El 7 de diciembre de 1941, los aviones japoneses convirtieron el ataque a Pearl Harbor en el mayor desastre naval de la historia estadounidense. Ocho acorazados fueron hundidos o dañados gravemente, y más de 2.400 personas murieron en apenas dos horas. Parecía que la US Navy había quedado aniquilada. Sin embargo, en los tres años y medio siguientes, la armada estadounidense protagonizó la recuperación militar más espectacular del siglo XX: construyó la flota más grande que jamás haya existido, derrotó a la Marina Imperial Japonesa en una sucesión de batallas decisivas y proyectó el poder naval estadounidense por todo el globo. Al final de la guerra, la US Navy era la fuerza naval dominante del mundo, una posición que nunca ha perdido.

La US Navy antes de Pearl Harbor
A pesar del desastre de Pearl Harbor, la US Navy no era una fuerza improvisada. Desde la década de 1920, los planificadores navales estadounidenses habían desarrollado los planes de guerra naranja (War Plan Orange), que anticipaban un conflicto con Japón y preveían una campaña naval a través del Pacífico para derrotar a la flota imperial. Estos planes, refinados durante dos décadas, proporcionaron el marco estratégico para la guerra que efectivamente se libró.
En 1941, la US Navy disponía de 17 acorazados, 8 portaaviones, 37 cruceros, 171 destructores y 114 submarinos, además de una vasta infraestructura de bases, astilleros y escuelas de formación. El Congreso había aprobado en 1940 la Two-Ocean Navy Act, un programa de construcción masivo que multiplicaría el tamaño de la flota, aunque la mayor parte de los buques no estarían listos hasta 1943-1944.
El almirante Chester Nimitz , nombrado comandante de la Flota del Pacífico tras Pearl Harbor, y el almirante Ernest King, como comandante en jefe de la US Navy, fueron los arquitectos de la estrategia naval que llevaría a la victoria.
Los portaaviones: la nueva arma decisiva
Pearl Harbor demostró, paradójicamente, que los acorazados habían dejado de ser los reyes del mar. Los tres portaaviones de la flota del Pacífico, el USS Enterprise, el USS Lexington y el USS Saratoga, estaban en el mar durante el ataque y sobrevivieron intactos. Serían estos buques, y no los acorazados, los que llevarían el peso de la guerra en los meses críticos de 1942.
La batalla del mar del Coral en mayo de 1942 fue el primer combate naval de la historia en el que los buques enemigos nunca se vieron mutuamente: toda la acción fue conducida por los grupos aéreos embarcados. Aunque tácticamente inconclusa (cada bando perdió un portaaviones), la batalla detuvo el avance japonés hacia Australia.
Un mes después, la batalla de Midway cambió el curso de la guerra. Los pilotos de los portaaviones Enterprise , Hornet y Yorktown hundieron cuatro portaaviones japoneses, los mismos que habían atacado Pearl Harbor, a cambio de uno propio. Midway destruyó el núcleo de la aviación naval japonesa y trasladó la iniciativa estratégica a Estados Unidos.
La producción industrial estadounidense convirtió esta ventaja inicial en una supremacía abrumadora. Los astilleros norteamericanos construyeron 24 portaaviones de la clase Essex, 9 portaaviones ligeros de la clase Independence y 122 portaaviones de escolta durante la guerra. Japón, con su industria limitada y sus recursos menguantes, no pudo competir con este ritmo de construcción.
La campaña del Pacífico: isla por isla
Guadalcanal: el punto de inflexión
La batalla de Guadalcanal , entre agosto de 1942 y febrero de 1943, fue la primera ofensiva aliada en el Pacífico y una prueba de fuego para la US Navy. Los combates navales alrededor de la isla, incluyendo las batallas de la isla de Savo, del cabo Esperanza y de las islas Santa Cruz, fueron algunos de los más feroces de la guerra. La US Navy perdió más buques que los japoneses en las aguas de Guadalcanal, pero logró mantener los suministros que permitieron a los Marines conservar la isla.
El salto de islas
A partir de 1943, la US Navy adoptó la estrategia del salto de islas (island hopping), avanzando hacia Japón capturando islas estratégicas y dejando aisladas las guarniciones intermedias. Cada asalto anfibio requería una coordinación masiva entre la flota, la aviación naval, los Marines y las fuerzas del Ejército.
Las batallas de Tarawa , Saipán , Peleliu , Iwo Jima y Okinawa demostraron tanto la eficacia como el coste terrible de esta estrategia. En cada isla, los japoneses se atrincheraban en fortificaciones subterráneas y luchaban hasta la muerte, obligando a los atacantes a pagar un precio altísimo en sangre.
Las grandes batallas navales de 1944
El año 1944 fue decisivo. En la batalla del mar de Filipinas en junio, conocida como el «gran tiro al pavo de las Marianas», la aviación naval estadounidense destruyó más de 600 aviones japoneses y hundió tres portaaviones, eliminando definitivamente la capacidad de la aviación embarcada japonesa.
