El 23 de octubre de 1940, Adolf Hitler y Francisco Franco se reunieron en la estación de tren de Hendaya, en la frontera franco-española, en uno de los encuentros diplomáticos más decisivos y peculiares de la Segunda Guerra Mundial. Hitler buscaba incorporar a España a la guerra del lado del Eje, pero Franco, con una mezcla de astucia campesina y exigencias desmesuradas, logró evadir cualquier compromiso concreto. La reunión, que se prolongó durante nueve horas, terminó sin acuerdo y dejó a Hitler tan frustrado que supuestamente declaró que preferiría sacarse tres o cuatro muelas antes que volver a reunirse con el dictador español.

Ilustración conmemorativa de la entrevista de Hendaya entre Hitler y Franco en 1940
Ilustración española de la época conmemorando el encuentro entre Hitler y Franco en Hendaya, octubre de 1940. Dominio público · Public domain

El contexto: por qué Hitler necesitaba a España

En octubre de 1940, Alemania dominaba Europa continental. Francia había caído, Gran Bretaña resistía sola y Hitler buscaba cerrar el Mediterráneo occidental al imperio británico. España era la pieza clave: si Franco entraba en la guerra, Gibraltar podía ser tomado, cerrando el acceso británico al Mediterráneo y al canal de Suez, lo que habría sido un golpe estratégico potencialmente decisivo.

Franco debía a Hitler una deuda enorme. La Legión Cóndor alemana y las tropas italianas habían sido decisivas en la victoria franquista en la Guerra Civil. Pero una cosa era la gratitud y otra arrastrar a una España devastada a una guerra mundial.

Nueve horas de evasivas

Franco llegó deliberadamente tarde a la reunión — ocho minutos, según las fuentes — un gesto que irritó al puntualísimo Hitler. Lo que siguió fue un ejercicio de diplomacia evasiva que desconcertó al Führer, acostumbrado a intimidar a sus interlocutores.

Franco habló durante horas. Habló de la grandeza de España, de la amenaza comunista, de las dificultades económicas de su país, del hambre que padecía la población. Cada vez que Hitler intentaba abordar las condiciones concretas de la entrada española en la guerra, Franco cambiaba de tema o planteaba nuevas exigencias.

Las demandas españolas eran deliberadamente inaceptables: Franco exigía el Marruecos francés, el Oranesado argelino, la ampliación del Sahara español y del territorio de Guinea, además de enormes cantidades de trigo, combustible, armamento y equipamiento militar. Hitler no podía conceder estos territorios sin alienar a la Francia de Vichy, cuya colaboración era más valiosa que la beligerancia española.

La decisión que cambió la guerra

Franco calculó correctamente que entrar en la guerra sería catastrófico para España. El país estaba arruinado tras tres años de guerra civil, la población sufría hambre y racionamiento, las fuerzas armadas estaban mal equipadas y la economía dependía de las importaciones de petróleo y alimentos que los aliados podían bloquear con facilidad.

Además, Franco no estaba tan seguro como Hitler de que Alemania ganaría la guerra. Gran Bretaña seguía resistiendo, Estados Unidos se armaba a un ritmo acelerado y la URSS era una incógnita amenazante al este. El Caudillo, superviviente político nato, prefería apostar por la ambigüedad.

Las consecuencias

Hendaya mantuvo a España fuera de la guerra, una decisión que benefició tanto a España como a los aliados. Gibraltar permaneció británico, el Mediterráneo occidental siguió abierto y los aliados pudieron lanzar la invasión del norte de África en 1942 sin la complicación de una España beligerante en su flanco.

Para Hitler, Hendaya fue una de las frustraciones diplomáticas más irritantes de la guerra. El fracaso en incorporar a España al Eje obligó a Alemania a mantener una frontera abierta en los Pirineos por la que, a medida que la guerra avanzaba, fluirían redes de evasión que ayudarían a pilotos aliados y refugiados a escapar de la Europa ocupada.

La visita de Himmler a España apenas días antes había sentado las bases de una cooperación policial, pero no logró el compromiso militar que Hitler buscaba. Hendaya confirmó que Franco estaba dispuesto a colaborar con el Eje, pero solo hasta el punto en que esa colaboración no pusiera en riesgo su propia supervivencia política.