En la primavera y el verano de 1939, Gran Bretaña, Francia y la Unión Soviética intentaron negociar una alianza militar contra la Alemania nazi que, de haberse materializado, habría cambiado radicalmente el curso de la historia. Durante meses, diplomáticos y militares de las tres potencias discutieron los términos de un acuerdo que habría creado un frente común contra Hitler desde el Atlántico hasta los Urales. El fracaso de estas negociaciones, provocado por la desconfianza mutua, las incompatibilidades políticas y la lentitud occidental, abrió la puerta al Pacto Molotov-Ribbentrop y, en última instancia, al estallido de la Segunda Guerra Mundial.

El contexto: la amenaza nazi crece
Tras la ocupación de Checoslovaquia en marzo de 1939, que rompió definitivamente las promesas de Múnich, incluso los defensores más acérrimos de la política de apaciguamiento comprendieron que Hitler no podía ser contenido mediante concesiones. Neville Chamberlain ofreció garantías militares a Polonia, Rumania y Grecia, trazando líneas rojas que, si eran cruzadas, significarían la guerra.
Sin embargo, estas garantías tenían un problema fundamental: Gran Bretaña y Francia carecían de los medios militares para defender a Polonia directamente. Solo la Unión Soviética compartía frontera con Polonia y disponía de un ejército lo suficientemente grande como para enfrentarse a la Wehrmacht en tierra. Una alianza con Moscú era, por tanto, la condición sine qua non para que las garantías occidentales tuvieran credibilidad militar.
Stalin, por su parte, observaba con alarma creciente la expansión alemana hacia el este. Checoslovaquia había sido sacrificada sin consultar a la URSS, y la garantía británica a Polonia sugería que Occidente esperaba que fuera la Unión Soviética la que cargara con el peso de la guerra terrestre contra Alemania. La desconfianza soviética hacia las potencias occidentales tenía raíces profundas: la intervención aliada durante la guerra civil rusa, la exclusión de la URSS de los Acuerdos de Múnich y la sospecha de que los capitalistas occidentales preferían ver a Alemania y la URSS destruirse mutuamente.
Las negociaciones diplomáticas
Las conversaciones formales comenzaron en abril de 1939 y se prolongaron durante cuatro meses en un clima de creciente frustración. Las tres partes querían un acuerdo, pero las condiciones eran difíciles de conciliar.
La URSS exigía un pacto militar vinculante con cláusulas automáticas de intervención, similar al sistema de alianzas que había precedido a la Primera Guerra Mundial. También exigía el derecho de tránsito para sus tropas a través de Polonia y Rumania, lo que estas naciones rechazaban rotundamente por temor a que la entrada del Ejército Rojo en su territorio se convirtiera en una ocupación permanente.
Gran Bretaña y Francia, por su parte, querían un acuerdo más flexible que no los obligara automáticamente a la guerra y que no otorgara a la URSS una esfera de influencia sobre Europa del Este. Londres, en particular, se resistía a conceder a Stalin lo que en la práctica sería un veto sobre la política de seguridad de los estados bálticos, Polonia y Rumania.
La lentitud de las negociaciones exasperó a Moscú. Mientras Chamberlain había volado personalmente a Múnich para negociar con Hitler, las conversaciones con la URSS fueron confiadas a diplomáticos de segundo nivel. Stalin interpretó esta diferencia de trato como prueba de que los occidentales no tomaban la alianza en serio.
La misión militar de agosto
En un intento tardío de salvar las negociaciones, Gran Bretaña y Francia enviaron misiones militares a Moscú en agosto de 1939. Sin embargo, las delegaciones viajaron en barco mercante en lugar de en avión, tardando cinco días en llegar, una demora que envió un mensaje de falta de urgencia que no pasó desapercibido en el Kremlin.
Las conversaciones militares se celebraron entre el 12 y el 21 de agosto en un clima de frustración creciente. El mariscal Kliment Voroshílov, jefe de la delegación soviética, planteó la cuestión central desde el primer día: ¿permitiría Polonia el paso del Ejército Rojo por su territorio en caso de guerra con Alemania?
La respuesta polaca fue un rotundo no. Varsovia, que temía tanto a la URSS como a Alemania, se negó a autorizar el tránsito de tropas soviéticas. Sin esta autorización, cualquier alianza militar era militarmente inviable: la URSS no podía combatir a Alemania si no podía alcanzar el territorio alemán.
Las delegaciones occidentales carecían de mandato para forzar a Polonia a aceptar el tránsito soviético, y las negociaciones se estancaron. El 21 de agosto, Voroshílov suspendió las conversaciones. Al día siguiente, el mundo supo que Ribbentrop volaba a Moscú para firmar un pacto de no agresión con la URSS.
El golpe de Ribbentrop
Mientras las democracias occidentales negociaban con lentitud burocrática, la Alemania nazi actuó con la rapidez que la caracterizaba. Hitler, que necesitaba neutralizar a la URSS antes de atacar Polonia, autorizó a Ribbentrop a ofrecer a Stalin lo que los occidentales no podían: una esfera de influencia sobre Europa del Este, un reparto de Polonia y garantías de no agresión.
El Pacto Molotov-Ribbentrop, firmado el 23 de agosto de 1939, fue un golpe diplomático que transformó el panorama estratégico europeo de la noche a la mañana. Stalin obtuvo lo que las negociaciones con Occidente le habían negado: tiempo para prepararse, territorio como colchón defensivo y la certeza de que Alemania no atacaría al este mientras estuviera ocupada en el oeste.
Una semana después, el 1 de septiembre de 1939, Alemania invadió Polonia. La SGM había comenzado.
¿Qué habría pasado si la alianza hubiera tenido éxito?
El fracaso de las negociaciones anglo-franco-soviéticas es uno de los grandes "y si" de la historia. Si las tres potencias hubieran formado una alianza militar creíble, Hitler se habría enfrentado a la perspectiva de una guerra en dos frentes desde el primer día, un escenario que el alto mando alemán temía profundamente.
Muchos historiadores argumentan que una alianza tripartita habría disuadido a Hitler de atacar Polonia, ya que la superioridad combinada de fuerzas occidentales y soviéticas habría hecho la guerra inviable. Otros señalan que Hitler estaba ideológicamente comprometido con la expansión hacia el este y habría atacado de todos modos, aunque con perspectivas de éxito mucho menores.
Lo que parece claro es que el fracaso de las negociaciones fue el resultado de errores y desconfianzas compartidos. Los occidentales subestimaron la urgencia de la situación y no estuvieron dispuestos a hacer las concesiones necesarias para una alianza con un régimen que despreciaban ideológicamente. Stalin, por su parte, eligió un pacto con el diablo que le proporcionó beneficios a corto plazo pero que casi destruyó a la URSS cuando Hitler lo rompió en junio de 1941.
El legado de un fracaso diplomático
El fracaso de las negociaciones de 1939 es una lección permanente sobre los límites de la diplomacia cuando la desconfianza supera al interés común. Las tres potencias compartían un enemigo mortal en la Alemania nazi, pero fueron incapaces de superar sus diferencias ideológicas, territoriales y estratégicas para formar la alianza que podría haber evitado la guerra o, al menos, acortado significativamente su duración.
La ironía final es que lo que no se logró en 1939 se logró por la fuerza de los hechos en 1941, cuando la invasión alemana de la URSS creó la alianza entre las democracias occidentales y la Unión Soviética que las negociaciones diplomáticas habían fracasado en construir. La Gran Alianza que derrotó al nazismo nació no de la previsión sino de la necesidad, no de la diplomacia sino de la guerra.