En la noche del 13 al 14 de febrero de 1945, la ciudad alemana de Dresde fue devastada por una serie de bombardeos masivos llevados a cabo por la Royal Air Force británica y la Fuerza Aérea del Ejército de los Estados Unidos. La tormenta de fuego resultante arrasó el centro histórico de una de las ciudades más bellas de Europa, causó la muerte de hasta 25.000 personas y provocó un debate moral que se mantiene vivo más de ochenta años después. El bombardeo de Dresde se convirtió en uno de los episodios más controvertidos de la guerra aérea durante la SGM.

Vista aérea de las ruinas del centro de Dresde tras los bombardeos de febrero de 1945
El centro de Dresde completamente destruido tras los bombardeos de febrero de 1945. Fotógrafo desconocido (USAAF) · Dominio público

Dresde antes del bombardeo

Dresde era conocida como la Florencia del Elba, un sobrenombre que reflejaba su extraordinaria riqueza arquitectónica y cultural. Capital del estado de Sajonia, la ciudad albergaba joyas del barroco como la iglesia de Nuestra Señora (Frauenkirche), el palacio Zwinger, la ópera Semper y la terraza de Brühl, además de una de las pinacotecas más importantes de Europa, con obras de Rafael, Vermeer y Canaletto.

A principios de 1945, Dresde había permanecido relativamente intacta en comparación con otras grandes ciudades alemanas que habían sido sometidas a bombardeos devastadores. Esta relativa inmunidad alimentó entre sus habitantes la esperanza de que la ciudad sería respetada, ya fuera por su valor cultural, por la presencia de hospitales militares o por un supuesto acuerdo tácito entre los beligerantes. Ninguna de estas suposiciones tenía fundamento real.

La ciudad tenía, sin embargo, una importancia estratégica que no debía subestimarse. Era un importante nudo ferroviario que conectaba Berlín con Praga y Viena, un centro de comunicaciones relevante para el traslado de tropas alemanas hacia el frente oriental, y albergaba más de un centenar de fábricas que producían material para el esfuerzo bélico, desde componentes ópticos hasta munición. Además, en febrero de 1945, Dresde estaba saturada de refugiados que huían del avance del Ejército Rojo desde Silesia, lo que había multiplicado su población habitual de 630.000 habitantes.

El contexto estratégico

El bombardeo de Dresde se enmarcaba en la estrategia aliada de bombardeo de área , una doctrina que había sido adoptada por el Mando de Bombardeo de la RAF bajo la dirección del mariscal del aire Arthur Harris desde febrero de 1942. A diferencia del bombardeo de precisión, que apuntaba a objetivos militares e industriales concretos, el bombardeo de área tenía como finalidad destruir ciudades enteras para quebrar la moral de la población civil y desarticular la economía de guerra alemana.

En enero de 1945, con los ejércitos soviéticos avanzando rápidamente por el este de Europa, se planificó una serie de ataques masivos contra ciudades del este de Alemania bajo el nombre en clave de Operación Trueno (Operation Thunderclap). El objetivo declarado era causar tal caos en las ciudades de la retaguardia alemana que se dificultara el movimiento de tropas y refuerzos hacia el frente oriental, apoyando así la ofensiva soviética.

La conferencia de Yalta , celebrada entre el 4 y el 11 de febrero de 1945, también influyó en la decisión. Los soviéticos habían solicitado apoyo aéreo aliado para facilitar su avance, y el bombardeo de los nudos de comunicaciones del este de Alemania respondía en parte a esta petición. La selección de Dresde como objetivo se debió a su importancia como centro ferroviario y a que no había sido bombardeada significativamente hasta entonces.

La noche del 13 de febrero

El ataque se desarrolló en tres oleadas. La primera comenzó poco antes de las diez de la noche del 13 de febrero, cuando 244 bombarderos Lancaster de la RAF alcanzaron la ciudad. Los aviones lanzaron primero bombas explosivas para reventar tejados, destruir cañerías de agua y abrir los edificios, y a continuación soltaron miles de bombas incendiarias diseñadas para prender fuego a las estructuras expuestas.

El centro histórico de Dresde, con sus calles estrechas y sus edificios barrocos de estructura de madera, era particularmente vulnerable al fuego. Los incendios individuales se fusionaron rápidamente en un único infierno que abarcaba unos 15 kilómetros cuadrados. Se generó una tormenta de fuego (Feuersturm), un fenómeno en el que el calor extremo crea corrientes ascendentes tan potentes que succionan el aire de los alrededores a velocidades huracanadas, alimentando las llamas y creando temperaturas que superan los 1.000 grados centígrados.

