El gueto de Varsovia fue el mayor gueto judío establecido por la Alemania nazi en la Europa ocupada. Creado en noviembre de 1940 en el corazón de la capital polaca, llegó a encerrar a más de 400.000 personas en un espacio de apenas 3,4 kilómetros cuadrados. Las condiciones de hacinamiento, hambre y enfermedad provocaron decenas de miles de muertes antes de que comenzaran las deportaciones masivas al campo de exterminio de Treblinka en el verano de 1942. El levantamiento del gueto en abril de 1943, la mayor revuelta armada judía contra los nazis, se convirtió en un símbolo imperecedero de resistencia frente a la barbarie.

La creación del gueto
Tras la conquista de Polonia en septiembre de 1939, las autoridades alemanas comenzaron a implementar medidas de segregación contra la población judía de Varsovia, que con unos 350.000 habitantes constituía la mayor comunidad judía de Europa. En octubre de 1940, el gobernador del distrito de Varsovia, Ludwig Fischer, ordenó la creación de un distrito residencial judío cerrado. El 16 de noviembre de 1940, el gueto fue sellado con un muro de tres metros de altura coronado con alambre de espino.
La zona asignada al gueto se encontraba en los barrios más antiguos y deteriorados de la ciudad. Representaba aproximadamente el 2,4 por ciento de la superficie de Varsovia, pero debía albergar al 30 por ciento de su población. Las familias judías que vivían fuera del área designada fueron obligadas a trasladarse al gueto, mientras que los polacos no judíos que residían dentro fueron reubicados. El hacinamiento fue inmediato y brutal: en algunos edificios se amontonaban más de diez personas por habitación.
El Judenrat, el consejo judío encabezado por Adam Czerniaków, fue obligado a administrar internamente el gueto bajo las directrices alemanas. Czerniaków intentó mantener una apariencia de normalidad organizando servicios sanitarios, distribución de alimentos y escuelas clandestinas, pero su margen de actuación era mínimo. Los alemanes controlaban todos los suministros que entraban al gueto y los mantenían en niveles deliberadamente insuficientes.
El hambre como arma
La ración oficial de alimentos asignada a los habitantes del gueto era de unas 184 calorías diarias, una fracción de lo necesario para la supervivencia. Los alemanes habían calculado conscientemente que esta asignación conduciría a una muerte lenta por inanición. El contraste con las raciones de la población alemana, que superaban las 2.600 calorías, revela la naturaleza deliberada de esta política.
El contrabando se convirtió en la única vía de supervivencia. Niños y jóvenes se arriesgaban diariamente a cruzar el muro por rendijas, agujeros y túneles para traer alimentos del lado ario. Los guardias alemanes y polacos que vigilaban los accesos tenían órdenes de disparar a cualquiera que intentara cruzar, y muchos contrabandistas perdieron la vida en el intento. A pesar del peligro, el contrabando llegó a representar hasta el 80 por ciento de los alimentos consumidos en el gueto.
Las enfermedades se propagaron con rapidez en las condiciones de hacinamiento e insalubridad. El tifus se convirtió en una epidemia permanente. En 1941, morían más de 4.000 personas al mes por hambre y enfermedades. Los cadáveres se recogían cada mañana de las calles, envueltos en papel de periódico porque las familias no podían costear un entierro. Para finales de ese año, el gueto había perdido ya más de 40.000 personas sin que se hubiera producido ninguna deportación.
La vida cultural y la resistencia espiritual
A pesar de las condiciones infrahumanas, los habitantes del gueto mantuvieron una intensa vida cultural y espiritual que constituía una forma de resistencia contra la deshumanización. Funcionaban teatros clandestinos, orquestas, escuelas y sinagogas. El historiador Emanuel Ringelblum organizó el archivo secreto Oyneg Shabes, un grupo de cronistas que documentaron meticulosamente la vida y la muerte en el gueto. Miles de documentos fueron enterrados en cajas metálicas y lecheras para preservar el testimonio de lo que estaba ocurriendo.
