Durante la SGM, España se convirtió en un campo de batalla silencioso donde no se disparaban balas sino cheques. El wolframio —también llamado tungsteno—, un mineral esencial para la fabricación de acero de alta resistencia, munición perforante y herramientas de precisión, convirtió a la Península Ibérica en un escenario de intensa rivalidad económica entre los Aliados y el Eje. La llamada «guerra del wolframio» fue uno de los episodios más singulares de la neutralidad española, donde campesinos gallegos y mineros extremeños se encontraron en el centro de una disputa geopolítica de alcance mundial.

Minería de wolframio en España durante la SGM
El wolframio español fue codiciado por ambos bandos durante la guerra. Fotógrafo desconocido · Dominio público

Por qué el wolframio era estratégico

El wolframio posee el punto de fusión más alto de todos los metales, lo que lo convierte en un componente irreemplazable para la industria militar. El carburo de tungsteno, su principal derivado industrial, se utilizaba para fabricar los núcleos de los proyectiles perforantes capaces de atravesar el blindaje de los tanques. Sin wolframio, la producción de armamento pesado se resentía gravemente.

Alemania dependía casi por completo de las importaciones para obtener este mineral. Antes de la guerra, las principales fuentes eran China y Birmania, pero el conflicto cortó esas rutas de suministro. La Península Ibérica —España y Portugal— se convirtió entonces en la fuente más accesible para el Tercer Reich. España producía wolframio principalmente en Galicia y Extremadura, mientras que Portugal lo extraía en la región de Beira.

Para los Aliados, el objetivo no era tanto obtener wolframio para sí mismos —contaban con suministros de América del Sur y el Lejano Oriente— como impedir que llegase a Alemania. Se trataba de una guerra de desgaste económico: cada tonelada que no llegaba a las fábricas alemanas era un golpe a su capacidad bélica.

La fiebre del wolframio en España

A partir de 1941, cuando la demanda alemana se disparó debido a las necesidades de la Operación Barbarroja, el precio del wolframio se multiplicó de forma espectacular. Lo que antes era un mineral poco valorado pasó a cotizarse a precios extraordinarios. En las zonas mineras de Galicia, se desató una auténtica «fiebre del oro» que transformó la economía local.

Campesinos que apenas sobrevivían con la agricultura abandonaron sus campos para dedicarse a la búsqueda del mineral. Surgieron miles de explotaciones improvisadas, muchas de ellas ilegales, donde familias enteras excavaban con herramientas rudimentarias. Los intermediarios alemanes y británicos recorrían las aldeas gallegas ofreciendo precios cada vez más altos. En algunas comarcas de Ourense y Pontevedra, el wolframio multiplicó por diez los ingresos habituales de las familias campesinas.

El fenómeno tuvo también su lado oscuro. Las condiciones de trabajo en las minas improvisadas eran peligrosas, con derrumbes frecuentes y ninguna protección para los trabajadores. La inflación se disparó en las zonas productoras, y el contrabando se convirtió en una actividad generalizada. Las minas legales convivían con cientos de explotaciones clandestinas que operaban de noche para evitar los controles.

La competencia entre Aliados y Eje

La disputa por el wolframio español se libró en varios frentes simultáneos. Alemania actuaba a través de empresas pantalla y agentes comerciales que compraban directamente a los productores, muchas veces pagando precios por encima del mercado. La embajada alemana en Madrid coordinaba las compras y presionaba al gobierno de Franco para garantizar los suministros.

Los Aliados, por su parte, desarrollaron una estrategia de compra preventiva conocida como «preclusive buying». Consistía en adquirir todo el wolframio disponible, incluso a precios inflados, simplemente para evitar que cayera en manos alemanas. Gran Bretaña y Estados Unidos destinaron millones de dólares a esta operación, creando una red de agentes compradores que competían directamente con los alemanes en las zonas mineras.

La operación de sobornos británicos a generales españoles se complementaba con esta guerra económica. Mientras los servicios secretos británicos compraban voluntades en el entorno de Franco, sus agentes comerciales compraban wolframio en las minas gallegas. Ambas estrategias formaban parte de un esfuerzo coordinado para mantener a España alejada del Eje.

