La Operación Iceberg, nombre en clave de la invasión de Okinawa lanzada el 1 de abril de 1945, fue la mayor operación anfibia del teatro del Pacífico y la última gran batalla de la SGM. Durante casi tres meses, más de medio millón de soldados, marineros e infantes de marina estadounidenses combatieron contra una guarnición japonesa de 100.000 hombres atrincherados en una isla convertida en fortaleza. La brutalidad de los combates y las enormes bajas en ambos bandos influyeron directamente en la decisión de emplear las bombas atómicas contra Japón.

Contexto estratégico
A principios de 1945, la estrategia de salto de islas había llevado a las fuerzas estadounidenses hasta las puertas del archipiélago japonés. Tras la conquista de Iwo Jima en febrero-marzo de 1945, Okinawa era el siguiente paso lógico. Situada a solo 550 kilómetros de las islas principales de Japón, la isla ofrecía puertos y aeródromos desde los que lanzar la invasión definitiva del territorio metropolitano japonés.
Okinawa, con 1.200 kilómetros cuadrados de superficie y una población civil de unas 450.000 personas, era territorio japonés, no una colonia ni un mandato. Su conquista significaría que las fuerzas enemigas pisaban suelo de la patria, un hecho de enorme trascendencia psicológica para ambos bandos.
Fuerzas enfrentadas
La fuerza de invasión estadounidense era la mayor jamás reunida en el Pacífico. El almirante Raymond Spruance comandaba la 5.ª Flota, con más de 1.300 buques de guerra. El general Simon Bolivar Buckner dirigía el 10.º Ejército, con cuatro divisiones de infantería del ejército y dos divisiones de Marines, más de 180.000 tropas de combate que serían reforzadas hasta superar los 540.000 hombres.
Del lado japonés, el teniente general Mitsuru Ushijima comandaba el 32.º Ejército, con aproximadamente 100.000 soldados regulares y 20.000 milicianos locales (Boeitai). Ushijima había abandonado la táctica de defender en las playas que había fracasado en batallas anteriores. En su lugar, concentró sus fuerzas en un sistema de fortificaciones subterráneas en la mitad sur de la isla, diseñadas para infligir el máximo de bajas posible y retrasar la conquista americana.
El desembarco: 1 de abril de 1945
El Día L (Love Day) comenzó con el mayor bombardeo naval previo de la guerra del Pacífico. A las 08:30, las primeras oleadas de infantes de marina y soldados del ejército desembarcaron en las playas de Hagushi, en la costa occidental de Okinawa. Para sorpresa de todos, apenas encontraron resistencia. En pocas horas, 60.000 hombres estaban en tierra y habían capturado dos aeródromos.
La ausencia de oposición japonesa en las playas desconcertó a los mandos estadounidenses. La explicación llegaría pronto: Ushijima esperaba a los estadounidenses tierra adentro, en las defensas de la línea Shuri.
La línea Shuri: infierno subterráneo
Al avanzar hacia el sur, las tropas estadounidenses chocaron con la principal línea defensiva japonesa, un sistema de fortificaciones centrado en el castillo de Shuri, antigua residencia real de Okinawa. La línea Shuri era una red interconectada de túneles, búnkeres, cuevas y posiciones artilleras excavadas en las colinas de piedra caliza que atravesaban la isla de costa a costa.
Los combates por la línea Shuri, que se prolongaron de abril a junio, fueron los más sangrientos de la guerra del Pacífico. Cada colina, cada cresta y cada cueva debían ser conquistadas individualmente, a menudo mediante combate cuerpo a cuerpo. Las posiciones más célebres —Sugar Loaf, Chocolate Drop, Conical Hill— se convirtieron en sinónimos de carnicería.
La lluvia torrencial del monzón de mayo convirtió el campo de batalla en un lodazal nauseabundo, mezclando barro, sangre y cadáveres en descomposición. Las condiciones sanitarias eran atroces, y el agotamiento físico y psicológico de las tropas alcanzó niveles extremos. Los casos de fatiga de combate se dispararon entre los soldados estadounidenses.
