En la primavera de 1945, el Tercer Reich se desmoronaba con una rapidez que ni los más optimistas entre los comandantes aliados habían anticipado. Las fuerzas que Adolf Hitler había lanzado a la conquista de Europa seis años antes se batían ahora en una retirada caótica, atrapadas entre dos gigantescas tenazas: por el oeste, los ejércitos angloamericanos cruzaban el Rin y avanzaban hacia el corazón de Alemania; por el este, el Ejército Rojo aplastaba las últimas defensas en su camino hacia Berlín. Lo que había comenzado el 1 de septiembre de 1939 con la invasión de Polonia estaba a punto de terminar en las ruinas de la capital del Reich.

Celebración del Día de la Victoria en Europa en Londres, 8 de mayo de 1945
Multitudes celebran el Día de la Victoria en Europa en las calles de Londres el 8 de mayo de 1945. British official photographer · Public domain

Las ofensivas finales en el frente occidental

El cruce del río Rin en marzo de 1945 representó el derrumbe definitivo de la frontera natural que Alemania había defendido durante meses. El 7 de marzo, soldados de la 9.ª División Acorazada estadounidense capturaron intacto el puente de Remagen, un golpe de suerte extraordinario que permitió establecer una cabeza de puente en la orilla oriental antes de que los alemanes pudieran volar la estructura. Hitler, furioso, ordenó la ejecución de los oficiales responsables de no destruir el puente a tiempo.

En las semanas siguientes, las fuerzas aliadas cruzaron el Rin en múltiples puntos. La Operación Plunder, dirigida por el mariscal de campo Bernard Montgomery, estableció cabezas de puente masivas en el norte, mientras que los ejércitos de Patton y Hodges avanzaban a velocidades que recordaban la guerra relámpago alemana de 1940, pero en dirección inversa.

El golpe más demoledor fue el cerco de la bolsa del Ruhr en abril de 1945. El 9.º Ejército estadounidense desde el norte y el 1.er Ejército desde el sur envolvieron al Grupo de Ejércitos B del mariscal de campo Walter Model, atrapando a más de 300.000 soldados alemanes en una bolsa de apenas 100 kilómetros de diámetro. Fue el mayor cerco de la guerra en el frente occidental. Model, incapaz de aceptar ni la rendición ni la captura, se suicidó el 21 de abril en un bosque cerca de Duisburgo.

Con la destrucción del Grupo de Ejércitos B desapareció la última fuerza alemana organizada capaz de ofrecer resistencia significativa en el oeste. Los ejércitos aliados avanzaban ahora prácticamente sin oposición, recorriendo decenas de kilómetros diarios y aceptando la rendición de columnas enteras de soldados alemanes que preferían caer en manos occidentales antes que ser capturados por los soviéticos.

El avance soviético sobre Berlín

En el frente oriental, la situación era aún más catastrófica para Alemania. Desde enero de 1945, cuando se lanzó la Ofensiva Vístula-Óder, el Ejército Rojo había avanzado desde Polonia hasta las puertas de Berlín a una velocidad aplastante. A mediados de abril, los mariscales Georgi Zhúkov e Iván Kónev preparaban la batalla de Berlín , concentrando 2,5 millones de soldados, 6.250 tanques y más de 40.000 piezas de artillería frente a las defensas de la capital alemana.

La Batalla de las Colinas de Seelow, librada entre el 16 y el 19 de abril, fue el último intento alemán de detener el avance soviético antes de Berlín. El general Gotthard Heinrici, comandante del Grupo de Ejércitos Vístula, organizó una defensa tenaz que causó graves bajas a las fuerzas de Zhúkov. Sin embargo, la superioridad material soviética era abrumadora, y tras cuatro días de combates feroces, las líneas alemanas se desmoronaron.