La educación estaba oficialmente prohibida, pero decenas de escuelas clandestinas funcionaron durante toda la existencia del gueto. Bibliotecas secretas circulaban libros entre los residentes. Los movimientos juveniles sionistas y bundistas organizaban actividades culturales y de formación que mantenían la cohesión de la comunidad.
Janusz Korczak, el célebre pedagogo y médico que dirigía un orfanato dentro del gueto, se convirtió en una figura emblemática. Rechazó múltiples ofertas de salvación personal para permanecer junto a los 200 niños a su cargo. Cuando en agosto de 1942 llegó la orden de deportación del orfanato, Korczak marchó con los niños hacia los vagones de ganado que los llevarían a Treblinka, sin abandonarlos jamás.
La gran deportación: Treblinka
El 22 de julio de 1942 comenzó la llamada Große Aktion, la gran operación de deportación. Las autoridades alemanas ordenaron al Judenrat que proporcionara 6.000 personas diarias para su reasentamiento en el este. Adam Czerniaków, al comprender que se le pedía firmar sentencias de muerte, se suicidó el 23 de julio dejando una nota: «No puedo entregar a niños indefensos a la muerte».
Durante los dos meses siguientes, unas 265.000 personas fueron deportadas del gueto a las cámaras de gas de Treblinka. La operación fue ejecutada por las SS y sus auxiliares ucranianos y letones del Batallón Trawniki, bajo la dirección de Hermann Höfle. Las redadas eran brutales: manzana por manzana, edificio por edificio, los habitantes eran reunidos en la Umschlagplatz, la plaza de carga junto a las vías del tren, desde donde partían los transportes.
Los deportados eran engañados con la promesa de recibir tres kilogramos de pan y un kilogramo de mermelada si se presentaban voluntariamente. En los primeros días, miles de personas hambrientas acudieron por su cuenta. Cuando dejaron de presentarse voluntarios, comenzaron las redadas sistemáticas. Familias enteras eran arrancadas de sus hogares, y quienes se escondían o resistían eran ejecutados en el acto.
Para septiembre de 1942, la población del gueto se había reducido de más de 350.000 a unas 55.000-60.000 personas. Los supervivientes eran en su mayoría trabajadores de las fábricas y talleres que operaban dentro del gueto, junto con sus familias. Muchos habían sobrevivido escondiéndose en sótanos y buhardillas durante las redadas, o comprando documentos de trabajo falsos.
La organización de la resistencia armada
La gran deportación tuvo un efecto catalizador sobre los movimientos de resistencia. La comprensión de que los reasentamientos significaban la muerte destruyó cualquier ilusión sobre la posibilidad de sobrevivir mediante la cooperación. Los supervivientes, en su mayoría jóvenes, decidieron que si iban a morir, lo harían luchando.
En octubre de 1942 se formó la Żydowska Organizacja Bojowa (ŻOB), la Organización Judía de Combate, bajo el liderazgo de Mordechai Anielewicz, un joven de 24 años procedente del movimiento juvenil sionista Hashomer Hatzair. La ŻOB agrupó a diversas facciones políticas —sionistas de izquierda, bundistas y comunistas— en un frente común. Paralelamente, el revisionista Żydowski Związek Wojskowy (ŻZW), la Unión Militar Judía, organizó su propia fuerza de combate.
El armamento disponible era patéticamente escaso. La resistencia polaca del Armia Krajowa proporcionó un pequeño número de pistolas y granadas, pero consideraba la situación del gueto como una causa perdida y no asignó recursos significativos. Los combatientes judíos fabricaron cócteles Molotov artesanales y compraron armas de contrabando a precios exorbitantes. Cuando llegó la hora del levantamiento, la ŻOB disponía de unas 600 personas armadas con apenas dos ametralladoras, quince rifles, unas 500 pistolas y varias docenas de granadas.
El levantamiento de abril de 1943
El 19 de abril de 1943, las tropas alemanas entraron en el gueto para ejecutar la liquidación definitiva. El mando fue asignado al SS-Brigadeführer Jürgen Stroop, que disponía de más de 2.000 soldados y policías con tanques, artillería y lanzallamas. Los alemanes esperaban completar la operación en tres días.
