La posición de España durante la SGM es una de las cuestiones más debatidas por los historiadores. Oficialmente neutral —primero «neutral» y luego «no beligerante»—, la España de Franco mantuvo un equilibrio precario entre las potencias del Eje y los Aliados durante seis años de guerra mundial. La habilidad de Franco para navegar entre ambos bandos, sus coqueteos con Hitler, sus concesiones a los británicos y su capacidad para cambiar de bando justo a tiempo conforman una historia de oportunismo diplomático que determinó el destino de España durante décadas.

Los orígenes de la ambigüedad
Cuando la SGM estalló en septiembre de 1939, España acababa de salir de una guerra civil devastadora que había dejado al país exhausto. Franco debía a Alemania e Italia una deuda moral y material considerable: ambas potencias habían proporcionado armas, tropas y apoyo logístico decisivo para su victoria sobre la República. La Legión Cóndor alemana y el Corpo Truppe Volontarie italiano habían combatido en suelo español, y Franco era consciente de que su régimen existía en buena medida gracias a la ayuda del Eje.
Sin embargo, España estaba en ruinas. La economía estaba destrozada, la producción agrícola e industrial era una fracción de los niveles anteriores a la guerra, y la población sufría hambre y escasez generalizadas. Entrar en una nueva guerra habría sido catastrófico para un país que apenas podía alimentar a su población. Franco lo sabía, y esta realidad material fue el principal freno a sus impulsos ideológicos.
En septiembre de 1939, España se declaró oficialmente neutral. Pero la neutralidad de Franco no era la de Suiza o Suecia: era una neutralidad con matices, cargada de simpatías ideológicas hacia el Eje y sujeta a las presiones cambiantes de la guerra.
La tentación del Eje (1940-1941)
El momento de mayor peligro para la neutralidad española coincidió con el apogeo militar de Alemania. Tras la fulminante derrota de Francia en junio de 1940, Hitler parecía invencible. Franco, deslumbrado por las victorias alemanas, cambió el estatus de España de «neutral» a «no beligerante» —una distinción sutil que indicaba simpatía activa hacia el Eje sin llegar a la participación militar formal.
En estos meses, Franco exploró seriamente la posibilidad de entrar en la guerra. Sus ambiciones territoriales incluían Gibraltar, el Marruecos francés, Orán y una ampliación de la Guinea Española. En junio de 1940, España ocupó la zona internacional de Tánger, un gesto que parecía anticipar una intervención mayor.
La entrevista de Hendaya en octubre de 1940 fue el momento culminante de las negociaciones entre Franco y Hitler. El dictador español presentó una larga lista de exigencias como condición para entrar en la guerra: suministros masivos de alimentos, armamento y combustible, además de las concesiones territoriales en África. Hitler, que necesitaba la cooperación española para ejecutar la Operación Félix contra Gibraltar , encontró las demandas excesivas.
El fracaso de Hendaya no cerró completamente la puerta. Durante los meses siguientes, las negociaciones continuaron a través de canales diplomáticos y militares. Pero cada vez que se fijaba una fecha para la entrada española en la guerra, Franco encontraba nuevas razones para posponerla. Sus generales le advertían de que el ejército español no estaba en condiciones de combatir, y los informes económicos confirmaban que el país no podría sostener un esfuerzo bélico.
La División Azul: beligerancia selectiva
La solución de compromiso que encontró Franco fue la División Azul . En junio de 1941, cuando Alemania invadió la Unión Soviética, Franco autorizó el envío de una división de voluntarios para combatir junto a la Wehrmacht en el frente oriental. La División Azul, oficialmente la 250.ª División de Infantería de la Wehrmacht, estaba compuesta por unos 18.000 soldados españoles, una mezcla de falangistas entusiastas y militares profesionales.
Para Franco, la División Azul cumplía varias funciones simultáneas. Satisfacía parcialmente la deuda con Alemania sin comprometer a España en la guerra total. Canalizaba las energías de los falangistas más radicales, que presionaban para una intervención plena. Y permitía presentar la participación como una cruzada anticomunista, no como una alianza con el Eje, una distinción que Franco consideraba importante para sus relaciones con los Aliados.
La División Azul combatió en el frente de Leningrado entre 1941 y 1943, sufriendo más de 20.000 bajas entre muertos, heridos y desaparecidos. Su retirada en octubre de 1943, bajo presión aliada, marcó el comienzo del distanciamiento formal de España respecto al Eje.
Los sobornos británicos y la presión aliada
Mientras Franco coqueteaba con el Eje, Gran Bretaña trabajaba activamente para mantener a España fuera de la guerra. La estrategia británica combinaba la diplomacia convencional con métodos menos ortodoxos, incluyendo los sobornos directos a generales y funcionarios del régimen .
La Operación Doña María, como se conocía el programa de sobornos, canalizó millones de libras hacia figuras clave del entorno de Franco. Generales como Antonio Aranda, Alfredo Kindelán y otros recibieron pagos regulares a cambio de ejercer su influencia contra la entrada de España en la guerra. El propio embajador británico, Sir Samuel Hoare, coordinaba estas operaciones desde la embajada de Madrid.
