Ninguna fuerza militar sufrió más ni luchó con mayor ferocidad durante la SGM que el Ejército Rojo soviético. Desde la catástrofe de la invasión alemana en junio de 1941 hasta la toma de Berlín en mayo de 1945, las fuerzas armadas de la Unión Soviética libraron la guerra terrestre más grande de la historia. Más de 30 millones de soviéticos sirvieron en las fuerzas armadas; de ellos, entre 8 y 11 millones murieron en combate o en cautividad. El Ejército Rojo destruyó la mayor parte del poder militar alemán y fue, por cualquier medida objetiva, la fuerza que más contribuyó a la derrota del nazismo.

Soldados del Ejército Rojo durante el avance hacia Berlín
El Ejército Rojo fue la fuerza militar que más contribuyó a la derrota del nazismo. Fotógrafo desconocido · Dominio público

Las purgas y sus consecuencias

Para comprender el desastroso comienzo de la guerra para el Ejército Rojo, es imprescindible entender lo que le habían hecho antes de que empezara. Las Grandes Purgas de Stalin entre 1937 y 1938 devastaron el cuerpo de oficiales soviético. Tres de los cinco mariscales de la Unión Soviética fueron ejecutados, junto con 13 de los 15 comandantes de ejército, 50 de los 57 comandantes de cuerpo, 154 de los 186 comandantes de división y miles de oficiales de menor rango.

Los efectos fueron catastróficos. Los oficiales supervivientes, aterrorizados por la posibilidad de ser denunciados, evitaban tomar iniciativas o cuestionar las órdenes superiores. La doctrina militar soviética, que en la década de 1930 había sido una de las más innovadoras del mundo gracias a teóricos como Mijaíl Tujachevski (ejecutado en las purgas), se osificó. Los mandos intermedios carecían de la formación y la experiencia necesarias para dirigir las operaciones a gran escala que la guerra moderna exigía.

La catástrofe de 1941

Cuando Alemania lanzó la Operación Barbarroja el 22 de junio de 1941 con más de tres millones de soldados, el Ejército Rojo fue tomado por sorpresa a pesar de las numerosas advertencias de inteligencia. Stalin se había negado a creer que Hitler rompería el pacto Molotov-Ribbentrop y había prohibido cualquier medida defensiva que pudiera «provocar» a los alemanes.

El resultado fue una catástrofe de proporciones históricas. En las primeras semanas, la Luftwaffe destruyó más de 3.900 aviones soviéticos, la mayoría en tierra. Las divisiones Panzer alemanas avanzaron a velocidades vertiginosas, rodeando y capturando a ejércitos enteros. Las bolsas de Kiev (septiembre de 1941) y Viazma-Briansk (octubre de 1941) costaron más de un millón de prisioneros soviéticos. Para finales de 1941, Alemania había capturado a más de tres millones de soldados soviéticos, la mayoría de los cuales morirían en cautividad por hambre, enfermedades y malos tratos deliberados.

Sin embargo, incluso en medio de la catástrofe, hubo signos de resistencia. La fortaleza de Brest aguantó más de un mes contra los atacantes. Las tropas soviéticas, aunque rodeadas y sin suministros, seguían luchando, retrasando el avance alemán y causando bajas que la Wehrmacht no había previsto. Y en diciembre de 1941, frente a las puertas de Moscú, el Ejército Rojo lanzó una contraofensiva que empujó a los alemanes hacia atrás por primera vez, demostrando que la Blitzkrieg no era invencible.

La transformación de 1942-1943

Stalingrado: el punto de inflexión

La batalla de Stalingrado , entre agosto de 1942 y febrero de 1943, fue el punto de inflexión de la guerra en el frente oriental y, posiblemente, de toda la SGM. Lo que comenzó como un intento alemán de capturar una ciudad industrial a orillas del Volga se convirtió en un combate urbano de una brutalidad sin precedentes, donde las unidades soviéticas lucharon casa por casa, habitación por habitación, con una tenacidad que asombró al mundo.

