Entre los crímenes más atroces cometidos durante la SGM, pocos alcanzan el nivel de depravación sistemática de la Unidad 731. Dentro del amplio catálogo de crímenes de guerra japoneses , este programa secreto del ejército imperial, dirigido por el teniente general Shirō Ishii, convirtió a miles de seres humanos en cobayas de laboratorio bajo el pretexto de desarrollar armas biológicas. Durante más de una década, científicos militares japoneses llevaron a cabo experimentos que desafiaban cualquier concepción de humanidad, y al finalizar la guerra, sus responsables escaparon del castigo gracias a un pacto con Estados Unidos que mantuvo estos horrores ocultos durante décadas.

Retrato de Shirō Ishii, director de la Unidad 731
Shirō Ishii, teniente general del ejército japonés y director de la Unidad 731, responsable del programa de guerra biológica. Masao Takezawa · Public domain

Orígenes del programa de guerra biológica

La génesis de la Unidad 731 se remonta a principios de la década de 1930, cuando Shirō Ishii , un microbiólogo militar ambicioso y carismático, convenció al alto mando japonés de que las armas biológicas podían otorgar a Japón una ventaja decisiva en cualquier conflicto futuro. Ishii había viajado por Europa y América estudiando los efectos de la Primera Guerra Mundial y llegó a la conclusión de que la Convención de Ginebra de 1925, que prohibía el uso de armas biológicas, demostraba precisamente su eficacia: si las potencias occidentales las prohibían, argumentaba, era porque las temían.

En 1932, tras la invasión japonesa de Manchuria, Ishii obtuvo autorización para establecer una primera instalación de investigación en Harbin, conocida como Laboratorio de Investigación para la Prevención de Epidemias del Ejército de Kwantung. La ubicación no era casual: Manchuria ofrecía territorio ocupado lejos de ojos indiscretos, una población civil indefensa que podía servir como sujetos de experimentación y la cobertura de un estado títere, el Manchukuo, controlado enteramente por Japón.

En 1936, el emperador Hirohito firmó un decreto secreto que autorizaba la expansión del programa. Dos unidades principales fueron creadas: la Unidad 731, con base en Pingfan, a unos veinte kilómetros al sur de Harbin, y la Unidad 100, enfocada en la guerra biológica contra el ganado y los cultivos enemigos, con sede en Changchún.

El complejo de Pingfan

El cuartel general de la Unidad 731 en Pingfan era una instalación colosal que cubría aproximadamente seis kilómetros cuadrados. Oficialmente designada como Departamento de Purificación de Agua y Suministro del Ejército de Kwantung, la base albergaba más de ciento cincuenta edificios, incluidos laboratorios, quirófanos, prisiones, crematorios, una central eléctrica propia y hasta un aeródromo. En su momento de máxima actividad, más de tres mil personas trabajaban allí entre científicos, técnicos, guardias y personal de apoyo.

El corazón de la instalación era el llamado Bloque Ro, una fortaleza de hormigón donde se mantenía a los prisioneros destinados a la experimentación. Las celdas individuales albergaban a los sujetos, que eran alimentados con raciones generosas para mantenerlos en buenas condiciones físicas, no por humanidad, sino para garantizar la fiabilidad de los experimentos. Los prisioneros nunca salían del edificio con vida.

Para encubrir sus actividades, la unidad contaba con una red de instalaciones satélite repartidas por toda Manchuria y China ocupada. Estas bases secundarias permitían realizar pruebas de campo con agentes biológicos en condiciones reales, lejos de la base principal.

Los prisioneros: los maruta

Los sujetos de experimentación eran conocidos internamente como maruta, palabra japonesa que significa troncos de madera. Este término deshumanizante reflejaba la actitud de los perpetradores hacia sus víctimas. La mayoría de los maruta eran prisioneros de guerra chinos, pero también había civiles chinos, coreanos, mongoles, rusos y, según algunos testimonios, prisioneros de guerra aliados occidentales.

Las víctimas eran capturadas por la policía militar japonesa, la Kempeitai , bajo cargos frecuentemente inventados. Muchos eran civiles acusados de espionaje o actividades antijaponesas. Una vez ingresados en Pingfan, los prisioneros recibían un número y perdían toda identidad. Se estima que entre tres mil y doce mil personas murieron como resultado directo de los experimentos de la Unidad 731, aunque las cifras exactas son imposibles de determinar porque los japoneses destruyeron la mayoría de los registros al final de la guerra.

