En la SGM, los francotiradores desempeñaron un papel militar y psicológico que excedía con mucho su contribución numérica a las bajas enemigas. Un solo tirador experto, agazapado en una posición bien elegida, podía paralizar el avance de una compañía entera, eliminar oficiales y operadores de comunicaciones, y sembrar un terror que minaba la moral de las tropas adversarias mucho más que cualquier bombardeo. Todos los ejércitos emplearon francotiradores durante la guerra, pero fueron la Unión Soviética y Finlandia quienes elevaron esta disciplina a una forma de arte militar, produciendo tiradores cuyos récords siguen siendo asombrosos décadas después.

Francotirador durante la Segunda Guerra Mundial
Los francotiradores fueron armas psicológicas tan efectivas como mortales en todos los frentes. Fotógrafo desconocido · Dominio público

El arte del francotirador: más que puntería

Ser francotirador durante la SGM exigía mucho más que saber disparar con precisión. Los tiradores de élite debían dominar el camuflaje, la observación, la paciencia extrema, la balística a larga distancia, la lectura del terreno y del viento, y la capacidad de permanecer inmóviles durante horas en condiciones de frío, calor, humedad o incomodidad extrema.

Un buen francotirador elegía su posición con cuidado obsesivo, calculando campos de tiro, rutas de retirada y puntos donde el enemigo tendría que exponerse. Disparaba una o dos veces y cambiaba de posición antes de que el enemigo pudiera localizarlo. Su objetivo prioritario no eran los soldados rasos sino los oficiales, los operadores de radio, los artilleros de ametralladora y los propios francotiradores enemigos: los blancos cuya eliminación causaría el mayor impacto operativo.

Las armas utilizadas variaban según la nacionalidad. Los soviéticos empleaban principalmente el fusil Mosin-Nagant de cerrojo con mira telescópica PE o PU, un arma robusta y precisa que funcionaba bien en las temperaturas extremas del frente oriental. Los alemanes usaban el Karabiner 98k con miras Zf 39 o Zf 41, y hacia el final de la guerra introdujeron el semiautomático Gewehr 43 con mira. Los británicos confiaban en el Lee-Enfield No. 4 Mk I(T), y los estadounidenses en el Springfield M1903A4.

Simo Häyhä: la Muerte Blanca

El francotirador más letal de la historia no operó técnicamente durante la SGM sino durante la Guerra de Invierno entre Finlandia y la Unión Soviética (1939-1940), un conflicto que se solapó cronológicamente con las primeras fases de la conflagración mundial. Sin embargo, Simo Häyhä merece un lugar en cualquier recuento de tiradores de la época por la magnitud sobrecogedora de sus cifras.

Häyhä, un granjero y cazador finlandés que vestía de blanco y se ocultaba en la nieve, acumuló aproximadamente quinientas cuarenta bajas confirmadas con su fusil Mosin-Nagant en apenas cien días de combate durante el invierno de 1939-1940. Lo más extraordinario es que disparaba sin mira telescópica, utilizando únicamente las miras abiertas del fusil para evitar el reflejo que una lente podría producir y delatar su posición. Además de estas bajas con fusil, se le atribuyen otras doscientas con subfusil Suomi KP/-31 en combate a corta distancia.

Los soviéticos lo apodaron Belaya Smert (Muerte Blanca) y dedicaron recursos considerables a intentar eliminarlo, incluyendo bombardeos de artillería sobre sus posiciones estimadas y contra-francotiradores especializados. El 6 de marzo de 1940, una bala explosiva le alcanzó en la mandíbula, causándole heridas gravísimas de las que tardó años en recuperarse. Häyhä sobrevivió y vivió hasta los noventa y seis años, falleciendo en 2002.

Vasili Záitsev: el héroe de Stalingrado

Vasili Záitsev es probablemente el francotirador más famoso de la SGM gracias en parte a la película «Enemigo a las puertas», aunque la realidad de su historia es más compleja —y en algunos aspectos más interesante— que la versión cinematográfica.

