La relación entre la España de Franco y el destino de los judíos europeos durante el Holocausto es uno de los temas más debatidos y distorsionados de la historia española contemporánea. Durante décadas, el régimen franquista cultivó la imagen de una España que había salvado a miles de judíos del exterminio nazi, presentando a Franco como un protector benévolo. La realidad fue mucho más compleja y considerablemente menos heroica: la actitud de España osciló entre la indiferencia burocrática, el cálculo político y la acción individual de diplomáticos que actuaron, en muchos casos, más allá o incluso en contra de las instrucciones de Madrid.

Retrato del diplomático español Ángel Sanz Briz en 1969
Ángel Sanz Briz, el diplomático español que salvó a miles de judíos húngaros en Budapest en 1944, fotografiado en 1969 Rob Mieremet / Nationaal Archief · CC BY-SA 3.0 nl

Los judíos sefardíes y España

Para entender la actitud española hacia los judíos durante la SGM es necesario remontarse siglos atrás. En 1492, los Reyes Católicos expulsaron a los judíos de España. Los sefardíes —judíos de la Península Ibérica— se dispersaron por el Mediterráneo oriental, el norte de África y los Balcanes, manteniendo durante siglos el ladino (judeoespañol), sus tradiciones y un vínculo emocional con la tierra que los había expulsado.

En 1924, el dictador Miguel Primo de Rivera promulgó un decreto que ofrecía la nacionalidad española a los sefardíes descendientes de los judíos expulsados en 1492. El decreto tenía una fecha límite para registrarse, y solo unos pocos miles lo hicieron, pero estableció un precedente legal que resultaría relevante durante el Holocausto: existía un grupo de judíos que podía reclamar, al menos teóricamente, la protección consular de España.

La España de Franco y el antisemitismo

El régimen de Franco mantenía una relación ambigua con el antisemitismo. La retórica oficial del franquismo utilizaba con frecuencia la idea de una conspiración judeo-masónica-comunista como explicación de los males de España, un discurso que Franco repitió durante toda su vida. El propio dictador publicó artículos bajo seudónimo en los que desarrollaba teorías conspirativas antisemitas.

Sin embargo, el antisemitismo franquista era más retórico que práctico. España no tenía una comunidad judía significativa (apenas unos pocos miles de personas), no existía legislación antijudía comparable a las leyes de Núremberg y el régimen no mostró interés en perseguir activamente a los judíos que vivían en territorio español. El antisemitismo era una herramienta discursiva, no un programa político.

Esta ambigüedad —antisemitismo verbal combinado con inacción práctica— definió la actitud española durante el Holocausto.

La cuestión de los sefardíes con nacionalidad española

Cuando la maquinaria del Holocausto comenzó a funcionar a pleno rendimiento, algunos judíos sefardíes de los Balcanes y de otros países ocupados intentaron invocar su derecho a la protección española basándose en el decreto de 1924. Las embajadas y consulados españoles recibieron peticiones de ayuda de judíos que poseían o reclamaban la nacionalidad española.

La respuesta de Madrid fue inconsistente, lenta y frecuentemente evasiva. El Ministerio de Asuntos Exteriores no adoptó una política clara sobre si debía proteger a estos judíos. Algunos diplomáticos recibieron instrucciones contradictorias: se les indicaba que protegieran a los nacionales españoles, pero al mismo tiempo se les disuadía de facilitar su traslado a España.

El caso de Grecia

El caso más estudiado es el de los sefardíes de Salónica, donde existía una de las comunidades judías sefardíes más importantes del mundo. Antes de la guerra, entre 50.000 y 60.000 judíos vivían en Salónica, muchos de ellos hablantes de ladino y con vínculos históricos con España. Cuando Alemania ocupó Grecia en 1943 y comenzó las deportaciones hacia Auschwitz , algunos sefardíes solicitaron la protección del consulado español.

El cónsul español en Atenas, Sebastián de Romero Radigales, intervino para proteger a un grupo de sefardíes con documentación española. Tras meses de negociaciones burocráticas con las autoridades alemanas, 367 judíos sefardíes fueron trasladados al campo de Bergen-Belsen en agosto de 1943 como protegidos españoles, en lugar de ser deportados directamente a Auschwitz. Después de meses de cautiverio en Bergen-Belsen, fueron finalmente trasladados a España en febrero de 1944.

Esta operación salvó vidas, pero su escala fue minúscula en comparación con la magnitud de la tragedia: de los 50.000 judíos de Salónica, más de 45.000 fueron asesinados en Auschwitz. España protegió a menos del 1% de la comunidad.

Las cifras del debate

¿Cuántos judíos salvó España? Las estimaciones varían enormemente según la fuente y los criterios utilizados. El régimen franquista afirmó durante la posguerra que España había salvado a decenas de miles de judíos, cifra que los historiadores han reducido drásticamente.

Las investigaciones más rigurosas sugieren que España facilitó directamente la supervivencia de entre 800 y 4.000 judíos sefardíes con algún tipo de vínculo con la nacionalidad española. A estas cifras hay que añadir un número difícil de determinar de judíos que cruzaron España en tránsito hacia Portugal y desde allí hacia América o Palestina, aprovechando que España no los devolvía sistemáticamente a Francia (aunque tampoco los acogía formalmente).

Ángel Sanz Briz: el ángel de Budapest

El episodio más notable de la actuación española en relación con el Holocausto es la labor de Ángel Sanz Briz, encargado de negocios de España en Budapest durante 1944.

Cuando Alemania ocupó Hungría en marzo de 1944 y comenzó la deportación masiva de los judíos húngaros hacia Auschwitz, Sanz Briz emprendió una operación de rescate que excedió ampliamente sus instrucciones oficiales. Utilizando la cobertura legal de la protección a los sefardíes, Sanz Briz extendió pasaportes y cartas de protección españoles a miles de judíos húngaros que no tenían ningún vínculo real con España.

