Para una nación insular como Gran Bretaña, el control del mar no era una opción estratégica sino una cuestión de supervivencia. La Royal Navy, la armada más poderosa del mundo al inicio de la SGM, tuvo que defender las líneas de suministro que mantenían vivo al país, proteger los convoyes que cruzaban el Atlántico, proyectar poder en el Mediterráneo y el Pacífico, y enfrentarse a amenazas que iban desde los acorazados de superficie de la Kriegsmarine hasta la mortífera campaña submarina de los U-Boot . Fue una guerra naval global que puso a prueba los límites de la armada británica.

La Royal Navy en 1939
Cuando Gran Bretaña declaró la guerra a Alemania el 3 de septiembre de 1939, la Royal Navy era, al menos sobre el papel, una fuerza formidable. Disponía de 15 acorazados y cruceros de batalla, 7 portaaviones, 66 cruceros, 184 destructores y 60 submarinos, además de centenares de buques menores. Era la armada más grande del mundo, con bases repartidas por todo el imperio, desde Scapa Flow en las Orcadas escocesas hasta Singapur y Alejandría.
Sin embargo, la realidad era más complicada. Muchos de los buques databan de la Primera Guerra Mundial o del período de entreguerras y estaban anticuados. Los tratados navales de Washington y Londres habían limitado la construcción durante dos décadas. La RAF, al ser un servicio independiente, controlaba la aviación naval, lo que significaba que la Royal Navy carecía de aviones modernos para sus portaaviones. Y las obligaciones imperiales dispersaban la flota por todo el globo, obligándola a cubrir demasiado con demasiado poco.
El primer lord del Almirantazgo al estallar la guerra era Winston Churchill , que repetía el cargo que había ocupado durante la Primera Guerra Mundial. Su nombramiento fue recibido con entusiasmo por la flota, y la famosa señal «Winston está de vuelta» circuló por los buques de la armada.
La batalla del Atlántico
La batalla del Atlántico fue el combate más largo y crucial de la Royal Navy durante la SGM. Desde el primer día de la guerra hasta el último, los submarinos alemanes, junto con buques de superficie, minas y aviones, intentaron cortar las líneas de suministro que unían Gran Bretaña con América del Norte. Si lo hubieran conseguido, Gran Bretaña habría tenido que rendirse por hambre, independientemente de lo que sucediera en los campos de batalla terrestres.
El sistema de convoyes
La Royal Navy adoptó desde el principio el sistema de convoyes, agrupando a los mercantes en formaciones protegidas por escoltas navales. La experiencia de la Primera Guerra Mundial había demostrado que los convoyes reducían drásticamente las pérdidas, pero la escasez de escoltas, especialmente de destructores y corbetas, hizo que la protección fuera inicialmente insuficiente.
Los primeros años de la guerra fueron devastadores. Los U-Boot operaban en «manadas de lobos» coordinadas por el almirante Karl Dönitz , atacando los convoyes en la superficie durante la noche, donde los ASDIC (sonar) de los escoltas no podían detectarlos. La «brecha del Atlántico medio», fuera del alcance de la aviación terrestre, era especialmente peligrosa.
La vuelta de la marea
El punto de inflexión llegó en mayo de 1943, el «mayo negro» para los submarinos alemanes. Una combinación de factores inclinó la balanza a favor de los aliados: la introducción de aviones de largo alcance que cerraron la brecha del Atlántico, los nuevos radares centimétricos que detectaban a los submarinos en superficie, el descifrado sistemático del código Enigma naval que permitía redirigir los convoyes lejos de las manadas de lobos, la llegada masiva de destructores de escolta y corbetas de nueva construcción, y los grupos de apoyo que podían acudir en auxilio de los convoyes atacados.
En mayo de 1943, Dönitz perdió 41 submarinos en un solo mes y se vio obligado a retirar temporalmente sus fuerzas del Atlántico norte. Aunque la amenaza submarina nunca desapareció del todo, la batalla del Atlántico estaba decidida.
Los convoyes del Ártico
Los convoyes del Ártico , que transportaban suministros aliados a la Unión Soviética a través de las aguas heladas del mar de Noruega y el mar de Barents, fueron algunas de las operaciones más peligrosas de la guerra naval. Expuestos a los ataques de submarinos, aviones y buques de superficie que operaban desde las bases noruegas, y a unas condiciones climáticas extremas, estos convoyes sufrieron pérdidas terribles.
El desastre del convoy PQ-17 en julio de 1942, que fue dispersado por orden del Almirantazgo ante la amenaza del acorazado Tirpitz y perdió 24 de sus 35 mercantes ante los submarinos y aviones alemanes, fue uno de los episodios más controvertidos de la guerra. La decisión de dispersar el convoy sigue siendo debatida por los historiadores navales.
Los grandes combates de superficie
La caza del Bismarck
El hundimiento del Bismarck en mayo de 1941 fue uno de los episodios más dramáticos de la guerra naval. El acorazado alemán, el más poderoso de Europa, salió al Atlántico con el crucero pesado Prinz Eugen para atacar los convoyes aliados. En el estrecho de Dinamarca, el Bismarck destruyó al HMS Hood , el orgullo de la Royal Navy, con una explosión que mató a todos menos tres de sus 1.418 tripulantes.
