El 24 de marzo de 1944, las fuerzas de ocupación alemanas perpetraron una de las masacres más atroces cometidas en Europa occidental durante la SGM.

En las cuevas de las Fosas Ardeatinas, a las afueras de Roma, 335 hombres fueron ejecutados como represalia por un ataque partisano que había causado la muerte de 33 soldados alemanes el día anterior. La brutalidad de la operación, ordenada directamente por Adolf Hitler y ejecutada por el teniente coronel Herbert Kappler, convirtió este episodio en un símbolo de la barbarie nazi en Italia y en uno de los crímenes de guerra más documentados de la 2GM.
Roma bajo la ocupación alemana
Tras la caída de Mussolini en julio de 1943 y el armisticio firmado por Italia con los Aliados en septiembre del mismo año, Alemania ocupó militarmente la mayor parte de la península itálica. Roma, declarada ciudad abierta para evitar su destrucción, quedó bajo control directo de las tropas alemanas a partir del 10 de septiembre de 1943.
La ocupación transformó la vida cotidiana de los romanos. El teniente coronel Herbert Kappler, jefe de la policía de seguridad y el SD en Roma, dirigía las operaciones de la Gestapo en la ciudad desde la sede de Via Tasso, convertida en centro de interrogatorios y torturas. Las detenciones arbitrarias, las deportaciones de judíos y la represión de cualquier forma de disidencia se convirtieron en la norma. El 16 de octubre de 1943, Kappler había organizado personalmente la razzia del gueto de Roma, deportando a más de mil judíos romanos hacia Auschwitz, de los cuales apenas dieciséis regresaron con vida.
Mientras tanto, el frente militar avanzaba con lentitud hacia el norte. Los Aliados habían desembarcado en Anzio el 22 de enero de 1944, pero la feroz resistencia alemana en la Batalla de Monte Cassino mantenía estancada la ofensiva. Roma seguía firmemente en manos alemanas y la población sufría escasez de alimentos, toques de queda y una represión cada vez más dura.
El ataque partisano de Via Rasella
En este contexto de ocupación y resistencia nació el plan que desencadenaría la tragedia. Los Gruppi di Azione Patriottica (GAP), células urbanas vinculadas al Partido Comunista Italiano y al Comité de Liberación Nacional, llevaban meses realizando acciones de sabotaje y ataques contra las fuerzas de ocupación. Su objetivo era debilitar la moral del enemigo y demostrar que la resistencia italiana seguía activa en el corazón mismo de Roma.
El 23 de marzo de 1944, aniversario de la fundación de los Fasci di Combattimento por Mussolini en 1919, los partisanos eligieron esta fecha cargada de simbolismo para asestar un golpe significativo. El objetivo fue una columna del 11.º Batallón del Regimiento de Policía Bozen, una unidad formada por tiroleses del sur que realizaba un recorrido diario por Via Rasella, una estrecha calle del centro histórico romano.
El partisano Rosario Bentivegna, disfrazado de barrendero, empujó un carrito de basura cargado con dieciocho kilogramos de explosivos y metralla a lo largo de la calle. A las 15:45 horas, cuando la columna de 156 soldados pasaba por delante del Palazzo Tittoni, Bentivegna encendió la mecha y se alejó. La explosión fue devastadora. Otros partisanos apostados en los edificios circundantes abrieron fuego con pistolas y lanzaron granadas de mano contra los supervivientes.
El resultado inmediato fue la muerte de 28 soldados alemanes, cifra que se elevaría a 33 en los días siguientes a causa de las heridas. Dos civiles italianos también perdieron la vida en el ataque. Los partisanos lograron escapar aprovechando la confusión y dispersarse por las calles adyacentes.
La decisión de la represalia
La respuesta alemana fue fulminante y desproporcionada. La noticia del ataque llegó rápidamente a los mandos nazis. El general Kurt Mälzer, comandante militar de Roma, acudió furioso al lugar de los hechos y amenazó con volar el barrio entero. Pero la decisión final se tomó en niveles muy superiores.
Hitler, informado esa misma tarde, ordenó una represalia ejemplar. Según los testimonios posteriores, el Führer inicialmente exigió que se ejecutara a entre treinta y cincuenta italianos por cada soldado alemán muerto. El general Eberhard von Mackensen, comandante del XIV Ejército, y el mariscal de campo Albert Kesselring, comandante supremo en Italia, negociaron una proporción de diez italianos por cada alemán, la llamada proporción de represalia que los nazis aplicaban habitualmente en los territorios ocupados.