El 20 de abril, día del 56.º cumpleaños de Hitler, la artillería soviética comenzó a bombardear el centro de Berlín. Era la primera vez desde 1760 que una fuerza extranjera atacaba la capital prusiana. Los combates en la ciudad se convirtieron en una pesadilla de guerra urbana: cada calle, cada edificio, cada sótano debía ser conquistado metros a metro contra una defensa desesperada compuesta por restos de unidades regulares, miembros de las SS, ancianos del Volkssturm y adolescentes de las Juventudes Hitlerianas.

Los últimos días de Hitler

Mientras Berlín se convertía en un infierno de fuego y escombros, Adolf Hitler permanecía en el Führerbunker, un complejo subterráneo de hormigón situado bajo la Cancillería del Reich. Rodeado de un círculo cada vez más reducido de colaboradores, el dictador alternaba entre arrebatos de furia irracional contra sus generales —a quienes acusaba de traición— y fantasías delirantes sobre contraofensivas con ejércitos que ya no existían.

El 22 de abril, durante una conferencia militar en el búnker, Hitler sufrió un colapso emocional al conocer que las órdenes de contraataque que había dado al general de las SS Felix Steiner no se habían ejecutado porque Steiner carecía de tropas suficientes. Fue en ese momento cuando Hitler reconoció por primera vez ante sus subordinados que la guerra estaba perdida, aunque prohibió cualquier intento de rendición.

En los días siguientes, Hitler organizó los preparativos para su muerte. El 28 de abril se casó con Eva Braun en una breve ceremonia civil en el búnker y dictó su testamento político, en el que designaba al almirante Karl Dönitz como su sucesor al frente del Reich. El 29 de abril, al enterarse de que Mussolini había sido ejecutado por partisanos italianos y su cadáver exhibido públicamente en Milán, Hitler reafirmó su decisión de suicidarse para evitar un destino similar.

El 30 de abril de 1945, poco después de las 15:30 horas, se produjo el suicidio de Hitler de un disparo en la sien derecha en su estudio privado del búnker. Eva Braun ingirió una cápsula de cianuro. Siguiendo las instrucciones que Hitler había dejado, sus cuerpos fueron trasladados al jardín de la Cancillería, rociados con gasolina e incinerados.

La caída de Berlín

La muerte de Hitler no detuvo los combates. La guarnición de Berlín, bajo el mando del general Helmuth Weidling, continuó resistiendo durante dos días más mientras los soviéticos se abrían paso hacia el centro de la ciudad.

El 2 de mayo de 1945, a las 6 de la mañana, Weidling cruzó las líneas para rendirse personalmente ante el general Vasili Chuikov, el mismo hombre que había defendido Stalingrado en 1942. La guarnición de Berlín se rindió oficialmente pocas horas después. La bandera soviética ya ondeaba sobre el Reichstag desde el 30 de abril, cuando los sargentos Meliton Kantaria y Mijaíl Yegórov la habían izado en la azotea del edificio en una escena inmortalizada por la fotografía de Yevgueni Jaldéi.

La Batalla de Berlín había costado a la Unión Soviética más de 80.000 muertos y cerca de 280.000 heridos. Las bajas alemanas, mucho más difíciles de calcular en el caos de los últimos días, se estiman en más de 100.000 muertos entre militares y civiles.

La rendición incondicional

Con Hitler muerto y Berlín capturada, la resistencia alemana carecía de sentido. El almirante Dönitz, que había asumido la jefatura del Estado desde la ciudad de Flensburgo, cerca de la frontera danesa, intentó negociar una rendición parcial ante los aliados occidentales para ganar tiempo y permitir que el mayor número posible de soldados y civiles alemanes escaparan del avance soviético. Los aliados rechazaron cualquier rendición que no fuera total e incondicional ante todos los vencedores.

El 7 de mayo de 1945, a las 2:41 de la madrugada, el general Alfred Jodl firmó el acta de rendición incondicional de todas las fuerzas armadas alemanas en el cuartel general del general Dwight D. Eisenhower en Reims, Francia. La rendición entraría en vigor el 8 de mayo a las 23:01 hora centroeuropea.

