El 27 de mayo de 1942, dos paracaidistas checos entrenados por el SOE británico emboscaron el coche de Reinhard Heydrich en una curva de Praga. El atentado logró lo que ninguna otra operación aliada consiguió durante toda la guerra: matar a uno de los hombres más poderosos y temidos del Tercer Reich. La Operación Anthropoid fue un acto de audacia extraordinaria, pero sus consecuencias fueron devastadoras: las represalias nazis borraron pueblos enteros del mapa y costaron la vida a miles de civiles inocentes.

Reinhard Heydrich: el verdugo del Reich
Reinhard Heydrich era, después de Heinrich Himmler, el hombre más peligroso de las SS. Director de la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA), controlaba la Gestapo , el Servicio de Seguridad (SD) y la Policía Criminal. Fue él quien presidió la Conferencia de Wannsee en enero de 1942, donde se formalizó la logística de la Solución Final : el exterminio sistemático de los judíos de Europa.
En septiembre de 1941, Hitler lo nombró protector interino del Reich en Bohemia y Moravia, el protectorado creado tras la ocupación de Checoslovaquia. Heydrich combinó la brutalidad con la astucia: ejecutó a opositores, aplastó la resistencia checa y, al mismo tiempo, mejoró las condiciones laborales de los obreros checos para aumentar la producción de guerra. Su eficiencia era tan temible que lo apodaban «el carnicero de Praga» y «el hombre con el corazón de hierro».
Hitler lo consideraba un posible sucesor. Dentro de la jerarquía nazi, Heydrich era quizás el único que reunía la inteligencia, la ambición y la crueldad necesarias para competir con los pesos pesados del régimen. Su eliminación no era solo un golpe simbólico: significaba decapitar la maquinaria de represión y genocidio del Tercer Reich.
La génesis de la operación
La decisión de asesinar a Heydrich partió del gobierno checoslovaco en el exilio, dirigido por el presidente Edvard Beneš desde Londres. Las motivaciones eran tanto patrióticas como políticas. Beneš necesitaba un acto espectacular que demostrara a los Aliados que la resistencia checa seguía viva y que justificara la anulación de los Acuerdos de Múnich, que habían desmembrado Checoslovaquia en 1938.
La inteligencia militar checa, en colaboración con el SOE, seleccionó a dos soldados para la misión: el cabo Jozef Gabčík, un eslovaco de 29 años, y el sargento Jan Kubiš, un moravo de 28. Ambos habían escapado de la Checoslovaquia ocupada, luchado con la Legión Extranjera francesa y llegado a Inglaterra tras la caída de Francia. Voluntarios decididos, sabían que la misión era probablemente suicida.
El entrenamiento se prolongó durante meses en las instalaciones del SOE en Escocia e Inglaterra. Gabčík y Kubiš aprendieron técnicas de sabotaje, combate cuerpo a cuerpo, uso de armas y explosivos, y se familiarizaron con la topografía de Praga mediante mapas y fotografías. La noche del 28 de diciembre de 1941, un bombardero Halifax los lanzó en paracaídas sobre Bohemia, cerca de la localidad de Nehvizdy, a 20 kilómetros al este de Praga.
Meses de preparación en Praga
Los dos agentes pasaron casi cinco meses en la clandestinidad antes de ejecutar el atentado. Fueron acogidos por una red de familias patriotas checas que les proporcionaron alojamiento, documentos falsos y contactos con la resistencia local. La vida en la Praga ocupada era peligrosa: la Gestapo y los colaboracionistas estaban por todas partes, y cualquier denuncia podía ser fatal.
Durante esos meses, Gabčík y Kubiš estudiaron meticulosamente los movimientos de Heydrich. El protector era un hombre de hábitos predecibles y de una arrogancia que rayaba en la imprudencia: viajaba diariamente desde su residencia en el castillo de Panenské Břežany hasta su despacho en el castillo de Praga en un Mercedes-Benz descapotable, sin escolta blindada, convencido de que ningún checo se atrevería a atentar contra él.
Los agentes identificaron un punto ideal para la emboscada: una curva cerrada en la carretera que bajaba desde Libeň hacia el centro de Praga, donde el coche debía reducir drásticamente la velocidad. Allí, en una esquina junto a una parada de tranvía, montarían su trampa.
El atentado: 27 de mayo de 1942
La mañana del 27 de mayo era luminosa y templada. Gabčík se apostó en la curva con un subfusil Sten oculto bajo su gabardina. Kubiš esperaba unos metros más atrás con una granada antitanque especialmente modificada. Un tercer hombre, Josef Valčík, actuaba como vigía en la colina, con un espejo para señalar la llegada del coche.
A las 10:31 de la mañana, el Mercedes verde oscuro de Heydrich apareció por la carretera. Cuando el conductor redujo la velocidad para tomar la curva, Gabčík se plantó frente al vehículo, sacó el Sten y apretó el gatillo. El arma se encasquilló. En ese instante crítico, Heydrich cometió el error que le costaría la vida: en lugar de ordenar al conductor que acelerara, se puso en pie en el coche y sacó su pistola para disparar contra el atacante.
Kubiš aprovechó ese momento para lanzar la granada modificada contra el coche. La bomba no impactó directamente en el vehículo, sino que estalló junto a la rueda trasera derecha, destrozando el lateral del Mercedes. La explosión lanzó metralla, fragmentos de tapicería y trozos de metal contra el cuerpo de Heydrich.