Los experimentos

Los experimentos realizados en la Unidad 731 cubrían un espectro amplio de atrocidades que pueden agruparse en varias categorías principales.

Infección deliberada con patógenos

La actividad central de la unidad consistía en infectar a prisioneros con enfermedades letales para estudiar su progresión. Se utilizaban agentes como la peste bubónica, el cólera, el ántrax, la fiebre tifoidea, la disentería y la tuberculosis. Los métodos de inoculación variaban: inyección directa, alimentos contaminados, agua infectada o exposición a pulgas portadoras de peste. Los científicos observaban meticulosamente la evolución de cada enfermedad, registrando síntomas y tiempos de muerte con precisión clínica.

Vivisecciones sin anestesia

Uno de los aspectos más estremecedores del programa era la práctica rutinaria de vivisecciones. Los prisioneros infectados eran abiertos en vida, sin anestesia, para observar los efectos de las enfermedades sobre los órganos internos en tiempo real. La justificación era que la descomposición post mortem alteraba los tejidos y hacía menos fiables las autopsias convencionales. Órganos como el hígado, los riñones y el bazo eran extraídos mientras el sujeto aún estaba consciente.

Experimentos de congelación

Los investigadores sometían a prisioneros a temperaturas extremas para estudiar los efectos de la congelación en el cuerpo humano y desarrollar tratamientos para los soldados japoneses expuestos al frío en Manchuria. Las extremidades de los sujetos eran expuestas a temperaturas bajo cero hasta que la piel y los tejidos se congelaban por completo. Posteriormente se ensayaban distintos métodos de descongelación, desde agua caliente hasta fuego directo, documentando los daños resultantes.

Experimentos de presión y altitud

Cámaras hiperbáricas eran utilizadas para estudiar los efectos de la descompresión sobre el cuerpo humano. Los prisioneros eran introducidos en estas cámaras y sometidos a cambios bruscos de presión hasta que sus órganos reventaban. Estos experimentos buscaban información útil para la aviación militar japonesa.

Pruebas de armamento

Los prisioneros eran atados a estacas en campos abiertos y utilizados como blancos para probar granadas, lanzallamas y bombas de fragmentación a distintas distancias. También se probaban armas biológicas en formato de bomba, evaluando la dispersión de agentes patógenos tras la detonación.

Otros experimentos

La lista de atrocidades incluía además inyecciones de sangre animal, transfusiones de sangre incompatible entre prisioneros, extracción de órganos para estudiar cuánto tiempo sobrevivía el sujeto, exposición a rayos X en dosis letales, privación de agua y alimentos, y centrifugado de seres humanos hasta la muerte.

Armas biológicas en el campo de batalla

La Unidad 731 no se limitó a la experimentación en laboratorio. Entre 1940 y 1942, llevó a cabo múltiples ataques biológicos contra ciudades chinas. El método más utilizado consistía en lanzar desde aviones recipientes de cerámica llenos de pulgas infectadas con peste bubónica sobre zonas pobladas. Ciudades como Changdé, Ningbó y Quzhou sufrieron brotes epidémicos devastadores tras estos ataques.

En 1941, tras la Batalla de Changdé, la unidad dispersó cólera, tifus y peste sobre las tropas y civiles chinos. Las epidemias resultantes causaron miles de víctimas, aunque las cifras exactas son difíciles de separar de la mortalidad general provocada por el conflicto. Irónicamente, algunos de estos ataques resultaron contraproducentes cuando las enfermedades se propagaron a las propias tropas japonesas, causando unas mil setecientas bajas en un solo incidente en Zhèjiāng.

El programa también desarrolló un plan para atacar la costa oeste de Estados Unidos mediante globos incendiarios cargados con agentes biológicos, conocido como Operación Cherry Blossoms at Night. Este plan, previsto para septiembre de 1945, nunca llegó a ejecutarse debido a la rendición de Japón.

La Unidad 100 y otras instalaciones

Paralelamente a la Unidad 731, la Unidad 100 operaba desde Changchún centrándose en la guerra biológica contra la agricultura y la ganadería enemiga. Sus investigaciones incluían el desarrollo de agentes para contaminar cultivos, envenenar fuentes de agua y propagar enfermedades entre el ganado. También realizaba experimentos con seres humanos, aunque a menor escala que Pingfan.