Se encontraron con una resistencia feroz que no habían previsto. Los combatientes judíos, parapetados en edificios, sótanos y azoteas, lanzaron granadas y cócteles Molotov contra las columnas alemanas. En el primer día, los atacantes fueron rechazados con bajas significativas. Stroop se vio obligado a cambiar de táctica: en lugar de combatir casa por casa, comenzó a incendiar edificio por edificio de forma sistemática.
Los combates se prolongaron durante casi un mes. Los defensores del gueto, superados en número y armamento, se replegaron al laberinto de sótanos y búnkeres que habían preparado. La resistencia se fragmentó en pequeñas bolsas que luchaban independientemente mientras el gueto ardía sobre sus cabezas. El humo y las llamas eran visibles desde toda Varsovia.
El 8 de mayo, las tropas de Stroop descubrieron el búnker del mando de la ŻOB en el número 18 de la calle Miła. Mordechai Anielewicz y decenas de combatientes se suicidaron o murieron en el asalto antes que rendirse. Algunos luchadores lograron escapar a través del sistema de alcantarillado hacia el lado ario de la ciudad con la ayuda de partisanos polacos.
El 16 de mayo de 1943, Stroop declaró oficialmente finalizada la operación y ordenó la voladura de la Gran Sinagoga de Varsovia como gesto simbólico. En su informe, titulado «El barrio judío de Varsovia ya no existe», documentó la destrucción con fotografías que se convertirían en algunas de las imágenes más conocidas del Holocausto.
Las cifras del horror
Según el informe de Stroop, durante la liquidación del gueto fueron capturadas 56.065 personas, de las cuales 7.000 fueron ejecutadas en el acto y el resto deportadas a campos de exterminio y concentración. Los alemanes reportaron 16 muertos y 85 heridos propios, cifras consideradas poco fiables por los historiadores, que estiman unas bajas alemanas significativamente superiores.
En total, se calcula que más de 300.000 habitantes del gueto de Varsovia fueron asesinados en las cámaras de gas de Treblinka. Otras 92.000 personas murieron dentro del gueto por hambre, enfermedades o ejecuciones. De los más de 400.000 judíos que fueron encerrados en el gueto, apenas unos miles lograron sobrevivir a la guerra, muchos de ellos escondidos en el lado ario con la ayuda de polacos justos.
El legado del gueto de Varsovia
El levantamiento del gueto de Varsovia fue la mayor revuelta judía armada durante el Holocausto y una de las primeras insurrecciones urbanas contra la ocupación nazi en Europa. Aunque militarmente estaba condenado al fracaso, su significado trascendió lo militar para convertirse en un acto de dignidad colectiva.
La revuelta tuvo repercusiones importantes. Inspiró otros levantamientos en guetos y campos de exterminio, incluyendo las revueltas en Treblinka y Sobibor en el mismo año de 1943. También influyó en la preparación del Levantamiento de Varsovia de agosto de 1944 por parte del Ejército Nacional polaco.
En Israel, el día de conmemoración del Holocausto (Yom HaShoá) se fijó en relación con la fecha del levantamiento del gueto. El Memorial de los Héroes del Gueto, inaugurado en 1948 en Varsovia, fue uno de los primeros monumentos dedicados a la resistencia judía. Los testimonios de los supervivientes y el archivo de Ringelblum, parcialmente recuperado en 1946 y 1950, constituyen una fuente documental de valor incalculable para comprender la vida y la muerte en el gueto.
La historia del gueto de Varsovia recuerda que incluso en las circunstancias más desesperadas, la resistencia humana es posible. Los combatientes de la ŻOB y la ŻZW sabían que no podían ganar en términos militares. Lucharon para morir con dignidad y para que el mundo no pudiera decir que los judíos marcharon al exterminio sin oponer resistencia. En palabras del propio Anielewicz, escritas durante los combates: «Ha ocurrido lo que soñé durante toda mi vida. La autodefensa judía del gueto se ha convertido en un hecho».