El Porajmos —término en lengua romaní que significa «la devoración»— designa el genocidio sistemático del pueblo romaní llevado a cabo por la Alemania nazi y sus aliados durante la SGM. Entre 250.000 y 500.000 romaníes y sintis fueron asesinados en campos de exterminio, fusilamientos masivos y marchas de la muerte, cifras que representan entre el 25 % y el 50 % de la población romaní europea de la época. A pesar de su magnitud, el Porajmos permaneció durante décadas como un genocidio ignorado por la historiografía oficial y la memoria colectiva, eclipsado por el Holocausto judío y relegado por el persistente antigitanismo de las sociedades europeas.

Memorial a los sinti y romaníes asesinados durante el nazismo en Berlín
Memorial a los sinti y romaníes víctimas del nazismo en el Tiergarten de Berlín, obra de Dani Karavan inaugurada en 2012 Dietmar Rabich · CC BY-SA 4.0

Raíces del antigitanismo: la persecución anterior a la guerra

La persecución de los romaníes en Alemania no comenzó con el ascenso del nazismo. Desde el siglo XV, las comunidades romaníes habían sido objeto de leyes discriminatorias, expulsiones y estigmatización en toda Europa central. En la República de Weimar, la policía bávara mantenía desde 1899 un registro específico de gitanos a través de la Nachrichtendienst in Bezug auf die Zigeuner (Central de Información sobre Gitanos), que recopilaba datos de identificación, huellas dactilares y fotografías.

Con la llegada de Adolf Hitler al poder en 1933, esta tradición discriminatoria adquirió una dimensión racial y pseudocientífica. Los romaníes fueron clasificados como «asociales» y «racialmente inferiores», categorías que los situaban fuera de la comunidad nacional alemana. En 1936, el Centro de Investigación de Higiene Racial y Biología Poblacional, dirigido por Robert Ritter, comenzó a elaborar un censo racial exhaustivo de los romaníes en el Reich. Ritter y su asistente Eva Justin clasificaron a miles de personas según su grado de «sangre gitana», determinando quiénes serían considerados «gitanos puros», «mestizos» o «asimilados», categorías que más adelante decidirían quién vivía y quién moría.

Aunque las leyes de Núremberg de 1935 se dirigían explícitamente contra los judíos, sus disposiciones fueron pronto ampliadas para incluir a los romaníes. Un decreto complementario de noviembre de 1935 clasificó a los gitanos como «portadores de sangre ajena» junto con los judíos, prohibiéndoles contraer matrimonio con ciudadanos alemanes de «sangre germánica». Esta equiparación legal sentó las bases jurídicas del genocidio.

En 1937 y 1938 se intensificaron las medidas represivas. Los romaníes fueron sometidos a registros obligatorios, se les retiró la ciudadanía y se les confinó en campos de internamiento municipales como los de Marzahn, cerca de Berlín, y Lackenbach, en Austria. Estos campos, gestionados por las autoridades locales, funcionaban como centros de trabajo forzado y como antesala de la deportación. En junio de 1938, la Aktion Arbeitsscheu Reich (Operación contra los reacios al trabajo) envió a centenares de romaníes a los campos de concentración de Buchenwald, Dachau y Sachsenhausen bajo la etiqueta de «asociales», marcados con un triángulo negro invertido.

El decreto de Auschwitz y las deportaciones masivas

El 16 de diciembre de 1942, Heinrich Himmler firmó el llamado Auschwitz-Erlass (decreto de Auschwitz), que ordenaba la deportación de todos los romaníes y sintis del Reich y los territorios ocupados al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau . Este decreto marcó el inicio de la fase más letal del Porajmos.

A partir de febrero de 1943, miles de familias romaníes fueron deportadas al Zigeunerfamilienlager (campo de familias gitanas), una sección específica dentro de Auschwitz-Birkenau conocida como sector BIIe. A diferencia de otros prisioneros, las familias romaníes fueron internadas juntas —hombres, mujeres y niños— en condiciones de hacinamiento extremo. El Zigeunerlager albergó en su momento álgido a más de 20.000 personas en barracones diseñados para una fracción de esa cifra.

Las condiciones en el Zigeunerlager eran atroces. El hambre, las enfermedades —especialmente el tifus y el noma, una gangrena facial que devoraba los rostros de los niños— y los experimentos médicos del doctor Josef Mengele causaron miles de muertes. Mengele sentía una particular fascinación por los gemelos romaníes y por los casos de heterocromía, sometiendo a sus víctimas a inyecciones, extracciones de sangre y procedimientos sin anestesia. De los aproximadamente 23.000 romaníes registrados en Auschwitz, cerca de 20.000 perecieron.

