La masonería fue una de las obsesiones del régimen nazi y uno de los pilares de su cosmovisión conspirativa. Desde antes de su llegada al poder, Adolf Hitler y los ideólogos del nacionalsocialismo presentaron a los masones como parte de una conspiración mundial judeo-masónica-bolchevique destinada a destruir la civilización aria. Tras la toma del poder en 1933, el régimen prohibió todas las logias masónicas en Alemania, confiscó sus bienes, arrestó a sus dirigentes y creó museos antimasónicos de propaganda. A medida que la guerra extendió el dominio nazi por Europa, la persecución se generalizó: miles de masones fueron deportados a campos de concentración, donde fueron identificados con un triángulo rojo invertido y sometidos a las mismas condiciones brutales que otros prisioneros políticos. Aunque las cifras exactas de masones asesinados son difíciles de determinar, se estima que entre 80.000 y 200.000 fueron perseguidos en toda la Europa ocupada.

Uniformes de prisioneros políticos con triángulo rojo en el campo de concentración de Dachau
Uniformes de prisioneros políticos con el triángulo rojo invertido en el memorial de Dachau. Los masones fueron clasificados como prisioneros políticos. Adam Jones, Ph.D. · CC BY-SA 3.0

La masonería como enemigo ideológico

El antisemitismo nazi estaba estrechamente ligado a la antimasonería. En la visión conspirativa de Hitler, expuesta en Mein Kampf, la masonería era un instrumento del judaísmo internacional para infiltrar y corromper las instituciones de las naciones arias. Los masones, según esta narrativa, conspiraban junto con los judíos y los bolcheviques para establecer un gobierno mundial que destruiría las naciones, las razas y las tradiciones cristianas.

Esta teoría conspirativa no era original del nazismo. Hundía sus raíces en la propaganda antirrevolucionaria del siglo XVIII y en los Protocolos de los Sabios de Sion, el célebre texto apócrifo fabricado por la policía secreta zarista que pretendía documentar un plan de dominación mundial judío con la colaboración de la masonería. Los nazis adoptaron y amplificaron estas ideas hasta convertirlas en dogma del estado.

Alfred Rosenberg, el ideólogo racial del partido nazi, fue uno de los principales propagandistas antimasónicos. Su oficina, la Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg (ERR), se dedicó a la confiscación de archivos y bienes masónicos en toda la Europa ocupada. Los documentos confiscados fueron utilizados para alimentar la propaganda y para identificar a masones en los territorios ocupados.

La prohibición en Alemania

Tras la llegada al poder del NSDAP en enero de 1933, la presión sobre las logias masónicas fue inmediata. Las Grandes Logias alemanas, que representaban a unos 80.000 miembros, intentaron inicialmente adaptarse al nuevo régimen: algunas expulsaron a sus miembros judíos, adoptaron simbología germánica y se rebautizaron con nombres patrióticos para distanciarse de la masonería internacional.

Estos gestos de acomodación fueron inútiles. En 1934 y 1935, todas las logias masónicas fueron oficialmente disueltas. Sus bienes —edificios, bibliotecas, archivos, obras de arte y fondos económicos— fueron confiscados por el Estado. Los templos masónicos fueron convertidos en oficinas del partido, centros de propaganda o simplemente demolidos. La pertenencia a la masonería se convirtió en motivo de exclusión de la función pública y de las profesiones liberales.

Los miembros de las logias fueron fichados por la Gestapo. Muchos fueron interrogados, algunos detenidos y los más prominentes enviados a campos de concentración. Los funcionarios y militares que habían sido masones fueron obligados a abandonar sus puestos. En 1935, el ministerio del Interior publicó un decreto que prohibía a los antiguos masones ocupar cargos en el partido nazi o en la administración pública.

Los museos antimasónicos

Una de las herramientas de propaganda más peculiares del régimen fue la creación de exposiciones y museos antimasónicos. Los objetos rituales confiscados a las logias —mandiles, espadas ceremoniales, libros de rituales, compases y escuadras— fueron exhibidos como pruebas de la naturaleza siniestra y conspirativa de la masonería.

La exposición itinerante más conocida fue organizada por la oficina de Rosenberg y recorrió varias ciudades alemanas y de los territorios ocupados. Los objetos masónicos eran presentados junto a propaganda antisemita para reforzar la imagen de una conspiración conjunta. Los visitantes eran conducidos a través de salas diseñadas para generar una atmósfera de misterio y amenaza.