Existían además otras unidades menores dedicadas a la guerra biológica en Nankín (Unidad Ei 1644), Cantón (Unidad 8604) y Singapur (Unidad 9420), creando una red de investigación y producción que abarcaba gran parte del territorio ocupado por Japón.

El final y la destrucción de pruebas

En agosto de 1945, con la invasión soviética de Manchuria, Ishii ordenó la destrucción completa del complejo de Pingfan. Los edificios fueron dinamitados, los documentos quemados y los prisioneros supervivientes asesinados para eliminar testigos. Los animales de laboratorio infectados fueron liberados, provocando brotes de peste en la región que causaron miles de muertes adicionales entre la población civil china en los años siguientes.

El personal de la unidad fue evacuado a Japón con instrucciones estrictas de mantener el secreto absoluto. Ishii distribuyó cápsulas de cianuro entre sus subordinados y les ordenó desaparecer en la vida civil, llevándose sus conocimientos a la tumba.

Los Juicios de Jabárovsk

La Unión Soviética capturó a algunos miembros de la Unidad 731 y los juzgó en los Juicios de Jabárovsk en diciembre de 1949. Doce militares japoneses fueron procesados y condenados a penas de entre dos y veinticinco años de trabajos forzados en campos soviéticos. Durante el juicio, los acusados ofrecieron testimonios detallados sobre las actividades de la unidad, pero Occidente desestimó las acusaciones como propaganda soviética en el contexto de la Guerra Fría.

Las condenas fueron notablemente leves en comparación con la magnitud de los crímenes. Varios de los condenados fueron liberados anticipadamente y regresaron a Japón, donde retomaron carreras profesionales sin ser molestados.

El pacto de impunidad con Estados Unidos

El aspecto más perturbador del legado de la Unidad 731 quizá no sean los experimentos en sí, sino lo que ocurrió después. Al finalizar la guerra, el general Douglas MacArthur y las autoridades de ocupación estadounidenses descubrieron rápidamente la existencia del programa. En lugar de procesar a Ishii y sus colaboradores por crímenes de guerra, Estados Unidos negoció un acuerdo secreto: inmunidad total a cambio de los datos obtenidos en los experimentos.

La lógica era puramente pragmática y moralmente indefendible. Los estadounidenses consideraban que los datos sobre guerra biológica obtenidos por la Unidad 731 eran demasiado valiosos como para permitir que cayeran en manos soviéticas. Además, argumentaban que la información no podía obtenerse de otra manera, ya que ningún país democrático autorizaría experimentos similares. Ishii y sus principales colaboradores proporcionaron informes detallados a cambio de no ser procesados en los Juicios de Tokio.

Como resultado, ningún miembro de la Unidad 731 fue juzgado por el Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente, los juicios de Tokio . Muchos de ellos ocuparon posteriormente posiciones prominentes en la medicina, la industria farmacéutica y la academia japonesas. El propio Ishii vivió tranquilamente en Tokio hasta su muerte por cáncer de laringe en 1959.

Legado y reconocimiento tardío

Durante décadas, la existencia de la Unidad 731 fue negada o minimizada tanto por Japón como por Estados Unidos. No fue hasta la década de 1980, cuando investigadores japoneses como Morimura Seiichi publicaron trabajos basados en testimonios de veteranos, que la verdad comenzó a emerger. En 1995, el gobierno japonés reconoció por primera vez la existencia de la unidad, aunque sin ofrecer una disculpa formal ni compensaciones a las víctimas.

El sitio de Pingfan fue parcialmente preservado como museo y memorial, aunque gran parte del complejo original fue destruido. En China, la memoria de las atrocidades de la Unidad 731 sigue siendo un tema sensible en las relaciones sino-japonesas, y las víctimas y sus descendientes continúan reclamando justicia y reparaciones.

El caso de la Unidad 731 plantea preguntas incómodas que trascienden la historia militar. La disposición de Estados Unidos a perdonar crímenes contra la humanidad a cambio de ventajas estratégicas, la facilidad con que científicos y médicos abandonaron toda ética profesional, y la persistente negativa de Japón a confrontar plenamente este capítulo de su historia conforman un legado oscuro que sigue demandando reflexión y reconocimiento.