Ravensbrück fue el principal campo de concentración nazi destinado exclusivamente a mujeres. Situado a 90 kilómetros al norte de Berlín, junto al lago Schwedtsee en la localidad de Fürstenberg, funcionó desde mayo de 1939 hasta abril de 1945. Más de 130.000 mujeres y niñas de más de 40 nacionalidades pasaron por sus barracones. Al menos 28.000 murieron por hambre, enfermedades, trabajos forzados, experimentos médicos y ejecuciones. En los últimos meses de guerra, se instaló una cámara de gas que acabó con la vida de entre 5.000 y 6.000 prisioneras. La historia de Ravensbrück revela una dimensión del sistema concentracionario nazi frecuentemente eclipsada por los grandes campos de exterminio: la brutalidad específica ejercida contra las mujeres.

Prisioneras trabajando en el campo de concentración de Ravensbrück
Prisioneras del campo de concentración de Ravensbrück, el principal campo nazi destinado a mujeres. Bundesarchiv · CC BY-SA 3.0 de

La creación del campo

En 1938, Heinrich Himmler ordenó la construcción de un campo de concentración femenino que reemplazara las instalaciones para mujeres del campo de Lichtenburg, en Sajonia. El emplazamiento elegido fue una zona pantanosa junto al lago Schwedtsee, cuyo terreno fue preparado por prisioneros varones trasladados desde el campo de Sachsenhausen .

Las primeras 867 prisioneras llegaron el 18 de mayo de 1939, trasladadas desde Lichtenburg. Eran en su mayoría presas políticas alemanas —comunistas, socialdemócratas y testigos de Jehová— y mujeres clasificadas como asociales por las autoridades nazis: prostitutas, vagabundas, delincuentes comunes y mujeres que habían mantenido relaciones con hombres de razas consideradas inferiores.

El campo fue diseñado inicialmente para albergar a unas 3.000 prisioneras, pero su población creció sin cesar. A medida que la guerra avanzaba, Ravensbrück se fue llenando de mujeres de toda la Europa ocupada: polacas, francesas, rusas, holandesas, belgas, noruegas, checas, yugoslavas y de muchas otras nacionalidades. También fueron internadas miles de mujeres judías, romaníes y combatientes de la resistencia.

La vida en el campo

La rutina diaria comenzaba a las cuatro de la madrugada en verano y a las cinco en invierno con el recuento en la Appellplatz, la plaza de formación. Las prisioneras, vestidas con uniformes de rayas demasiado finos para el clima de Brandeburgo, permanecían de pie durante horas mientras las SS las contaban y recontaban. En invierno, con temperaturas que descendían a quince o veinte grados bajo cero, los recuentos podían prolongarse como forma de castigo colectivo.

El trabajo forzado constituía el eje de la vida en el campo. Las prisioneras trabajaban en los talleres de costura de la empresa Texled, propiedad de las SS, confeccionando uniformes militares. También trabajaban en la construcción, en la agricultura y en la fábrica de armamento de Siemens & Halske, que instaló una planta adjunta al campo en 1942. La jornada laboral se extendía entre diez y doce horas, y las prisioneras que no cumplían las cuotas de producción eran castigadas con golpes, privación de comida o confinamiento en el búnker de castigo.

La alimentación era insuficiente y de pésima calidad. La ración diaria consistía en un trozo de pan negro, una sopa aguada de nabos y, ocasionalmente, un poco de margarina o salchichón. Las prisioneras sufrían desnutrición crónica, que combinada con el trabajo extenuante y las condiciones higiénicas deplorables provocaba una mortalidad elevada. Las enfermedades —tuberculosis, disentería, tifus— eran endémicas.

Los experimentos médicos

Ravensbrück fue escenario de una serie de experimentos médicos especialmente crueles realizados por el doctor Karl Gebhardt, médico personal de Himmler y presidente de la Cruz Roja Alemana. A partir de 1942, Gebhardt y sus colaboradores llevaron a cabo operaciones experimentales en prisioneras polacas, la mayoría jóvenes.

Los experimentos de sulfamidas consistían en provocar heridas en las piernas de las víctimas, infectarlas deliberadamente con bacterias, tierra y astillas de cristal, y luego probar diferentes tratamientos con sulfamidas. Otros experimentos investigaban la regeneración ósea y nerviosa, implantando huesos de unas prisioneras en otras o seccionando nervios para observar su capacidad de recuperación. Las víctimas de estos experimentos, conocidas como las conejas (Kaninchen) por sus compañeras de cautiverio, quedaron muchas de ellas mutiladas de por vida.

Las prisioneras polacas organizaron una resistencia clandestina para proteger a las conejas. Cuando las SS intentaron eliminarlas para borrar las pruebas de los experimentos, las demás presas las escondieron, intercambiaron identidades y lograron salvar a muchas de ellas. Los testimonios de las conejas supervivientes fueron fundamentales en los juicios de Núremberg y en el llamado Juicio de los Doctores.

