La SGM convirtió el hambre en un arma de guerra a una escala sin precedentes. Millones de civiles murieron de inanición deliberada como resultado de políticas calculadas para matar mediante la privación de alimentos. No se trataba de efectos secundarios inevitables del conflicto, sino de estrategias planificadas fríamente en despachos ministeriales con el objetivo explícito de exterminar poblaciones enteras o doblegarlas mediante el hambre. El uso sistemático de la inanición como instrumento bélico constituye uno de los capítulos más oscuros de la guerra.

Civiles famélicos durante la Segunda Guerra Mundial
Millones de civiles murieron de inanición deliberada durante la SGM Fotógrafo desconocido · Dominio público

El Plan del Hambre nazi

En mayo de 1941, semanas antes de la invasión de la Unión Soviética, los planificadores económicos del Tercer Reich elaboraron un documento que pasaría a la historia como el Hungerplan o Plan del Hambre. Redactado bajo la supervisión de Herbert Backe, secretario de Estado de Alimentación, el plan establecía que los suministros alimentarios de los territorios soviéticos conquistados serían desviados para alimentar a Alemania y a la Wehrmacht, incluso si esto significaba la muerte por inanición de millones de soviéticos.

El documento era escalofriante en su frialdad burocrática. Calculaba explícitamente que «sin duda, decenas de millones de personas morirán de hambre si extraemos del país lo que necesitamos». Los planificadores estimaban que entre 20 y 30 millones de soviéticos perecerían como resultado directo de la confiscación de alimentos. Lejos de considerar esto un efecto indeseable, lo veían como una ventaja: menos bocas que alimentar significaba más espacio vital para la futura colonización alemana del Este.

El Plan del Hambre estaba íntimamente ligado al Generalplan Ost, el plan maestro nazi para la colonización de Europa oriental. La inanición deliberada de la población eslava era el primer paso para vaciar territorios que serían repoblados por colonos alemanes. Se preveía que las ciudades soviéticas serían abandonadas y la población superviviente reducida a una fuerza de trabajo agrícola al servicio del Reich.

El sitio de Leningrado : 872 días de hambre

La aplicación más brutal del hambre como arma fue el sitio de Leningrado, que duró desde septiembre de 1941 hasta enero de 1944. Hitler ordenó expresamente que la ciudad no fuera conquistada sino sitiada hasta que sus habitantes murieran de hambre. Una directiva del OKW del 29 de septiembre de 1941 establecía: «Se ha decidido borrar la ciudad de San Petersburgo de la faz de la tierra».

Durante los 872 días de asedio, la población civil de Leningrado fue sometida a una hambruna metódica. Las raciones oficiales cayeron a niveles de inanición: en noviembre de 1941, los trabajadores recibían 250 gramos de pan diarios y los dependientes solo 125 gramos, una rebanada fina de pan negro mezclado con serrín y celulosa. No había prácticamente ningún otro alimento disponible.

La población recurrió a medidas desesperadas para sobrevivir. Se comieron todos los animales de la ciudad, incluidos perros, gatos, caballos, ratas y pájaros. Se consumió cola de carpintero, cinturones de cuero hervido, papel pintado (por su contenido en almidón) y tierra de jardín. Los casos de canibalismo, aunque las autoridades soviéticas intentaron minimizarlos, están documentados: la policía registró más de 2.000 arrestos por canibalismo durante el invierno de 1941-1942.

Se estima que entre 800.000 y un millón de civiles murieron en Leningrado durante el sitio, la inmensa mayoría por inanición y enfermedades relacionadas con la desnutrición. Es la mayor pérdida de vidas civiles en un solo asedio de la historia.

Grecia: la hambruna olvidada

La ocupación tripartita de Grecia por Alemania, Italia y Bulgaria provocó una hambruna devastadora entre 1941 y 1944 que mató a unas 300.000 personas. La hambruna griega fue resultado directo de la confiscación de alimentos por las fuerzas de ocupación y del bloqueo naval británico que impedía la llegada de suministros.

El invierno de 1941-1942 fue el más mortífero. En Atenas, la gente moría de hambre en las calles y los cadáveres se acumulaban sin ser recogidos. Los hospitales colapsaron. Los niños sufrían raquitismo y enfermedades carenciales masivas. La inflación galopante hizo que los precios de los alimentos se multiplicaran por miles, haciendo imposible la adquisición de comida para la mayoría de la población.

La tragedia griega tuvo una dimensión adicional: la destrucción deliberada de aldeas enteras por las tropas de ocupación como represalia contra la resistencia partisana. Cuando los alemanes quemaban un pueblo, destruían también sus reservas de alimentos y su ganado, condenando a los supervivientes a la hambruna.

