Durante la SGM, España se convirtió en uno de los mayores centros de espionaje del mundo. La neutralidad oficial del régimen de Franco creó un escenario único donde agentes de todas las potencias beligerantes operaban en relativa libertad, espiándose mutuamente en los hoteles de Madrid, los cafés de Barcelona y los puertos del Mediterráneo. La capital española fue, junto con Lisboa, Estambul y Estocolmo, uno de los grandes «nidos de espías» de la contienda, un lugar donde la información se compraba, se vendía y se fabricaba con la misma naturalidad con la que se tomaba un café.

Por qué España era terreno de espías
La posición geográfica de España la convertía en un enclave de valor incalculable para la inteligencia de ambos bandos. Frontera con la Francia ocupada por el norte, vecina de Portugal y su capital Lisboa —principal puerto neutral de Europa— por el oeste, y con Gibraltar al sur, España era una encrucijada obligada para el tráfico de personas, mercancías e información entre la Europa ocupada y el mundo libre.
La neutralidad española permitía que las embajadas y consulados de todos los países beligerantes funcionasen abiertamente, lo que proporcionaba la cobertura diplomática ideal para las operaciones de inteligencia. Los agregados militares, los agregados comerciales y hasta los simples empleados consulares podían ser —y frecuentemente eran— agentes de inteligencia disfrazados.
Además, el régimen franquista, aunque ideológicamente afín al Eje, mantenía relaciones con ambos bandos y toleraba la presencia de agentes de todos los servicios. Esta ambigüedad era deliberada: Franco sabía que el espionaje extranjero en su territorio le proporcionaba moneda de cambio diplomática y, en ocasiones, información útil para su propio régimen.
La Abwehr alemana en España
El servicio de inteligencia militar alemán, la Abwehr, mantuvo una presencia masiva en España durante toda la guerra. Bajo la dirección del almirante Wilhelm Canaris, germanófilo y con excelentes contactos en España desde la Guerra Civil, la Abwehr estableció redes de agentes en las principales ciudades españolas y en los puertos del litoral.
La estación principal de la Abwehr en Madrid, conocida como KO Spanien (Kriegsorganisation Spanien), operaba desde la embajada alemana y coordinaba una red que incluía cientos de agentes y colaboradores. Sus misiones principales eran la vigilancia del tráfico naval aliado en el Estrecho y el Mediterráneo, la recopilación de información sobre los movimientos de tropas y la interceptación de comunicaciones.
En el Campo de Gibraltar, la Abwehr desplegó una red de observadores que monitorizaban constantemente los movimientos de buques en el puerto y la bahía. Desde Algeciras y La Línea de la Concepción, agentes con prismáticos y cámaras registraban cada barco que entraba o salía de Gibraltar , transmitiendo la información a Berlín mediante radios clandestinas.
La Abwehr también operaba redes de sabotaje. Se documentaron varios intentos de colocar bombas en barcos aliados atracados en puertos españoles, así como planes para sabotear las instalaciones portuarias de Gibraltar desde territorio español. La mayoría de estos intentos fueron detectados y frustrados por los servicios de contraespionaje británicos.
El MI6 y el SOE británicos
Gran Bretaña, consciente de la importancia de España, desplegó recursos considerables en la Península Ibérica. El MI6 (Secret Intelligence Service) mantuvo una estación importante en la embajada británica de Madrid, dirigida durante buena parte de la guerra por oficiales experimentados que cultivaban contactos en todos los niveles del régimen franquista.
La estrategia británica en España era doble. Por un lado, se trataba de mantener la neutralidad española, evitando que Franco entrase en la guerra del lado del Eje. Para ello, los británicos emplearon una combinación de diplomacia, presión económica y sobornos directos a generales y funcionarios españoles . Por otro lado, se buscaba recopilar información sobre las actividades alemanas en España y neutralizar las operaciones de la Abwehr.
El SOE (Special Operations Executive), el servicio británico de operaciones especiales, también mantuvo presencia en España, aunque su actividad fue más discreta. El SOE se interesaba principalmente por las redes de evasión que cruzaban los Pirineos y por la posibilidad de organizar operaciones de sabotaje en caso de que España entrase en la guerra.
Una de las figuras más destacadas de la inteligencia británica en España fue el embajador Sir Samuel Hoare, un político veterano enviado a Madrid en 1940 con la misión específica de mantener a Franco al margen del conflicto. Hoare no era un espía profesional, pero su labor diplomática fue esencial para coordinar las actividades de inteligencia británicas en el país.
La OSS estadounidense
Estados Unidos llegó tarde al juego del espionaje en España. La OSS (Office of Strategic Services), precursora de la CIA, no comenzó a operar seriamente en la Península Ibérica hasta 1942, cuando la entrada de Estados Unidos en la guerra hizo urgente disponer de inteligencia sobre la región.