Stalin, sin embargo, exigió una segunda ceremonia de rendición en Berlín, bajo control soviético. El 8 de mayo, poco antes de la medianoche, el mariscal de campo Wilhelm Keitel firmó un segundo acta de rendición incondicional en la sede del mando soviético en Berlín-Karlshorst, ante el mariscal Zhúkov y representantes de los aliados occidentales. Debido a la diferencia horaria, en Moscú ya era 9 de mayo cuando se completó la ceremonia, razón por la cual Rusia celebra el Día de la Victoria un día después que el resto de Europa.

El Día de la Victoria en Europa

La noticia de la rendición alemana desató celebraciones espontáneas en todo el mundo. En Londres, cientos de miles de personas se congregaron en Trafalgar Square, Piccadilly Circus y frente al Palacio de Buckingham, donde la familia real y Winston Churchill salieron al balcón para saludar a la multitud. Churchill pronunció su discurso desde Downing Street: el hombre que en mayo de 1940 solo había podido ofrecer sangre, sudor y lágrimas a su pueblo podía por fin anunciar la victoria.

En París, los Campos Elíseos se llenaron de una muchedumbre que cantaba, bailaba y lloraba. En Nueva York, Times Square fue escenario de una explosión de júbilo similar. En Moscú, Stalin anunció la victoria por radio y un saludo de mil cañones iluminó el cielo nocturno.

Pero el Día de la Victoria fue también un día de sombras. Millones de familias no tenían a nadie que celebrar: padres, hijos, hermanos que nunca volverían. Europa era un continente de ruinas, con ciudades destruidas, infraestructuras arrasadas y millones de desplazados vagando sin hogar ni destino. Los campos de concentración, liberados en las semanas anteriores, habían revelado al mundo el horror absoluto del Holocausto.

La guerra continúa en el Pacífico

El fin de la guerra en Europa no significaba el fin de la SGM. En el Pacífico, Japón continuaba combatiendo con una determinación feroz. La Batalla de Okinawa, que se libraría hasta finales de junio de 1945, demostraría que la resistencia japonesa no daba señales de debilitarse.

El presidente Harry S. Truman, que había asumido el cargo tras la muerte de Roosevelt el 12 de abril, se enfrentaba ahora a la perspectiva de una invasión del archipiélago japonés que, según las estimaciones del Estado Mayor, podría costar cientos de miles de vidas aliadas. La decisión de emplear las bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945 estaba aún por tomar, pero la sombra de esa elección ya planeaba sobre los despachos de Washington.

Para los soldados aliados en Europa, el 8 de mayo trajo alivio pero no siempre descanso. Muchas unidades sabían que serían transferidas al Pacífico para participar en la invasión de Japón. La celebración del Día de la Victoria se mezclaba con la inquietud de que la guerra, para ellos, no había terminado todavía.

El balance de la guerra en Europa

El conflicto que terminaba ese mayo de 1945 había sido el más destructivo de la historia de la humanidad. Solo en Europa, las estimaciones más aceptadas hablan de entre 35 y 40 millones de muertos, incluyendo los seis millones de judíos asesinados en el Holocausto. La Unión Soviética sufrió las pérdidas más devastadoras: entre 24 y 27 millones de muertos, cifra que incluye tanto a militares como a civiles. Polonia perdió aproximadamente el 17 % de su población, la proporción más alta de cualquier nación.

El mapa político de Europa quedó irreconociblemente alterado. Alemania, dividida en cuatro zonas de ocupación, tardaría 45 años en reunificarse. La Europa del Este pasaría a la órbita soviética, dando inicio a la Guerra Fría. Las potencias coloniales europeas, debilitadas por la guerra, verían cómo sus imperios se desmoronaban en las décadas siguientes.

El 8 de mayo de 1945 marca el final de un capítulo y el comienzo de otro. La guerra en Europa había terminado, pero el mundo que emergía de las cenizas era radicalmente distinto al que había entrado en ellas seis años antes.