Entre 1940 y 1945, más de 7.000 españoles fueron deportados al campo de concentración de Mauthausen , en la Alta Austria. Eran republicanos que habían luchado contra Franco en la Guerra Civil, habían huido a Francia al perder la contienda y, tras la ocupación alemana, habían caído en manos de los nazis. Su destino fue uno de los campos más brutales del sistema concentracionario del Tercer Reich. De aquellos 7.000, apenas 2.000 sobrevivieron. Esta es una de las páginas más trágicas y durante décadas más silenciadas de la historia de España.

Del exilio francés a los campos nazis
La historia de los españoles en Mauthausen comienza con la derrota republicana en la Guerra Civil. Entre enero y febrero de 1939, medio millón de españoles cruzaron los Pirineos hacia Francia en lo que se conoce como la Retirada. El gobierno francés, desbordado por la avalancha de refugiados, los internó en campos de concentración improvisados en las playas del sur de Francia —Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien, Le Barcarès—, donde las condiciones eran deplorables.
Cuando estalló la SGM en septiembre de 1939, miles de republicanos españoles se alistaron en el ejército francés o en la Legión Extranjera, deseosos de combatir al fascismo que les había arrebatado su país. Otros fueron encuadrados en las Compañías de Trabajadores Extranjeros (CTE), unidades de trabajo forzado empleadas en la construcción de fortificaciones y carreteras.
La fulminante derrota de Francia en junio de 1940 atrapó a decenas de miles de españoles en territorio ocupado. Muchos de los que habían combatido con el ejército francés fueron capturados como prisioneros de guerra. Los alemanes, al descubrir que eran españoles, consultaron al gobierno de Franco, que se desentendió de ellos. La respuesta de Madrid fue devastadora: España no reconocía a los refugiados republicanos como ciudadanos españoles. Eran, en la práctica, apátridas.
La deportación a Mauthausen
Sin la protección de ningún Estado, los republicanos españoles quedaron a merced de los nazis. A partir de agosto de 1940, los primeros contingentes de españoles comenzaron a llegar a Mauthausen, un campo de concentración situado cerca de la ciudad de Linz, en Austria. Mauthausen estaba clasificado como campo de categoría III, la más severa del sistema, destinado a los prisioneros considerados «irrecuperables».
El primer gran transporte llegó el 6 de agosto de 1940, con 392 españoles procedentes del stalag de Mauthausen. En los meses siguientes, los transportes se sucedieron con regularidad. Los prisioneros llegaban tras viajes agotadores en vagones de ganado, sin agua ni comida, hacinados hasta el límite.
Al llegar a Mauthausen, los españoles recibían un triángulo azul —el de los apátridas— con la letra «S» de Spanier (español). Se les asignaban los números de prisionero más bajos, lo que con el tiempo les otorgó cierto estatus informal dentro de la jerarquía del campo, donde la antigüedad podía significar la diferencia entre la vida y la muerte.
La escalera de la muerte y las canteras
Mauthausen era tristemente célebre por sus canteras de granito, donde los prisioneros eran sometidos a un trabajo exterminador. La cantera de Wiener Graben, conectada con el campo por una escalera de 186 peldaños tallados en la roca —la tristemente famosa «escalera de la muerte»—, era el escenario de un suplicio diario.
Los prisioneros debían descender a la cantera, cargar bloques de piedra de hasta 50 kilos sobre sus espaldas y subir los 186 escalones bajo la vigilancia de los kapos y los SS. Los que tropezaban o se detenían eran golpeados, empujados al vacío o ejecutados sumariamente. La escalera de la muerte se cobró cientos de vidas, muchas de ellas españolas.
Los españoles trabajaron también en los subcampos dependientes de Mauthausen, especialmente en Gusen, donde las condiciones eran aún más atroces. Gusen fue, en la práctica, un campo de exterminio por el trabajo, donde la esperanza de vida de un prisionero raramente superaba los pocos meses.
La resistencia española dentro del campo
Pese a las condiciones inhumanas, los prisioneros españoles desarrollaron una notable organización clandestina dentro de Mauthausen. Curtidos por la Guerra Civil y con una fuerte conciencia política, los republicanos crearon una estructura de resistencia que les permitió sobrevivir en mayor proporción que otros grupos de prisioneros.
La organización española en Mauthausen estaba liderada por figuras como Josep Bailina, responsable del aparato clandestino del Partido Comunista de España en el campo, y otros veteranos de la Guerra Civil que aplicaron su experiencia organizativa a la supervivencia en el infierno concentracionario.
