El 20 de mayo de 1941, miles de paracaidistas alemanes saltaron sobre Creta en la mayor operación aerotransportada de la historia hasta ese momento. La Operación Merkur (Mercurio) fue concebida como un golpe audaz que demostraría el poder de las tropas aerotransportadas, pero se convirtió en una carnicería que casi acaba en desastre para los atacantes. Aunque Alemania conquistó la isla, el coste en vidas fue tan devastador que Hitler prohibió para siempre nuevas operaciones paracaidistas a gran escala.

Paracaidistas alemanes saltando sobre Creta en mayo de 1941
Fallschirmjäger alemanes durante la operación aerotransportada sobre Creta, mayo de 1941 Bundesarchiv · CC BY-SA 3.0 DE

Contexto: tras la conquista de los Balcanes

La Operación Merkur fue la culminación de la campaña alemana en los Balcanes. Tras la fulminante Operación Marita , que había conquistado Yugoslavia y Grecia continental en abril de 1941, Creta permanecía en manos aliadas como la última posición británica en el Mediterráneo oriental.

La isla tenía un enorme valor estratégico. Desde sus aeródromos, la Royal Air Force podía alcanzar los campos petrolíferos rumanos de Ploești, vitales para la maquinaria de guerra alemana. Además, Creta dominaba las rutas marítimas del Mediterráneo oriental y podía servir como base para futuras operaciones aliadas contra los Balcanes ocupados.

El general Kurt Student, padre de las tropas aerotransportadas alemanas, convenció a Hitler de que Creta podía ser tomada exclusivamente desde el aire, sin necesidad de una invasión anfibia convencional. Sería la prueba definitiva del concepto de guerra aerotransportada que los alemanes habían desarrollado durante la década de 1930.

El plan de asalto

Student diseñó un plan ambicioso que dividía el ataque en dos oleadas:

  • Oleada matutina (Grupo Oeste): Capturar el aeródromo de Máleme y la ciudad de La Canea (Chania), la capital de la isla, incluyendo la bahía de Suda
  • Oleada vespertina (Grupo Centro y Este): Tomar los aeródromos de Rétino (Rethymno) y Heraclión (Heraklion)

La fuerza de asalto estaba compuesta por la 7.ª División Aerotransportada y el Regimiento de Asalto, unos 22.000 paracaidistas y tropas de planeador. La 5.ª División de Montaña sería transportada por aire una vez capturados los aeródromos. En total, unos 750 aviones de transporte Junkers Ju 52 y 500 aviones de combate y bombarderos apoyarían la operación.

El plan tenía una debilidad fundamental: dependía de capturar al menos un aeródromo intacto para poder desembarcar refuerzos pesados. Sin artillería, sin tanques y sin posibilidad de reabastecimiento por mar, los paracaidistas solo dispondrían de las armas ligeras que pudieran llevar consigo.

Las defensas aliadas

Creta estaba defendida por una fuerza considerable aunque mal equipada. Tras la evacuación de Grecia continental, unos 32.000 soldados del Imperio Británico (británicos, australianos y neozelandeses) se habían retirado a la isla, pero habían llegado sin artillería pesada, vehículos ni equipo. A ellos se sumaban unos 10.000 soldados griegos y miles de civiles cretenses dispuestos a luchar.

El mando de la defensa recayó en el general neozelandés Bernard Freyberg, un veterano condecorado de Gallipoli. Freyberg contaba con una ventaja decisiva: gracias a Ultra, la inteligencia británica que descifraba los códigos Enigma, conocía los planes alemanes con detalle. Sabía cuándo llegarían los paracaidistas, dónde aterrizarían y en qué fuerza.

Sin embargo, Freyberg cometió un error de apreciación. Convencido de que el ataque principal vendría por mar, dispersó sus fuerzas para cubrir también la costa, debilitando la defensa de los aeródromos. Además, la falta de comunicaciones por radio —la mayoría del equipo se había perdido en Grecia— impediría coordinar la defensa una vez comenzado el combate.

El asalto: 20 de mayo de 1941

La mañana sangrienta

A las 7:15 de la mañana, tras un intenso bombardeo aéreo de los Stukas y los bombarderos de la Luftwaffe, los primeros planeadores aterrizaron cerca del aeródromo de Máleme y del puente sobre el río Tavronitis. Los paracaidistas del Regimiento de Asalto del mayor Koch saltaron sobre las posiciones neozelandesas, y lo que encontraron fue un infierno.

Los defensores, alertados por Ultra, estaban esperándolos. Los paracaidistas caían sobre posiciones bien defendidas, aterrizaban en olivares donde los cretenses los cazaban con cuchillos y escopetas de caza, o se enredaban en los árboles y eran acribillados antes de liberarse de los arneses. Los contenedores con las armas pesadas caían lejos de los soldados, que solo portaban pistolas y granadas al saltar.

En Máleme, la lucha fue particularmente feroz. El coronel Meindl, que dirigía el ataque, cayó gravemente herido en las primeras horas. Los paracaidistas que aterrizaron al este del aeródromo fueron prácticamente aniquilados por el 22.º Batallón neozelandés, que defendía la colina 107 dominando la pista. Al final de la mañana, el Grupo Oeste había sufrido bajas catastróficas y no había logrado ninguno de sus objetivos.

La oleada de la tarde

La segunda oleada fue aún más desastrosa. En Rétino y Heraclión, los paracaidistas saltaron directamente sobre las posiciones defensivas y fueron masacrados. En Heraclión, los defensores australianos y griegos rechazaron el asalto con tal violencia que los atacantes supervivientes quedaron aislados en bolsas dispersas, incapaces de organizarse.

