Entre 1940 y 1944, miles de personas cruzaron los Pirineos en condiciones extremas para escapar de la Europa ocupada por los nazis. Pilotos aliados derribados, judíos perseguidos, jóvenes que huían del trabajo forzoso y agentes de inteligencia utilizaron las rutas de montaña que conectaban Francia con España como última vía hacia la libertad. Detrás de estas fugas había una intrincada red de civiles, contrabandistas y miembros de la Resistencia que arriesgaban —y a menudo perdían— sus vidas para guiar a los fugitivos a través de uno de los paisajes más inhóspitos de Europa.

El contexto: la Europa ocupada y la necesidad de escapar
Tras la caída de Francia en junio de 1940, la Europa continental quedó bajo el dominio directo o indirecto del Eje. Para quienes necesitaban escapar —prisioneros de guerra evadidos, aviadores derribados sobre territorio enemigo, judíos amenazados de deportación, resistentes buscados por la Gestapo—, las opciones eran escasas. Las fronteras estaban vigiladas, los documentos controlados y la delación era una amenaza constante.
España, pese a la simpatía del régimen de Franco hacia el Eje, se mantenía oficialmente no beligerante. Cruzar la frontera española significaba salir del alcance directo de la Gestapo y las fuerzas de ocupación alemanas. Desde España, los fugitivos podían alcanzar Portugal y embarcar hacia Gran Bretaña, o llegar a Gibraltar y ser repatriados por vía marítima o aérea.
El problema era llegar a España. Los Pirineos, con sus cumbres que superan los 3.000 metros, sus pasos de montaña a más de 2.000 metros de altitud y sus condiciones meteorológicas imprevisibles, constituían una barrera natural formidable. Cruzarlos sin guía, sin equipo adecuado y con patrullas alemanas y francesas vigilando los accesos era prácticamente un suicidio.
Las principales redes de evasión
Varias organizaciones clandestinas se especializaron en organizar las fugas a través de los Pirineos. Las más importantes fueron la Red Comète y la Red Pat O'Leary, aunque existieron muchas otras de menor tamaño.
La Red Comète fue fundada en 1941 por Andrée de Jongh, una joven enfermera belga de apenas 24 años conocida como «Dédée». La red operaba una ruta que iba desde Bruselas hasta Bilbao, pasando por París y los Pirineos occidentales. De Jongh guió personalmente a docenas de aviadores a través de las montañas, cruzando ríos helados y caminando durante horas por senderos de cabras en la oscuridad. La Red Comète logró evacuar a más de 800 aviadores aliados a lo largo de la guerra.
La Red Pat O'Leary, dirigida por el médico belga Albert-Marie Guérisse bajo el alias de Patrick O'Leary, operaba desde el sur de Francia. Su ruta principal cruzaba los Pirineos orientales, desde la región del Rosellón hacia Cataluña. Esta red consiguió evacuar a unos 600 fugitivos antes de ser desmantelada por la Gestapo en 1943 tras la traición de un agente doble.
Otras redes menores operaban en distintos sectores de la cordillera. Algunas estaban vinculadas al MI9 británico, el servicio especializado en evasión y escape; otras eran iniciativas locales de contrabandistas vascos, navarros o catalanes que conocían los pasos de montaña desde generaciones atrás.
Los guías de montaña: passeurs y contrabandistas
El elemento humano clave de las redes de evasión eran los guías de montaña, conocidos como passeurs en francés. Muchos de ellos eran contrabandistas profesionales que llevaban décadas cruzando la frontera con mercancías ilegales —tabaco, alcohol, tejidos— y conocían cada rincón de la montaña. La guerra les ofreció una nueva carga: personas.
Florentino Goikoetxea, un contrabandista vasco, fue quizá el más célebre de estos guías. Trabajando para la Red Comète, cruzó los Pirineos más de 200 veces, guiando a cientos de fugitivos por rutas que solo él conocía. Hombre de una resistencia física extraordinaria, Goikoetxea caminaba durante horas cargando a los fugitivos que desfallecían, cruzaba ríos crecidos en plena noche y burlaba las patrullas fronterizas con una habilidad nacida de años de contrabando.
Otros guías eran pastores, leñadores o simplemente habitantes de los valles pirenaicos que decidieron arriesgar sus vidas por solidaridad o por convicción. Algunos lo hacían por dinero —los servicios de inteligencia aliados pagaban por cada fugitivo entregado sano y salvo—, pero muchos actuaban por motivaciones puramente humanitarias.
Los guías se enfrentaban a riesgos enormes. Si eran capturados por los alemanes, la tortura y la deportación a un campo de concentración eran casi seguras. Varios passeurs fueron ejecutados sumariamente al ser descubiertos. La montaña misma era un enemigo implacable: las avalanchas, las tormentas de nieve, los precipicios y el frío extremo cobraron un tributo considerable entre guías y fugitivos.