Sanz Briz alquiló edificios en Budapest y los declaró anexos de la legación española, confiriéndoles inmunidad diplomática. En estos refugios se escondieron centenares de judíos húngaros mientras las deportaciones se aceleraban. El diplomático español trabajó en paralelo con otros rescatadores como Raoul Wallenberg (Suecia), Carl Lutz (Suiza) y Giorgio Perlasca (Italia), que realizaban operaciones similares desde sus respectivas representaciones diplomáticas.

Se estima que Sanz Briz contribuyó a salvar la vida de entre 3.000 y 5.200 judíos húngaros. Cuando fue transferido de Budapest en diciembre de 1944, Giorgio Perlasca —un ciudadano italiano que se hizo pasar por diplomático español— continuó la operación de rescate hasta la liberación de la ciudad por el Ejército Rojo en enero de 1945.

El reconocimiento

Sanz Briz fue reconocido como Justo entre las Naciones por el memorial de Yad Vashem en Israel en 1966. Sin embargo, su historia fue durante décadas poco conocida en España. No fue hasta finales del siglo XX cuando su labor comenzó a recibir la atención que merecía.

Los judíos en tránsito por España

Además de la protección directa a sefardíes y la labor de diplomáticos individuales, España desempeñó un papel como ruta de escape para judíos que huían de la Europa ocupada. Miles de refugiados, incluidos judíos, cruzaron los Pirineos desde la Francia ocupada o desde la Francia de Vichy hacia España, con la esperanza de alcanzar Portugal y desde allí embarcar hacia América o Palestina.

La política española respecto a estos refugiados fue errática. En principio, España no admitía refugiados sin visado y devolvía a Francia a quienes eran interceptados en la frontera. En la práctica, muchos lograron cruzar con la ayuda de pasadores y redes de evasión, y una vez en territorio español, las autoridades tendían a internarlos temporalmente antes de permitirles continuar hacia Portugal.

El gobierno español no facilitó activamente estas rutas de escape, pero tampoco las cerró herméticamente. La frontera pirenaica fue permeable, en parte por la dificultad de vigilar cientos de kilómetros de montaña y en parte porque las autoridades locales aplicaban las instrucciones de Madrid con grados variables de celo. Es imposible determinar cuántos judíos cruzaron España en tránsito durante la guerra, pero las estimaciones oscilan entre 20.000 y 35.000 personas.

La propaganda franquista de posguerra

Después de la guerra, el régimen de Franco utilizó la cuestión judía como herramienta diplomática. Con España aislada internacionalmente por su alineamiento con el Eje, Franco necesitaba mejorar su imagen, y la narrativa de haber salvado a judíos del Holocausto era un activo valioso.

El régimen promovió activamente la idea de que España había protegido a decenas de miles de judíos, exagerando sistemáticamente las cifras y presentando decisiones individuales de diplomáticos como política oficial del Estado. La realidad era que Madrid no había tenido una política coherente de protección y que los diplomáticos que más habían hecho —como Sanz Briz— habían actuado frecuentemente por iniciativa propia.

Esta instrumentalización de la ayuda a los judíos por parte de un régimen que simultáneamente mantenía un discurso antisemita oficial ilustra la capacidad del franquismo para adaptar su narrativa a las necesidades del momento.

El debate historiográfico

La cuestión de Franco y los judíos ha generado un debate historiográfico intenso que se polariza entre dos posiciones.

Los defensores de la actuación española argumentan que España, pese a sus limitaciones, fue uno de los pocos países que ofreció algún grado de protección a los judíos perseguidos; que las rutas de escape a través de España salvaron miles de vidas; y que diplomáticos como Sanz Briz actuaron con un heroísmo que merece reconocimiento.

Los críticos señalan que la protección fue mínima en relación con la magnitud del Holocausto; que España actuó por cálculo político, no por humanitarismo; que el régimen rechazó explícitamente propuestas de acogida masiva de refugiados; y que la propaganda posterior distorsionó los hechos para lavar la imagen de una dictadura que había sido aliada de Hitler .

La verdad, como suele ocurrir, se encuentra en algún punto intermedio. España no fue ni el refugio generoso que la propaganda franquista pretendió ni el cómplice activo del Holocausto que algunos críticos sugieren. Fue un país gobernado por un dictador calculador que actuó según su conveniencia, rodeado de un cuerpo diplomático donde algunos individuos excepcionales hicieron lo correcto a título personal, a menudo sin apoyo ni instrucciones de su gobierno.

Legado

La historia de Franco, los judíos y el Holocausto sigue siendo relevante porque ilustra cómo los estados y los individuos responden ante el genocidio. La lección más importante quizá no es lo que hizo el régimen franquista —que actuó movido por el interés propio—, sino lo que hicieron hombres como Sanz Briz, que eligieron actuar cuando no hacerlo habría sido más fácil y más seguro.

En 2015, España aprobó una ley que ofrecía la nacionalidad española a los descendientes de los sefardíes expulsados en 1492, cerrando simbólicamente un ciclo de más de cinco siglos. La ley fue presentada como un acto de reparación histórica, aunque los críticos señalaron que los requisitos burocráticos eran tan exigentes que limitaban severamente su alcance real.

La relación entre España y los judíos durante la SGM no se presta a narrativas simples. Es una historia de cálculos políticos, de oportunidades perdidas, de cobardía institucional y de coraje individual. Y es, sobre todo, un recordatorio de que en los momentos más oscuros de la historia, la diferencia entre la inacción y la acción de unos pocos puede significar la vida o la muerte de miles de personas.