Entre noviembre de 1945 y octubre de 1946, la ciudad alemana de Núremberg fue escenario de un acontecimiento sin precedentes en la historia del derecho internacional: el juicio a los principales dirigentes del Tercer Reich por crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y crímenes contra la paz. El Tribunal Militar Internacional de Núremberg estableció por primera vez que los individuos —no solo los estados— podían ser considerados responsables de violaciones del derecho internacional, y que obedecer órdenes superiores no eximía de responsabilidad penal. Estos principios transformaron para siempre el derecho internacional y sentaron las bases de la justicia penal internacional moderna.

Vista general de la sala del Tribunal Militar Internacional de Núremberg con los acusados en el banquillo
La sala 600 del Palacio de Justicia de Núremberg durante el juicio a los principales criminales de guerra nazis. Fotógrafo del Ejército de EE. UU. · Dominio público

El camino hacia Núremberg

La idea de juzgar a los responsables de los crímenes nazis no surgió de la noche a la mañana. Ya en 1942, los gobiernos aliados emitieron declaraciones advirtiendo de que los criminales de guerra serían castigados tras la victoria. La Declaración de Moscú de octubre de 1943, firmada por Roosevelt, Churchill y Stalin, estableció que los criminales de guerra serían enviados a los países donde habían cometido sus crímenes para ser juzgados por tribunales locales, mientras que aquellos cuyas atrocidades no pudieran circunscribirse a un territorio específico serían juzgados por una decisión conjunta de los aliados.

Sin embargo, no todos los líderes aliados estaban convencidos de que un juicio fuera la mejor opción. Churchill llegó a proponer la ejecución sumaria de los principales líderes nazis una vez capturados, sin juicio previo. Stalin, con su particular sentido de la justicia, sugirió en la conferencia de Teherán fusilar a 50.000 oficiales alemanes. Fue el presidente estadounidense Roosevelt, y después Truman, quien insistió en que debía celebrarse un proceso judicial formal que documentara los crímenes y estableciera la culpabilidad de los acusados ante la opinión pública mundial.

El juez Robert H. Jackson, del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, fue designado como fiscal jefe estadounidense y se convirtió en el principal artífice del proceso. Jackson argumentó que un juicio no solo castigaría a los culpables, sino que crearía un registro histórico irrefutable de los crímenes del nazismo. En sus propias palabras, pronunciadas durante la sesión inaugural, el proceso representaba un esfuerzo por someter a la razón del derecho lo que de otro modo solo podría ser resuelto por la fuerza.

El 8 de agosto de 1945, los cuatro grandes aliados —Estados Unidos, Reino Unido, la Unión Soviética y Francia— firmaron el Acuerdo de Londres que establecía el Tribunal Militar Internacional y su carta constitutiva, definiendo las categorías de crímenes que serían juzgados y los procedimientos a seguir.

La elección de Núremberg

La elección de Núremberg como sede del tribunal fue enormemente simbólica. La ciudad había sido el escenario de los grandes congresos del Partido Nazi, las espectaculares concentraciones de masas donde Hitler exhibía el poder del Reich ante el mundo. También fue allí donde se promulgaron en 1935 las Leyes de Núremberg, la legislación racial que despojó a los judíos alemanes de su ciudadanía y sus derechos, el primer paso legal hacia el Holocausto .

Había también razones prácticas. El Palacio de Justicia de Núremberg era uno de los pocos grandes edificios judiciales de Alemania que había sobrevivido a los bombardeos en condiciones razonablemente utilizables. Su sala 600 era suficientemente amplia para albergar al tribunal, los equipos de fiscales y defensores de cuatro naciones, los acusados, los testigos, los intérpretes y la prensa internacional. Además, el edificio estaba conectado por un pasillo con una prisión donde podían ser recluidos los acusados.

Los acusados

El Tribunal Militar Internacional juzgó a 24 acusados, aunque finalmente solo 22 se sentaron en el banquillo. Robert Ley, jefe del Frente Alemán del Trabajo, se suicidó en su celda antes del inicio del juicio, y Gustav Krupp fue declarado no apto para ser juzgado por razones de salud.