La travesía: una prueba de supervivencia
Cruzar los Pirineos era una experiencia que los supervivientes nunca olvidaban. Las marchas se realizaban casi siempre de noche para evitar ser detectados. Los grupos, que podían incluir entre tres y quince personas, partían al anochecer desde alguna aldea o caserío del lado francés y caminaban durante ocho a doce horas por senderos escarpados y a menudo cubiertos de nieve.
Los aviadores aliados, jóvenes en buena forma física pero sin experiencia de montaña, sufrían especialmente. Muchos llevaban calzado inadecuado y ropa insuficiente para las temperaturas que podían descender hasta los veinte grados bajo cero en invierno. Las ampollas, la congelación parcial de extremidades y el agotamiento eran habituales.
Los fugitivos judíos, que incluían familias enteras con niños y ancianos, afrontaban la travesía en condiciones aún más precarias. Algunos llevaban semanas o meses escondidos, debilitados por la mala alimentación y el estrés. Para ellos, la marcha a través de los Pirineos era una prueba de resistencia al límite de lo humanamente soportable.
Uno de los obstáculos más temidos era el cruce del río Bidasoa, en la ruta occidental. El río, que marca parte de la frontera hispano-francesa, debía ser vadeado en la oscuridad, a menudo con el agua helada hasta la cintura. Varios fugitivos murieron ahogados al ser arrastrados por la corriente.
La llegada a España: no siempre la libertad
Llegar a España no significaba automáticamente estar a salvo. Las autoridades franquistas, aunque toleraban discretamente el paso de fugitivos, también podían detenerlos. Los aviadores aliados capturados por la Guardia Civil eran internados en campos de concentración improvisados, como el de Miranda de Ebro en Burgos, donde las condiciones eran duras aunque no comparables a los campos nazis.
Los republicanos españoles que intentaban regresar a España corrían un peligro especial, pues podían ser encarcelados o ejecutados por el régimen franquista. Para ellos, España no era un refugio sino otro territorio hostil que debían atravesar lo más rápidamente posible hacia Portugal o Gibraltar.
La presión diplomática británica y estadounidense conseguía generalmente la liberación de los aviadores aliados tras semanas o meses de internamiento. La embajada británica en Madrid mantenía un equipo dedicado a gestionar la repatriación de los evadidos, que eran trasladados a Gibraltar y de allí devueltos a sus unidades en Gran Bretaña.
Las cifras y el coste humano
Las estimaciones del número total de personas que cruzaron los Pirineos durante la guerra varían considerablemente. Las cifras más aceptadas hablan de entre 30.000 y 80.000 personas, incluyendo aviadores aliados, judíos, resistentes, prisioneros evadidos y jóvenes que huían del Servicio de Trabajo Obligatorio impuesto por los alemanes.
De estos, varios miles murieron en el intento. Algunos perecieron de frío o agotamiento en la montaña, otros fueron abatidos por las patrullas fronterizas, y muchos más fueron capturados y deportados a campos de concentración. Entre los guías y organizadores de las redes, las bajas fueron proporcionalmente aún mayores. La Red Comète perdió a más de 150 de sus miembros, ejecutados o deportados.
Andrée de Jongh fue capturada en enero de 1943 y deportada al campo de concentración de Ravensbrück, donde sobrevivió milagrosamente hasta la liberación. Florentino Goikoetxea fue herido en una de sus travesías pero continuó guiando fugitivos hasta el final de la guerra. Muchos otros no tuvieron tanta suerte.
El papel de la Resistencia francesa
Las redes de evasión no podían funcionar sin una extensa infraestructura de apoyo en territorio francés. Antes de llegar a los Pirineos, los fugitivos debían ser acogidos, alimentados, provistos de documentación falsa y transportados a través de cientos de kilómetros de territorio ocupado o controlado por Vichy.
Familias enteras participaban en esta cadena: alojaban a desconocidos en sus hogares, los escondían en graneros y sótanos, los trasladaban en carros de heno o trenes, y les proporcionaban ropa y alimentos. Cada eslabón de la cadena era un punto vulnerable: bastaba que un miembro fuese delatado para que toda la red se desmoronase.
Las mujeres desempeñaron un papel especialmente destacado en las redes de evasión. Como correos, como responsables de pisos francos y como acompañantes de los fugitivos en los trenes, su presencia resultaba menos sospechosa que la de los hombres en edad militar y les permitía moverse con mayor facilidad.
Un legado de solidaridad
Las redes de evasión del Pirineo constituyen uno de los capítulos más conmovedores de la SGM. En una época de barbarie generalizada, miles de personas anónimas —campesinos, contrabandistas, amas de casa, sacerdotes— decidieron arriesgar sus vidas para salvar a desconocidos. No les movía la estrategia militar ni el cálculo político, sino un impulso de humanidad elemental.
Hoy, numerosos senderos de montaña en ambas vertientes del Pirineo están señalizados como rutas históricas de evasión, y varios memoriales recuerdan a los guías y fugitivos que los recorrieron. La historia de los passeurs pirenaicos es un recordatorio de que, incluso en los momentos más oscuros, siempre hubo personas dispuestas a tender la mano a quienes lo necesitaban.