Entre el verano de 1944 y la primavera de 1945, los ejércitos aliados que avanzaban sobre el territorio controlado por el Tercer Reich fueron descubriendo, uno tras otro, los campos de concentración y exterminio nazis. Lo que encontraron en aquellos recintos superaba cualquier cosa que los soldados, periodistas o comandantes hubieran podido imaginar. Prisioneros reducidos a esqueletos vivientes, montañas de cadáveres, hornos crematorios y las evidencias de un sistema industrial diseñado para el asesinato masivo confrontaron al mundo con la realidad del Holocausto .

Prisioneros supervivientes del campo de concentración de Ebensee tras la liberación por el ejército estadounidense en mayo de 1945
Prisioneros del campo de concentración de Ebensee, subcampo de Mauthausen, tras su liberación por la 80.ª División del ejército estadounidense el 7 de mayo de 1945. Lt. Arnold E. Samuelson · Public domain

Los soviéticos descubren Majdanek

El primer gran campo de concentración liberado por los Aliados fue Majdanek, situado en las afueras de Lublin, Polonia. El 23 de julio de 1944, las tropas del Primer Frente Bielorruso del Ejército Rojo alcanzaron el recinto mientras avanzaban en la ofensiva de verano conocida como Operación Bagratión. La velocidad del avance soviético tomó por sorpresa a las SS, que no tuvieron tiempo de completar la destrucción de las evidencias.

A diferencia de lo que ocurriría en otros campos, en Majdanek los nazis no lograron desmantelar las cámaras de gas ni los crematorios. Los soldados soviéticos encontraron las instalaciones prácticamente intactas, incluidas las cámaras donde se había gaseado a decenas de miles de personas con Zyklon B y monóxido de carbono. También hallaron un almacén con más de ochocientas mil pares de zapatos pertenecientes a las víctimas, así como toneladas de ropa, cabello humano y objetos personales confiscados.

El corresponsal soviético Konstantín Símonov fue uno de los primeros periodistas en acceder al campo. Su reportaje describía un paisaje de muerte industrializada que resultaba difícil de creer incluso para quienes lo estaban presenciando. Las autoridades soviéticas organizaron una comisión de investigación y permitieron el acceso a periodistas occidentales, pero en el contexto de la propaganda bélica, muchos medios en Occidente recibieron los informes con escepticismo, considerándolos una posible exageración soviética.

Ese escepticismo se desvanecería meses después, cuando los ejércitos occidentales comenzaron a liberar sus propios campos.

La liberación de Auschwitz-Birkenau

El 27 de enero de 1945, soldados de la 322.ª División de Infantería del Ejército Rojo llegaron al complejo de Auschwitz-Birkenau , el mayor centro de exterminio nazi, situado en la Polonia ocupada. Para entonces, las SS habían evacuado a la mayoría de los prisioneros en las tristemente célebres marchas de la muerte , obligando a decenas de miles de personas debilitadas a caminar en pleno invierno hacia campos en el interior de Alemania.

Los soviéticos encontraron aproximadamente siete mil prisioneros demasiado enfermos o débiles para haber sido evacuados. Muchos agonizaban de hambre, tifus, tuberculosis y otras enfermedades. Las tropas también descubrieron las ruinas de las cámaras de gas y crematorios que las SS habían intentado demoler en las semanas previas para ocultar las pruebas del genocidio. A pesar de los esfuerzos de destrucción, los almacenes revelaron la magnitud del crimen: los soldados hallaron más de un millón de trajes y vestidos, más de cuarenta mil pares de zapatos y siete toneladas de cabello humano empaquetado y listo para su envío a fábricas textiles alemanas.

La liberación de Auschwitz fue registrada por cámaras cinematográficas del ejército soviético, y las imágenes resultantes se convertirían en algunas de las más impactantes de toda la guerra. Sin embargo, al igual que había ocurrido con Majdanek, el impacto inmediato en la opinión pública occidental fue limitado. La verdadera conmoción llegaría con los campos liberados por estadounidenses y británicos semanas después.

