La persecución de homosexuales bajo el nazismo fue una de las campañas más sistemáticas y silenciadas del régimen de Adolf Hitler. Entre 1933 y 1945, decenas de miles de hombres fueron arrestados, fichados, encarcelados y deportados a campos de concentración por el simple hecho de su orientación sexual. El instrumento legal que articuló esta persecución fue el Párrafo 175 del Código Penal alemán, una ley que los nazis endurecieron hasta convertirla en un arma de destrucción masiva contra la comunidad homosexual masculina. Los prisioneros marcados con un triángulo rosa invertido en los campos de concentración sufrieron condiciones especialmente brutales, y su calvario no terminó con la liberación: a diferencia de otras víctimas del nazismo, los homosexuales supervivientes fueron ignorados, estigmatizados y en muchos casos perseguidos de nuevo por las mismas leyes que habían servido a sus verdugos.

Placa conmemorativa del triángulo rosa en la estación de Nollendorfplatz, Berlín
Placa conmemorativa en la estación de metro de Nollendorfplatz, en Berlín-Schöneberg. La inscripción «Totgeschlagen – Totgeschwiegen» (golpeados hasta morir, silenciados hasta morir) recuerda a los homosexuales perseguidos por el nazismo. Lienhard Schulz · CC BY 2.5

La República de Weimar y la libertad perdida

Para comprender la magnitud de la catástrofe que supuso el nazismo para los homosexuales alemanes, es imprescindible conocer lo que existía antes. Durante la República de Weimar (1918-1933), Alemania —y en particular Berlín— se había convertido en el centro más avanzado del mundo en materia de derechos y cultura homosexual. La capital alemana albergaba decenas de bares, clubes y locales de encuentro para homosexuales de ambos sexos. Revistas como Die Freundschaft (La amistad) y Das Freundschaftsblatt circulaban abiertamente. El cine y el teatro exploraban la diversidad sexual con una libertad impensable en cualquier otro país de la época.

El epicentro de este movimiento era el Instituto para la Ciencia Sexual (Institut für Sexualwissenschaft), fundado en 1919 por el médico y activista Magnus Hirschfeld. Desde esta institución pionera, Hirschfeld promovía la investigación científica sobre la sexualidad humana y lideraba campañas para la despenalización de la homosexualidad. Su Comité Científico-Humanitario, fundado ya en 1897, había reunido miles de firmas de intelectuales, médicos y políticos pidiendo la abolición del Párrafo 175, que penalizaba las relaciones sexuales entre hombres desde la unificación alemana en 1871.

Esta relativa tolerancia coexistía con una ley que seguía vigente. El Párrafo 175, heredado del Código Penal prusiano, castigaba la «fornicación contra natura» entre hombres con penas de prisión. Durante la República de Weimar, los intentos de reformarlo estuvieron a punto de prosperar en el Reichstag, pero la inestabilidad política y el ascenso del extremismo lo impidieron. La ley existía, aunque se aplicaba de forma laxa en las grandes ciudades. Esa laxitud terminó el 30 de enero de 1933.

La llegada del nazismo y la destrucción del movimiento homosexual

Una de las primeras víctimas culturales del régimen nazi fue precisamente el Instituto de Hirschfeld. El 6 de mayo de 1933, apenas cuatro meses después de que Hitler accediera al poder, un grupo de estudiantes de la Liga de Estudiantes Nacionalsocialistas asaltó el instituto. Destruyeron el mobiliario, confiscaron archivos médicos y se llevaron la biblioteca completa: más de 20.000 libros y 5.000 imágenes. Cuatro días después, el 10 de mayo, esos libros ardieron en la tristemente célebre quema de libros de la Opernplatz de Berlín, junto con obras de autores judíos, marxistas y pacifistas. El busto de Hirschfeld, que era judío y homosexual, fue paseado en lo alto de una pica por los manifestantes. Hirschfeld, que se encontraba en el extranjero, nunca regresó a Alemania y murió en el exilio en 1935.

La destrucción del instituto no fue un acto aislado de vandalismo: fue la eliminación deliberada de décadas de investigación científica y activismo. Con él desaparecieron los archivos que documentaban la diversidad sexual humana y las listas de personas que habían confiado en la discreción de la institución. La Gestapo utilizó los registros confiscados para identificar y perseguir a homosexuales.

La ideología nazi era explícita en su hostilidad. Para los nacionalsocialistas, la homosexualidad era una amenaza existencial para la nación porque suponía un rechazo del deber reproductivo. En una Alemania que aspiraba a expandirse y poblar vastos territorios del este de Europa, cada hombre que no engendraba hijos era un traidor a la raza. Heinrich Himmler, jefe de las SS y principal artífice de la persecución, expresó esta posición con brutal claridad en un discurso de 1937 ante generales de las SS: estimó que había entre uno y dos millones de homosexuales en Alemania y declaró que, si no se les corregía o eliminaba, la nación perdería el equivalente a varias divisiones militares en potencial demográfico.