La orden quedó establecida: 330 italianos debían morir (diez por cada uno de los 33 soldados fallecidos). La ejecución debía llevarse a cabo en un plazo de veinticuatro horas. Kappler recibió el encargo de seleccionar a las víctimas y organizar la operación. En la precipitación por completar las listas, el número final ascendió a 335, cinco más de los exigidos. Kappler no se molestó en corregir el exceso.
Las víctimas: selección y composición
La elaboración de las listas de condenados reveló la arbitrariedad absoluta del proceso. Kappler y su adjunto, el capitán Erich Priebke, recurrieron a diversas fuentes para reunir los nombres necesarios. Los prisioneros políticos detenidos en Via Tasso y en la cárcel de Regina Coeli constituyeron el grueso de las víctimas. Se añadieron judíos ya detenidos en redadas anteriores, presos comunes y personas arrestadas apresuradamente en las horas posteriores al ataque.
Entre los 335 ejecutados había una enorme diversidad de perfiles. Había miembros activos de la resistencia y prisioneros políticos, pero también profesionales, comerciantes, artesanos y estudiantes que no tenían vinculación alguna con el ataque de Via Rasella. Setenta y cinco de las víctimas eran judíos, seleccionados únicamente por su condición étnica. Las edades oscilaban entre los catorce y los setenta y cuatro años.
El sacerdote Pietro Pappagallo, que había ayudado a esconder a judíos y prófugos, figuraba entre los condenados. También el coronel Giuseppe Montezemolo, líder del Frente Militar Clandestino y uno de los jefes de la resistencia monárquica romana. La lista incluía generales, abogados, médicos y obreros. La única lógica era completar la cuota numérica en el menor tiempo posible.
La masacre en las cuevas
El lugar elegido para la ejecución fueron las antiguas canteras de pozzolana situadas en la Via Ardeatina, al sur de Roma, conocidas como las Fosse Ardeatine. Las galerías subterráneas de estas cuevas de toba volcánica ofrecían un espacio apartado donde llevar a cabo la matanza lejos de miradas indiscretas.
La tarde del 24 de marzo de 1944, las víctimas fueron transportadas en camiones cubiertos hasta la entrada de las cuevas. Llegaban con las manos atadas a la espalda y fueron introducidas en las galerías en grupos de cinco. Los ejecutores les obligaban a arrodillarse y les disparaban en la nuca.
Kappler había ordenado que cada oficial y suboficial de las SS participara personalmente en los fusilamientos, distribuyendo la responsabilidad entre todos. Para superar las reticencias de algunos, se proporcionó abundante coñac a los ejecutores. Priebke supervisaba el proceso con una lista en la mano, tachando los nombres a medida que los prisioneros entraban en las cuevas. Los cuerpos se fueron apilando en las galerías, cada nuevo grupo obligado a caminar sobre los cadáveres de los anteriores.
La operación se prolongó durante varias horas. Al finalizar, los ingenieros militares alemanes sellaron la entrada de las cuevas con explosivos, derrumbando toneladas de tierra y roca sobre los cuerpos para ocultar las pruebas del crimen. El mando alemán no emitió ningún comunicado inmediato y trató de mantener el secreto sobre la ubicación exacta de la masacre.
El descubrimiento y la conmoción
A pesar de los esfuerzos por ocultar los hechos, la población romana no tardó en sospechar lo ocurrido. Los familiares de los desaparecidos buscaron desesperadamente información, y los rumores sobre una matanza se extendieron rápidamente. Un comunicado alemán publicado el 25 de marzo reconoció vagamente que se había ejecutado una represalia, pero sin especificar el número de víctimas ni el lugar.
Fue tras la liberación de Roma por las tropas aliadas, el 4 de junio de 1944, cuando se procedió a la exhumación de los cuerpos. El trabajo de identificación resultó extremadamente difícil, dado el estado de los restos y la destrucción causada por las explosiones. Un equipo de médicos forenses, encabezado por el profesor Attilio Ascarelli, trabajó durante meses para identificar a las víctimas. De los 335 cuerpos recuperados, 323 pudieron ser identificados con certeza.
