El 10 de mayo de 1940, la Wehrmacht desencadenó la Operación Fall Gelb (Plan Amarillo), una ofensiva que cambiaría el curso de la Segunda Guerra Mundial. En apenas seis semanas, las fuerzas alemanas derrotaron a los ejércitos combinados de Francia, Reino Unido, Bélgica y los Países Bajos, logrando una de las victorias militares más rápidas y decisivas de la historia moderna. Lo que los ejércitos del káiser no habían conseguido en cuatro años de guerra de trincheras, la nueva doctrina de guerra relámpago lo logró en semanas.

Tropas alemanas cruzando el río Mosa en Maastricht el 10 de mayo de 1940
Soldados de la Wehrmacht cruzando el Mosa en Maastricht, 10 de mayo de 1940, primer día de la Operación Fall Gelb Bundesarchiv · CC BY-SA 3.0 DE

Contexto y antecedentes

Tras la invasión de Polonia en septiembre de 1939, Francia y Reino Unido declararon la guerra a Alemania, pero durante los meses siguientes apenas hubo combates en el frente occidental. Este periodo, conocido como la «guerra de broma» o Drôle de guerre, se prolongó hasta la primavera de 1940 mientras ambos bandos se preparaban para la confrontación decisiva.

Los Aliados confiaban en la Línea Maginot, un formidable sistema de fortificaciones a lo largo de la frontera franco-alemana, y en su superioridad numérica. Francia, Reino Unido, Bélgica y los Países Bajos disponían en conjunto de más divisiones, más tanques y fuerzas comparables en aviación. Sin embargo, la doctrina militar francesa seguía anclada en los principios de la Primera Guerra Mundial: defensa estática, avance metódico y operaciones coordinadas a ritmo lento.

Hitler había ordenado planificar la ofensiva hacia el oeste desde octubre de 1939, pero el mal tiempo y las dudas del alto mando retrasaron la operación en más de veinte ocasiones. El plan original, elaborado por el OKH (Alto Mando del Ejército), era esencialmente una repetición del Plan Schlieffen de 1914: un avance masivo a través de Bélgica y los Países Bajos con el grueso de las fuerzas concentradas en el ala norte.

El plan de Manstein: el golpe de hoz

El plan cambió radicalmente gracias a la intervención del general Erich von Manstein, jefe de estado mayor del Grupo de Ejércitos A. Manstein propuso una idea audaz que desafiaba la ortodoxia militar: el Sichelschnitt o «golpe de hoz». En lugar de atacar por Bélgica como los Aliados esperaban, el esfuerzo principal se dirigiría a través de las Ardenas, una región montañosa y boscosa que los franceses consideraban impenetrable para formaciones blindadas.

El concepto era simple pero brillante. El Grupo de Ejércitos B atacaría Bélgica y los Países Bajos como señuelo, atrayendo al grueso de las fuerzas aliadas hacia el norte según el Plan Dyle. Mientras tanto, el Grupo de Ejércitos A, con la mayor concentración de divisiones Panzer jamás reunida, cruzaría las Ardenas, atravesaría el río Mosa en Sedán y avanzaría hacia el canal de la Mancha, cortando las líneas de comunicación aliadas y atrapando a sus mejores ejércitos en una gigantesca bolsa.

Hitler quedó fascinado con la propuesta. Aunque Manstein fue apartado del centro de planificación por sus superiores, el dictador adoptó su concepto y lo convirtió en la base del plan definitivo. El general Heinz Guderian, pionero de la guerra blindada, fue pieza clave al insistir en que los Panzer podían atravesar las Ardenas en tres días y cruzar el Mosa sin esperar a la infantería.

Fuerzas enfrentadas

Ejércitos alemanes

Alemania desplegó 136 divisiones organizadas en tres grupos de ejércitos:

  • Grupo de Ejércitos A ( Rundstedt ): 45 divisiones, incluyendo 7 Panzer. El esfuerzo principal a través de las Ardenas.
  • Grupo de Ejércitos B (Bock): 29 divisiones, incluyendo 3 Panzer. El ataque señuelo contra Bélgica y Países Bajos.
  • Grupo de Ejércitos C (Leeb): 19 divisiones. Fijaría a las fuerzas francesas frente a la Línea Maginot.

