La Marcha de la Muerte de Bataán fue uno de los crímenes de guerra más atroces cometidos por el Japón Imperial durante la Segunda Guerra Mundial. En abril de 1942, entre 60.000 y 80.000 prisioneros de guerra filipinos y estadounidenses fueron obligados a marchar más de 100 kilómetros desde la península de Bataán hasta los campos de prisioneros en el interior de Luzón, bajo un calor sofocante y sin agua, alimentos ni atención médica. Los soldados japoneses asesinaron, golpearon y torturaron a los prisioneros durante una marcha que duró entre cinco y diez días y que causó la muerte de entre 5.000 y 18.000 personas. La Marcha de Bataán se convirtió en un símbolo del fanatismo y la crueldad del militarismo japonés, inscribiéndose en el largo catálogo de crímenes de guerra japoneses .

Prisioneros estadounidenses transportando a compañeros caídos durante la Marcha de la Muerte de Bataán
Prisioneros americanos usando camillas improvisadas para transportar a compañeros que cayeron por falta de agua y alimentos durante la marcha, Filipinas, mayo de 1942. U.S. Marine Corps · Public domain

La caída de Bataán

Tras el ataque a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941, las fuerzas japonesas invadieron Filipinas, entonces una posesión estadounidense. El general Douglas MacArthur , comandante de las fuerzas aliadas en Filipinas, ordenó una retirada hacia la península de Bataán y la isla fortificada de Corregidor, siguiendo el plan defensivo WPO-3 que preveía resistir hasta la llegada de refuerzos.

Los refuerzos nunca llegaron. Durante cuatro meses, las tropas estadounidenses y filipinas resistieron en Bataán con raciones reducidas a la mitad, sin medicinas adecuadas y sufriendo enfermedades tropicales como la malaria y la disentería. Para abril de 1942, los defensores estaban al límite de sus fuerzas.

El 9 de abril de 1942, el general Edward King rindió las fuerzas de Bataán, aproximadamente 76.000 soldados entre filipinos y estadounidenses, la mayor rendición de tropas estadounidenses en la historia. MacArthur había sido evacuado a Australia semanas antes por orden del presidente Roosevelt.

La marcha del horror

El general japonés Masaharu Homma había previsto capturar aproximadamente 25.000 prisioneros. La rendición de más de 76.000 lo tomó completamente por sorpresa, y los planes logísticos para alimentar, transportar y alojar a los prisioneros eran totalmente insuficientes. Sin embargo, la desorganización logística no explica la brutalidad deliberada que caracterizó la marcha.

Los prisioneros fueron concentrados en la ciudad de Mariveles y obligados a marchar hacia el norte bajo el sol tropical de abril. Las temperaturas superaban los 35 grados, y los hombres, ya debilitados por meses de combate con raciones mínimas, comenzaron a desplomarse en las primeras horas de marcha.

Los guardias japoneses golpeaban a los prisioneros que se detenían o se rezagaban. Quienes caían y no podían levantarse eran bayoneteados, disparados o simplemente abandonados al borde del camino. Los prisioneros que intentaban beber agua de los arroyos o charcos eran ejecutados. Los que poseían objetos de valor — relojes, anillos, dinero — eran obligados a entregarlos bajo amenaza de muerte.

Las atrocidades fueron sistemáticas. Los testimonios de los supervivientes describen decapitaciones, prisioneros enterrados vivos, conductores de camiones japoneses que deliberadamente atropellaban a los prisioneros tendidos en la carretera, y guardias que practicaban la bayoneta con los heridos y los enfermos.

El campo O'Donnell

Los supervivientes de la marcha fueron internados en los campos de prisioneros japoneses , concretamente en Camp O'Donnell, un antiguo campamento militar filipino sin las condiciones mínimas para albergar a decenas de miles de prisioneros. Las condiciones eran atroces: hacinamiento extremo, falta de agua potable, ausencia de saneamiento y raciones de alimentos que apenas permitían sobrevivir.

La mortalidad en Camp O'Donnell fue devastadora. En los primeros meses, morían entre 30 y 50 prisioneros diarios por disentería, malaria, desnutrición y heridas sin tratar. Se estima que entre 20.000 y 26.000 prisioneros filipinos y 1.500 estadounidenses murieron en el campo antes de que las condiciones mejoraran parcialmente con traslados a otros recintos.

Justicia y memoria

Tras la rendición de Japón, el general Homma fue juzgado por un tribunal militar estadounidense en Manila por su responsabilidad en la Marcha de la Muerte y otros crímenes contra prisioneros de guerra. Fue declarado culpable y ejecutado por fusilamiento en abril de 1946. El teniente general Akira Muto, jefe de estado mayor de Homma, también fue condenado y ejecutado.

La Marcha de Bataán tuvo un impacto profundo en la psicología de guerra estadounidense. La noticia de las atrocidades, que se fue conociendo a medida que los prisioneros supervivientes eran liberados, endureció la actitud de la opinión pública estadounidense hacia Japón y contribuyó a la deshumanización del enemigo que caracterizó la guerra del Pacífico.

Hoy, la Marcha de Bataán se conmemora anualmente en las Filipinas y en Estados Unidos. La Bataan Memorial Death March, celebrada cada año en el desierto de Nuevo México, reúne a miles de participantes que recorren una marcha de 42 kilómetros en honor a los prisioneros que sufrieron el calvario original. Los escasos supervivientes de la marcha, ya centenarios, son tratados como héroes nacionales tanto en Filipinas como en Estados Unidos.