La narrativa de la SGM presenta al Ejército Rojo como el liberador de Europa del yugo nazi. Esta versión, aunque esencialmente correcta en lo estratégico, oculta una realidad incómoda: las fuerzas soviéticas cometieron crímenes de guerra a gran escala durante todo el conflicto. Desde la invasión conjunta de Polonia con Alemania en 1939 hasta la conquista de Berlín en 1945, los abusos del Ejército Rojo incluyeron ejecuciones masivas de prisioneros de guerra, violaciones sistemáticas de mujeres civiles, deportaciones forzosas de poblaciones enteras, saqueos generalizados y represión política en los territorios ocupados. Estos crímenes, minimizados durante décadas por la historiografía soviética y occidental, forman parte inseparable de la historia completa de la guerra.

Deportación de familias polacas a Siberia por el NKVD en 1940-1941
Familias polacas deportadas a Siberia por el NKVD soviético entre 1940 y 1941, uno de los crímenes masivos de Stalin. Fotógrafo desconocido · Dominio público

La invasión de Polonia y los países bálticos

El 17 de septiembre de 1939, el Ejército Rojo invadió la mitad oriental de Polonia en aplicación del protocolo secreto del pacto Molotov-Ribbentrop. La ocupación soviética trajo consigo una represión inmediata contra las élites polacas: oficiales del ejército, policías, funcionarios, terratenientes, sacerdotes e intelectuales fueron detenidos masivamente. Unos 250.000 prisioneros de guerra polacos fueron capturados por los soviéticos.

El destino de estos prisioneros fue el crimen soviético más conocido de la guerra: la masacre de Katyn . En la primavera de 1940, el NKVD (policía secreta soviética) ejecutó a más de 22.000 oficiales y miembros de la élite polaca en diferentes emplazamientos: el bosque de Katyn, Kalinin (Tver), Járkov y otros campos. Las víctimas fueron fusiladas con un tiro en la nuca y enterradas en fosas comunes. Stalin había ordenado personalmente las ejecuciones con el objetivo de decapitar la capacidad de liderazgo de una futura Polonia independiente.

La Unión Soviética negó su responsabilidad durante medio siglo, atribuyendo la masacre a los nazis. No fue hasta 1990 cuando Mijaíl Gorbachov reconoció oficialmente la autoría soviética. Los documentos desclasificados confirmaron que la orden de ejecución fue firmada por Stalin y aprobada por el Politburó.

En los Estados bálticos —Estonia, Letonia y Lituania—, ocupados en 1940, el NKVD llevó a cabo deportaciones masivas. En junio de 1941, unas 60.000 personas fueron deportadas a Siberia y Asia Central en una sola semana. Las condiciones de transporte en vagones de ganado y de los campos de trabajo en el gulag provocaron una mortalidad elevada, especialmente entre niños y ancianos.

Los prisioneros de guerra alemanes

El trato soviético a los prisioneros de guerra alemanes fue sistemáticamente brutal, con una tasa de mortalidad muy superior a la de los campos de prisioneros occidentales. De los aproximadamente 3,1 millones de soldados alemanes capturados por los soviéticos, más de un millón murieron en cautividad, una tasa de mortalidad de alrededor del 35 por ciento.

Las causas de muerte fueron variadas: hambre deliberada, exposición al frío, enfermedades no tratadas, trabajos forzados extenuantes y ejecuciones sumarias. Los campos de prisioneros soviéticos, muchos de ellos ubicados en Siberia y Asia Central, estaban mal equipados incluso según los estándares soviéticos. Los prisioneros recibían raciones de hambre y eran obligados a trabajar en minas, canteras y obras de infraestructura en condiciones extremas.

Numerosos testimonios documentan ejecuciones sumarias de soldados alemanes que se rendían. En la batalla de Stalingrado, tras la rendición del 6.º Ejército en febrero de 1943, de los aproximadamente 91.000 soldados alemanes capturados, solo unos 6.000 regresaron a Alemania tras años de cautiverio. Aunque muchos murieron por las penosas condiciones en que se encontraban al rendirse, la negligencia y brutalidad soviéticas multiplicaron las cifras de muertos.

Es necesario contextualizar estos hechos sin justificarlos: Alemania había tratado a los prisioneros de guerra soviéticos con una brutalidad aún mayor. De los 5,7 millones de soldados soviéticos capturados por la Wehrmacht, más de 3,3 millones murieron en cautividad, a menudo deliberadamente asesinados por hambre, frío y enfermedades en campos al aire libre. Esta cifra espantosa explica, aunque no justifica, la actitud de represalia del Ejército Rojo.

Las violaciones masivas de 1944-1945

Cuando el Ejército Rojo entró en territorio del Reich en 1944 y 1945, se produjo una ola de violencia sexual de dimensiones devastadoras. Las estimaciones de mujeres alemanas violadas por soldados soviéticos varían enormemente, pero los historiadores más rigurosos sitúan la cifra en torno a las dos millones de víctimas, con un número significativo de casos en Hungría, Rumanía, Yugoslavia y otros países liberados u ocupados.