El 28 de junio de 1935, el régimen reformó el Párrafo 175, ampliando drásticamente su alcance. La versión anterior penalizaba únicamente las relaciones sexuales consumadas entre hombres. La nueva redacción castigaba cualquier acto de «indecencia criminal» (Unzucht) entre varones, incluyendo besos, caricias, miradas insinuantes e incluso fantasías expresadas verbalmente. Un nuevo Párrafo 175a establecía penas de hasta diez años de trabajos forzados para casos considerados «agravados», como relaciones con menores, prostitución o relaciones en las que mediara alguna forma de dependencia o coacción.

La ambigüedad deliberada de la ley fue su mayor arma. Prácticamente cualquier contacto entre hombres podía interpretarse como delito. Las denuncias de vecinos, compañeros de trabajo y familiares se convirtieron en el mecanismo más frecuente de detección. La Gestapo creó en 1936 la Oficina Central del Reich para la Lucha contra la Homosexualidad y el Aborto (Reichszentrale zur Bekämpfung der Homosexualität und der Abtreibung), un departamento específico dedicado a la persecución. Esta oficina elaboró listas rosas (Rosa Listen) con los nombres de homosexuales conocidos o sospechosos, recopiladas a partir de registros policiales anteriores, archivos confiscados, declaraciones obtenidas bajo tortura e informes de confidentes.

Entre 1933 y 1945, aproximadamente 100.000 hombres fueron fichados por la policía como homosexuales. De ellos, unos 50.000 fueron condenados por los tribunales en virtud del Párrafo 175. Las condenas iban desde multas y libertad condicional hasta largas penas de prisión. Pero para muchos, la sentencia judicial fue solo el principio del calvario.

Los campos de concentración y el triángulo rosa

Tras cumplir sus condenas de prisión, miles de homosexuales fueron trasladados directamente a campos de concentración por orden de la Gestapo, sin ningún proceso judicial adicional. Esta práctica, conocida como «custodia preventiva» (Schutzhaft), se aplicó con frecuencia creciente a partir de 1937-1938. La Gestapo tenía la potestad de internar indefinidamente a cualquier persona considerada una amenaza para la comunidad nacional, y los homosexuales reincidentes o «incorregibles» eran candidatos automáticos.

En los campos, los prisioneros homosexuales eran identificados con un triángulo rosa invertido cosido en el uniforme, parte del sistema de clasificación por colores que los nazis empleaban para distinguir las categorías de prisioneros. Se estima que entre 5.000 y 15.000 hombres fueron deportados a campos de concentración por su homosexualidad, aunque las cifras exactas son objeto de debate entre los historiadores debido a la destrucción de registros y a que muchos homosexuales fueron internados bajo otras categorías.

Los prisioneros del triángulo rosa ocupaban el escalón más bajo de la jerarquía interna de los campos. Eran despreciados no solo por los guardias de las SS, sino también por otros prisioneros: los presos políticos, los criminales comunes e incluso otros grupos perseguidos los rechazaban. Esta doble marginación les privaba de las redes de solidaridad y protección mutua que otros grupos lograban establecer. Los testimonios de supervivientes describen un aislamiento absoluto.

Las condiciones que sufrieron fueron especialmente severas. Los prisioneros homosexuales eran asignados con frecuencia a los comandos de trabajo más duros y peligrosos: las canteras de Flossenbürg, Buchenwald y Mauthausen, donde la tasa de mortalidad era altísima. Eran objeto de violencia gratuita por parte de los kapos y los guardias, que los elegían como víctimas de palizas, humillaciones y castigos desproporcionados. En Sachsenhausen, un grupo de prisioneros homosexuales fue obligado a correr durante horas con botas nuevas sobre distintas superficies para probar calzado militar, un trabajo extenuante que provocó heridas, infecciones y muertes.

Algunos fueron sometidos a experimentos médicos. El médico danés de las SS Carl Vaernet realizó en Buchenwald, a partir de 1944, experimentos hormonales en prisioneros homosexuales, implantándoles cápsulas de testosterona sintética en la ingle con la pretensión de «curar» su homosexualidad. Los experimentos causaron infecciones graves y al menos dos muertes documentadas. Vaernet nunca fue juzgado: huyó a Argentina tras la guerra y murió en 1965.

La tasa de mortalidad de los prisioneros del triángulo rosa en los campos se estima en torno al 60 %, significativamente superior a la de la mayoría de las demás categorías de prisioneros, con la excepción de los judíos y los prisioneros de guerra soviéticos. Muchos murieron de agotamiento, enfermedad, violencia directa o fueron seleccionados para ejecución cuando ya no podían trabajar.

La persecución de homosexuales y el contexto del exterminio nazi

La persecución de los homosexuales se enmarcó en la política más amplia de «higiene racial» y purificación social del nacionalsocialismo, la misma ideología que impulsó la Solución Final contra los judíos europeos y la Aktion T4 contra las personas con discapacidad. Sin embargo, presentaba características propias que la diferenciaban de otras formas de persecución nazi.