Los estadounidenses en Ohrdruf y Buchenwald

El 4 de abril de 1945, la 4.ª División Acorazada y la 89.ª División de Infantería del ejército estadounidense liberaron Ohrdruf, un subcampo de Buchenwald en Turingia. Fue el primer campo de concentración descubierto por tropas estadounidenses, y la experiencia resultó devastadora para los soldados.

Los soldados encontraron pilas de cadáveres parcialmente quemados en una pira improvisada, fosas comunes superficiales donde sobresalían miembros de los muertos, y prisioneros moribundos que apenas podían articular palabra. El hedor de la muerte era tan intenso que muchos soldados, curtidos en meses de combate, vomitaron al entrar en el recinto.

La noticia llegó rápidamente al general Dwight D. Eisenhower, comandante supremo de las fuerzas aliadas en Europa. Eisenhower decidió visitar Ohrdruf personalmente el 12 de abril, acompañado por los generales George Patton y Omar Bradley. La visita marcó profundamente a los tres. Patton, conocido por su dureza, tuvo que apartarse para vomitar detrás de un barracón. Eisenhower, lívido pero determinado, recorrió cada rincón del campo insistiendo en ver todo lo que había que ver.

Esa misma noche, Eisenhower escribió al general George Marshall en Washington: "Las cosas que vi desafían cualquier descripción. Los elementos visuales y de olor de los muertos y los casi muertos no puedo expresarlos adecuadamente. Hice esta visita deliberadamente, para estar en posición de dar testimonio de primera mano de estas cosas en caso de que alguna vez surja en el futuro la tendencia a calificar estas acusaciones como mera propaganda".

El 11 de abril, apenas una semana después, la 6.ª División Acorazada y la 80.ª División de Infantería liberaron el campo principal de Buchenwald. Allí encontraron a más de veintiún mil prisioneros supervivientes, muchos en condiciones extremas de desnutrición y enfermedad. Buchenwald, que había funcionado desde 1937, fue uno de los mayores campos en suelo alemán, con un sistema de trabajo esclavo que alimentaba la industria bélica nazi.

La visita de Eisenhower y la estrategia de documentación

Tras lo que vio en Ohrdruf, Eisenhower tomó una decisión que tendría consecuencias históricas fundamentales. Ordenó que el mayor número posible de soldados estadounidenses visitara los campos liberados. Su razonamiento era doble: por un lado, quería que los soldados comprendieran exactamente por qué habían luchado; por otro, quería crear tantos testigos como fuera posible para que nadie pudiera negar lo sucedido en el futuro.

Eisenhower también cursó invitaciones a delegaciones del Congreso estadounidense y del Parlamento británico para que visitaran los campos. Doce congresistas y seis parlamentarios británicos aceptaron la invitación y recorrieron Buchenwald y Dachau en las semanas siguientes. Sus informes, presentados ante sus respectivas cámaras legislativas, contribuyeron decisivamente a que la opinión pública comprendiera la magnitud del Holocausto.

Simultáneamente, equipos del Signal Corps del ejército estadounidense recibieron instrucciones de documentar exhaustivamente todo lo que encontraran. Fotógrafos y camarógrafos militares produjeron miles de imágenes y horas de metraje cinematográfico que se convirtieron en pruebas irrefutables. El director de cine George Stevens, que servía como oficial del Signal Corps, filmó material en Dachau que luego se utilizaría como prueba en los juicios de Núremberg.

La documentación fue deliberadamente exhaustiva y metódica. Se fotografiaron los cadáveres, los hornos crematorios, los instrumentos de tortura, los almacenes llenos de objetos robados a las víctimas, y también se filmaron testimonios de supervivientes y declaraciones de guardias capturados. Esta estrategia de documentación masiva resultó fundamental para establecer la verdad histórica del Holocausto.