Las guardianas de las SS

Ravensbrück fue también el principal centro de formación para las guardianas femeninas de las SS (SS-Aufseherinnen). Más de 3.500 mujeres recibieron entrenamiento en el campo antes de ser destinadas a otros campos del sistema concentracionario. La formación incluía instrucción en disciplina, uso de armas y técnicas de intimidación, así como un proceso de desensibilización ante el sufrimiento de las prisioneras.

Algunas de las guardianas más notorias del Holocausto pasaron por Ravensbrück. Dorothea Binz, Aufseherrin jefe del campo, era conocida por su crueldad extrema: golpeaba a las prisioneras con un látigo, azuzaba perros contra ellas y seleccionaba personalmente mujeres para las ejecuciones. Irma Grese, que llegó a Ravensbrück como aprendiz a los 18 años antes de ser trasladada a Auschwitz y Bergen-Belsen, fue una de las guardianas más temidas.

La existencia de estas mujeres perpetradoras plantea preguntas incómodas sobre la complicidad femenina en el sistema nazi. No eran víctimas obligadas a participar: muchas se presentaron voluntariamente, atraídas por el salario, el estatus y el poder que el cargo les proporcionaba. Su brutalidad desmiente cualquier suposición esencialista sobre la incapacidad femenina para la violencia.

Los subcampos y el trabajo esclavo

Ravensbrück llegó a tener más de 40 subcampos repartidos por el norte de Alemania. Las prisioneras eran enviadas a fábricas de armamento, minas, granjas y obras de construcción al servicio de la economía de guerra. Empresas como Siemens, AEG, Daimler-Benz y Heinkel se beneficiaron del trabajo esclavo de las mujeres de Ravensbrück.

En 1941 se añadió al complejo un campo masculino más pequeño, donde se internó a prisioneros de guerra soviéticos y a hombres de diversas nacionalidades. En enero de 1945, el campo también recibió la categoría de Jugendschutzlager (campo de protección juvenil) para alojar a adolescentes.

La cámara de gas y las marchas de la muerte

En los últimos meses de la guerra, la situación en Ravensbrück se deterioró dramáticamente. El campo, diseñado para 6.000 personas, albergaba a más de 45.000 en enero de 1945, hacinadas tras la llegada de evacuadas de campos del este amenazados por el avance soviético.

A finales de 1944, se construyó una cámara de gas provisional junto al crematorio. Entre enero y abril de 1945, entre 5.000 y 6.000 prisioneras fueron gaseadas, principalmente las enfermas y las que ya no podían trabajar. Las selecciones las realizaban médicos de las SS que examinaban a las prisioneras formadas desnudas en la Appellplatz, marcando con una cruz a las condenadas.

En abril de 1945, ante la proximidad del Ejército Rojo, las SS organizaron marchas de la muerte hacia el oeste. Miles de prisioneras, muchas de ellas ya moribundas, fueron obligadas a caminar sin alimento ni agua durante días. Las que caían eran fusiladas en la cuneta.

El 30 de abril de 1945, tropas soviéticas liberaron Ravensbrück. Encontraron a unas 3.500 prisioneras enfermas que las SS no habían podido evacuar. Los hospitales de campaña soviéticos atendieron a las supervivientes, pero muchas murieron en las semanas siguientes a causa de su estado de desnutrición y enfermedad.

El legado de Ravensbrück

La historia de Ravensbrück tardó décadas en recibir la atención que merece. Durante la Guerra Fría, el memorial del campo, situado en la República Democrática Alemana, fue instrumentalizado políticamente para destacar el sufrimiento de las presas comunistas, marginando a las demás categorías de víctimas. Solo tras la reunificación alemana se emprendió una revisión historiográfica más completa.

Las supervivientes de Ravensbrück dejaron algunos de los testimonios más valiosos sobre la experiencia concentracionaria femenina. Germaine Tillion, etnóloga francesa y miembro de la Resistencia, escribió una obra académica y personal sobre el campo. Margarete Buber-Neumann documentó su experiencia como prisionera que había pasado previamente por el gulag soviético, ofreciendo una comparación única entre ambos sistemas totalitarios.

El memorial de Ravensbrück, inaugurado en 1959, recibe hoy a miles de visitantes anuales. Las exposiciones documentan la historia del campo y de sus víctimas, con especial atención a la diversidad de las prisioneras y a la especificidad de la persecución ejercida contra las mujeres. La historia de Ravensbrück nos recuerda que el horror del sistema concentracionario nazi no fue solo masculino: las mujeres fueron víctimas, resistentes y, en algunos casos, perpetradoras de una violencia que no reconocía límites.