En varias ciudades europeas ocupadas se montaron exposiciones similares. En París, el edificio de la Gran Logia de Francia fue convertido en un museo antimasónico abierto al público. En Bruselas, Ámsterdam y otras capitales se organizaron muestras similares. Estas exposiciones cumplían una doble función: alimentar la paranoia conspirativa entre la población y justificar la persecución de los masones ante la opinión pública.

La persecución en la Europa ocupada

La ocupación alemana de Europa extendió la persecución antimasónica al continente entero. En cada país ocupado, una de las primeras medidas era la disolución de las logias y la confiscación de sus archivos. Estos archivos eran particularmente valiosos para los nazis, ya que contenían las listas de miembros que permitían identificar y perseguir a los masones individualmente.

En Francia, donde la masonería tenía una tradición particularmente fuerte y estaba vinculada al republicanismo laico, la persecución fue especialmente intensa. El régimen de Vichy, por iniciativa propia y en colaboración con los ocupantes, publicó listas de masones en el Journal Officiel, los excluyó de la función pública y confiscó sus bienes. Se estima que unos 60.000 masones franceses fueron fichados y muchos de ellos perseguidos. Algunos fueron deportados a campos de concentración, donde un número indeterminado murió.

En los Países Bajos, Bélgica, Noruega y otros países ocupados, las logias fueron igualmente disueltas y sus miembros perseguidos. En Europa oriental, donde la masonería era menos numerosa, la persecución se integró en la represión general contra las élites intelectuales y políticas.

Los masones en los campos de concentración

Los masones deportados a campos de concentración eran clasificados como prisioneros políticos y portaban el triángulo rojo invertido, la misma marca que los comunistas, socialdemócratas y otros opositores políticos. No existía una marca específica para los masones, lo que dificulta la cuantificación precisa de las víctimas.

En los campos, los masones sufrieron las mismas condiciones que los demás prisioneros: trabajos forzados, hambre, enfermedades, malos tratos y ejecuciones. Algunos testimonios indican que los masones recibían un trato especialmente duro por parte de los guardias cuando su condición era conocida, aunque esta experiencia no fue uniforme.

El símbolo masónico de la nomeolvides fue adoptado clandestinamente por los masones internados como signo de reconocimiento mutuo. Tras la guerra, la nomeolvides se convirtió en un símbolo conmemorativo de la persecución masónica durante el nazismo y sigue usándose hoy en ceremonias de recuerdo.

Las cifras de la persecución

Las cifras exactas de masones perseguidos y asesinados por el nazismo son difíciles de determinar por varias razones. Los masones no fueron marcados con una categoría específica en los campos, muchos pertenecían simultáneamente a otras categorías perseguidas (judíos, comunistas, resistentes) y los archivos nazis no siempre diferenciaban la condición masónica como motivo de arresto.

Las estimaciones más citadas hablan de entre 80.000 y 200.000 masones perseguidos en toda Europa y entre 8.000 y 20.000 asesinados en campos de concentración o ejecutados. Estas cifras son aproximativas y probablemente infraestimadas, ya que muchos masones fueron perseguidos bajo otras categorías o murieron sin que su condición masónica quedara registrada.

El legado

La persecución de los masones por el nazismo permanece como uno de los capítulos menos conocidos de la represión del régimen. Eclipsada por la magnitud del Holocausto y las persecuciones de otros grupos, la experiencia masónica ha recibido comparativamente poca atención historiográfica.

Tras la guerra, las logias masónicas fueron reconstituidas en los países liberados. En Alemania, la masonería fue relegalizada en las zonas de ocupación occidental y retomó gradualmente su actividad, aunque nunca recuperó el número de miembros anterior al nazismo. En los países de la Europa oriental bajo dominio soviético, la masonería permaneció prohibida hasta la caída del comunismo.

La persecución de los masones ilustra la naturaleza obsesivamente conspirativa del nazismo. El régimen necesitaba enemigos para justificar su existencia, y la masonería —con sus rituales discretos, su internacionalismo y su tradición de tolerancia— encajaba perfectamente en la narrativa paranoica del complot mundial contra la raza aria. La destrucción de las logias no respondía a ninguna amenaza real: era la consecuencia lógica de una ideología que veía enemigos en todas partes y que necesitaba destruirlos para confirmar su propia razón de ser.