La conferencia de Évian fue una reunión internacional celebrada entre el 6 y el 15 de julio de 1938 en la localidad termal francesa de Évian-les-Bains, a orillas del lago Lemán. Convocada por el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, su objetivo declarado era abordar el problema de los refugiados judíos que huían de la persecución nazi en Alemania y Austria tras el Anschluss de marzo de 1938. Treinta y dos países enviaron delegados. El resultado fue un rotundo fracaso: país tras país rechazó acoger a un número significativo de refugiados, dejando a los judíos europeos abandonados a su suerte. La conferencia de Évian demostró que la comunidad internacional conocía la persecución nazi y que, pese a ello, eligió mirar hacia otro lado.

Myron Taylor se dirige a los delegados durante la conferencia de Évian en 1938
Myron Taylor, delegado estadounidense, se dirige a los participantes de la conferencia de Évian, julio de 1938. Fotógrafo desconocido · Dominio público

El contexto: la persecución se intensifica

Desde la llegada de Adolf Hitler al poder en enero de 1933, el régimen nazi había implementado una legislación antisemita cada vez más restrictiva. Las Leyes de Núremberg de 1935 habían despojado a los judíos alemanes de la ciudadanía y prohibido los matrimonios mixtos. Las restricciones económicas, profesionales y sociales se multiplicaron: los judíos fueron excluidos de la función pública, las profesiones liberales, la prensa, la educación y la vida cultural.

La anexión de Austria al Reich (Anschluss) en marzo de 1938 añadió 185.000 judíos a los ya sometidos a la persecución nazi. En Viena, la violencia antisemita fue inmediata y más brutal que en Alemania: saqueos, humillaciones públicas, palizas callejeras y detenciones masivas. Miles de judíos austriacos intentaron huir, pero encontraron cada vez más difícil obtener visados. Los países vecinos habían ido cerrando sus fronteras a medida que crecía el flujo de refugiados.

La presión migratoria generada por la persecución nazi se había convertido en una crisis humanitaria internacional. Para 1938, unos 150.000 judíos habían logrado abandonar Alemania, pero cientos de miles más buscaban desesperadamente una vía de escape. Las cuotas migratorias de los países receptores eran insuficientes y muchos gobiernos endurecían sus políticas de inmigración, influidos por el antisemitismo y por el temor a una afluencia masiva de refugiados en plena recuperación de la Gran Depresión.

La convocatoria de Roosevelt

En marzo de 1938, Roosevelt tomó la iniciativa de convocar una conferencia internacional sobre refugiados. La propuesta, sin embargo, estaba diseñada desde el principio para limitar los compromisos de Estados Unidos. La invitación especificaba que no se pediría a ningún país que modificara su legislación migratoria vigente y que los costes de reasentamiento serían cubiertos por organizaciones privadas, no por los gobiernos.

Las motivaciones de Roosevelt eran complejas. La opinión pública estadounidense se oponía mayoritariamente a aumentar la inmigración: una encuesta de 1938 mostraba que el 67 por ciento de los estadounidenses estaba en contra de acoger a refugiados judíos. El antisemitismo estaba extendido en amplios sectores de la sociedad americana, y figuras como el padre Charles Coughlin, cuyo programa de radio alcanzaba a millones de oyentes, difundían abiertamente propaganda antijudía. Roosevelt, que enfrentaba elecciones legislativas en noviembre, no estaba dispuesto a arriesgar capital político por los refugiados.

La elección de Évian-les-Bains como sede fue significativa. Se trataba de una localidad turística de lujo, alejada de los centros de decisión política, lo que sugería que la conferencia no pretendía producir resultados concretos. El delegado estadounidense, Myron C. Taylor, era un hombre de negocios sin experiencia diplomática, no un alto cargo del gobierno. Todo indicaba que la conferencia era, ante todo, un gesto político.

Las sesiones: un desfile de excusas

Las sesiones plenarias se celebraron en el lujoso Hotel Royal, con vistas al lago Lemán. Uno tras otro, los delegados subieron al estrado para expresar su simpatía por los refugiados judíos y, acto seguido, explicar las razones por las que sus países no podían acogerlos.