Los acusados representaban las más altas esferas del poder nazi. Hermann Göring , mariscal del Reich y sucesor designado de Hitler, era el acusado de mayor rango. Junto a él se sentaban Rudolf Hess, que había sido lugarteniente de Hitler hasta su misterioso vuelo a Escocia en 1941; Joachim von Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriores; Wilhelm Keitel, jefe del Alto Mando de la Wehrmacht; Alfred Jodl, jefe de operaciones; Ernst Kaltenbrunner, jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich y el oficial de las SS de mayor rango que sobrevivió a la guerra; Albert Speer , ministro de Armamento y arquitecto personal de Hitler; y Hans Frank, gobernador general de la Polonia ocupada, entre otros.

También fueron juzgados líderes políticos como Alfred Rosenberg, ideólogo racial del partido; Julius Streicher, editor del periódico antisemita Der Stürmer; Fritz Sauckel, responsable del programa de trabajo forzado; y el almirante Karl Dönitz, que había sucedido brevemente a Hitler como jefe de Estado.

Varios de los principales responsables de los crímenes nazis no llegaron a juicio. Hitler, Goebbels y Himmler se habían suicidado. Adolf Eichmann , arquitecto logístico del Holocausto, había huido y no sería capturado hasta 1960. Josef Mengele , Martin Bormann y otros lograron escapar o desaparecieron.

Los cargos

La carta del Tribunal Militar Internacional estableció cuatro categorías de cargos:

El primer cargo era la conspiración para cometer los demás crímenes. Este cargo pretendía demostrar que los crímenes nazis no fueron actos aislados sino el resultado de un plan concertado y deliberado.

El segundo cargo eran los crímenes contra la paz, definidos como la planificación, preparación, inicio y ejecución de guerras de agresión en violación de tratados internacionales. La invasión de Polonia, la agresión contra la Unión Soviética y las demás guerras ofensivas del Reich entraban en esta categoría.

El tercer cargo lo constituían los crímenes de guerra propiamente dichos: violaciones de las leyes y costumbres de la guerra, incluyendo el asesinato y maltrato de prisioneros de guerra, la deportación de poblaciones civiles para trabajo forzado, el saqueo de bienes y la destrucción injustificada de ciudades y pueblos.

El cuarto cargo, y el más novedoso desde el punto de vista jurídico, eran los crímenes contra la humanidad: el asesinato, exterminio, esclavización, deportación y otros actos inhumanos cometidos contra poblaciones civiles, así como la persecución por motivos políticos, raciales o religiosos. Esta categoría fue creada específicamente para poder juzgar el Holocausto y otras atrocidades que no encajaban en las categorías tradicionales del derecho de guerra, ya que muchas de las víctimas eran ciudadanos del propio estado que las perseguía.

El desarrollo del juicio

El juicio se inauguró el 20 de noviembre de 1945. La sesión de apertura estuvo marcada por el discurso del fiscal Jackson, que expuso ante el tribunal y el mundo la magnitud de los crímenes nazis y la importancia histórica del proceso. Jackson argumentó que la civilización no podía tolerar que crímenes de tal magnitud quedaran sin castigo, pero que el castigo debía administrarse mediante un proceso justo que respetara los derechos de los acusados.

El juicio se prolongó durante casi un año. La fiscalía presentó una cantidad abrumadora de pruebas documentales —más de 100.000 documentos capturados al gobierno nazi, incluyendo actas de reuniones, órdenes firmadas, correspondencia oficial y registros administrativos del genocidio—. Esta montaña de documentación fue complementada con testimonios de testigos, películas filmadas durante la liberación de los campos de concentración y declaraciones juradas de supervivientes y perpetradores.

Cada una de las cuatro potencias aliadas asumió la responsabilidad de presentar las pruebas correspondientes a un área específica. Estados Unidos se centró en la conspiración y los crímenes contra la paz. Reino Unido presentó los cargos relativos a los crímenes de guerra en el mar y la guerra de agresión. Francia se ocupó de los crímenes cometidos en Europa occidental. La Unión Soviética presentó los crímenes en Europa oriental.