La genialidad de la operación soviética no estuvo solo en la defensa de la ciudad sino en la Operación Urano, el envolvimiento estratégico que rodeó al 6.º Ejército alemán del general Paulus. Planificada por el general Gueorgui Zhúkov y el jefe del Estado Mayor Aleksandr Vasilevski, la operación demostró que el Ejército Rojo había aprendido a conducir operaciones a gran escala con una sofisticación que rivalizaba con la de la Wehrmacht.

La rendición de Paulus y más de 90.000 soldados alemanes en febrero de 1943 fue un golpe moral devastador para Alemania. Stalingrado demostró que el Ejército Rojo podía no solo resistir sino derrotar a las mejores formaciones de la Wehrmacht.

Kursk: la iniciativa cambia de bando

La batalla de Kursk en julio de 1943 fue la última gran ofensiva alemana en el frente oriental. Hitler concentró sus mejores divisiones Panzer, incluyendo los nuevos tanques Tiger y Panther, para intentar destruir el saliente soviético de Kursk. Pero gracias a la inteligencia (incluyendo informes de espías como la red Orquesta Roja ), el Ejército Rojo conocía el plan alemán y había preparado un sistema defensivo de una profundidad sin precedentes: ocho líneas sucesivas de trincheras, campos de minas, posiciones antitanque y reservas blindadas.

La ofensiva alemana se estrelló contra estas defensas y, tras una semana de los combates de blindados más intensos de la historia, fue detenida. Inmediatamente, el Ejército Rojo lanzó sus propias ofensivas, las operaciones Kutuzov y Polkóvodets Rumiántsev, que liberaron Orel y Járkov. Desde Kursk, la iniciativa en el frente oriental perteneció irrevocablemente a la Unión Soviética.

La máquina de guerra soviética

Masividad industrial

La capacidad del Ejército Rojo para recuperarse de los desastres de 1941 y crecer hasta convertirse en la fuerza terrestre más poderosa del mundo se debió en gran parte a un esfuerzo industrial titánico. Las fábricas soviéticas, muchas de ellas evacuadas desde el oeste hacia los Urales y Siberia en los primeros meses de la guerra, produjeron cantidades asombrosas de material bélico.

Solo en 1943, la industria soviética fabricó más de 24.000 tanques (frente a los 12.000 alemanes), 35.000 aviones y más de 130.000 piezas de artillería. Los tanques T-34, que combinaban blindaje inclinado, movilidad y un cañón potente, se produjeron en masa con una filosofía de diseño que priorizaba la cantidad y la facilidad de fabricación sobre el refinamiento técnico. El Ejército Rojo siempre tuvo más tanques, más cañones y más aviones que su enemigo.

Doctrina y aprendizaje

La transformación doctrinal del Ejército Rojo entre 1941 y 1945 fue extraordinaria. De un ejército rígido, aterrorizado por las purgas y dirigido por mandos incompetentes, se convirtió en una fuerza capaz de planificar y ejecutar operaciones estratégicas de enorme complejidad.

La doctrina de las operaciones profundas (glubokaya operatsiya), desarrollada en la década de 1930 y abandonada tras las purgas, fue resucitada y perfeccionada. El concepto era simple pero devastador: penetrar las defensas enemigas en múltiples puntos con infantería y artillería, y luego lanzar cuerpos mecanizados y de tanques a través de las brechas para avanzar a gran profundidad en la retaguardia enemiga, destruyendo las reservas, cortando las comunicaciones y rodeando a ejércitos enteros.

Esta doctrina encontró su expresión más brillante en la Operación Bagratión de junio de 1944, que destruyó el Grupo de Ejércitos Centro alemán en Bielorrusia. En apenas tres semanas, el Ejército Rojo avanzó más de 500 kilómetros, destruyó o capturó a 28 divisiones alemanas e infligió unas 400.000 bajas. Fue una de las mayores derrotas de la historia militar alemana, comparable en escala a Stalingrado pero aún más decisiva estratégicamente.

Los comandantes

De las cenizas de las purgas surgió una nueva generación de comandantes soviéticos que aprendieron su oficio en el campo de batalla. Zhúkov, el más famoso, fue el bombero del Ejército Rojo: enviado allí donde la crisis era mayor, organizó la defensa de Moscú, planificó la contraofensiva de Stalingrado y coordinó las ofensivas finales contra Berlín.