La Luftwaffe aportó unos 3.500 aviones, entre ellos los temibles Stuka Ju 87 , cuyas sirenas y bombardeos en picado se convertirían en el símbolo sonoro de la Blitzkrieg .

Fuerzas aliadas

Los Aliados contaban con fuerzas numéricamente superiores: unas 144 divisiones francesas, británicas, belgas y holandesas. Francia disponía de más tanques que Alemania —unos 3.000 frente a 2.400— y muchos de ellos eran técnicamente superiores en blindaje y armamento. Sin embargo, estaban dispersos como apoyo a la infantería en lugar de concentrados en formaciones blindadas independientes.

El Cuerpo Expedicionario Británico (BEF), bajo el mando del general Lord Gort, aportaba 10 divisiones. Bélgica mantenía 22 divisiones y los Países Bajos 10 divisiones, aunque ambos países se habían declarado neutrales y no coordinaron sus defensas con Francia hasta que fue demasiado tarde.

El ataque: 10 de mayo de 1940

La ofensiva en el norte

Al amanecer del 10 de mayo, la Wehrmacht atacó simultáneamente en todos los frentes. En los Países Bajos, paracaidistas alemanes capturaron puentes estratégicos sobre el Mosa y el Waal, mientras la Luftwaffe bombardeaba aeródromos holandeses. El asalto aerotransportado sobre la fortaleza belga de Eben-Emael, considerada inexpugnable, fue una obra maestra de la guerra moderna: apenas 78 soldados en planeadores neutralizaron la guarnición de 1.200 hombres usando cargas huecas experimentales.

Como los alemanes esperaban, los Aliados ejecutaron el Plan Dyle: los mejores ejércitos franceses y el BEF avanzaron hacia Bélgica para encontrarse con el enemigo. El general Gamelin, comandante supremo aliado, mordió el anzuelo. Mientras las fuerzas aliadas corrían hacia el norte, el verdadero golpe se gestaba al sur.

El avance a través de las Ardenas

El Grupo de Ejércitos A se lanzó a través de las Ardenas con siete divisiones Panzer en columnas que se extendían más de 250 kilómetros. Los estrechos caminos forestales, que los estrategas franceses habían descartado como vía de invasión, se convirtieron en la autopista hacia la victoria alemana. La aviación de reconocimiento francesa detectó las columnas, pero el alto mando desestimó los informes, convencido de que los blindados no podrían operar en ese terreno.

El 12 de mayo, las divisiones de Guderian alcanzaron el Mosa en Sedán. Al día siguiente, en lo que muchos historiadores consideran el momento decisivo de toda la campaña, los Panzer cruzaron el río bajo una intensa cobertura aérea de Stukas. La infantería alemana atravesó en botes de goma mientras los bombarderos en picado machacaban las posiciones francesas. Las tropas de reserva que defendían Sedán, mal entrenadas y sin experiencia, se derrumbaron ante el ataque combinado.

El 14 de mayo, Erwin Rommel , al mando de la 7.ª División Panzer —apodada la «división fantasma» por la velocidad de sus movimientos—, cruzó el Mosa en Dinant. Más al norte, el general Hoth hizo lo propio en Houx. En menos de cuatro días, tres cabezas de puente alemanas habían roto la línea francesa.

La carrera hacia el mar

Una vez roto el frente, Guderian desobedeció las órdenes de detenerse y lanzó sus Panzer a toda velocidad hacia el oeste. El avance fue tan rápido que los propios generales alemanes se asustaron: von Kleist ordenó a Guderian detenerse, temiendo un contraataque en los flancos expuestos. Guderian amenazó con dimitir y obtuvo permiso para continuar un «reconocimiento en fuerza» que en realidad era una ofensiva a gran escala.

Los tanques alemanes avanzaron hasta 60 kilómetros diarios, una velocidad impensable para la doctrina militar de la época. El 20 de mayo, apenas diez días después del inicio de la ofensiva, la 2.ª División Panzer alcanzó Abbeville, en la desembocadura del Somme. El corredor blindado alemán había llegado al mar, cortando en dos al ejército aliado. Las mejores fuerzas francesas, el BEF y el ejército belga quedaron atrapados en una bolsa en Flandes.