Záitsev llegó a la batalla de Stalingrado en septiembre de 1942 como soldado de infantería ordinario. Su puntería natural, desarrollada cazando ciervos y lobos en los Urales de su infancia, llamó rápidamente la atención de sus superiores. Equipado con un fusil Mosin-Nagant con mira telescópica, Záitsev se convirtió en uno de los francotiradores más efectivos de la batalla, acumulando doscientas veinticinco bajas confirmadas entre octubre de 1942 y enero de 1943.

La propaganda soviética convirtió a Záitsev en un símbolo de la resistencia en Stalingrado. Su rivalidad con un supuesto francotirador de élite alemán, el mayor Erwin König (o Heinz Thorvald, según las fuentes), ha sido cuestionada por los historiadores. No existe constancia documental alemana de la existencia de König, y muchos investigadores consideran que el episodio fue una creación propagandística soviética, aunque el propio Záitsev insistió siempre en su veracidad.

Lo que sí es indiscutible es la contribución de Záitsev a la doctrina de francotiradores soviética. Desarrolló tácticas que incluían el trabajo en parejas (tirador y observador), el uso de señuelos para provocar que el enemigo revelara su posición, y la rotación sistemática de posiciones de tiro. Su escuela de francotiradores en Stalingrado formó a decenas de tiradores que multiplicaron su efecto, creando una red de francotiradores que hizo de las ruinas de la ciudad un infierno para los soldados alemanes.

Los francotiradores soviéticos: una política de estado

La Unión Soviética fue el país que más sistemáticamente desarrolló el uso de francotiradores durante la SGM. El Ejército Rojo creó escuelas especializadas, estableció programas de formación masiva y convirtió a sus mejores tiradores en héroes nacionales cuyas hazañas eran amplificadas por la propaganda para inspirar a las tropas y aterrorizar al enemigo.

Entre los francotiradores soviéticos más destacados figuran Iván Sidorenko, con aproximadamente quinientas bajas confirmadas, lo que le convertiría en el francotirador más letal de la SGM si las cifras son exactas, aunque algunos historiadores cuestionan los números soviéticos. Nikolái Ilyin acumuló unas cuatrocientas noventa y cuatro bajas, y Fiódor Ojlópkov alrededor de cuatrocientas veintinueve.

La particularidad soviética fue la inclusión de mujeres en el programa de francotiradores. Más de dos mil mujeres sirvieron como francotiradoras en el Ejército Rojo, y muchas de ellas acumularon cifras impresionantes. La más célebre fue Liudmila Pavlichenko, con trescientas nueve bajas confirmadas, lo que la convierte en la mujer francotiradora más letal de la historia. Pavlichenko combatió en Odesa y Sebastopol antes de ser retirada del frente tras resultar herida, y realizó una gira por Estados Unidos donde su presencia causó sensación.

Rosa Shanina, con cincuenta y nueve bajas confirmadas, fue conocida por su habilidad para realizar disparos dobles —dos tiros rápidos consecutivos a blancos diferentes— una técnica extremadamente difícil. Murió en combate en enero de 1945 a los veinte años. Estas mujeres piloto demostraron que la precisión y la paciencia del francotirador no eran cualidades exclusivamente masculinas.

Los francotiradores finlandeses: tradición de cazadores

Finlandia, además de producir a Simo Häyhä, contó con una tradición de francotiradores excepcional que se extendió a la Guerra de Continuación (1941-1944) contra la Unión Soviética. Los finlandeses, habituados desde la infancia a la caza en los bosques boreales, poseían habilidades naturales de camuflaje, paciencia y tiro de precisión que los convertían en tiradores formidables.