Paralelamente, los Aliados ejercían presión económica. España dependía del petróleo importado —principalmente de Estados Unidos y Venezuela— y de las importaciones de alimentos para paliar la grave escasez de posguerra. Los Aliados utilizaron estos suministros como palanca, amenazando con cortarlos si España se acercaba demasiado al Eje. La guerra del wolframio fue otro frente de esta batalla económica.
El viraje hacia los Aliados (1943-1945)
A partir de 1943, cuando la marea de la guerra empezó a cambiar claramente a favor de los Aliados, Franco comenzó a recalibrar su posición. Las derrotas alemanas en Stalingrado y el norte de África, la caída de Mussolini en Italia y la creciente superioridad aliada hicieron evidente que el Eje perdería la guerra.
Franco, con su instinto de supervivencia política, inició un giro gradual pero inequívoco. En octubre de 1943 devolvió el estatus de España a «neutral», abandonando la «no beligerancia» que había adoptado en 1940. Retiró la División Azul del frente oriental, pese a las protestas alemanas. Redujo progresivamente las exportaciones de wolframio y otros materiales estratégicos a Alemania.
En 1944, el viraje se aceleró. España cerró el consulado alemán en Tánger, que operaba como centro de espionaje del Eje. Aceptó las demandas aliadas de limitar las exportaciones de wolframio. Permitió que los aviadores aliados que aterrizaban en territorio español fuesen repatriados con mayor facilidad. Y comenzó a facilitar discretamente la huida de refugiados judíos a través de la Península Ibérica.
En los últimos meses de la guerra, Franco intentó presentarse como un anticomunista que siempre había simpatizado con los valores occidentales. La propaganda franquista reescribió la historia de la neutralidad española, minimizando los coqueteos con el Eje y enfatizando los gestos hacia los Aliados.
El papel de Serrano Suñer
La evolución de la política exterior española durante la guerra no puede entenderse sin la figura de Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco y ministro de Asuntos Exteriores entre 1940 y 1942. Serrano Suñer era un germanófilo convencido que presionaba activamente por la entrada de España en la guerra del lado del Eje.
Conocido como el «cuñadísimo», Serrano Suñer visitó Berlín y Roma, cultivó relaciones con los líderes del Eje y promovió una política exterior alineada con Alemania e Italia. Su influencia fue determinante en la adopción del estatus de «no beligerancia» y en el envío de la División Azul.
La destitución de Serrano Suñer en septiembre de 1942, sustituido por el más pragmático conde de Jordana, fue una señal clara del cambio de rumbo. Franco sacrificaba a su cuñado para señalar a los Aliados que España estaba dispuesta a moderar su posición. Jordana, y después José Félix de Lequerica, condujeron la política exterior española hacia una neutralidad más equilibrada y, finalmente, hacia una inclinación pro-aliada.
¿Neutralidad genuina u oportunismo?
El debate sobre la naturaleza de la neutralidad española sigue abierto. Para algunos historiadores, Franco fue un oportunista que habría entrado en la guerra del lado del Eje si las condiciones hubieran sido favorables, y que solo se mantuvo al margen porque España era demasiado débil para combatir. La lista de demandas presentada en Hendaya, según esta interpretación, no era un rechazo a la guerra sino un intento de negociar el mejor precio posible.
Para otros, Franco fue un calculador frío que nunca tuvo intención real de entrar en la guerra, y que utilizó las negociaciones con Hitler como moneda de cambio para obtener concesiones de ambos bandos. Las demandas imposibles de Hendaya habrían sido, según esta lectura, una estrategia deliberada para rechazar la propuesta de Hitler sin ofenderle abiertamente.
La realidad probablemente se sitúa entre ambas posiciones. Franco era ideológicamente afín al Eje pero pragmáticamente consciente de las limitaciones de España. Su neutralidad fue el resultado de un cálculo donde las simpatías ideológicas se vieron contrarrestadas por la debilidad militar y económica, la presión aliada y un instinto de conservación política que le aconsejaba no apostar todo a una sola carta.
Las consecuencias de la neutralidad
La neutralidad permitió a Franco sobrevivir políticamente a la guerra, pero no le ahorró las consecuencias. Tras la victoria aliada, España fue sometida a un aislamiento internacional. La ONU condenó al régimen franquista en 1946, los embajadores fueron retirados de Madrid y España quedó excluida del Plan Marshall y de los organismos internacionales de posguerra.
Sin embargo, el estallido de la Guerra Fría rescató a Franco del ostracismo. Su anticomunismo, que durante la guerra mundial había sido un inconveniente diplomático, se convirtió en un activo estratégico en el nuevo orden bipolar. En 1953, España firmó los Pactos de Madrid con Estados Unidos, que proporcionaron ayuda económica y militar a cambio de bases militares en territorio español.
La neutralidad de la SGM fue, en definitiva, la jugada maestra de Franco. Le permitió sobrevivir al conflicto más destructivo de la historia sin comprometer la existencia de su régimen, y sentar las bases para su permanencia en el poder durante tres décadas más. Fue una neutralidad calculada, interesada y moralmente cuestionable, pero indiscutiblemente efectiva desde el punto de vista de la supervivencia política del franquismo.