La segunda oleada llegó unas tres horas después de la primera, a la una y media de la madrugada del 14 de febrero. Esta vez fueron 529 bombarderos Lancaster los que atacaron una ciudad ya envuelta en llamas. El intervalo entre las dos oleadas fue calculado deliberadamente: el tiempo suficiente para que los equipos de rescate, bomberos y civiles que habían acudido a ayudar se encontraran en las calles cuando cayera la segunda tanda de bombas.

Las personas que se habían refugiado en sótanos murieron asfixiadas cuando la tormenta de fuego consumió todo el oxígeno disponible. Quienes intentaron huir por las calles se encontraron atrapados en un paisaje dantesco donde el asfalto se derretía bajo sus pies y los vientos huracanados generados por el fuego arrancaban a las personas de donde se agarraban. Muchos se lanzaron al río Elba buscando refugio del calor insoportable.

El ataque diurno del 14 de febrero

La tercera oleada llegó al mediodía del 14 de febrero, cuando 311 bombarderos B-17 de la 8.ª Fuerza Aérea estadounidense atacaron la ciudad a plena luz del día. El objetivo declarado era la zona de las estaciones de ferrocarril y las instalaciones de clasificación, pero el humo que todavía cubría la ciudad dificultó la precisión del bombardeo y muchas bombas cayeron sobre zonas residenciales y sobre las masas de refugiados que intentaban abandonar la ciudad.

Informes de la época mencionan que cazas estadounidenses P-51 Mustang ametrallaron a grupos de civiles que huían por las orillas del Elba y las carreteras de salida de la ciudad. Este aspecto ha sido especialmente controvertido. Aunque algunos supervivientes testificaron haberlo presenciado, los registros oficiales de las unidades de caza no confirman de manera concluyente estos ametrallamientos, y los historiadores siguen debatiendo su alcance real.

En los días siguientes, el 15 de febrero y el 2 de marzo, se produjeron nuevos ataques aéreos estadounidenses sobre Dresde, dirigidos esta vez contra objetivos industriales y ferroviarios específicos. Estos bombardeos posteriores causaron daños adicionales pero fueron de menor escala que los ataques del 13 y 14 de febrero.

La destrucción de la ciudad

El balance material del bombardeo fue catastrófico. El centro histórico de Dresde quedó reducido a escombros. La Frauenkirche, una de las iglesias barrocas más importantes de Europa, resistió los bombardeos pero se derrumbó la mañana del 15 de febrero cuando su estructura debilitada por el fuego cedió. El Zwinger, la ópera Semper, el castillo real y centenares de edificios históricos quedaron destruidos o gravemente dañados.

Se calcula que fueron destruidos o seriamente dañados unos 1.600 acres del centro urbano, incluyendo 78.000 viviendas. Más de una docena de hospitales, escuelas, iglesias y edificios culturales desaparecieron. La infraestructura de la ciudad —redes de agua, electricidad, gas y telecomunicaciones— quedó completamente inutilizada.

Los equipos de rescate trabajaron durante semanas para recuperar cadáveres de entre los escombros. Muchos cuerpos habían quedado reducidos a cenizas por las temperaturas extremas de la tormenta de fuego, lo que hizo imposible su identificación o incluso su recuento. Los cuerpos recuperados fueron inicialmente enterrados en fosas comunes, pero ante el riesgo de epidemias se optó por la cremación masiva en piras erigidas en la plaza del Altmarkt, en el corazón de la ciudad devastada.

El debate sobre las víctimas

La cuestión del número de víctimas mortales del bombardeo de Dresde ha sido objeto de una larga y a veces enconada controversia. Las cifras han oscilado enormemente dependiendo de la fuente y la época, desde las 25.000 de las estimaciones más conservadoras hasta las 500.000 que llegó a sugerir la propaganda del régimen nazi e historiadores revisionistas posteriores.

La investigación histórica rigurosa ha ido acotando la cifra. Una comisión de historiadores independientes encargada por la ciudad de Dresde (la Historikerkommission) publicó sus conclusiones en 2010 tras años de investigación exhaustiva. Su conclusión fue que el número total de muertos se sitúa en torno a los 22.700, con un máximo posible de 25.000. Esta cifra, aunque inferior a muchas estimaciones anteriores, representa una catástrofe humana de proporciones enormes.