Las violaciones fueron generalizadas y afectaron a mujeres de todas las edades, desde niñas hasta ancianas. No fueron actos aislados de soldados indisciplinados: en muchos casos existió una tolerancia o incluso un estímulo implícito por parte de los mandos. La propaganda soviética de Ilyá Ehrenburg y otros escritores había alimentado durante años el deseo de venganza, describiendo a los alemanes como subhumanos merecedores de cualquier castigo.

En Berlín, durante y después de la batalla de la capital, las violaciones alcanzaron proporciones epidémicas. El testimonio anónimo publicado como Una mujer en Berlín documenta con crudeza las experiencias de una mujer durante la ocupación soviética. Muchas víctimas sufrieron violaciones repetidas por parte de múltiples soldados. El trauma provocó una oleada de suicidios entre la población femenina alemana.

Stalin fue informado de los abusos y su actitud fue, como mínimo, ambigua. Cuando el dirigente comunista yugoslavo Milovan Djilas le transmitió las quejas sobre las violaciones cometidas por el Ejército Rojo en Yugoslavia, Stalin respondió: «¿No puede comprender que un soldado que ha recorrido miles de kilómetros a través de sangre, fuego y muerte se divierta con una mujer o tome alguna bagatela?».

Las deportaciones de pueblos enteros

Uno de los crímenes soviéticos menos conocidos en Occidente fue la deportación masiva de pueblos enteros acusados colectivamente de colaboración con los nazis. En 1943 y 1944, Stalin ordenó la deportación de los chechenos, ingusetios, tártaros de Crimea, calmucos, karacháis, balkarios y alemanes del Volga, entre otros, a las estepas de Asia Central y Siberia.

La deportación de los chechenos e ingusetios, ejecutada en febrero de 1944 bajo el nombre clave Operación Lenteja, afectó a más de 500.000 personas. En un solo día, familias enteras fueron sacadas de sus hogares, cargadas en vagones de ganado y enviadas a Kazajistán y Kirguizistán. Las condiciones del transporte y de los asentamientos de destino provocaron la muerte de entre el 25 y el 50 por ciento de los deportados.

Los tártaros de Crimea fueron deportados en mayo de 1944. Más de 200.000 personas fueron trasladadas a Uzbekistán en apenas tres días. La operación fue dirigida por Lavrentiy Beria, jefe del NKVD. El cargo de colaboración colectiva con los alemanes era una acusación genérica aplicada sin distinción a hombres, mujeres, niños y ancianos, incluyendo a los miles de tártaros que habían combatido en el Ejército Rojo contra los nazis.

Los saqueos sistemáticos

El saqueo fue una práctica generalizada del Ejército Rojo durante su avance por Europa oriental y central. Los soldados se apropiaron de relojes, joyas, bicicletas, ropa y cualquier objeto de valor que encontraban. Los oficiales no solo toleraban estos actos, sino que frecuentemente participaban en ellos. Los envíos de paquetes desde el frente hacia la Unión Soviética adquirieron proporciones masivas.

Pero más allá del pillaje individual, la Unión Soviética organizó un saqueo institucional de los territorios ocupados. Fábricas enteras fueron desmanteladas y transportadas al territorio soviético como reparaciones de guerra. En Alemania oriental, Manchuria y otros territorios, la maquinaria industrial, las infraestructuras ferroviarias y los equipos técnicos fueron sistemáticamente desarmados y enviados al este. Este desmantelamiento contribuyó significativamente a la devastación económica de los territorios ocupados.

El contexto y la memoria

Los crímenes de guerra soviéticos deben situarse en su contexto histórico sin que ello implique justificación alguna. La Unión Soviética sufrió la agresión nazi más destructiva de la historia: más de 27 millones de ciudadanos soviéticos murieron durante la guerra, la mayoría civiles. Las atrocidades de la Wehrmacht y las SS en territorio soviético —el exterminio de comunidades judías por los Einsatzgruppen , el hambre deliberada de los prisioneros de guerra, la destrucción de ciudades enteras— crearon un deseo de venganza que los mandos soviéticos explotaron en lugar de contener.

Sin embargo, el sufrimiento de un pueblo no confiere derecho a infligir sufrimiento a otro. Las violaciones masivas, las deportaciones étnicas y las ejecuciones sumarias fueron crímenes que victimizaron a personas inocentes y que violaron las leyes de la guerra reconocidas por todos los beligerantes. El hecho de que los crímenes nazis fueran cualitativamente más graves —un genocidio industrial planificado— no reduce la responsabilidad soviética por los suyos.

Durante la Guerra Fría, estos crímenes fueron un tema tabú tanto en el bloque soviético como, en gran medida, en Occidente, donde la alianza de guerra con la URSS y las dinámicas de la política de bloques desincentivaban su discusión. Solo tras la caída del comunismo y la apertura parcial de los archivos soviéticos se ha podido avanzar en la documentación y el reconocimiento de estos hechos.

La historia completa de la SGM requiere reconocer que la derrota del nazismo —un objetivo moral innegable— fue lograda también mediante actos criminales. Ignorar los crímenes soviéticos no solo es una injusticia hacia sus víctimas, sino que impide comprender la complejidad moral de un conflicto en el que la distinción entre liberadores y opresores no siempre fue nítida.