La Kriegsmarine fue la armada de la Alemania nazi, heredera de la Kaiserliche Marine del Imperio y la pequeña Reichsmarine de Weimar. Aunque nunca pudo igualar en tamaño a la Royal Navy británica, la Kriegsmarine libró una de las campañas más prolongadas y decisivas de la SGM: la batalla del Atlántico , donde sus submarinos estuvieron a punto de estrangular las líneas de abastecimiento que mantenían viva a Gran Bretaña. Su historia es la de una fuerza que combinó innovación tecnológica con limitaciones estratégicas insuperables.

Orígenes y rearme naval
El Tratado de Versalles había reducido la armada alemana a una fuerza simbólica: seis acorazados obsoletos, seis cruceros ligeros, doce destructores y ningún submarino. Bajo estas restricciones, la Reichsmarine mantuvo viva la tradición naval alemana mientras burlaba discretamente las limitaciones del tratado, diseñando en secreto submarinos que se construirían en astilleros extranjeros.
Cuando Hitler llegó al poder, el rearme naval se aceleró. En 1935, el Acuerdo Naval Anglo-Germano permitió a Alemania construir una flota equivalente al 35 % del tonelaje de la Royal Navy y, significativamente, paridad en submarinos (100 %). La Reichsmarine fue rebautizada como Kriegsmarine ese mismo año. El almirante Erich Raeder, comandante en jefe desde 1928, impulsó un ambicioso programa de construcción naval conocido como Plan Z, que preveía la creación de una flota equilibrada con acorazados, portaaviones, cruceros y submarinos para 1944-1945.
La guerra llegó antes de lo previsto. Cuando estalló en septiembre de 1939, la Kriegsmarine estaba lejos de completar el Plan Z. Disponía de dos acorazados (Bismarck y Tirpitz, aún en construcción), tres acorazados de bolsillo, dos cruceros pesados, seis cruceros ligeros, 21 destructores y 57 submarinos, de los cuales solo 26 eran oceánicos. Raeder reconoció ante Hitler que la armada solo podía «morir con honor» frente a la Royal Navy en un enfrentamiento convencional.
La flota de superficie
A pesar de su inferioridad numérica, la flota de superficie de la Kriegsmarine causó preocupación constante a los británicos. Los acorazados de bolsillo Admiral Graf Spee, Admiral Scheer y Deutschland (luego Lützow) operaron como corsarios en los primeros meses de la guerra, atacando el tráfico mercante aliado. El Admiral Graf Spee fue acorralado y hundido en la batalla del Río de la Plata en diciembre de 1939, el primer gran enfrentamiento naval del conflicto.
El acorazado Bismarck , con sus 50.000 toneladas y ocho cañones de 380 mm, era el buque de guerra más poderoso de Europa cuando fue botado en 1939. Su primera —y última— misión operativa en mayo de 1941 incluyó el hundimiento del HMS Hood , orgullo de la Royal Navy, pero terminó con el propio hundimiento del Bismarck tras una persecución épica por el Atlántico Norte. La pérdida del Bismarck convenció a Hitler de que los grandes buques de superficie eran demasiado valiosos para arriesgarlos, y la flota fue relegada progresivamente a un papel defensivo.
El acorazado Tirpitz, gemelo del Bismarck, pasó la mayor parte de la guerra anclado en los fiordos noruegos. Su mera presencia obligaba a la Royal Navy a mantener fuerzas considerables en Scapa Flow y amenazaba los convoyes del Ártico que abastecían a la Unión Soviética. El Tirpitz fue finalmente hundido por bombas Tallboy de la RAF en noviembre de 1944, sin haber disparado nunca sus cañones principales contra otro buque de guerra.
La guerra submarina
La verdadera arma estratégica de la Kriegsmarine fueron los U-Boote (submarinos). El almirante Karl Dönitz, jefe de la flota submarina desde 1936, había desarrollado la táctica de las «manadas de lobos» (Rudeltaktik): grupos de submarinos que se concentraban contra un convoy para abrumarlo con ataques simultáneos desde múltiples direcciones.
El U-Boot Tipo VII fue el caballo de batalla de la flota submarina. Con un desplazamiento de unas 770 toneladas en superficie, era relativamente pequeño y económico de construir, pero poseía la autonomía suficiente para operar en el Atlántico Norte. A lo largo de la guerra, se construyeron más de 700 unidades del Tipo VII en sus distintas variantes.
La guerra submarina pasó por varias fases. Los primeros meses (septiembre de 1939 a junio de 1940) fueron de éxito limitado debido al escaso número de submarinos disponibles. La caída de Francia en junio de 1940 cambió la ecuación radicalmente: las bases en la costa atlántica francesa (Lorient, Brest, Saint-Nazaire, La Rochelle, Burdeos) permitían a los U-Boote acceder directamente al Atlántico sin el peligroso tránsito por el Mar del Norte.