La noticia de la masacre provocó una profunda conmoción en Italia y en el mundo. Las Fosas Ardeatinas se convirtieron de inmediato en un lugar de peregrinación y duelo, un símbolo tangible de los horrores de la ocupación nazi.
Juicios y condenas
La rendición de responsabilidades por la masacre de las Fosas Ardeatinas se extendió a lo largo de varias décadas, en un proceso marcado por la lentitud judicial y las controversias políticas.
Herbert Kappler fue juzgado por un tribunal militar italiano en 1948 y condenado a cadena perpetua. Durante el juicio, Kappler argumentó que había actuado cumpliendo órdenes superiores, una defensa que ya había sido rechazada en los juicios de Núremberg . Fue encarcelado en la prisión militar de Gaeta. En 1977, gravemente enfermo de cáncer, su esposa logró sacarlo clandestinamente del hospital militar de Roma en una maleta, trasladándolo a Alemania Occidental, donde murió en febrero de 1978 sin haber cumplido íntegramente su condena. El episodio provocó un escándalo diplomático entre Italia y Alemania.
El caso de Erich Priebke resultó aún más prolongado. Tras la guerra, Priebke escapó a Argentina utilizando las llamadas rutas de las ratas, las redes de evasión que ayudaron a numerosos criminales de guerra nazis a huir de Europa. Vivió durante casi medio siglo en la localidad patagónica de San Carlos de Bariloche bajo su propio nombre, sin ser molestado. No fue hasta 1994, cuando el periodista estadounidense Sam Donaldson lo localizó y entrevistó para la cadena ABC, que su caso volvió a la luz pública.
Extraditado a Italia en 1995, Priebke fue juzgado en un proceso que generó enorme atención mediática. Su primer juicio en 1996 terminó con una absolución que provocó disturbios frente al tribunal. Un segundo juicio en 1997 lo condenó a quince años de prisión, aunque la pena fue reducida y Priebke cumplió el resto de su condena en arresto domiciliario en Roma, donde murió en 2013 a los cien años de edad sin haber expresado nunca arrepentimiento.
El mariscal Kesselring fue juzgado por un tribunal militar británico en 1947 y condenado a muerte, pena que fue conmutada por cadena perpetua. Fue liberado en 1952 por motivos de salud y murió en 1960 sin haber cumplido una pena proporcional a sus responsabilidades.
Memoria y significado histórico
En 1949, el lugar de la masacre fue transformado en un mausoleo monumental diseñado por los arquitectos Nello Aprile, Cino Calcaprina, Aldo Cardelli, Mario Fiorentino y Giuseppe Perugini. Las 335 víctimas reposan en sarcófagos de piedra alineados bajo una gran losa de hormigón que cubre la totalidad del espacio. Un museo adjunto documenta la ocupación nazi de Roma y la historia de la masacre.
Las Fosas Ardeatinas ocupan un lugar central en la memoria histórica italiana. Cada 24 de marzo, las autoridades de la República y los familiares de las víctimas celebran una ceremonia conmemorativa en el mausoleo. El lugar fue declarado monumento nacional y representa no solo el recuerdo de las víctimas, sino también la reflexión sobre las consecuencias de la ocupación y la resistencia.
La masacre plantea cuestiones que siguen siendo objeto de debate historiográfico. La responsabilidad moral del ataque partisano de Via Rasella y su relación causal con la represalia ha generado controversias en la sociedad italiana durante décadas. Los defensores de la acción partisana argumentan que la resistencia armada era un acto legítimo contra una ocupación ilegal, mientras que los críticos señalan que los partisanos conocían la práctica nazi de las represalias colectivas. Lo que resulta indiscutible es que la responsabilidad criminal recae exclusivamente sobre quienes ordenaron y ejecutaron la matanza, no sobre quienes resistieron la ocupación.
Las Fosas Ardeatinas permanecen como testimonio de hasta dónde puede llegar la violencia cuando un ejército de ocupación aplica la lógica del terror colectivo. En un país que tardó décadas en confrontar plenamente su pasado bélico, este lugar de memoria sigue recordando que la justicia, aunque imperfecta y tardía, es una obligación irrenunciable frente a los crímenes contra la humanidad.