Lo que siguió fue caótico. Heydrich, herido pero aún en pie, saltó del coche y persiguió a Kubiš pistola en mano durante unos metros antes de derrumbarse. Gabčík y Kubiš lograron escapar en medio de la confusión, ayudados por civiles checos. Heydrich fue trasladado al hospital Bulovka, donde los cirujanos encontraron fragmentos de metralla, tela y crin de caballo del tapizado incrustados en su bazo.
La muerte de Heydrich
A pesar de una operación quirúrgica aparentemente exitosa, el estado de Heydrich empeoró en los días siguientes. Himmler envió a su médico personal, el doctor Karl Gebhardt, pero las infecciones causadas por los fragmentos contaminados avanzaban sin control. Los antibióticos modernos, que habrían podido salvarle, aún no estaban disponibles para los alemanes; la penicilina era un secreto aliado.
Reinhard Heydrich murió el 4 de junio de 1942, una semana después del atentado, probablemente de septicemia. Tenía 38 años. Hitler le concedió un funeral de Estado en Berlín con todos los honores y juró una venganza terrible.
Las represalias: Lídice y Ležáky
La venganza nazi fue tan brutal como previsible, y constituye uno de los crímenes de guerra más infames de la SGM.
La destrucción de Lídice
El 10 de junio de 1942, las SS rodearon la aldea minera de Lídice, a 20 kilómetros de Praga, basándose en una conexión tenue con la resistencia. Lo que siguió fue un acto de barbarie calculada:
- Los 173 hombres y jóvenes mayores de 15 años fueron fusilados contra el muro de una granja
- Las 198 mujeres fueron deportadas al campo de concentración de Ravensbrück; 52 de ellas murieron
- Los 98 niños fueron separados de sus madres. Solo 17 sobrevivieron a la guerra; la mayoría fueron gaseados en Chełmno
- La aldea fue incendiada, dinamitada y arrasada hasta los cimientos. Incluso el cementerio fue profanado y el arroyo desviado para borrar todo rastro de que Lídice había existido
La destrucción de Ležáky
Dos semanas después, la aldea de Ležáky corrió una suerte similar. Los 33 adultos fueron fusilados y los niños deportados. Solo dos niñas pequeñas, seleccionadas para su «germanización» por su aspecto ario, sobrevivieron.
En total, las represalias por la muerte de Heydrich costaron la vida a unas 5.000 personas, entre ejecuciones sumarias, deportaciones a campos de concentración y actos de terror colectivo. Miles de checos fueron arrestados, torturados e interrogados en la mayor operación de represión de toda la ocupación.
El último combate en la iglesia
Gabčík y Kubiš, junto con otros cinco paracaidistas de diferentes operaciones, se refugiaron en la cripta de la iglesia ortodoxa de San Cirilo y San Metodio, en el centro de Praga. Las familias que los habían escondido los ayudaron a llegar hasta allí, y el capellán ortodoxo Vladimir Petřek les ofreció santuario.
El 18 de junio, un traidor —Karel Čurda, uno de los propios paracaidistas de otra operación— delató la ubicación del escondite a la Gestapo a cambio de dinero. Al amanecer del 18 de junio, 750 soldados de las SS rodearon la iglesia.
El combate duró seis horas. Los tres paracaidistas de la planta superior resistieron hasta agotar la munición; Kubiš murió por las heridas de una granada. Los cuatro hombres en la cripta, entre ellos Gabčík, rechazaron múltiples asaltos mientras los alemanes intentaban inundar el sótano con agua de los bomberos. Cuando comprendieron que no había escapatoria, los cuatro se suicidaron con sus últimas balas para no ser capturados vivos.
Ninguno de los siete paracaidistas sobrevivió. Tampoco lo hicieron las familias que los habían ayudado: los Moravec, los Zelenka, los Khodl y docenas más fueron ejecutados junto con sus familiares. El obispo Gorazd, que había autorizado el refugio en su iglesia, fue torturado y fusilado junto con sus capellanes.
Legado de la Operación Anthropoid
La Operación Anthropoid fue el único asesinato exitoso de un alto jerarca nazi durante la SGM. La Operación Valkiria de 1944, el intento de asesinar a Hitler por parte de oficiales alemanes, fracasó.
El debate sobre si el atentado estuvo justificado persiste hasta hoy. Los críticos argumentan que la muerte de Heydrich no alteró significativamente el curso de la guerra ni detuvo la Solución Final, y que las represalias costaron miles de vidas inocentes. Los defensores sostienen que el atentado demostró al mundo que la resistencia checa existía, reforzó la moral de los pueblos sometidos y ayudó a Beneš a conseguir la anulación de los Acuerdos de Múnich, asegurando la restauración de Checoslovaquia tras la guerra.
Lo indiscutible es el coraje de Gabčík, Kubiš y las familias que los protegieron. Sabían que la misión era casi seguramente un viaje sin retorno y que las represalias serían terribles. Aun así, eligieron actuar. En una Europa sometida por el terror, su decisión fue un acto de desafío que resonó mucho más allá de las fronteras de Bohemia.
Hoy, la iglesia de San Cirilo y San Metodio alberga un memorial dedicado a los paracaidistas. La cripta donde libraron su última batalla permanece como un lugar de peregrinación y memoria, un recordatorio de que incluso en los momentos más oscuros de la historia, hubo quienes se negaron a aceptar la tiranía.