Los españoles lograron colocarse en puestos clave dentro de la administración interna del campo —la cocina, la enfermería, los talleres, la oficina de registro—, posiciones que les permitían acceder a información vital, desviar alimentos y medicinas, y proteger a los prisioneros más vulnerables. Esta infiltración fue posible gracias a su antigüedad en el campo, que les convertía en «prisioneros veteranos» con cierta influencia.
Una de las acciones más extraordinarias de la resistencia española fue la preservación clandestina de las fotografías tomadas por los SS. Francisco Boix, un joven fotógrafo barcelonés que trabajaba en el laboratorio fotográfico del campo, consiguió ocultar miles de negativos que documentaban los crímenes cometidos en Mauthausen. Estas fotografías fueron presentadas como pruebas en los Juicios de Núremberg y constituyen uno de los testimonios visuales más importantes del Holocausto.
Los subcampos y los comandos de trabajo
No todos los españoles permanecieron en Mauthausen central. Muchos fueron distribuidos entre los numerosos subcampos dependientes del complejo. Gusen I y Gusen II fueron los destinos más frecuentes y los más mortíferos. En Gusen, los prisioneros trabajaban en fábricas subterráneas de armamento excavadas en la montaña, en condiciones de esclavitud absoluta.
Otros españoles fueron enviados a subcampos como Ebensee, donde se construían instalaciones subterráneas para la producción de cohetes, o a Steyr, donde trabajaban en fábricas de armamento. En todos estos destinos, la combinación de trabajo extenuante, alimentación insuficiente, golpes y enfermedades diezmaba a los prisioneros mes a mes.
Las cifras son elocuentes: de los aproximadamente 7.200 españoles deportados a Mauthausen y sus subcampos, cerca de 4.800 perecieron. La tasa de mortalidad superó el 65%, una de las más altas entre los grupos nacionales deportados al campo.
La liberación
El 5 de mayo de 1945, las tropas estadounidenses de la 11.ª División Blindada llegaron a Mauthausen. Los supervivientes españoles fueron de los primeros en organizarse tras la liberación. Habían preparado una pancarta que rezaba «Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas liberadoras», en español y en inglés, que colgaron de las murallas del campo.
La fotografía de esa pancarta se convirtió en una de las imágenes icónicas de la liberación de los campos. Para los supervivientes españoles, la libertad llegaba con un sabor agridulce: habían sobrevivido al infierno nazi, pero no podían regresar a su país, donde les esperaba la dictadura de Franco.
La mayoría de los supervivientes se instalaron en Francia, donde reconstruyeron sus vidas como exiliados permanentes. Algunos participaron activamente en la Resistencia francesa antes de ser capturados, y continuaron su activismo político en el exilio. Muy pocos pudieron regresar a España mientras Franco vivió.
El olvido y la memoria
La historia de los españoles en Mauthausen fue sistemáticamente silenciada durante la dictadura franquista. El régimen no tenía interés en reconocer la existencia de miles de compatriotas que habían sufrido en los campos nazis, pues ello habría puesto en evidencia su complicidad indirecta —al negarles la ciudadanía— y habría dado visibilidad a los republicanos exiliados.
En Francia, los supervivientes españoles formaron la Amicale de Mauthausen, una asociación que mantuvo viva la memoria de los deportados durante las décadas de olvido. Cada año, en el aniversario de la liberación, los supervivientes y sus descendientes acudían a Mauthausen para rendir homenaje a los fallecidos.
En España, no fue hasta la transición democrática cuando comenzó a hablarse tímidamente de los deportados. Y aún tuvieron que pasar décadas más para que su historia fuera reconocida oficialmente. En 2005, el gobierno español erigió un monumento en Mauthausen en memoria de los republicanos españoles, sesenta años después de la liberación.
Un legado que no debe olvidarse
La historia de los españoles en Mauthausen es un capítulo que conecta la Guerra Civil española con la SGM de una manera directa y brutal. Los republicanos españoles que combatieron al fascismo en España continuaron luchando contra él en Francia, y pagaron un precio terrible cuando cayeron en manos de los nazis.
Francisco Boix, el fotógrafo que salvó las pruebas de los crímenes de Mauthausen, declaró como testigo en los Juicios de Núremberg, convirtiéndose en el único español que testificó en el mayor juicio de la historia contra los criminales de guerra nazis. Su testimonio, junto con las fotografías que arriesgó su vida para preservar, aseguró que los horrores de Mauthausen no pudieran ser negados.
Los nombres de los cerca de 4.800 españoles que murieron en Mauthausen están inscritos en el memorial del campo. Son nombres de maestros, campesinos, obreros, soldados, intelectuales y artistas que soñaron con una España libre y terminaron sus días en las canteras de granito de Austria. Su memoria es un recordatorio permanente de las consecuencias últimas del fascismo y de la responsabilidad de los Estados que abandonan a sus ciudadanos.