La Milice française fue la expresión más extrema del colaboracionismo francés durante la SGM. Creada en enero de 1943 por el régimen de Vichy, esta fuerza paramilitar se dedicó a perseguir a los resistentes, cazar a los judíos y combatir al maquis con una brutalidad que en muchos casos superó a la de los propios ocupantes alemanes. Para la Francia de posguerra, la Milice se convirtió en el símbolo más odioso de la traición nacional, y sus miembros pagaron un precio elevado cuando llegó la liberación.

Los orígenes del colaboracionismo armado
La colaboración francesa con la Alemania nazi no comenzó con la Milice. Desde la firma del armisticio en junio de 1940, el régimen del mariscal Pétain había optado por una política de cooperación con el ocupante que fue derivando progresivamente hacia la complicidad activa. La policía francesa participó en las redadas contra los judíos, la administración civil facilitó las requisas alemanas y el Estado francés promulgó por iniciativa propia leyes antisemitas que iban más allá de lo que los alemanes exigían.
Sin embargo, la situación cambió radicalmente a partir de noviembre de 1942, cuando los Aliados desembarcaron en el norte de África y los alemanes respondieron ocupando la zona libre del sur de Francia, que hasta entonces había estado bajo la autoridad exclusiva de Vichy. La ficción de la soberanía francesa se desmoronó, y el régimen de Pétain perdió toda autonomía real.
En este contexto de debilidad creciente, el jefe de gobierno Pierre Laval decidió crear una fuerza paramilitar que demostrara a los alemanes la utilidad del régimen de Vichy y que sirviera como instrumento de represión interior. La Milice française fue establecida oficialmente el 30 de enero de 1943.
La estructura y el liderazgo
Al frente de la Milice fue colocado Joseph Darnand, un veterano de las dos guerras mundiales, héroe condecorado del ejército francés y fascista convencido. Darnand era un hombre de acción que había luchado con valor en 1940 pero que, tras la derrota, abrazó el colaboracionismo con fervor ideológico. En agosto de 1943, prestó juramento de lealtad a Hitler como oficial de las Waffen-SS, un gesto que ilustra hasta dónde llegó su compromiso con el enemigo.
La Milice se organizó como una estructura paramilitar con uniformes, grados, cuarteles y una cadena de mando que abarcaba todo el territorio francés. En su momento de máxima expansión, contó con unos treinta mil miembros activos, aunque las estimaciones varían. Sus reclutas provenían de distintos sectores: antiguos miembros de la Legión Francesa de Combatientes, jóvenes atraídos por la aventura o la ideología, oportunistas que buscaban poder, y delincuentes comunes que encontraron en la Milice una cobertura para sus actividades.
La organización tenía una rama política, dedicada a la propaganda y el adoctrinamiento, y una rama armada, la Franc-Garde, que llevaba a cabo las operaciones de represión. Los milicianos recibían formación militar básica y estaban armados, lo que les confería un poder intimidatorio considerable sobre la población civil.
La persecución de los resistentes
La misión principal de la Milice fue la lucha contra la Resistencia francesa. A medida que los grupos de resistencia crecían y el maquis se fortalecía en las montañas y los bosques del sur de Francia, la Milice se convirtió en el principal instrumento de contrainsurgencia del régimen de Vichy, complementando y a menudo sustituyendo a la Gestapo y a las fuerzas de ocupación alemanas.
Los milicianos poseían una ventaja decisiva sobre los alemanes: conocían el terreno, hablaban el idioma y podían moverse entre la población sin levantar sospechas. Utilizaron esta ventaja para infiltrar redes de resistencia, identificar a sus miembros y organizar redadas. Los métodos de interrogatorio de la Milice eran notorios por su crueldad: torturas sistemáticas, incluidas palizas, descargas eléctricas y la inmersión en bañeras de agua helada.
En las zonas rurales, la Milice libró una guerra sin cuartel contra el maquis. Las operaciones antiguerrilleras incluyeron represalias contra poblaciones civiles sospechosas de apoyar a los resistentes, incendio de granjas, ejecuciones sumarias y deportaciones. La batalla de Glières, en marzo de 1944, donde la Milice y las tropas alemanas atacaron a un grupo de maquisards en los Alpes de Alta Saboya, se convirtió en un símbolo de esta guerra civil dentro de la guerra.