El Hongerwinter holandés

En el invierno de 1944-1945, los Países Bajos occidentales sufrieron una hambruna conocida como Hongerwinter (invierno del hambre) que afectó a unos 4,5 millones de personas y mató a entre 18.000 y 22.000. La hambruna fue consecuencia directa de un embargo de alimentos impuesto por las autoridades alemanas de ocupación como represalia por la huelga ferroviaria holandesa de septiembre de 1944, organizada para apoyar la Operación Market Garden aliada.

Las raciones oficiales cayeron a menos de 500 calorías diarias en las ciudades del oeste holandés. La población comió bulbos de tulipán, remolacha azucarera, hierba y corteza de árbol. Los habitantes de las ciudades realizaban penosas caminatas de decenas de kilómetros hasta el campo en busca de alimentos, en lo que se llamaron «viajes del hambre».

El Hongerwinter tuvo consecuencias médicas que se prolongaron durante generaciones. Los estudios científicos sobre los hijos de las mujeres embarazadas durante la hambruna revelaron que la desnutrición prenatal causaba mayor incidencia de enfermedades cardíacas, diabetes y trastornos mentales en la edad adulta, sentando las bases de la epigenética moderna.

La Unión Soviética: hambre como política de ocupación

Más allá de Leningrado, la política alimentaria nazi en los territorios soviéticos ocupados fue una catástrofe humanitaria generalizada. Los prisioneros de guerra soviéticos fueron las primeras víctimas: de los 5,7 millones de soldados soviéticos capturados, unos 3,3 millones murieron en cautividad, muchos de ellos por inanición deliberada.

Los campos de prisioneros soviéticos eran poco más que recintos al aire libre donde los cautivos recibían raciones insuficientes para sobrevivir. En los primeros meses de la Operación Barbarroja, cuando la Wehrmacht capturó a millones de soldados soviéticos, no se hizo ningún esfuerzo serio por alimentarlos. Los prisioneros comían hierba, corteza y tierra. El canibalismo era frecuente.

La población civil de las ciudades ocupadas también sufrió confiscaciones sistemáticas. Las tropas alemanas requisaban alimentos de los campesinos, dejándoles lo mínimo para subsistir o menos. En Ucrania, considerada el «granero de Europa», la producción agrícola fue redirigida hacia Alemania mientras la población local pasaba hambre. Se calcula que unos 4 millones de civiles soviéticos murieron de hambre en los territorios ocupados.

Japón y la hambruna en Asia

El imperio japonés también utilizó el hambre como instrumento de control. En las Indias Orientales Neerlandesas (Indonesia), la ocupación japonesa confiscó la producción agrícola para alimentar a sus tropas, provocando hambrunas en Java y otras islas. Se estima que entre 2,4 y 4 millones de indonesios murieron durante la ocupación japonesa, muchos por desnutrición.

En Birmania, la construcción del ferrocarril de la muerte entre Tailandia y Birmania se cobró la vida de más de 100.000 trabajadores forzados asiáticos, gran parte de ellos muertos por desnutrición y enfermedades agravadas por el hambre. Los prisioneros de guerra aliados en campos japoneses también sufrieron raciones de inanición calculadas para mantenerlos apenas vivos mientras trabajaban.

La hambruna de Bengala de 1943, que mató a entre 2 y 3 millones de personas en la India británica, tuvo causas complejas, pero la ocupación japonesa de Birmania cortó las importaciones de arroz birmano y las políticas británicas de denegación de recursos agravaron la crisis. Winston Churchill fue criticado por su respuesta, al desviar suministros de grano hacia otras prioridades bélicas.

El hambre como crimen contra la humanidad

La utilización del hambre como arma de guerra en la SGM sentó un precedente terrible que la comunidad internacional ha intentado abordar desde entonces. Las Convenciones de Ginebra de 1949, redactadas en respuesta directa a los horrores de la guerra, establecieron la obligación de alimentar a los prisioneros de guerra y a las poblaciones civiles de territorios ocupados.

En 2018, el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó la Resolución 2417, que condenaba explícitamente el uso del hambre como método de guerra y reconocía la conexión entre conflicto armado e inseguridad alimentaria. Sin embargo, la inanición deliberada de civiles sigue siendo utilizada en conflictos contemporáneos, demostrando que las lecciones de la SGM no han sido completamente asimiladas.

Los millones de muertos por hambre durante la SGM permanecen como una de las cifras menos conocidas del conflicto. Frente a las espectaculares batallas y los bombardeos devastadores, la muerte lenta por inanición es silenciosa y carece de la dramática visibilidad de otras formas de violencia. Pero fue precisamente esa invisibilidad la que la convirtió en un arma tan eficaz y tan difícil de combatir.