La estación de la OSS en Madrid se estableció bajo cobertura diplomática y rápidamente se convirtió en una de las más activas de la organización. Sus principales objetivos eran monitorizar las actividades alemanas, recopilar información económica sobre las exportaciones españolas de wolframio y otros materiales estratégicos, y preparar planes de contingencia en caso de que España entrase en la guerra.
La OSS también operaba desde Barcelona, donde sus agentes vigilaban el tráfico naval en el Mediterráneo occidental y mantenían contacto con las redes de la Resistencia francesa al otro lado de la frontera. La proximidad de Barcelona a la Francia de Vichy la convertía en un punto de tránsito clave para agentes y fugitivos.
Garbo: el doble agente español que cambió la guerra
Sin duda, el espía más célebre vinculado a España durante la SGM fue Juan Pujol García, conocido como Garbo . Este barcelonés, movido por su odio al fascismo y al comunismo, se ofreció voluntariamente como espía a los británicos, que inicialmente le rechazaron. Lejos de rendirse, Pujol decidió convertirse en agente doble por cuenta propia.
Desde Lisboa, Pujol comenzó a enviar informes inventados a la Abwehr, haciéndose pasar por un agente pro-alemán en Gran Bretaña. Sus informes, fabricados a partir de guías turísticas, mapas y su fértil imaginación, resultaron tan convincentes que los alemanes le asignaron el nombre en clave Arabel y le consideraron uno de sus mejores agentes.
Cuando el MI5 descubrió la existencia de Arabel, los británicos se apresuraron a reclutarle. Como agente doble bajo control británico, Pujol —ahora con el nombre en clave Garbo— desempeñó un papel fundamental en la Operación Fortitude, el plan de engaño que convenció a los alemanes de que el desembarco aliado en Normandía era una maniobra de distracción y que el verdadero ataque se produciría en Calais.
La contribución de Garbo al éxito del Día D fue tan importante que recibió tanto la Cruz de Hierro alemana como la Orden del Imperio Británico, un caso único en la historia del espionaje.
Los servicios de inteligencia españoles
El régimen franquista no era un mero espectador del juego de espías que se desarrollaba en su territorio. Los servicios de inteligencia españoles, aunque menos sofisticados que los de las grandes potencias, vigilaban activamente a los agentes extranjeros y utilizaban la información obtenida para sus propios fines.
El SIPM (Servicio de Información y Policía Militar) y la Dirección General de Seguridad mantenían bajo vigilancia a diplomáticos, periodistas y empresarios extranjeros sospechosos de actividades de espionaje. En ocasiones detenían a agentes menores para demostrar su capacidad de control, mientras hacían la vista gorda con los operativos más importantes de ambos bandos.
Franco utilizaba la información de inteligencia como herramienta diplomática. Cuando le convenía presionar a los Aliados, filtraba información sobre sus actividades a los alemanes, y viceversa. Esta política de equilibrio entre los dos bandos era una extensión de su estrategia general de neutralidad oportunista.
Barcelona, los puertos y el Mediterráneo
Si Madrid era el centro del espionaje diplomático, Barcelona era el hub del espionaje naval y comercial. El puerto de Barcelona, junto con los de Valencia, Málaga y Bilbao, era vigilado por agentes de todos los servicios, que registraban los movimientos de buques mercantes y trataban de identificar los cargamentos destinados a uno u otro bando.
Los consulados de las potencias beligerantes en las ciudades portuarias funcionaban como estaciones de inteligencia. Los cónsules alemanes en puertos como Vigo, Cádiz o Las Palmas proporcionaban información sobre los convoyes aliados que los submarinos del Eje utilizaban para planificar sus ataques.
La costa atlántica de España era especialmente sensible. Los U-Boot alemanes operaban en aguas cercanas al litoral español, y existían sospechas fundadas de que algunos submarinos se reabastecían clandestinamente en puertos españoles o en ensenadas aisladas de la costa gallega, con la complicidad de simpatizantes locales del Eje.
El fin de la guerra de espías
A medida que la guerra se inclinaba a favor de los Aliados, el equilibrio del espionaje en España se desplazó también. Muchos agentes de la Abwehr desertaron o fueron neutralizados, y las redes alemanas se desmoronaron progresivamente. Algunos espías alemanes intentaron utilizar España como vía de escape hacia Sudamérica, con resultados dispares.
Tras la victoria aliada, España dejó de ser el gran centro de espionaje que había sido durante la guerra, aunque Madrid conservó cierta relevancia en los primeros años de la Guerra Fría. Muchos de los protagonistas del espionaje bélico en España desaparecieron en el anonimato, y sus historias solo salieron a la luz décadas después, cuando los archivos de los servicios de inteligencia empezaron a desclasificarse.
La guerra de espías en España fue un conflicto dentro del conflicto, una batalla silenciosa librada en salones de hotel, despachos de embajada y puertos brumosos. Sus protagonistas no llevaban uniformes ni disparaban armas, pero su contribución al desenlace de la guerra fue, en muchos casos, tan decisiva como la de las grandes batallas.