Belzec fue el primero de los tres campos de exterminio construidos por los nazis en el marco de la Operación Reinhard, el plan para el asesinato sistemático de los judíos del Gobierno General de la Polonia ocupada. Situado en el sureste de Polonia, cerca de la frontera con Ucrania, este campo funcionó entre marzo de 1942 y diciembre del mismo año. En apenas diez meses, más de 430.000 personas fueron asesinadas en sus cámaras de gas, la inmensa mayoría judíos procedentes del sur de Polonia, Galitzia y el distrito de Lublin. Solo dos personas sobrevivieron. Pese a la magnitud de la matanza, Belzec sigue siendo uno de los campos de exterminio menos conocidos de la Solución Final .

Los orígenes de la Operación Reinhard
La Operación Reinhard, nombrada en honor a Reinhard Heydrich —el jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich—, fue el programa de exterminio más mortífero del Holocausto. Su responsable operativo fue el SS-Brigadeführer Odilo Globocnik, jefe de las SS y la policía del distrito de Lublin, un hombre de ambición desmedida y crueldad sin escrúpulos. Globocnik recibió el encargo de Heinrich Himmler de llevar a cabo el exterminio de los judíos polacos.
Para ejecutar esta misión, Globocnik recurrió al personal del programa de eutanasia Aktion T4, que ya había adquirido experiencia en el asesinato masivo mediante gas durante la eliminación sistemática de personas con discapacidades en territorio alemán. Estos hombres, liderados por el policía Christian Wirth, fueron transferidos a Polonia para construir y operar los campos de exterminio. Wirth se convirtió en el primer comandante de Belzec y después en inspector de los tres campos Reinhard.
La elección de la ubicación de Belzec respondió a criterios logísticos. El pueblo se encontraba en un importante nodo ferroviario de la línea Lublin-Lvov, lo que facilitaba el transporte masivo de víctimas. Además, la zona estaba relativamente aislada, lo que permitía mantener el secreto sobre las operaciones, aunque los habitantes locales pronto comprendieron lo que ocurría por el hedor a carne quemada que impregnaba la comarca.
La construcción del campo
La construcción de Belzec comenzó en noviembre de 1941 y se completó en febrero de 1942. El campo era deliberadamente pequeño —unos 275 por 265 metros— porque no estaba diseñado para albergar prisioneros, sino exclusivamente para matar. No tenía barracones para grandes números de reclusos, ni cocinas ni enfermería: todo el diseño respondía a un único propósito.
El campo se dividía en dos zonas separadas por una valla. La zona de recepción incluía la rampa de descarga del tren, los barracones donde las víctimas se desnudaban y un depósito para sus pertenencias. La zona de exterminio contenía las cámaras de gas y las fosas comunes. Un camino estrecho y cercado, llamado el Schlauch (tubo) o el camino al cielo, conectaba ambas zonas.
Las primeras cámaras de gas eran tres habitaciones de madera con paredes interiores forradas de hojalata, equipadas con un motor de tanque soviético capturado que generaba monóxido de carbono. El gas se conducía por tuberías hasta las cámaras. La capacidad inicial era limitada, y cada sesión de gaseamiento tardaba unos 30 minutos en completarse. Pronto se hizo evidente que estas instalaciones resultaban insuficientes para el ritmo de deportaciones planificado.
El funcionamiento del exterminio
El primer transporte llegó a Belzec el 17 de marzo de 1942. Las víctimas eran judíos del gueto de Lublin. El procedimiento, perfeccionado con cada transporte, seguía un patrón calculado para maximizar la eficiencia y minimizar la resistencia.
Los trenes llegaban directamente a la rampa del campo, generalmente con entre 40 y 60 vagones de ganado cargados con 80 a 100 personas cada uno. Los vagones se descargaban en grupos de 20 para evitar aglomeraciones en la zona de recepción. A los deportados se les ordenaba descender rápidamente y se les separaba en hombres por un lado y mujeres con niños por otro.
Un oficial de las SS pronunciaba un discurso tranquilizador, explicando que se encontraban en un campo de tránsito y que debían pasar por las duchas antes de ser asignados a sus destinos laborales. Se les pedía que entregaran sus objetos de valor y se desnudaran. A las mujeres se les cortaba el pelo, que era recogido para uso industrial. Desde los barracones de desvestido, las víctimas eran empujadas por el Schlauch hacia las cámaras de gas a gritos y golpes.