Al caer la noche del 20 de mayo, la operación parecía un fracaso total. Los alemanes habían sufrido más de 2.000 muertos y heridos en un solo día, no controlaban ningún aeródromo y sus fuerzas estaban fragmentadas y acorraladas en toda la isla. El general Student, que seguía la operación desde Atenas, contempló la posibilidad de un desastre sin precedentes.

El punto de inflexión: la colina 107

La batalla giró sobre un único error aliado. Durante la noche del 20 al 21 de mayo, el teniente coronel Andrew, comandante del 22.º Batallón neozelandés que defendía la colina 107 junto a Máleme, tomó una decisión fatídica: sin comunicaciones con sus superiores y creyendo que sus compañías avanzadas habían sido destruidas, ordenó retirar su batallón de la colina durante la noche.

En realidad, las compañías avanzadas seguían combatiendo. Al amanecer, los paracaidistas alemanes descubrieron con asombro que la colina estaba vacía. Rápidamente ocuparon la posición y aseguraron el extremo occidental de la pista de Máleme. Aunque la pista seguía bajo fuego de artillería aliada, los Ju 52 comenzaron a aterrizar con refuerzos de la 5.ª División de Montaña, muchos de ellos estrellándose al final de la pista o recibiendo impactos durante el aterrizaje.

Los contraataques neozelandeses del 21 y 22 de mayo no lograron retomar la colina. Freyberg, mal informado sobre la situación real, no concentró suficientes fuerzas para el contraataque decisivo. Cada hora que pasaba, más aviones alemanes aterrizaban en Máleme, descargaban tropas y despegaban entre los restos de los aparatos destruidos que salpicaban la pista.

La batalla naval

Mientras la lucha rugía en tierra, la Royal Navy libró una batalla paralela en el mar. Los británicos interceptaron y destruyeron dos convoyes de caiques que transportaban tropas y equipo pesado alemán, impidiendo los refuerzos por mar. Pero la Luftwaffe, que dominaba el cielo sin oposición aérea aliada, cobró un precio terrible: hundió tres cruceros y seis destructores, dañando gravemente a otros diecisiete buques.

El almirante Cunningham, comandante de la flota del Mediterráneo, pronunció una frase que resume el dilema: «Se necesitan tres años para construir un barco, pero trescientos para crear una tradición». La Royal Navy siguió combatiendo pese a las pérdidas, pero su capacidad para operar cerca de Creta quedó severamente limitada.

La evacuación aliada

Para el 26 de mayo, con los alemanes consolidando su posición en Máleme y avanzando hacia el este, Freyberg informó a Churchill de que la isla estaba perdida. La evacuación comenzó el 28 de mayo desde el pequeño puerto de Sfakia, en la costa sur.

Durante cuatro noches, la Royal Navy evacuó a unos 16.500 soldados bajo constantes ataques aéreos. Otros 5.000 fueron dejados atrás al no poder embarcar, y cayeron prisioneros. Los soldados griegos y los civiles cretenses, que habían luchado con una ferocidad extraordinaria, quedaron abandonados a la ocupación.

Los cretenses pagarían un precio terrible por su resistencia. Las represalias alemanas fueron brutales: aldeas enteras fueron arrasadas, y cientos de civiles fueron ejecutados en masacres como las de Kondomari y Kandanos. La ocupación de Creta sería una de las más duras de toda la guerra.

Balance de la operación

La Operación Merkur fue una victoria pírrica en el sentido más literal:

  • Bajas alemanas: entre 3.700 y 6.500 muertos (las cifras varían según las fuentes), más de 2.500 heridos. Se perdieron 370 aviones de transporte, más de un tercio de la flota de Ju 52
  • Bajas aliadas: unos 3.500 muertos, 1.900 heridos y 17.000 prisioneros
  • Bajas civiles cretenses: cientos de muertos en combate y represalias

La 7.ª División Aerotransportada quedó tan diezmada que tardó meses en recuperarse. Algunos regimientos perdieron más del 50% de sus efectivos. Para una fuerza de élite de formación costosa y lenta reposición, estas pérdidas eran insostenibles.

Consecuencias y legado

La conquista de Creta tuvo consecuencias paradójicas para ambos bandos.

Para Alemania, la victoria aseguró el flanco sur antes de la Operación Barbarroja , pero el coste fue tan elevado que Hitler declaró: «Creta ha demostrado que los días de los paracaidistas han terminado». Los Fallschirmjäger nunca volvieron a realizar un salto de combate a gran escala; por el resto de la guerra, lucharon como infantería de élite en todos los frentes, desde el norte de África hasta Monte Cassino e Italia.

Irónicamente, los Aliados extrajeron la lección opuesta. Impresionados por el concepto —si no por la ejecución—, británicos y estadounidenses desarrollaron sus propias fuerzas aerotransportadas. Los paracaidistas aliados saltarían sobre Sicilia en la Operación Husky , sobre Normandía en el Día D y sobre los Países Bajos en Market Garden. La derrota de Creta engendró las victorias aerotransportadas aliadas que ayudarían a liberar Europa.

La batalla de Creta también demostró el valor de la inteligencia Ultra y, al mismo tiempo, sus limitaciones. Saber lo que el enemigo planea no basta si no se tienen los medios ni la capacidad de mando para actuar sobre esa información. El conocimiento sin ejecución es estéril, una lección que los Aliados aprenderían y aplicarían con mejores resultados en los años siguientes.