La neutralidad de España en la Segunda Guerra Mundial

España no entró en la Segunda Guerra Mundial, pero a partir de este hecho indiscutible hay montones de interpretaciones e hipótesis polémicas sobre por qué no entró. Porque Franco no quiso, porque Hitler no quiso… Pero, ¿qué es exactamente lo que pasó? ¡Veámoslo a continuación!

Caminando sobre la cuerda floja de la neutralidad

España no entró en la Segunda Guerra Mundial. Su estatuto fue definido como no beligerante, es decir, mantuvo evidentes lazos de proximidad política con las potencias del Eje, pero no participó en la guerra. De hecho, los soldados españoles que combatieron en el frente ruso en la División Azul, no lo hicieron como ejército español, sino como voluntarios encuadrados en el ejército alemán.

Hay que decir que, a veces, se niega que España fuera neutral en la Segunda Guerra Mundial. Pero aquí se confunde neutralidad con equidistancia. España no fue equidistante, pero España sí fue neutral, de la misma manera que Estados Unidos fue neutral hasta el ataque de Pearl Harbor, aunque no equidistante.

¿Por qué España no se decidió a entrar en la Segunda Guerra Mundial al lado del Eje? ¿Fue esta una decisión tomada por el general Franco, aún a pesar de las numerosas presiones del Tercer Reich, como durante mucho tiempo afirmó la versión oficialista del régimen franquista? ¿Acaso la Alemania de Hitler no quería que España entrase en la guerra, si bien Franco sí quería entrar, como sostienen las voces contrarias al franquismo?

Lo cierto es que la realidad obedeció a otras razones. El tejido social español oponía, en primer lugar, ciertas resistencias. El nacionalcatolicismo colisionó con el Vaticano y ciertos prelados franquistas (Segura y Goma). En el generalato, salvo los escasos profalangistas (Muñoz Grandes, Yagüe, Moscardó), la mayoría se mostró neutralista, teniendo en común el anticomunismo y el recelo a la Falange. Entre los generales de mayor inteligencia y prestigio (Kindelán, Martínez Campos, Vigón, Jordana, Aranda), abundaron los monárquicos, las charlas conspiratorias y los contactos con las embajadas anglosajonas.

Tampoco podemos olvidar que la contienda fratricida entre españoles apenas finalizó en la primavera de 1939. Y, pocos meses después, en septiembre, estallaba la guerra mundial. La blitzkrieg alemana logró éxitos espectaculares. Y Franco, recién salido de una masacre nacional, adoptó una postura inicial de neutralidad escrupulosa. El Caudillo era de la opinión de que un continente europeo en ruinas no haría más que contribuir a la propagación del bolchevismo por toda Europa.

Sorprendentemente, el Tercer Reich arrasaba en el oeste europeo y Franco comienza a repensar su criterio. Apenas unos meses habían sido suficientes para que los ejércitos de Francia, Bélgica, Holanda, Noruega, Dinamarca e Inglaterra mordiesen el polvo bajo la bota alemana. Además, sin grandes destrozos a nivel de infraestructuras. ¿Iba la nueva España franquista a quedarse fuera de juego? ¿Es entonces cuando Francisco Franco se lanza a brazos del Führer para ofrecerle una alianza militar? Los indicios son afirmativos. En cualquier caso, Adolf Hitler creía que sin necesidad de España iba a machacar a Inglaterra, por lo que no mostró un interés excesivo en el cortejo español. Pero lo cierto es que el Imperio Británico no se iba a dejar vencer así como así, como demostró en la ya célebre batalla de Inglaterra.

Y entonces el Führer recurre a España para que le preste su ayuda a la hora de cerrar el mar Mediterráneo. Pero para Hitler ya era tarde, puesto que el Caudillo había cambiado de parecer. Ahora Inglaterra dominaba los mares y los tambores de guerra estadounidenses resonaban con fuerza. Alemania estaba cada vez más acorralada y Franco no parecía tener mucho que ganar. En este ambiente es donde se desarrolló la famosa entrevista de Adolf Hitler y Francisco Franco en Hendaya, en octubre de 1940, destinada a aclarar las condiciones de una eventual entrada de España en la Segunda Guerra Mundial. España lo tenía claro: se volvería beligerante a favor de Hitler únicamente si el Tercer Reich aseguraba una guerra corta y de costes contenidos. ¡Pero Alemania no podía garantizar algo así de ningún modo!

Franco pidió y pidió. Pidió tanto que para Hitler era imposible satisfacer sus exigencias. Y España, finalmente, se mantuvo al margen de las hostilidades. En definitiva, Franco parece que no tomó su decisión según sus inclinaciones ideológicas, sino en función del estricto interés objetivo del país. Y visto lo que pasó después, con el fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa, es evidente que Franco acertó.

Tres ministros de asuntos exteriores españoles durante la Segunda Guerra Mundial

Juan Beigbeder y Atienza (agosto 1939 – octubre 1940). Coronel de Estado Mayor, uno de los escasos mortales que tuteaba a Franco. Africanista muy culto y personaje enigmático. Durante la guerra civil, siendo teniente coronel, fue alto comisario en Marruecos, para él su segunda patria. Germanófilo al principio, ex agregado militar en Berlín, chocó con Serrano y evolucionó hacia los aliados. Pocos años antes de morir, en 1947, Franco le ascendió a general.

Ramón Serrano Súñer (octubre 1940 – septiembre 1942). Abogado del Estado, nacido en Gandesa, fue amigo íntimo de José Antonio y cuñado de Franco, Paco, para él hasta pasar a llamarle «mi querido general». Decapitada la Falange, actuó en nombre de ella y le sustituyó Arrese. Ministro de Gobernación, su amistad con Ciano y Mussolini y el trato con Hitler le abrieron paso a la cartera de Exteriores, sin ser designado sustituto en Gobernación. Acumuló todo el poder que Franco le permitió, decreciente desde que Alemania dejara de ganar batallas.

Francisco Gómez Jordana (septiembre 1942 – hasta su fallecimiento en 1944). Nacido en 1876, era teniente general en 1928. Vicepresidente único y ministro de Exteriores en el primer gobierno nombrado por Franco. El conde de Jordana se manifestó monárquico y a favor de la neutralidad.

Publicado en España

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