El gaseamiento duraba entre 20 y 30 minutos. Los cuerpos eran retirados por los Sonderkommando , prisioneros judíos obligados a realizar el trabajo más atroz: extraer los cadáveres, revisar las cavidades corporales en busca de joyas ocultas y arrastrar los cuerpos hasta las fosas comunes. Estos prisioneros eran asesinados periódicamente y reemplazados por otros de los nuevos transportes.
La ampliación de las cámaras de gas
En junio de 1942, el ritmo de las deportaciones se aceleró drásticamente y las instalaciones originales se revelaron insuficientes. Wirth ordenó la construcción de nuevas cámaras de gas de mayor capacidad. Las tres cámaras originales fueron demolidas y sustituidas por un edificio de hormigón con seis cámaras, cada una de cuatro por ocho metros, con capacidad total para gasear a más de 1.500 personas simultáneamente.
Las nuevas instalaciones incorporaban mejoras técnicas macabras. El suelo de las cámaras estaba inclinado hacia una puerta lateral por donde se extraían los cuerpos. Las puertas se cerraban herméticamente con cierres especiales. El sistema de canalización del gas era más eficiente, reduciendo el tiempo de gaseamiento. Todo el proceso, desde la llegada del tren hasta el vaciado de las cámaras, podía completarse en unas pocas horas.
Durante los meses de verano de 1942, Belzec alcanzó su ritmo máximo de exterminio. Los transportes llegaban diariamente, a veces varios al día, procedentes de guetos de toda la región. Las comunidades judías de Cracovia, Lvov, Rzeszów, Tarnów y decenas de localidades menores fueron deportadas a Belzec. También llegaron transportes con judíos de Alemania, Austria y Checoslovaquia.
El ocultamiento de las pruebas
A finales de 1942, las deportaciones a Belzec se detuvieron. Las comunidades judías del área asignada al campo habían sido prácticamente aniquiladas, y las deportaciones restantes se canalizaron hacia Treblinka y Auschwitz-Birkenau .
A partir de noviembre de 1942, comenzó la Sonderaktion 1005, la operación de eliminación de pruebas. Los cuerpos enterrados en las fosas comunes fueron exhumados y quemados en enormes parrillas improvisadas hechas con raíles de tren. El trabajo fue ejecutado por un grupo de prisioneros judíos que fueron asesinados al terminar la operación. Las cenizas se mezclaron con la tierra y el terreno fue aplanado y reforestado.
En la primavera de 1943, el campo fue desmantelado por completo. Las estructuras fueron demolidas, se plantaron árboles y se construyó una granja en el terreno. Un antiguo auxiliar ucraniano fue instalado allí como agricultor para completar la farsa. Los nazis intentaron borrar Belzec del mapa y de la historia.
Las víctimas y la memoria
Las cifras exactas de víctimas se estiman entre 430.000 y 500.000 personas. La inmensa mayoría eran judíos polacos, aunque también fueron asesinados judíos de otros países y un número indeterminado de romaníes. De todos los deportados a Belzec, solo se conocen dos supervivientes: Rudolf Reder y Chaim Hirszman. Reder logró escapar durante un transporte de trabajo fuera del campo en noviembre de 1942 y dejó un testimonio escrito. Hirszman fue asesinado en 1946, un día después de comenzar a prestar declaración ante una comisión de investigación polaca.
La casi total ausencia de supervivientes explica en parte por qué Belzec ha recibido menos atención que otros campos de exterminio. No hay memorias extensas, no hay relatos de liberación, no hay fotografías tomadas por los liberadores. El campo fue destruido precisamente para que no quedara memoria de lo ocurrido.
En 2004 se inauguró un memorial en el emplazamiento del campo, diseñado como un campo de cenizas que evoca la destrucción total. Excavaciones arqueológicas realizadas en los años noventa revelaron restos de las cámaras de gas y enormes cantidades de cenizas humanas bajo la superficie, confirmando los testimonios y desmintiendo cualquier intento negacionista de cuestionar lo ocurrido en Belzec.
La historia de Belzec es un recordatorio de que la magnitud de un crimen no garantiza su recuerdo. Más de 430.000 personas fueron asesinadas en este lugar y durante décadas apenas se habló de ellas. Recuperar su memoria es un acto de justicia histórica que el paso del tiempo hace cada vez más urgente.