La noche del 2 de agosto de 1944

La liquidación del Zigeunerlager constituye uno de los episodios más estremecedores del Porajmos. En mayo de 1944, las SS intentaron una primera liquidación, pero los prisioneros romaníes, alertados por miembros de la resistencia del campo, se armaron con herramientas, piedras y cuchillos improvisados y se negaron a salir de los barracones. Fue uno de los pocos actos de resistencia armada registrados en Auschwitz.

Las SS aplazaron la operación. Durante los meses siguientes, trasladaron a los prisioneros considerados «aptos para el trabajo» a otros campos del Reich. El 2 de agosto de 1944, los 2.897 romaníes que quedaban en el sector BIIe —en su mayoría ancianos, mujeres y niños— fueron conducidos a las cámaras de gas y asesinados en una sola noche. Esta fecha se conmemora hoy como el Día Europeo de Conmemoración del Holocausto Romaní.

Masacres en Europa oriental y los Balcanes

El Porajmos no se limitó a los campos de exterminio. En los territorios ocupados del este de Europa, los Einsatzgruppen y las fuerzas policiales llevaron a cabo fusilamientos masivos de comunidades romaníes enteras. Estas matanzas, ejecutadas a menudo junto con las de poblaciones judías, formaban parte de la política de «limpieza racial» que acompañaba el avance de la Wehrmacht.

Serbia y Croacia

En Serbia, los romaníes fueron asesinados sistemáticamente desde finales de 1941. El campo de concentración de Semlin (Sajmište), cerca de Belgrado, fue escenario de ejecuciones masivas. En el Estado Independiente de Croacia, el régimen ustacha de Ante Pavelić persiguió a los romaníes con una brutalidad comparable a la de los propios nazis. El campo de concentración de Jasenovac, conocido como el «Auschwitz de los Balcanes», fue el destino de decenas de miles de romaníes croatas, serbios, judíos y opositores políticos. Se estima que entre 16.000 y 40.000 romaníes fueron asesinados en el territorio croata.

Rumanía y Hungría

El régimen de Ion Antonescu en Rumanía deportó a decenas de miles de romaníes a Transnistria, la región de Ucrania bajo ocupación rumana. Allí fueron abandonados en campos improvisados, granjas abandonadas y terrenos baldíos sin comida, abrigo ni atención médica. El frío, el hambre y las epidemias mataron a miles. Se calcula que entre 11.000 y 36.000 romaníes rumanos murieron en Transnistria.

En Hungría, la persecución se intensificó tras la ocupación alemana de marzo de 1944 y la llegada al poder del partido fascista Cruz Flechada en octubre de ese año. Miles de romaníes húngaros fueron deportados a campos de trabajo y de exterminio en los últimos meses de la guerra. Las estimaciones de víctimas romaníes en Hungría oscilan entre 5.000 y 30.000.

La Unión Soviética y los países bálticos

En los territorios soviéticos ocupados, los Einsatzgruppen incluyeron a los romaníes entre sus objetivos junto con los judíos, los comisarios políticos y los partisanos. En Letonia, Lituania y Estonia, comunidades romaníes enteras fueron exterminadas. En Crimea, el Einsatzgruppe D asesinó a miles de romaníes en fusilamientos al borde de fosas comunes, siguiendo el mismo patrón que las masacres de judíos como la de Babi Yar.

La magnitud del genocidio: cifras y debate historiográfico

Determinar el número exacto de víctimas del Porajmos es una tarea enormemente difícil. A diferencia del Holocausto judío, donde la burocracia nazi documentó meticulosamente gran parte del proceso de exterminio, la persecución romaní dejó un registro documental mucho más fragmentario. Muchas víctimas nunca fueron registradas, comunidades enteras desaparecieron sin dejar rastro y los archivos de Europa oriental permanecieron inaccesibles durante la Guerra Fría.

Las estimaciones más conservadoras hablan de 220.000 a 250.000 víctimas, mientras que investigadores como Ian Hancock, él mismo de origen romaní, elevan la cifra hasta 500.000 o incluso 1.500.000. La mayoría de los historiadores sitúan el número entre 250.000 y 500.000, lo que supone que entre una cuarta parte y la mitad de la población romaní europea fue aniquilada. En términos proporcionales, el Porajmos fue tan devastador como la Solución Final para el pueblo judío.