Konstantín Rokossovski , que había sobrevivido a las purgas tras ser encarcelado y torturado, se convirtió en uno de los mejores comandantes de frente. Iván Kónev dirigió las operaciones en Ucrania y la carrera final hacia Berlín. Vasili Chuikov comandó la defensa de Stalingrado con una tenacidad feroz. Estos hombres, y muchos otros, demostraron una capacidad operacional que igualaba y a menudo superaba a la de sus homólogos alemanes.

La marcha hacia Berlín

A partir de 1944, el Ejército Rojo llevó a cabo una sucesión de ofensivas masivas que expulsaron a los alemanes del territorio soviético y llevaron la guerra al corazón de Europa. Las diez ofensivas estratégicas de 1944, conocidas como los «diez golpes de Stalin», liberaron los Estados bálticos, Bielorrusia, Ucrania, Rumanía, Bulgaria y gran parte de Polonia.

En enero de 1945, la ofensiva del Vístula-Óder llevó al Ejército Rojo desde Polonia central hasta el río Óder, a apenas 60 kilómetros de Berlín, en apenas dos semanas. Y en abril de 1945, más de 2,5 millones de soldados soviéticos lanzaron la ofensiva final contra la capital del Reich.

La batalla de Berlín fue un combate urbano feroz que costó más de 80.000 muertos soviéticos. Las tropas de Chuikov lucharon calle por calle, edificio por edificio, hasta que los soldados del 150.º Regimiento de Fusileros izaron la bandera roja sobre el Reichstag el 30 de abril de 1945. Era el final de la guerra en Europa.

El coste humano

Las cifras del sacrificio soviético son difíciles de comprender. Las fuerzas armadas soviéticas sufrieron entre 8 y 11 millones de muertos en combate (las estimaciones varían según las fuentes), además de millones de heridos y mutilados. Los prisioneros de guerra soviéticos, tratados con una brutalidad genocida por los alemanes, murieron en una proporción de aproximadamente el 57 por ciento, unos 3,3 millones de personas.

El sufrimiento no se limitó a los militares. La población civil soviética perdió entre 16 y 20 millones de personas, víctimas de las matanzas deliberadas, el hambre (como durante el sitio de Leningrado , que mató a más de un millón de civiles), las deportaciones y la destrucción generalizada. En total, la Unión Soviética perdió entre 24 y 27 millones de personas, casi la mitad de todas las víctimas de la SGM.

Estas cifras no fueron solo el resultado de la brutalidad alemana. Las decisiones de Stalin, desde la negativa a preparar las defensas antes de Barbarroja hasta las órdenes de «ni un paso atrás» (la Orden n.º 227) que amenazaban con la ejecución a los que se retiraran, también contribuyeron al inmenso coste humano. Los batallones de castigo (shtrafbat), formados por soldados que habían cometido infracciones reales o imaginarias, eran enviados a las misiones más suicidas. Y los comisarios políticos, presentes en todas las unidades, ejercían un control ideológico que a menudo primaba sobre la eficacia militar.

Legado

El Ejército Rojo salió de la SGM como la fuerza terrestre más poderosa del mundo, desplegada desde Berlín hasta Manchuria. Su victoria sobre la Alemania nazi fue la base de la legitimidad del régimen soviético durante décadas y sigue siendo un elemento central de la identidad nacional rusa.

Militarmente, el Ejército Rojo demostró que la masa, cuando se combina con una doctrina operacional sofisticada y una determinación implacable, puede derrotar a ejércitos técnicamente superiores. Las operaciones profundas soviéticas de 1944-1945 siguen siendo estudiadas en las academias militares de todo el mundo como ejemplos de arte operacional a gran escala.

Pero el legado del Ejército Rojo es también una historia de sufrimiento inimaginable. Los millones de soldados soviéticos que murieron en el frente oriental, muchos de ellos campesinos apenas entrenados lanzados al combate con equipamiento inadecuado, pagaron el precio más alto de la victoria aliada. Sin su sacrificio, la derrota del nazismo habría sido imposible. Esa es una deuda que la historia no puede olvidar.