Dachau: el campo que conmocionó a Estados Unidos

El 29 de abril de 1945, apenas un día antes del suicidio de Hitler en Berlín, tropas de la 42.ª y la 45.ª Divisiones de Infantería del ejército estadounidense liberaron Dachau , el primer campo de concentración que los nazis habían abierto en 1933. Situado a las afueras de Múnich, Dachau había funcionado durante doce años como centro de detención, tortura y asesinato, y como modelo para todo el sistema concentracionario nazi.

Lo que los soldados encontraron al llegar fue una escena de pesadilla. En una vía muerta junto al campo, un tren compuesto por casi cuarenta vagones de mercancías contenía los cadáveres de más de dos mil prisioneros que habían muerto de hambre, deshidratación y agotamiento durante una evacuación fallida desde Buchenwald. Muchos cuerpos mostraban señales de haber intentado escapar y haber sido fusilados.

Dentro del campo, más de treinta mil prisioneros hacinados en instalaciones diseñadas para una fracción de esa cifra sobrevivían en condiciones infrahumanas. El tifus se había convertido en epidemia, y cada día morían centenares de personas. Los crematorios no daban abasto para procesar los cadáveres, que se apilaban en montones al aire libre.

La reacción de los soldados estadounidenses ante lo que vieron en Dachau fue tan intensa que desembocó en un episodio controvertido. Algunos soldados de la 45.ª División, enfurecidos por las escenas que presenciaban, abrieron fuego contra guardias de las SS que se habían rendido. El incidente, conocido como la masacre de Dachau, resultó en la muerte de entre treinta y cincuenta guardias alemanes. Aunque se abrió una investigación, el general Patton ordenó archivarla, y ningún soldado estadounidense fue procesado.

Bergen-Belsen: el infierno británico

El 15 de abril de 1945, tropas del ejército británico de la 11.ª División Acorazada liberaron Bergen-Belsen , un campo situado en la Baja Sajonia que se había convertido en un matadero por abandono. A diferencia de Auschwitz, Bergen-Belsen no tenía cámaras de gas; la muerte llegaba por hambre, enfermedad y negligencia absoluta.

En los meses previos a la liberación, decenas de miles de prisioneros evacuados de campos del este habían sido hacinados en Bergen-Belsen, que carecía de las instalaciones mínimas para albergarlos. Cuando llegaron los británicos, encontraron aproximadamente sesenta mil prisioneros vivos, la inmensa mayoría gravemente enfermos, junto con más de trece mil cadáveres insepultos esparcidos por todo el campo. El tifus, la disentería y la tuberculosis se habían extendido sin control alguno.

El brigadier Glyn Hughes, oficial médico jefe de la 2.ª División Británica, describió Bergen-Belsen como "el lugar más horrible, espantoso y degradante que los ojos humanos hayan contemplado jamás". Los soldados británicos, muchos de los cuales habían combatido desde Normandía, quedaron tan traumatizados que varios necesitaron tratamiento psicológico.

La situación médica era tan desesperada que, a pesar de los esfuerzos aliados, aproximadamente catorce mil de los prisioneros liberados murieron en las semanas posteriores a la liberación. Sus cuerpos estaban tan debilitados que no podían asimilar alimentos sólidos, y muchos fallecieron por el llamado síndrome de realimentación cuando recibieron comida en cantidades que sus organismos destruidos no podían procesar.

Entre las víctimas que murieron poco después de la liberación se encontraba Ana Frank, cuyo diario se convertiría en uno de los testimonios más leídos del Holocausto. Ana y su hermana Margot habían fallecido de tifus en Bergen-Belsen apenas unas semanas antes de la llegada de los británicos.

La respuesta médica y humanitaria

La liberación de los campos planteó un desafío médico y humanitario sin precedentes. Los equipos sanitarios aliados se encontraron con cientos de miles de personas al borde de la muerte que necesitaban atención inmediata, pero cuyo tratamiento requería protocolos que la medicina de campaña no contemplaba.

Los supervivientes presentaban cuadros de desnutrición extrema, enfermedades infecciosas múltiples, heridas sin tratar, secuelas de torturas y experimentos médicos, y un deterioro psicológico profundo. Los médicos militares, formados para tratar heridas de combate, tuvieron que improvisar protocolos para una situación que nadie había previsto.