Un genocidio olvidado: la posguerra y el silencio

Tras el fin de la SGM, el sufrimiento romaní fue sistemáticamente ignorado. En los juicios de Núremberg , la persecución de los romaníes apenas fue mencionada. Los supervivientes romaníes no fueron reconocidos como víctimas del nazismo en la República Federal de Alemania hasta 1982, casi cuatro décadas después del final de la guerra. Hasta esa fecha, el gobierno alemán mantuvo la posición oficial de que la persecución romaní había sido una medida de «seguridad» y «prevención del crimen», no una acción racial.

Las consecuencias de este olvido fueron devastadoras. Los supervivientes romaníes no recibieron indemnizaciones ni restitución de bienes confiscados durante décadas. En muchos casos, los mismos funcionarios policiales que habían colaborado con la deportación continuaron en sus cargos tras la guerra, utilizando incluso los archivos raciales de Robert Ritter para seguir fichando a los romaníes. Los datos recopilados por el Centro de Higiene Racial fueron transferidos a la policía criminal bávara, que los empleó hasta bien entrada la década de 1970.

En Austria, la situación fue similar. Los romaníes supervivientes del campo de Lackenbach regresaron para encontrar sus propiedades confiscadas y ocupadas. Las solicitudes de compensación fueron rechazadas sistemáticamente. En Europa oriental, bajo los regímenes comunistas, la identidad romaní fue suprimida y el Porajmos quedó subsumido en la narrativa general de «víctimas del fascismo», sin reconocimiento específico.

Reconocimiento tardío y memoria viva

El camino hacia el reconocimiento del Porajmos ha sido lento y accidentado. En 1982, el canciller Helmut Schmidt reconoció oficialmente que la persecución romaní había sido motivada por razones raciales. En 1997, el presidente Roman Herzog inauguró el proceso de creación de un memorial en Berlín dedicado a las víctimas sintis y romaníes del nazismo, aunque la obra de Dani Karavan no fue finalmente inaugurada hasta octubre de 2012, más de sesenta años después del final de la guerra.

A nivel europeo, el Parlamento Europeo reconoció formalmente el genocidio romaní en 2015. El 2 de agosto fue establecido como día de conmemoración, en recuerdo de la liquidación del Zigeunerlager de Auschwitz. Diversos museos y memoriales han incorporado gradualmente la historia romaní a sus exposiciones, aunque el Porajmos sigue siendo un capítulo poco conocido fuera de los círculos académicos.

La investigación historiográfica ha avanzado significativamente desde la década de 1990. Los trabajos de Ian Hancock, Sybil Milton, Guenter Lewy y Michael Zimmermann han sacado a la luz documentos y testimonios que permiten reconstruir la magnitud del genocidio. Sin embargo, la escasez de testimonios escritos —la cultura romaní es predominantemente oral— y la destrucción de archivos durante la guerra hacen que muchas historias individuales se hayan perdido para siempre.

El legado del Porajmos en la actualidad

El Porajmos no es solo un episodio histórico: sus consecuencias siguen marcando la vida de las comunidades romaníes europeas. El trauma intergeneracional, la pérdida de ancianos que custodiaban la memoria cultural y la destrucción de comunidades enteras han dejado cicatrices profundas. El antigitanismo que hizo posible el genocidio no desapareció con la derrota del nazismo. Los romaníes siguen siendo la minoría más discriminada de Europa, enfrentando segregación, pobreza y discursos de odio que evocan inquietantes paralelos con el pasado.

El reconocimiento del Porajmos es, por tanto, no solo una cuestión de justicia histórica, sino también una herramienta contra la discriminación presente. Recordar que el antigitanismo condujo al exterminio de cientos de miles de personas obliga a confrontar los prejuicios que persisten en las sociedades europeas actuales. Como escribió el historiador Ian Hancock: «El Porajmos no es solo la historia de lo que nos hicieron, sino un espejo de lo que las sociedades son capaces de hacer cuando deshumanizan a un pueblo entero».

Cada 2 de agosto, los supervivientes y sus descendientes se reúnen en Auschwitz-Birkenau y en memoriales de toda Europa para recordar a quienes fueron devorados por la maquinaria de exterminio nazi. Su memoria, durante tanto tiempo silenciada, comienza al fin a ocupar el lugar que merece en la historia de la SGM y en la conciencia colectiva europea.