Los acusados contaron con abogados defensores de su elección o designados por el tribunal. Las estrategias de defensa variaron considerablemente. Algunos, como Göring, adoptaron una actitud desafiante e intentaron justificar sus actos como medidas legítimas de gobierno o de guerra. Göring demostró ser un adversario formidable en el interrogatorio, obligando a los fiscales a redoblar sus esfuerzos.

Otros acusados alegaron ignorancia de los crímenes más graves o se escudaron en la obediencia a órdenes superiores. Albert Speer fue el único acusado que reconoció una responsabilidad general por los crímenes del régimen, aunque negó haber tenido conocimiento directo del Holocausto, una afirmación que investigaciones posteriores han puesto en entredicho.

Rudolf Hess adoptó un comportamiento errático durante todo el juicio, alternando entre la aparente lucidez y la desorientación, lo que generó dudas sobre su estado mental. Los psiquiatras del tribunal concluyeron que estaba en condiciones de ser juzgado.

Las sentencias

El 1 de octubre de 1946, tras meses de deliberaciones, el tribunal pronunció sus sentencias. De los 22 acusados que comparecieron, doce fueron condenados a muerte por ahorcamiento: Göring, Ribbentrop, Keitel, Kaltenbrunner, Rosenberg, Frank, Frick, Streicher, Sauckel, Jodl, Seyss-Inquart y Bormann (este último juzgado en rebeldía, pues sus restos no serían identificados hasta 1972).

Tres acusados fueron condenados a cadena perpetua: Hess, Funk y Raeder. Cuatro recibieron penas de prisión de entre diez y veinte años: Dönitz (diez años), Speer (veinte años), von Neurath (quince años) y Baldur von Schirach (veinte años). Tres acusados fueron absueltos: Schacht, von Papen y Fritzsche, decisiones que provocaron controversia y críticas, especialmente en el caso de Von Papen, que había desempeñado un papel clave en el ascenso de Hitler al poder.

Las ejecuciones se llevaron a cabo en la madrugada del 16 de octubre de 1946 en el gimnasio de la prisión de Núremberg. Göring logró eludir la horca suicidándose con una cápsula de cianuro pocas horas antes de la ejecución, un último acto de desafío cuyo origen —cómo obtuvo el veneno estando bajo vigilancia permanente— nunca fue esclarecido de forma concluyente.

Los cadáveres de los ejecutados y de Göring fueron trasladados a un crematorio en Múnich y sus cenizas arrojadas al río Isar para evitar que sus tumbas se convirtieran en lugares de peregrinación para simpatizantes nazis.

Críticas al tribunal

Los juicios de Núremberg no estuvieron exentos de críticas, algunas de ellas sustanciales. La objeción más frecuente fue la de que se trataba de justicia de los vencedores sobre los vencidos. Los acusados y sus defensores argumentaron que el tribunal carecía de legitimidad porque había sido creado por las potencias vencedoras, que actuaban simultáneamente como legisladores, fiscales y jueces.

La presencia de la Unión Soviética como potencia juzgadora resultaba especialmente problemática. Los soviéticos habían firmado con Alemania el pacto Molotov-Ribbentrop, habían invadido Polonia oriental, Finlandia y los estados bálticos, y habían perpetrado la masacre de Katyn, donde más de 20.000 oficiales polacos fueron asesinados por orden de Stalin. El intento soviético de atribuir la masacre de Katyn a los alemanes durante el juicio fue uno de los momentos más incómodos del proceso.

Otra crítica relevante se refería a la aplicación retroactiva de la ley. Los crímenes contra la paz y los crímenes contra la humanidad no estaban claramente tipificados como delitos internacionales antes de la creación del tribunal. Los críticos señalaron que juzgar a personas por conductas que no eran delito en el momento de cometerse violaba el principio fundamental de nullum crimen sine lege (no hay crimen sin ley previa). Los fiscales respondieron que la guerra de agresión ya estaba prohibida por el Pacto Briand-Kellogg de 1928 y que las atrocidades cometidas violaban principios fundamentales del derecho que existían con independencia de su codificación formal.

