El 10 de junio de 1942, las tropas alemanas rodearon el pequeño pueblo minero de Lídice, a 20 kilómetros al noroeste de Praga, y lo borraron del mapa. Todos los hombres mayores de 15 años —173 en total— fueron fusilados. Las mujeres fueron deportadas al campo de concentración de Ravensbrück . Los niños fueron separados de sus madres: la mayoría fue enviada al campo de exterminio de Chelmno , donde fueron gaseados. Las casas fueron incendiadas, los escombros dinamitados, la iglesia y el cementerio demolidos, y el arroyo que atravesaba el pueblo fue desviado. Los nazis pretendían que Lídice dejara de existir no solo como pueblo, sino como concepto. La masacre fue una represalia por el asesinato de Reinhard Heydrich, el protector del Reich en Bohemia y Moravia, y se convirtió en uno de los crímenes de guerra más emblemáticos de la SGM.

La Operación Antropoide
Para comprender Lídice es necesario retroceder unas semanas. El 27 de mayo de 1942, un comando de paracaidistas checos formados en el Reino Unido ejecutó la Operación Antropoide, el asesinato de Reinhard Heydrich, uno de los hombres más poderosos del régimen nazi. Heydrich, jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA) y protector del Reich en Bohemia y Moravia, era considerado el arquitecto de la Solución Final y uno de los cerebros más peligrosos del aparato de terror nazi.
Los agentes Jozef Gabčík y Jan Kubiš emboscaron el coche de Heydrich en una curva cerrada de una calle de Praga. Gabčík intentó disparar con una metralleta Sten que se encasquilló; Kubiš lanzó una granada modificada que alcanzó el vehículo. Heydrich resultó herido por la metralla y murió el 4 de junio de 1942 a causa de una septicemia provocada por fragmentos de tapicería y crin de caballo del coche que se incrustaron en su cuerpo.
La muerte de Heydrich desató una oleada de terror sin precedentes en el Protectorado de Bohemia y Moravia. Hitler, furioso, exigió una venganza ejemplar. Himmler y el nuevo protector del Reich, Karl Hermann Frank, organizaron una represión masiva: más de 13.000 personas fueron detenidas, 1.300 ejecutadas y se declaró la ley marcial. Pero la destrucción de Lídice fue algo cualitativamente diferente: no una acción puntual, sino la aniquilación deliberada y total de una comunidad.
La conexión con Lídice
La elección de Lídice como objetivo fue resultado de una cadena de indicios circunstanciales e información manipulada. Los servicios de seguridad alemanes interceptaron una carta de un obrero de Lídice en la que se hacía una referencia ambigua que los investigadores interpretaron como prueba de que el pueblo había albergado a los paracaidistas. Además, dos familias de Lídice tenían hijos sirviendo en el ejército checoslovaco en el exilio en el Reino Unido.
En realidad, Lídice no había tenido conexión alguna con la Operación Antropoide. Los paracaidistas se habían escondido en Praga, donde fueron localizados y murieron en un tiroteo con las SS en la cripta de la iglesia de San Cirilo y San Metodio el 18 de junio. Pero para entonces, Lídice ya había sido destruido. Los nazis no necesitaban una conexión real: necesitaban un ejemplo.
La noche del 9 al 10 de junio
En la noche del 9 de junio de 1942, unidades de la Policía de Seguridad alemana y de la Gestapo rodearon Lídice. El pueblo, con unas 500 habitantes, era una comunidad minera tranquila, compuesta en su mayoría por familias de trabajadores de las minas de carbón cercanas. Nadie fue advertido de lo que iba a ocurrir.
Al amanecer del 10 de junio, los hombres fueron separados de las mujeres y los niños. Los 173 hombres y adolescentes mayores de 15 años fueron reunidos en el granero y el jardín de la granja de la familia Horák. Fueron fusilados en grupos de diez contra la pared del granero por un pelotón de la Policía de Seguridad. La ejecución duró toda la mañana. Los cuerpos fueron enterrados en una fosa común en el mismo lugar.
Las 184 mujeres del pueblo fueron llevadas inicialmente al gimnasio de la localidad vecina de Kladno y, tras varios días de incertidumbre, deportadas a Ravensbrück. Sobrevivieron 143. Las que murieron sucumbieron a las condiciones del campo: hambre, enfermedades, trabajo forzado y malos tratos.
El destino de los niños
La suerte de los 105 niños de Lídice fue la parte más escalofriante de la masacre. Las madres fueron separadas de sus hijos en Kladno sin saber a dónde los llevaban. Los niños fueron trasladados a un centro de clasificación racial en Łódź, donde los expertos raciales de las SS los sometieron a pruebas para determinar si poseían características arias aptas para la germanización.
