se acumularon. La interferencia constante de Hitler en las decisiones operativas —nombramientos, prohibición de retiradas, objetivos irrealistas— erosionó la confianza del cuerpo de oficiales.

La oposición militar cristalizó en el atentado del 20 de julio de 1944, cuando el coronel Claus von Stauffenberg colocó una bomba en el cuartel general de Hitler. El atentado fracasó y la represión fue brutal: miles de militares fueron arrestados, torturados y ejecutados. El complot reveló que una parte significativa del alto mando había perdido la confianza en Hitler, pero también demostró la incapacidad de la oposición militar para organizarse eficazmente.

Tras el 20 de julio, Hitler desconfió aún más de sus generales y reforzó el papel de las SS como contrapeso al ejército. Los últimos meses de la guerra estuvieron marcados por purgas, destituciones y la sustitución de militares profesionales por oficiales políticamente leales pero incompetentes.

El colapso final

En los primeros meses de 1945, la Wehrmacht se desintegró progresivamente. En el este, las ofensivas soviéticas barrieron las líneas alemanas. En el oeste, los aliados cruzaron el Rin en marzo. Los soldados alemanes se rendían en masa en el oeste, prefiriendo la captura aliada a la soviética, mientras que en el este el combate continuaba con la desesperación de quien sabía lo que le esperaba.

La batalla de Berlín (abril de 1945) fue el acto final. Los restos de la Wehrmacht, junto con unidades de las Waffen-SS y del Volkssturm, defendieron la capital del Reich en una lucha sin esperanza. La rendición incondicional se firmó el 8 de mayo de 1945. La Wehrmacht fue formalmente disuelta por las potencias ocupantes.

Legado

La Wehrmacht dejó un legado complejo y controvertido. Su eficacia operativa, especialmente en las campañas de 1939-1941, ha sido estudiada exhaustivamente por historiadores y militares de todo el mundo. La doctrina de armas combinadas, el sistema de mando por misión (Auftragstaktik) y la capacidad de improvisación táctica de los mandos alemanes influyeron profundamente en el pensamiento militar de posguerra.

Pero esta competencia militar estuvo al servicio de una guerra de agresión y conquista racial. La Wehrmacht no fue un instrumento neutral utilizado por un régimen criminal: fue una organización que participó activamente en los crímenes de ese régimen, desde el asesinato de prisioneros de guerra hasta la facilitación del Holocausto. La dualidad entre eficacia militar y complicidad criminal define su lugar en la historia.