También se cuestionó la selectividad del proceso. Los bombardeos aliados sobre ciudades alemanas, el uso de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, y otros actos potencialmente constitutivos de crímenes de guerra por parte de los vencedores no fueron objeto de investigación ni juicio alguno.

Los juicios posteriores

El proceso principal contra los 22 acusados fue solo el primero de una serie más amplia. Entre 1946 y 1949, los tribunales militares estadounidenses celebraron en Núremberg doce juicios adicionales contra 185 acusados pertenecientes a diferentes estamentos del régimen nazi.

El juicio de los médicos procesó a 23 médicos y funcionarios de salud por los experimentos médicos realizados en campos de concentración y por el programa de eutanasia (Aktion T4) que asesinó a más de 70.000 personas con discapacidad. Este juicio dio origen al Código de Núremberg, un conjunto de principios éticos para la experimentación médica con seres humanos que sigue vigente.

El juicio de los jueces procesó a magistrados y funcionarios del sistema judicial nazi que habían pervertido la ley para servir a la ideología del régimen. El juicio de los Einsatzgruppen juzgó a los responsables de los escuadrones de la muerte que habían asesinado a más de un millón de personas en Europa oriental. Otros juicios se ocuparon de industriales (como los directivos de IG Farben y Krupp que habían utilizado trabajo esclavo), generales de la Wehrmacht y funcionarios del gobierno.

El legado jurídico

Los juicios de Núremberg transformaron el derecho internacional de manera profunda y duradera. Los principios establecidos por el tribunal —la responsabilidad penal individual por crímenes internacionales, la inaplicabilidad de la defensa de obediencia debida, la responsabilidad de los líderes por los actos de sus subordinados— fueron codificados por la Comisión de Derecho Internacional de las Naciones Unidas como los Principios de Núremberg en 1950.

Estos principios constituyeron el fundamento sobre el que se construyó, décadas después, la justicia penal internacional moderna, y alimentaron tanto la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 como la Convención de Ginebra de 1949 . El Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (1993), el Tribunal Penal Internacional para Ruanda (1994) y la Corte Penal Internacional permanente (establecida por el Estatuto de Roma en 1998 y operativa desde 2002) son herederos directos de Núremberg.

El Código de Núremberg sobre experimentación médica, surgido del juicio a los médicos, estableció el principio del consentimiento informado y la protección de los sujetos de investigación, convirtiéndose en piedra angular de la ética médica contemporánea.

Quizás el legado más importante de Núremberg fue establecer que existen crímenes tan graves que conciernen a la comunidad internacional en su conjunto, con independencia de la soberanía de los estados. La idea de que un gobierno puede hacer lo que quiera con sus propios ciudadanos sin rendir cuentas ante nadie quedó deslegitimada para siempre en la sala 600 del Palacio de Justicia de Núremberg.

Un precedente imperfecto pero necesario

Los juicios de Núremberg fueron un proceso imperfecto. Estuvieron marcados por las tensiones de la naciente Guerra Fría, por la hipocresía de juzgar crímenes de guerra mientras se ignoraban los propios, y por las limitaciones inherentes a un tribunal creado por los vencedores. Sin embargo, la alternativa —la ejecución sumaria o la impunidad total— habría sido infinitamente peor.

Núremberg dejó un registro documental extraordinario de los crímenes del nazismo que ningún negacionista ha podido refutar. Estableció principios jurídicos que, aunque tardaron décadas en materializarse en instituciones permanentes, cambiaron para siempre la relación entre el poder y la justicia internacional. Y demostró que incluso en las circunstancias más extremas, la civilización puede optar por el derecho en lugar de la venganza, por imperfecta que sea su aplicación.

La sala 600 del Palacio de Justicia de Núremberg, donde se celebraron los juicios, puede visitarse hoy como museo. Es un lugar sobrio que recuerda al visitante que la justicia internacional, con todas sus limitaciones, nació de la determinación de no permitir que los crímenes más graves contra la humanidad quedaran impunes.