A diferencia de los judíos o los romaníes, los homosexuales no fueron objeto de un programa de exterminio sistemático. El objetivo declarado del régimen no era su aniquilación total, sino su «reeducación» o, en caso de fracasar esta, su neutralización mediante la reclusión, la castración o la muerte. Himmler distinguía entre homosexuales «congénitos», a los que consideraba irrecuperables, y homosexuales «adquiridos», a los que creía posible reconvertir mediante el trabajo forzado, la disciplina y la abstinencia sexual. Esta distinción teórica, sin embargo, tenía escasa relevancia práctica en los campos de concentración, donde las condiciones eran letales para todos.

La castración fue un instrumento frecuente. Aunque en teoría era voluntaria, en la práctica muchos prisioneros aceptaron la castración quirúrgica bajo la promesa —a menudo incumplida— de obtener la liberación del campo. Se estima que aproximadamente 2.300 hombres fueron castrados bajo el Párrafo 175 entre 1933 y 1945.

Es importante señalar que la persecución se centró casi exclusivamente en los hombres. Las relaciones entre mujeres no estaban contempladas en el Párrafo 175, y aunque hubo casos aislados de mujeres lesbianas perseguidas bajo otras figuras legales o internadas en campos como «asociales» (triángulo negro), no existió una política sistemática contra las mujeres homosexuales. La razón era coherente con la lógica demográfica del régimen: las mujeres lesbianas podían ser forzadas a cumplir su «función reproductiva», mientras que los hombres homosexuales eran considerados una pérdida demográfica irreversible.

Una liberación que no fue tal

La liberación de los campos de concentración en 1945 no supuso el fin del sufrimiento para los supervivientes homosexuales. A diferencia de los prisioneros políticos, los judíos y otros grupos perseguidos, los homosexuales no fueron reconocidos como víctimas del nazismo. La razón era tan simple como devastadora: el Párrafo 175, en su versión endurecida de 1935, seguía vigente en la Alemania de posguerra.

En la República Federal de Alemania (Alemania Occidental), el Párrafo 175 nazi fue mantenido íntegramente hasta 1969, cuando una primera reforma despenalizó las relaciones entre hombres adultos mayores de veintiún años. La despenalización completa no llegó hasta 1994, tras la reunificación alemana. En la República Democrática Alemana (Alemania Oriental), la versión nazi del párrafo fue derogada en 1950, restaurándose la redacción original más restrictiva, que se mantuvo hasta 1968.

Esto significó que los supervivientes homosexuales de los campos de concentración no solo no recibieron compensación ni reconocimiento, sino que en muchos casos fueron procesados de nuevo por los mismos tribunales que habían servido al régimen nazi, a menudo por los mismos jueces. Los años pasados en campos de concentración fueron computados como parte de la condena penal, no como persecución injusta. Solicitar compensación equivalía a confesar un delito que seguía vigente.

Los supervivientes del triángulo rosa callaron durante décadas. El estigma social, el miedo a una nueva persecución legal y la vergüenza impuesta hicieron que sus testimonios fueran extremadamente escasos. Mientras otros grupos de víctimas organizaban asociaciones, publicaban memorias y reclamaban justicia, los homosexuales supervivientes permanecieron en la invisibilidad.

El reconocimiento tardío y la memoria

El camino hacia el reconocimiento fue largo y doloroso. En los juicios de Núremberg y los procesos posteriores, la persecución de homosexuales no fue tratada como un crimen del régimen nazi. Las organizaciones de víctimas del Holocausto tardaron décadas en incluir a los homosexuales en su memoria. El monumento a los homosexuales perseguidos por el nacionalsocialismo en el Tiergarten de Berlín no fue inaugurado hasta 2008, más de sesenta años después del final de la guerra.

En 2002, el gobierno alemán pidió perdón oficialmente a la comunidad homosexual por la persecución nazi y la posguerra. En 2017, el Bundestag aprobó una ley que anulaba las condenas dictadas bajo el Párrafo 175 durante el periodo nazi y la posguerra, y establecía un mecanismo de compensación económica para los supervivientes. Para entonces, la inmensa mayoría ya había muerto sin recibir ninguna forma de justicia.

Las cifras totales de la persecución son difíciles de establecer con precisión. Los historiadores estiman que aproximadamente 100.000 hombres fueron arrestados bajo el Párrafo 175 entre 1933 y 1945, de los cuales unos 50.000 fueron condenados por los tribunales. Entre 5.000 y 15.000 fueron deportados a campos de concentración, donde la tasa de mortalidad fue devastadora. Pero estas cifras no capturan la totalidad del daño: no incluyen a quienes se suicidaron ante la amenaza de arresto, a quienes vivieron toda su vida en el terror y el silencio, ni a las generaciones posteriores que crecieron bajo leyes heredadas del nazismo.

La persecución de los homosexuales bajo el nazismo es un recordatorio de cómo el odio institucionalizado puede destruir vidas con la complicidad del aparato legal, médico y burocrático de un Estado. Es también una advertencia sobre los peligros del silencio: durante décadas, la sociedad alemana y la comunidad internacional aceptaron que estas víctimas no merecían reconocimiento, perpetuando en la posguerra la marginación que el nazismo había iniciado. El triángulo rosa, convertido hoy en símbolo de la lucha por los derechos LGTB en todo el mundo, es también el recordatorio de un crimen que tardó demasiado en ser nombrado.