El gobierno de Franco intentó aprovechar la situación para obtener beneficios de ambos bandos. Oficialmente, España regulaba las exportaciones de wolframio mediante cuotas y licencias, pero en la práctica el contrabando hacía que estas restricciones fueran difíciles de aplicar. Franco utilizaba las exportaciones como moneda de cambio diplomática, aumentando o reduciendo los envíos a Alemania según las presiones que recibía de uno u otro bando.

La presión aliada y el embargo de 1944

A medida que la guerra avanzaba y la victoria aliada se perfilaba más clara, la presión sobre España se intensificó. En enero de 1944, Estados Unidos impuso un embargo petrolero parcial a España, exigiendo el cese total de las exportaciones de wolframio a Alemania. Gran Bretaña, que mantenía una postura más moderada hacia Franco, apoyó la medida aunque con ciertas reservas.

El embargo fue un golpe durísimo para la economía española, que dependía del petróleo importado para su maltrecha industria y transporte. Franco se encontró atrapado entre la presión aliada y los compromisos adquiridos con Alemania, que le había suministrado material militar durante la Guerra Civil.

Tras meses de negociaciones tensas, en mayo de 1944 España aceptó reducir drásticamente sus exportaciones de wolframio a Alemania. El acuerdo establecía un límite máximo que, en la práctica, casi eliminaba los envíos. Aunque el contrabando continuó a menor escala, el flujo legal de wolframio hacia el Reich quedó prácticamente cortado.

Esta decisión marcó un punto de inflexión en la neutralidad española . Franco comenzaba a recalibrar su posición internacional, anticipando la derrota alemana y buscando congraciarse con los futuros vencedores.

Portugal y la dimensión ibérica

La guerra del wolframio no fue exclusivamente española. Portugal, bajo la dictadura de Salazar, vivió un fenómeno similar. Las minas portuguesas de wolframio experimentaron el mismo boom especulativo, con agentes alemanes y británicos compitiendo por el mineral.

Sin embargo, la situación portuguesa tenía matices diferentes. Portugal mantenía una alianza histórica con Gran Bretaña que condicionaba su política exterior, y Salazar cedió antes que Franco a las presiones aliadas. En junio de 1944, Portugal prohibió completamente las exportaciones de wolframio a Alemania, unas semanas después del acuerdo español.

La coordinación entre las políticas de ambos países ibéricos fue fundamental para estrangular el suministro alemán. Sin acceso al wolframio peninsular, Alemania tuvo que recurrir a reservas cada vez más escasas y a sustitutos de menor calidad, lo que afectó a la producción de su armamento en los últimos meses de la guerra.

Consecuencias económicas y sociales

La fiebre del wolframio dejó una huella profunda en las zonas mineras españolas. Durante los años de bonanza, entre 1941 y 1944, algunas comarcas rurales experimentaron una prosperidad sin precedentes. Pero el fin de la guerra trajo el desplome de los precios y el regreso a la pobreza para miles de familias que habían abandonado la agricultura.

El Estado franquista intentó regular tardíamente un sector que se le había escapado de las manos. Las minas ilegales fueron clausuradas, pero muchas siguieron operando clandestinamente durante años. El wolframio gallego continuó exportándose después de la guerra, aunque nunca recuperó los precios estratosféricos de los años bélicos.

A nivel diplomático, la guerra del wolframio demostró que la neutralidad española no era gratuita. Franco descubrió que podía extraer beneficios económicos de su posición entre los dos bandos, pero también que esa posición tenía límites claros. Cuando los Aliados decidieron apretar las clavijas, España no tuvo más remedio que ceder.

Un episodio olvidado

La guerra del wolframio es uno de esos episodios de la SGM que rara vez aparecen en los libros de historia convencionales. Sin embargo, ilustra perfectamente cómo la guerra moderna se libra tanto en los frentes económicos como en los militares. Las minas gallegas, con sus campesinos convertidos en buscadores de fortuna, fueron un frente más de la contienda mundial, un escenario donde las grandes potencias movían sus peones a miles de kilómetros de distancia.

Para España, el wolframio fue una bendición y una maldición. Proporcionó divisas desesperadamente necesarias en los duros años de la posguerra civil, pero también convirtió al país en objeto de presiones internacionales que pusieron a prueba los límites de su pretendida neutralidad. La historia del wolframio español es, en definitiva, un reflejo en miniatura de la compleja posición de España durante la SGM: un país que intentó mantenerse al margen del conflicto pero que, por geografía y por recursos, se vio inevitablemente arrastrado a sus dinámicas.