El período entre julio de 1940 y marzo de 1941 fue conocido por los submarinistas como la «primera época feliz» (Glückliche Zeit). Los U-Boote hundían barcos aliados a un ritmo que superaba con creces la capacidad de reemplazo. Los ases submarinos como Otto Kretschmer, Joachim Schepke y Günther Prien alcanzaron cifras de hundimiento extraordinarias. En un solo mes (octubre de 1940), los U-Boote hundieron 352.000 toneladas de navegación aliada.
El punto culminante de la amenaza submarina llegó entre noviembre de 1942 y marzo de 1943, cuando las manadas de lobos infligieron pérdidas devastadoras a los convoyes del Atlántico Norte. En marzo de 1943, los U-Boote hundieron 627.000 toneladas, la cifra más alta de la guerra. Los aliados estuvieron peligrosamente cerca de perder la batalla del Atlántico.
Sin embargo, en mayo de 1943 la situación se invirtió dramáticamente. La combinación de nuevas tecnologías aliadas —radar centimétrico, el descifrado de los códigos Enigma por Bletchley Park, aviones de patrulla de largo alcance, grupos de escolta con portaaviones auxiliares y los destructores escolta — provocó un desastre. En ese mes, 43 U-Boote fueron hundidos. Dönitz se vio obligado a retirar temporalmente los submarinos del Atlántico Norte, un revés del que nunca se recuperó.
El coste humano
La guerra submarina fue extraordinariamente letal para ambos bandos. De los aproximadamente 40.000 hombres que sirvieron en los U-Boote, unos 30.000 murieron —una tasa de bajas del 75 %, la más alta de cualquier rama militar en la SGM—. De los 1.162 submarinos construidos, 785 fueron hundidos. Los tripulantes de los mercantes aliados también pagaron un precio terrible: más de 30.000 marineros mercantes británicos perdieron la vida, junto con miles de estadounidenses, noruegos, griegos y de otras nacionalidades.
Las condiciones a bordo de los U-Boote eran extremas. Los submarinos operaban durante semanas en espacios claustrofóbicos, con aire viciado, humedad constante, alimentos que se descomponían y la amenaza permanente de las cargas de profundidad. Cuando un submarino era alcanzado en inmersión, la muerte era casi segura: el casco se comprimía o el agua entraba a presión, y no había escapatoria posible.
El hundimiento del Laconia en septiembre de 1942 ilustró la brutalidad de la guerra submarina. Cuando el U-156 torpedeó el transporte de tropas británico Laconia y descubrió que había 1.800 prisioneros de guerra italianos a bordo, el comandante Werner Hartenstein inició una operación de rescate. Aviones estadounidenses bombardearon a los submarinos que recogían supervivientes, y Dönitz emitió la controvertida «orden Laconia» que prohibía a los U-Boote rescatar a los náufragos de los buques hundidos.
Dönitz y el mando naval
Tras el fracaso de la flota de superficie —simbolizado por la humillante batalla del Mar de Barents en diciembre de 1942, donde cruceros pesados alemanes no lograron destruir un convoy débilmente escoltado—, Hitler relevó a Raeder y nombró a Karl Dönitz comandante en jefe de la Kriegsmarine en enero de 1943. Dönitz mantuvo la prioridad en la guerra submarina, pero las nuevas tecnologías aliadas habían inclinado la balanza de forma irreversible.
En los últimos años de la guerra, Dönitz depositó sus esperanzas en los nuevos submarinos Tipo XXI y Tipo XXIII, diseños revolucionarios con mayor velocidad en inmersión y snorkel que les permitía recargar baterías sin emerger. El Tipo XXI, en particular, era un salto generacional que anticipaba los submarinos de posguerra. Sin embargo, los bombardeos aliados sobre los astilleros y las dificultades de producción impidieron que estos submarinos entraran en servicio operativo antes del final de la guerra. Solo dos Tipo XXI realizaron patrullas de combate.
Dönitz fue nombrado sucesor de Hitler en el testamento político del Führer y dirigió el gobierno del Reich durante los últimos días del conflicto. Fue juzgado en Núremberg y condenado a diez años de prisión por crímenes de guerra, principalmente por la orden Laconia y la conducción de la guerra submarina sin restricciones.
Legado de la Kriegsmarine
La Kriegsmarine fracasó en su objetivo estratégico de aislar a Gran Bretaña, pero la guerra submarina estuvo más cerca de lograrlo de lo que suele reconocerse. La batalla del Atlántico fue la campaña más larga de la SGM (1939-1945) y consumió recursos aliados enormes en escoltas, construcción naval, desarrollo tecnológico y descifrado de códigos.
La innovación tecnológica de la Kriegsmarine, especialmente en diseño de submarinos, influyó directamente en el desarrollo naval de posguerra. Los Tipo XXI capturados fueron estudiados minuciosamente por los aliados y sirvieron de base para las nuevas generaciones de submarinos estadounidenses, británicos y soviéticos. La guerra submarina alemana, con sus éxitos y fracasos, transformó para siempre la estrategia naval.