En octubre, la batalla del golfo de Leyte fue el mayor combate naval de la historia. Tres flotas japonesas convergieron sobre las fuerzas estadounidenses que apoyaban la invasión de Filipinas. En una serie de acciones caóticas que incluyeron el primer uso masivo de kamikazes , la US Navy infligió pérdidas devastadoras a la armada japonesa: cuatro portaaviones, tres acorazados (incluyendo el Musashi ), diez cruceros y once destructores fueron hundidos. La Marina Imperial Japonesa dejó de existir como fuerza de combate efectiva.
La guerra submarina
Los submarinos de la US Navy libraron una campaña devastadora contra la marina mercante japonesa que fue tan decisiva como las grandes batallas de superficie, aunque mucho menos conocida. A diferencia de Alemania, cuyas campañas submarinas son célebres, la guerra submarina estadounidense rara vez recibe la atención que merece.
Los submarinos de la clase Gato y Balao, operando desde bases en Hawái, Australia y, más tarde, Guam, atacaron los buques de transporte que llevaban petróleo, caucho, minerales y alimentos desde los territorios conquistados por Japón hacia las islas metropolitanas. Para una nación insular como Japón, totalmente dependiente de las importaciones marítimas, esta campaña fue estranguladora.
Las cifras hablan por sí solas: los submarinos estadounidenses hundieron más de 1.300 buques mercantes japoneses y 201 buques de guerra, incluyendo un acorazado y ocho portaaviones. Destruyeron más del 55 por ciento del tonelaje mercante japonés, paralizando la industria, cortando los suministros de combustible y provocando escasez de alimentos en las ciudades japonesas. El precio fue alto: 52 submarinos y más de 3.500 tripulantes se perdieron, una tasa de bajas del 22 por ciento, la más alta de todas las ramas de las fuerzas armadas estadounidenses.
La amenaza kamikaze
En los últimos meses de la guerra, la US Navy se enfrentó a una amenaza sin precedentes: los ataques kamikazes. Pilotos japoneses que se lanzaban deliberadamente contra los buques aliados causaron daños devastadores, especialmente durante la campaña de Okinawa entre abril y junio de 1945. Más de 1.900 aviones kamikaze atacaron la flota aliada frente a Okinawa, hundiendo 36 buques y dañando 368. La US Navy sufrió más bajas en Okinawa que en cualquier otra campaña de la guerra.
Los destructores que servían como piquetes de radar, las primeras líneas de alerta ante los ataques aéreos, fueron los más castigados. Estacionados lejos de la flota principal para dar la voz de alarma, eran blancos fáciles para los kamikazes. Las tripulaciones de estos destructores mostraron un coraje extraordinario en unas condiciones que ponían a prueba los límites de la resistencia humana.
Logística: el arma secreta
Quizá la contribución más decisiva de la US Navy no fue ninguna batalla sino su capacidad logística. La Flota de Servicio del Pacífico, una vasta organización de buques cisterna, de suministros, de municiones, de reparaciones y de hospital, permitió que la flota de combate operara a miles de kilómetros de sus bases durante semanas sin necesidad de regresar a puerto.
El concepto de reabastecimiento en el mar, perfeccionado por la US Navy durante la guerra, permitió una movilidad estratégica sin precedentes. La Quinta Flota (más tarde redesignada Tercera Flota) podía golpear un objetivo, reabastecerse en el mar y atacar otro a cientos de millas de distancia en cuestión de días. Los japoneses, que carecían de una infraestructura logística comparable, no podían igualar esta flexibilidad.
Los Seabees (de CB, Construction Battalions), los batallones de construcción de la US Navy, complementaban esta logística construyendo aeródromos, puertos y bases en las islas recién capturadas a una velocidad asombrosa. En días, una isla desolada se convertía en una base aérea y naval operativa.
El coste y el legado
La US Navy perdió más de 36.000 muertos durante la SGM y cientos de buques de todos los tipos. Pero las cifras de construcción eclipsaron con creces las pérdidas: al final de la guerra, la US Navy contaba con más de 6.700 buques, incluyendo 28 portaaviones de flota y ligeros, 23 acorazados y 72 portaaviones de escolta. Era, con diferencia, la mayor armada que el mundo había visto jamás.
El legado de la US Navy en la SGM fue transformador. La guerra demostró definitivamente la supremacía del portaaviones sobre el acorazado como capital ship de la flota, una revolución doctrinal que sigue vigente. Las técnicas de guerra anfibia, reabastecimiento en el mar y coordinación aeronaval desarrolladas en el Pacífico se convirtieron en el estándar de las operaciones navales modernas.
La US Navy emergió de la guerra como la fuerza naval dominante del planeta, un papel que asumió de la Royal Navy británica y que ha mantenido desde entonces. De las cenizas de Pearl Harbor surgió una armada que no solo derrotó a Japón, sino que redefinió lo que significaba el poder naval en la era moderna.