La exageración deliberada del número de víctimas fue iniciada por la propia propaganda nazi inmediatamente después del bombardeo, cuando Goebbels multiplicó por diez las cifras reales para presentar a Alemania como víctima de la barbarie aliada. Décadas después, estas cifras infladas fueron utilizadas tanto por la propaganda de la República Democrática Alemana como por movimientos neonazis y revisionistas para relativizar los crímenes nazis o presentar los bombardeos aliados como un crimen equivalente al Holocausto, una equiparación que los historiadores rechazan de forma abrumadora.

La controversia moral

El bombardeo de Dresde generó controversia incluso en el momento en que se produjo. Cuando la noticia llegó a la prensa, periodistas aliados cuestionaron abiertamente si la destrucción de una ciudad llena de refugiados constituía una acción militar legítima. En el Parlamento británico, el obispo de Chichester, George Bell, llevaba años denunciando los bombardeos de área como moralmente inaceptables.

El propio Winston Churchill, que había apoyado la estrategia de bombardeo de área, se distanció parcialmente tras Dresde. En un memorando dirigido a los jefes de Estado Mayor el 28 de marzo de 1945, sugirió que había llegado el momento de revisar la política de bombardear ciudades alemanas, aunque posteriormente suavizó el tono del documento.

Arthur Harris, responsable del Mando de Bombardeo de la RAF, defendió siempre la legitimidad y necesidad de los bombardeos de área, incluido el de Dresde. Argumentaba que estos ataques acortaban la guerra y salvaban vidas aliadas a largo plazo. Sin embargo, tras la victoria, Harris y su Mando de Bombardeo fueron tratados con cierta frialdad por el establecimiento británico: los tripulantes del Mando de Bombardeo no recibieron una medalla de campaña específica, y Harris no fue incluido en los honores de la victoria, un desaire que muchos interpretaron como una muestra de la incomodidad moral que generaban los bombardeos de área.

Los defensores de la acción argumentan que Dresde era un objetivo militar legítimo por su importancia ferroviaria e industrial, que la guerra aérea no puede evaluarse aislando un solo ataque del contexto general, y que la responsabilidad última de la muerte de civiles recae sobre el régimen que inició la guerra y que había bombardeado previamente ciudades como Varsovia, Rotterdam, Londres y Coventry .

Los críticos señalan que la guerra estaba prácticamente ganada en febrero de 1945, que el valor militar de destruir el centro histórico de Dresde era mínimo comparado con la destrucción causada, y que el bombardeo de área contra poblaciones civiles constituía una violación de los principios humanitarios independientemente del contexto bélico.

Dresde en la posguerra y la memoria

La destrucción de Dresde se convirtió en un símbolo poderoso con múltiples significados. Para la República Democrática Alemana, donde Dresde quedó encuadrada tras la división de Alemania, los bombardeos fueron instrumentalizados como ejemplo del imperialismo occidental y como argumento contra la OTAN durante la Guerra Fría.

El novelista Kurt Vonnegut, que estaba prisionero de guerra en Dresde durante el bombardeo y sobrevivió refugiado en un sótano de un matadero, escribió una de las obras más influyentes de la literatura antibelicista del siglo XX basándose en su experiencia. Su novela, publicada en 1969, contribuyó enormemente a fijar la imagen de Dresde en la conciencia cultural occidental.

La reconstrucción de la Frauenkirche, completada en 2005 tras un proceso que duró más de una década y que combinó piedras originales con materiales nuevos, se convirtió en un símbolo de reconciliación. La cruz dorada que corona la cúpula fue forjada por un orfebre británico, hijo de uno de los pilotos que participaron en el bombardeo, un gesto que encapsula la complejidad de la memoria histórica.

El bombardeo de Dresde sigue planteando preguntas incómodas sobre los límites de la guerra aérea, sobre la distinción entre objetivos militares y civiles, y sobre la responsabilidad moral de las democracias cuando utilizan medios de destrucción masiva contra poblaciones no combatientes. Es un recordatorio de que la línea entre la necesidad militar y el exceso destructivo puede difuminarse de forma trágica, y de que las consecuencias de esa difuminación las pagan siempre los más vulnerables.