Uno de los problemas más urgentes fue la alimentación. La experiencia de Bergen-Belsen demostró trágicamente que dar comida normal a personas que habían sufrido inanición prolongada podía matarlas. Los médicos desarrollaron regímenes de realimentación gradual, comenzando con caldos ligeros y líquidos enriquecidos, aumentando progresivamente la ingesta calórica a lo largo de semanas. Aun así, muchos supervivientes no pudieron ser salvados.

Las epidemias de tifus que asolaban prácticamente todos los campos liberados obligaron a establecer cuarentenas estrictas y programas masivos de desinfección. En Bergen-Belsen, la situación era tan grave que el ejército británico decidió quemar completamente las barracas del campo tras evacuar a los supervivientes, destruyendo el recinto para erradicar los focos de infección.

Organizaciones como la Cruz Roja, el Comité Judío Estadounidense de Distribución Conjunta y las agencias de las Naciones Unidas recién creadas desplegaron personal y recursos para apoyar la respuesta humanitaria. Pese a todos los esfuerzos, se estima que decenas de miles de supervivientes murieron en los meses posteriores a la liberación como consecuencia del deterioro físico acumulado.

Otros campos liberados

Además de los campos más conocidos, los ejércitos aliados liberaron centenares de campos y subcampos repartidos por toda Europa. Cada liberación añadía nuevas capas de horror al cuadro general.

El complejo de Mauthausen en Austria fue liberado por la 11.ª División Acorazada estadounidense el 5 de mayo de 1945. El campo, clasificado como de categoría III, la más severa, estaba diseñado para el exterminio mediante trabajo esclavo. Sus prisioneros eran obligados a subir los ciento ochenta y seis escalones de la cantera de granito cargando piedras pesadas, y muchos morían en el intento o eran arrojados desde el acantilado que los prisioneros llamaban el muro de los paracaidistas.

Ravensbrück, el principal campo de concentración para mujeres, fue liberado por el Ejército Rojo el 30 de abril de 1945. Las supervivientes testimoniaron sobre experimentos médicos realizados con prisioneras, esterilizaciones forzadas y un régimen de trabajo esclavo que había acabado con la vida de decenas de miles de mujeres.

El campo de Theresienstadt en Checoslovaquia, que los nazis habían utilizado como campo modelo para engañar a la Cruz Roja, fue liberado por el Ejército Rojo el 8 de mayo de 1945, el mismo día de la rendición alemana. Aunque las condiciones eran algo mejores que en otros campos, Theresienstadt había funcionado principalmente como campo de tránsito hacia Auschwitz, y la gran mayoría de quienes pasaron por él fueron finalmente asesinados.

La obligación de mirar: civiles alemanes ante los campos

Otro aspecto significativo de la liberación fue la decisión aliada de obligar a la población civil alemana de las localidades cercanas a visitar los campos. Eisenhower y otros comandantes estaban convencidos de que los civiles alemanes debían confrontar directamente los crímenes cometidos en su nombre.

En Buchenwald, cientos de ciudadanos de Weimar fueron conducidos al campo para recorrer las instalaciones y ver los cadáveres. Muchos lloraban, otros desviaban la mirada, y la mayoría afirmaba no haber sabido nada de lo que ocurría tras las alambradas, a pesar de que el campo estaba a escasos kilómetros de la ciudad. La misma escena se repitió en Dachau con los habitantes de Múnich, en Bergen-Belsen con los vecinos de Celle y en docenas de localidades cercanas a otros campos.

En algunos casos, los civiles fueron obligados a participar en la excavación de fosas comunes y el entierro digno de las víctimas. Esta política buscaba no solo establecer la responsabilidad colectiva, sino también crear un registro de testigos que impidiera la negación futura de los hechos.