Los kamikazes: la amenaza desde el cielo
Mientras el combate terrestre consumía a ambos ejércitos, la Armada estadounidense sufría la mayor campaña de ataques kamikazes de la guerra. Japón lanzó diez oleadas masivas de aviones suicidas (Kikusui) contra la flota aliada, con un total de casi 1.900 misiones kamikaze durante la campaña.
Los resultados fueron devastadores. Los kamikazes hundieron 36 buques aliados y dañaron gravemente otros 368. El destructor radar (picket ship), posicionado como vigía avanzado de la flota, era el blanco más frecuente y el destino más peligroso de la Armada. Más de 4.900 marineros estadounidenses murieron en los ataques aéreos, convirtiendo a Okinawa en la batalla más costosa de la historia para la Armada de Estados Unidos.
El acorazado japonés Yamato, el mayor buque de guerra jamás construido, fue enviado en una misión suicida hacia Okinawa el 7 de abril. Hundido por la aviación estadounidense antes de alcanzar su objetivo, su destrucción simbolizó el fin de la era del acorazado y la impotencia de la Marina japonesa.
La caída de Shuri y el final
A finales de mayo, tras semanas de combates implacables, los japoneses abandonaron la línea Shuri y se retiraron hacia el extremo sur de la isla. Los combates finales, en torno a la escarpadura de Kunishi y las colinas de Mabuni, fueron tan encarnizados como los anteriores. El general Buckner fue muerto por fuego de artillería japonesa el 18 de junio, convirtiéndose en el oficial estadounidense de mayor rango muerto en combate durante la SGM.
El general Ushijima y su jefe de estado mayor, el teniente general Isamu Cho, se suicidaron ritualmente el 22 de junio, señalando el fin de la resistencia organizada. Las operaciones de limpieza continuaron hasta el 2 de julio.
El coste humano
Las cifras de Okinawa son estremecedoras. Estados Unidos sufrió más de 82.000 bajas totales: 12.500 muertos o desaparecidos y más de 36.000 heridos en tierra, además de las bajas navales. Japón perdió a prácticamente toda su guarnición: más de 100.000 soldados muertos, con apenas 7.000 prisioneros.
La tragedia más desgarradora fue la sufrida por la población civil de Okinawa. Se estima que entre 40.000 y 150.000 civiles murieron durante la batalla, atrapados entre los dos ejércitos. Miles fueron utilizados como escudos humanos por los japoneses, otros murieron en los bombardeos, y un número significativo se suicidó, convencidos por la propaganda japonesa de que los estadounidenses los torturarían y asesinarían.
Impacto en la decisión atómica
Las enormes bajas de Okinawa tuvieron un efecto directo en la decisión de lanzar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Si la defensa de una isla relativamente pequeña había costado tantas vidas, la invasión de las islas principales de Japón —Operación Downfall— prometía ser un baño de sangre sin precedentes. Las proyecciones más conservadoras estimaban cientos de miles de bajas estadounidenses y millones de japonesas.
Para los planificadores militares y el presidente Truman, Okinawa fue la demostración definitiva de que Japón lucharía hasta el último hombre y que solo un arma de destrucción masiva o un shock psicológico de magnitud insólita podría forzar la rendición sin invasión.
Legado
Okinawa sigue siendo un lugar marcado por la memoria de la batalla. El Memorial de la Paz de Okinawa, en Mabuni, registra los nombres de todos los caídos —japoneses, estadounidenses, coreanos, taiwaneses y okinawenses— sin distinción de bando. Es un monumento a la futilidad de la guerra y al sufrimiento de quienes se vieron atrapados en ella.
La isla alberga aún hoy numerosas bases militares estadounidenses, un legado directo de la batalla de 1945 que sigue generando tensiones políticas entre la población local, el gobierno japonés y Estados Unidos.