Solo unos pocos niños —entre 13 y 17, según las fuentes— fueron considerados racialmente aceptables y entregados a familias alemanas de las SS, que los adoptaron bajo nuevas identidades. El resto, la inmensa mayoría, fue deportado al campo de exterminio de Chelmno, donde fueron asesinados en los camiones de gas. De los 105 niños de Lídice, solo 17 sobrevivieron a la guerra.
La búsqueda de los niños supervivientes fue una de las tareas más difíciles y emotivas de la posguerra. Algunos habían sido germanizados tan jóvenes que no recordaban sus nombres ni su lengua materna. Los esfuerzos de localización se extendieron durante años, y algunos no fueron encontrados hasta la década de 1950.
La destrucción del pueblo
Tras la ejecución de los hombres y la deportación de mujeres y niños, los nazis procedieron a la destrucción física del pueblo. Las casas fueron saqueadas primero, y todo lo de valor fue confiscado. Después, los edificios fueron incendiados y los muros supervivientes demolidos con explosivos. La iglesia, la escuela, el cementerio y hasta las tumbas fueron destruidos. Los cadáveres del cementerio fueron exhumados y las lápidas retiradas.
El nombre de Lídice fue borrado de los registros oficiales. El arroyo que atravesaba el pueblo fue desviado, los árboles arrancados y el terreno nivelado. Los nazis querían que no quedara el menor rastro de que Lídice hubiera existido. El terreno fue sembrado de hierba para que nada señalara dónde había estado el pueblo.
El efecto internacional
Paradójicamente, la destrucción de Lídice tuvo el efecto contrario al pretendido por los nazis. En lugar de intimidar, el crimen generó una oleada de solidaridad internacional. La noticia fue difundida ampliamente por la prensa aliada y se convirtió en un símbolo de la brutalidad nazi y de la resistencia de los pueblos ocupados.
Varias localidades del mundo cambiaron su nombre a Lídice en solidaridad. En México, el barrio de San Jerónimo Lídice, en Ciudad de México, adoptó el nombre en 1942. En Brasil, Illinois (Estados Unidos), Panamá y otros países surgieron homenajes similares. El caso de Lídice contribuyó a endurecer la determinación aliada y fue utilizado en la propaganda para movilizar a las poblaciones civiles contra el Eje.
La masacre de Ležáky
Dos semanas después de Lídice, el 24 de junio de 1942, un destino similar cayó sobre el pequeño pueblo de Ležáky, también en el Protectorado. En este caso sí existía una conexión real con la resistencia: en Ležáky se encontraba un transmisor de radio utilizado por los paracaidistas checos. Los 33 habitantes adultos fueron fusilados y los 13 niños deportados. Solo dos niñas, seleccionadas para germanización, sobrevivieron. Ležáky fue igualmente arrasado hasta los cimientos.
La masacre de Ležáky ha permanecido mucho menos conocida que la de Lídice, en parte por el menor tamaño de la localidad y en parte porque la atención internacional se había concentrado en el primer caso. Ambas tragedias forman parte del mismo capítulo de terror nazi en Bohemia.
El legado
Tras la liberación de Checoslovaquia en 1945, el gobierno decidió reconstruir Lídice como memorial y nuevo pueblo. El nuevo Lídice fue edificado junto al emplazamiento original, que se conservó como lugar de memoria. Un rosaleda, el Jardín de la Paz y la Amistad, fue plantado con rosales donados por personas de todo el mundo. El memorial incluye una galería con la historia del pueblo, fotografías de las víctimas y testimonios de los supervivientes.
En 2000 se inauguró una escultura de Marie Uchytilová que representa a los 82 niños de Lídice asesinados en Chelmno. Las figuras de bronce, de tamaño natural, miran hacia el este, hacia el lugar donde se alzaba el pueblo original. Es uno de los memoriales más conmovedores de toda Europa.
Lídice se ha convertido en un símbolo universal de los crímenes de guerra contra poblaciones civiles. La destrucción de un pueblo entero —hombres fusilados, mujeres deportadas, niños gaseados, casas demolidas, nombre borrado— representa la lógica extrema del terror nazi: el castigo colectivo llevado hasta la aniquilación total. El hecho de que Lídice no tuviera conexión real con el atentado contra Heydrich subraya el carácter arbitrario de la represión: cualquier pueblo podía haber corrido la misma suerte.