La doctrina finlandesa enfatizaba la autonomía del francotirador, que operaba a menudo en solitario y a temperaturas de hasta cuarenta grados bajo cero. Los tiradores finlandeses utilizaban esquís para desplazarse silenciosamente por la nieve, vestían trajes blancos de camuflaje y aprovechaban su conocimiento del terreno para crear posiciones prácticamente indetectables.

Los francotiradores alemanes

Alemania tardó en desarrollar un programa de francotiradores comparable al soviético. En los primeros años de la guerra, la Wehrmacht subestimó el valor de los tiradores de élite, considerándolos una reliquia de la guerra de trincheras que no tenía lugar en la guerra de movimiento moderna. La experiencia del frente oriental, donde los francotiradores soviéticos causaban bajas significativas, obligó a revisar esta posición.

A partir de 1943, la Wehrmacht y las Waffen-SS intensificaron la formación de francotiradores. Matthäus Hetzenauer, con 345 bajas confirmadas, y Josef «Sepp» Allerberger, con 257, fueron los tiradores alemanes más destacados, ambos en el frente oriental. Hetzenauer, un tirolés cuya puntería había sido formada en la caza de montaña, operaba con un Karabiner 98k equipado con una mira telescópica de seis aumentos.

Los alemanes desarrollaron también tácticas defensivas contra los francotiradores que incluían el uso de periscopios de trinchera, cascos señuelo para provocar disparos que revelaran la posición del tirador, y equipos de contra-francotiradores especializados que rastreaban y eliminaban a los tiradores enemigos.

Los francotiradores en el Pacífico

En el teatro del Pacífico, los francotiradores japoneses representaron una amenaza particular para las fuerzas estadounidenses. Los tiradores japoneses, a menudo escondidos en las copas de los árboles o en posiciones elevadas en la jungla, se ataban a las palmeras para no caer si eran heridos y disparaban hasta ser eliminados, siguiendo el código de combate hasta la muerte que caracterizaba al ejército japonés.

Aunque los francotiradores japoneses rara vez acumulaban cifras individuales elevadas —el concepto de as individual era ajeno a la cultura militar japonesa—, su efecto psicológico sobre las tropas americanas fue devastador. La posibilidad de recibir un disparo desde cualquier árbol o matorral creaba una tensión constante que agotaba a los marines y ralentizaba los avances.

Los estadounidenses respondieron desarrollando sus propias capacidades de francotirador en el Pacífico, aunque con una doctrina diferente que enfatizaba la eliminación metódica de posiciones enemigas más que el combate individual entre tiradores.

El impacto psicológico: el arma del terror

El verdadero poder del francotirador no residía en el número de bajas que causaba sino en el efecto psicológico sobre el enemigo. Un solo francotirador podía inmovilizar a una unidad entera, obligando a los soldados a mantenerse agachados, a moverse solo de noche y a vivir en un estado de alerta constante que erosionaba la moral y la capacidad de combate.

Los soldados temían a los francotiradores más que a la artillería o los bombardeos, porque el fuego de francotirador era personal: alguien te estaba observando, alguien te había elegido como blanco. Esta dimensión individual del francotiradorismo lo convertía en un arma psicológica de primer orden.

Las represalias contra francotiradores capturados eran frecuentes en todos los bandos. La intensidad del odio que despertaban —considerados cobardes por quienes los sufrían, héroes por quienes los empleaban— refleja la profunda ambivalencia que esta forma de combate generaba. El francotirador mataba de manera silenciosa, invisible y selectiva, cualidades que lo convertían en el combatiente más temido y más odiado del campo de batalla.

La SGM demostró definitivamente el valor militar del francotirador y sentó las bases de la doctrina moderna de tiradores de élite. Las lecciones aprendidas en Stalingrado, en los bosques finlandeses y en las junglas del Pacífico siguen siendo estudiadas en las academias militares de todo el mundo, y los récords establecidos por aquellos tiradores extraordinarios permanecen entre los más impresionantes de la historia militar.