La destrucción del Hood provocó una persecución a escala oceánica. Prácticamente toda la Home Fleet se lanzó tras el Bismarck. Tras perderle el rastro y volver a localizarlo gracias a un reconocimiento aéreo, un torpedo lanzado por un biplano Swordfish del portaaviones HMS Ark Royal inutilizó el timón del acorazado alemán. Incapaz de maniobrar, el Bismarck fue acribillado por los acorazados británicos hasta hundirse el 27 de mayo de 1941.
El Mediterráneo
En el Mediterráneo, la Royal Navy se enfrentó a la Marina italiana y a la Luftwaffe en una lucha por el control de las rutas marítimas. La victoria de Tarento en noviembre de 1940, cuando aviones torpederos del portaaviones HMS Illustrious atacaron la flota italiana en su base y hundieron o dañaron gravemente tres acorazados, demostró el poder de la aviación naval y fue estudiada por los japoneses como modelo para su ataque a Pearl Harbor.
La batalla del cabo Matapán en marzo de 1941, donde la Royal Navy destruyó tres cruceros pesados italianos en un combate nocturno, consolidó la superioridad naval británica en el Mediterráneo oriental. Sin embargo, mantener abiertas las rutas de suministro a Malta y al norte de África fue una lucha constante contra los submarinos, los aviones y las minas del Eje.
Operaciones anfibias
La Royal Navy fue un componente esencial de todas las grandes operaciones anfibias aliadas en el teatro europeo. Desde la evacuación de Dunkerque en 1940, una operación de rescate improvisada que sacó a más de 338.000 soldados de las playas francesas, hasta el desembarco de Normandía en junio de 1944, la armada británica proporcionó los buques, la protección y la organización logística que hicieron posibles estas operaciones.
En la invasión de Sicilia en julio de 1943 y el posterior desembarco en Italia, la Royal Navy coordinó una de las operaciones anfibias más grandes de la historia hasta entonces. Y el día D, la armada británica proporcionó la mayor parte de la fuerza naval aliada: más de 1.200 buques de guerra y miles de embarcaciones de desembarco cruzaron el canal de la Mancha bajo la protección de la flota.
La guerra en el Pacífico
La Royal Navy sufrió uno de sus mayores desastres en el Pacífico, cuando los japoneses hundieron al acorazado HMS Prince of Wales y al crucero de batalla HMS Repulse frente a Malasia el 10 de diciembre de 1941. Fue la primera vez que buques de guerra de primera línea eran hundidos exclusivamente por aviones en mar abierto, una lección brutal sobre el poder de la aviación naval.
La caída de Singapur en febrero de 1942 eliminó la principal base naval británica en el Lejano Oriente. Durante los años siguientes, la Royal Navy operó en el océano Índico con recursos limitados, centrada en proteger las rutas hacia la India y en apoyar las operaciones terrestres en Birmania.
En 1944, la British Pacific Fleet se constituyó como una fuerza de combate significativa equipada con portaaviones modernos. Operando junto a la US Navy en las campañas finales contra Japón, la flota británica participó en los bombardeos de las islas japonesas y en la batalla de Okinawa. Los portaaviones británicos, con sus cubiertas blindadas, demostraron ser más resistentes a los ataques kamikaze que sus equivalentes estadounidenses.
El coste humano
La Royal Navy pagó un precio terrible durante la SGM. Más de 50.000 marineros perdieron la vida y 820 buques fueron hundidos, incluyendo 5 acorazados, 8 portaaviones, 33 cruceros y 153 destructores. La marina mercante, que dependía de la protección de la Royal Navy, perdió más de 30.000 tripulantes y 2.500 barcos.
Pero estas cifras no capturan la totalidad del sacrificio. Los marineros de la Royal Navy servían en condiciones extremas: las aguas heladas del Ártico, los mares infestados de submarinos del Atlántico, el calor asfixiante del Mediterráneo y el Pacífico. Las tripulaciones de los escoltas de convoyes pasaban semanas en el mar en buques pequeños sacudidos por las tormentas, siempre alerta ante la amenaza de los torpedos.
Legado
La Royal Navy salió de la SGM victoriosa pero debilitada. El esfuerzo bélico había agotado los recursos de Gran Bretaña, y la supremacía naval que había mantenido durante siglos pasó definitivamente a Estados Unidos. La US Navy, con su enorme flota de portaaviones y buques de combate, emergió como la armada dominante del mundo.
Sin embargo, la contribución de la Royal Navy a la victoria fue inmensa. Sin su protección de los convoyes del Atlántico, Gran Bretaña habría caído. Sin sus operaciones anfibias, la liberación de Europa habría sido imposible. Sin su presencia en el Mediterráneo, el norte de África y el Pacífico, la estrategia aliada se habría desmoronado. La Royal Navy demostró una vez más que el dominio del mar era la condición previa de todo lo demás.