La bolsa de Dunkerque y la orden de detenerse

Con las fuerzas aliadas acorraladas contra el canal de la Mancha, la destrucción total parecía inevitable. Sin embargo, el 24 de mayo Hitler emitió una de las órdenes más controvertidas de la guerra: los Panzer debían detenerse a las puertas de Dunkerque . Las razones siguen debatiéndose: el temor a un contraataque, la necesidad de preservar los blindados para la segunda fase de la campaña, la confianza de Göring en que la Luftwaffe podría destruir la bolsa desde el aire, o incluso un gesto político hacia Reino Unido para facilitar una paz negociada.

La pausa permitió a los británicos organizar la Operación Dinamo, una evacuación desesperada que logró embarcar a más de 338.000 soldados aliados entre el 26 de mayo y el 4 de junio. Aunque los evacuados perdieron todo su equipo pesado, el rescate salvó al núcleo del ejército británico y se convirtió en un símbolo de resistencia. Churchill convirtió la derrota en un punto de inflexión moral con su célebre discurso: «Lucharemos en las playas».

Fall Rot: la segunda fase

Tras la caída de la bolsa de Dunkerque, Alemania lanzó el 5 de junio la segunda fase de la campaña: la Operación Fall Rot (Plan Rojo). Con 143 divisiones contra un ejército francés desmoralizado y reducido a 65 divisiones, el desenlace estaba cantado.

Los alemanes cruzaron el Somme y el Aisne, rompiendo la improvisada «Línea Weygand». París fue declarada ciudad abierta el 14 de junio y las tropas alemanas desfilaron por los Campos Elíseos. El gobierno francés huyó primero a Tours y luego a Burdeos. El mariscal Pétain, héroe de Verdún, asumió el poder y pidió el armisticio.

El 22 de junio de 1940, Francia firmó la rendición en el mismo vagón de tren de Compiègne donde Alemania había capitulado en 1918, una humillación deliberada orquestada por Hitler. Francia quedó dividida en una zona de ocupación alemana al norte y la llamada Francia de Vichy al sur, un estado títere nominalmente independiente.

Balance y consecuencias

La caída de Francia fue una catástrofe de proporciones históricas. En seis semanas, el ejército considerado el más poderoso de Europa se había desintegrado:

  • Bajas francesas: unos 90.000 muertos, 200.000 heridos y 1.850.000 prisioneros
  • Bajas británicas: 68.000 muertos, heridos y prisioneros
  • Bajas alemanas: 27.000 muertos, 111.000 heridos y 18.000 desaparecidos
  • Países Bajos: rendición el 15 de mayo tras el bombardeo de Róterdam
  • Bélgica: rendición el 28 de mayo

La victoria alemana alteró el equilibrio de poder en Europa. Reino Unido quedó solo frente a una Alemania que dominaba el continente desde el Vístula hasta los Pirineos. Churchill , recién nombrado primer ministro, rechazó cualquier negociación y preparó al país para resistir. Hitler, embriagado por el éxito, comenzó a planificar la Operación León Marino para invadir las islas británicas, aunque finalmente giró su atención hacia el este con la Operación Barbarroja .

La derrota provocó también un éxodo masivo de civiles que colapsó las carreteras francesas, con entre seis y diez millones de personas huyendo hacia el sur.

Legado militar

La Operación Fall Gelb revolucionó el arte de la guerra. Demostró que la concentración de blindados en un punto de ruptura, apoyados por aviación táctica y seguidos por infantería motorizada, podía destruir ejércitos enteros en días. La Blitzkrieg no era solo una cuestión de tecnología, sino de doctrina: velocidad, iniciativa, mando descentralizado y capacidad para explotar las oportunidades antes de que el enemigo pudiera reaccionar.

El plan de Manstein pasó a los manuales de estrategia militar como ejemplo supremo de maniobra operacional. La trampa tendida a los Aliados —atraerlos hacia Bélgica mientras el golpe principal caía en las Ardenas— combinaba la sorpresa estratégica con la excelencia táctica. Irónicamente, cuatro años después, los Aliados usarían las mismas playas y puertos del norte de Francia para lanzar la invasión de Normandía que acabaría con el dominio alemán.

Sin embargo, el éxito fulminante también sembró las semillas de la derrota futura. La confianza excesiva en la Blitzkrieg llevó a Hitler a subestimar a la Unión Soviética y a creer que podría repetir la hazaña de 1940 en las vastas estepas del este. La guerra relámpago tenía un límite, y ese límite se llamaba Stalingrado.