Las imágenes de ciudadanos alemanes bien vestidos y aparentemente bien alimentados recorriendo campos llenos de cadáveres y supervivientes esqueléticos se convirtieron en algunas de las más poderosas de la posguerra, simbolizando la brecha entre la vida cotidiana del Tercer Reich y los crímenes que ese régimen cometía a plena luz del día.

El impacto en la opinión pública mundial

Las noticias y las imágenes de los campos liberados transformaron radicalmente la percepción pública de la guerra y del régimen nazi. Aunque existían informes previos sobre los campos de concentración y el exterminio de los judíos europeos, muchos los habían descartado como exageraciones propagandísticas. Las fotografías y los reportajes cinematográficos de la liberación hicieron imposible seguir mirando hacia otro lado.

Los periódicos de todo el mundo publicaron en primera página las imágenes de los campos. Los noticiarios cinematográficos que se proyectaban en los cines antes de las películas mostraron a millones de espectadores las escenas que los soldados habían presenciado. El impacto emocional fue enorme: ciudadanos que habían seguido la guerra desde la distancia se encontraron de pronto ante la evidencia visual de un horror que superaba cualquier ficción.

El documental Death Mills, producido por el Signal Corps bajo la dirección del director Billy Wilder y estrenado en 1945, compilaba imágenes de múltiples campos liberados y fue proyectado obligatoriamente a la población alemana como parte del programa de desnazificación. Otro documental, Memory of the Camps, producido en parte por Alfred Hitchcock, no se completó hasta décadas después, pero su material fue utilizado como prueba en los juicios de Núremberg .

La conmoción generada por la liberación de los campos contribuyó decisivamente a crear el consenso internacional que desembocó en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 y en las Convenciones de Ginebra de 1949, y alimentó el apoyo internacional para la creación del Estado de Israel en 1948.

Las pruebas para Núremberg

Las evidencias recogidas durante la liberación de los campos desempeñaron un papel central en los juicios de Núremberg. La documentación fotográfica y cinematográfica, los testimonios de los supervivientes, los registros nazis capturados y las declaraciones de los propios guardias formaron un corpus probatorio abrumador que los acusados no pudieron refutar.

Durante los juicios, se proyectó material filmado en los campos liberados ante el tribunal y los acusados. Las reacciones de los líderes nazis al ver las imágenes fueron variadas: algunos apartaron la mirada, otros mantuvieron expresiones impasibles, y al menos uno, Hans Frank, el gobernador general de la Polonia ocupada, reconoció que "mil años pasarán y la culpa de Alemania no se habrá borrado".

La estrategia de documentación masiva impulsada por Eisenhower demostró su valor fundamental en estos procesos. Sin las pruebas visuales y testimoniales recogidas en el momento de la liberación, los acusados habrían tenido más facilidad para negar su responsabilidad o minimizar la escala de los crímenes.

Un legado de memoria

La liberación de los campos marcó un antes y un después en la historia de la humanidad. Por primera vez, el mundo entero fue confrontado con las consecuencias extremas de la ideología del odio llevada hasta sus últimas consecuencias. Las imágenes de aquellos días se convirtieron en el símbolo más poderoso de los horrores del nazismo y en un recordatorio permanente de hasta dónde puede llegar la crueldad humana cuando se le permite prosperar sin freno.

El 27 de enero, aniversario de la liberación de Auschwitz, fue designado por las Naciones Unidas en 2005 como el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Los campos liberados fueron preservados como memoriales y museos que cada año reciben a millones de visitantes, cumpliendo el deseo de Eisenhower de que existieran siempre testigos que impidieran la negación del Holocausto .

Para los supervivientes, la liberación fue el comienzo de un largo y doloroso proceso de reconstrucción. Muchos descubrieron que sus familias habían sido exterminadas, que sus hogares habían sido destruidos o confiscados, y que el mundo al que volvían ya no era el que habían conocido. La libertad no trajo felicidad inmediata, sino el inicio de un duelo que para muchos duraría toda la vida, pero también la posibilidad de testimoniar, de recordar, y de asegurar que la memoria de los millones de asesinados no fuera borrada de la historia.