Australia, con vastos territorios despoblados, declaró por boca de su delegado T.W. White: «Como no tenemos un problema racial, no deseamos importar uno». Canadá, igualmente inmensa y poco poblada, se refugió en sus políticas de inmigración restrictivas. Los países latinoamericanos, que inicialmente parecían ofrecer alguna esperanza, cerraron las puertas uno tras otro, argumentando dificultades económicas o exceso de refugiados ya acogidos. Argentina, Brasil, Chile, Uruguay y Colombia se negaron a flexibilizar sus cuotas.

El Reino Unido se mostró especialmente cauteloso. Su delegado, Lord Winterton, dejó claro que Palestina —entonces bajo mandato británico y destino preferido por muchos refugiados judíos— no sería discutida en la conferencia. El Libro Blanco de 1939 limitaría aún más la inmigración judía a Palestina, cerrando una de las pocas puertas que quedaban abiertas.

Francia declaró que ya había alcanzado su punto de saturación en materia de refugiados. Los Países Bajos y Bélgica adujeron argumentos similares. Suiza, que compartía frontera con el Reich, no solo rechazó acoger más refugiados, sino que poco después presionó a Alemania para que marcara los pasaportes judíos con una J roja para facilitar su identificación en la frontera.

De los 32 países participantes, solo la República Dominicana, gobernada por el dictador Rafael Trujillo, ofreció acoger a un número significativo de refugiados: hasta 100.000 personas. La oferta respondía a motivaciones cuestionables —Trujillo buscaba blanquear la población dominicana tras la masacre de haitianos de 1937 y mejorar su imagen internacional—, pero fue la única propuesta concreta de la conferencia. Finalmente, solo unos 800 judíos lograron establecerse en la colonia de Sosúa, en la costa norte dominicana.

La reacción nazi

El régimen nazi observó la conferencia de Évian con atención y satisfacción. La propaganda alemana extrajo la conclusión de que el mundo compartía su desprecio por los judíos, aunque carecía de la honestidad de reconocerlo abiertamente. Un editorial del diario nazi Völkischer Beobachter señaló con sarcasmo que resultaba curioso que los países que criticaban el trato de Alemania a los judíos se negaran a recibirlos cuando tenían la oportunidad.

El fracaso de Évian convenció a Hitler de que podía intensificar la persecución antisemita sin temor a una reacción internacional seria. Apenas cuatro meses después de la conferencia, los nazis desencadenaron la Noche de los Cristales Rotos (9-10 de noviembre de 1938), el pogromo más violento ocurrido en Alemania desde la Edad Media. La débil respuesta internacional confirmó la lectura nazi: el mundo no actuaría para proteger a los judíos.

El Comité Intergubernamental

El único resultado tangible de la conferencia fue la creación del Comité Intergubernamental sobre Refugiados (CIR), presidido por el estadounidense George Rublee. El comité tenía un mandato limitado: negociar con Alemania las condiciones de emigración de los judíos, sin autoridad para obligar a ningún país a modificar sus políticas de inmigración.

Las negociaciones del CIR con los nazis se arrastraron durante meses sin resultados significativos. Alemania exigía que los emigrantes abandonaran prácticamente todas sus propiedades al partir, lo que los dejaba en la indigencia y los convertía en una carga para los países receptores, reforzando así el argumento para no acogerlos. El estallido de la guerra en septiembre de 1939 puso fin a cualquier posibilidad de emigración organizada.

El significado histórico

La conferencia de Évian ocupa un lugar incómodo en la memoria del Holocausto. No fue un acto de complicidad activa con el nazismo, sino algo quizá más perturbador: una demostración de indiferencia organizada ante un crimen anunciado. Los delegados reunidos en Évian sabían que los judíos estaban siendo perseguidos y despojados de sus derechos. Tenían la capacidad de ofrecer refugio. Y eligieron no hacerlo.

El fracaso de Évian tuvo consecuencias directas. Miles de judíos que habrían podido emigrar con apoyo internacional quedaron atrapados en la Europa nazi. Cuando las puertas de la emigración se cerraron definitivamente con el estallido de la guerra, muchos de ellos se encontraron en la trampa que conducía a la Solución Final .

La conferencia de Évian nos recuerda que el Holocausto no ocurrió en un vacío internacional. El mundo no solo supo lo que estaba pasando en Alemania: tuvo la oportunidad de actuar y la rechazó. La indiferencia de las democracias ante la persecución nazi no causó el Holocausto, pero contribuyó a hacer posible que se llevara a cabo sin una oposición decidida. En palabras del historiador Yehuda Bauer, Évian fue el momento en que el mundo libre dejó claro que los judíos de Europa estaban solos.