La caza de judíos
La Milice participó activamente en la persecución de los judíos, colaborando con la Gestapo en las redadas y deportaciones. A diferencia de la policía francesa ordinaria, que a menudo cumplía las órdenes con mayor o menor reluctancia, muchos milicianos actuaban por convicción ideológica antisemita.
Los milicianos rastrearon a judíos escondidos en el campo, denunciaron a familias que los protegían y asaltaron refugios clandestinos. Su conocimiento del terreno local los hacía especialmente peligrosos para los judíos que intentaban ocultarse en zonas rurales. En Lyon, el jefe regional de la Milice, Paul Touvier, dirigió personalmente operaciones contra judíos y resistentes que le valieron, décadas después, una condena por crímenes contra la humanidad.
La colaboración entre la Milice y las fuerzas alemanas en la persecución de los judíos alcanzó su punto más siniestro en los últimos meses de la ocupación, cuando la desesperación del régimen de Vichy por demostrar su utilidad a los alemanes llevó a una intensificación de las redadas.
Los enfrentamientos con la Resistencia
A medida que 1944 avanzaba y la liberación se acercaba, Francia vivió una escalada de violencia que tenía todos los rasgos de una guerra civil. La Milice y la Resistencia se enfrentaban en combates abiertos, asesinatos selectivos y represalias mutuas. Los milicianos asesinaron a figuras prominentes de la vida pública francesa, como el exministro Jean Zay y el político Georges Mandel. La Resistencia respondió con ejecuciones de milicianos y colaboracionistas.
El asesinato de Philippe Henriot, secretario de Estado de Información y Propaganda de Vichy —conocido como el «Goebbels francés» por sus emisiones radiofónicas—, fue llevado a cabo por un comando de la Resistencia el 28 de junio de 1944. La Milice respondió ejecutando a siete prisioneros políticos en represalia.
Esta espiral de violencia anticipó el ajuste de cuentas que vendría con la liberación. Ambos bandos sabían que el perdedor no recibiría clemencia, lo que radicalizó aún más los enfrentamientos.
La disolución y el castigo
Con la liberación de Francia en el verano y otoño de 1944, la Milice se desintegró. Algunos milicianos intentaron huir a Alemania, donde fueron incorporados a unidades de las Waffen-SS o empleados en trabajos auxiliares. Otros trataron de esconderse o cambiar de identidad. Muchos fueron capturados por las fuerzas de la Resistencia y ejecutados sumariamente durante la «depuración salvaje» que acompañó a la liberación.
Joseph Darnand huyó a Alemania y luego a Italia, donde fue capturado por las tropas aliadas. Juzgado por alta traición, fue fusilado el 10 de octubre de 1945. Otros líderes de la Milice corrieron suertes similares: algunos fueron ejecutados tras juicios sumarísimos, otros recibieron penas de prisión.
La represión contra los colaboracionistas fue severa pero desigual. Se estima que entre nueve mil y diez mil personas fueron ejecutadas durante la depuración extrajudicial, muchas de ellas milicianos o sospechosos de serlo. Los tribunales de justicia procesaron a decenas de miles más, dictando condenas que iban desde la «degradación nacional» —pérdida de derechos cívicos— hasta la pena de muerte.
Paul Touvier, el jefe de la Milice en Lyon, logró escapar y vivió escondido durante décadas, protegido por sectores de la Iglesia católica. No fue juzgado hasta 1994, cuando se convirtió en el primer francés condenado por crímenes contra la humanidad.
El legado de la Milice
La Milice française ocupa un lugar central en la memoria de la colaboración francesa. Su existencia desmiente la narrativa de que la colaboración fue impuesta desde fuera: aquí había franceses que eligieron voluntariamente perseguir, torturar y asesinar a otros franceses en nombre de una ideología y de un régimen que había pactado con el enemigo.
La historia de la Milice plantea preguntas incómodas sobre la naturaleza de la colaboración en tiempos de guerra. No todos los milicianos eran fanáticos ideológicos: algunos se alistaron por oportunismo, otros por miedo, otros por resentimiento social. Pero todos participaron en un sistema de represión que causó sufrimiento a miles de personas y que manchó la historia de Francia con una de sus páginas más oscuras.