La Segunda Guerra Mundial movilizó a más seres humanos que cualquier otro conflicto en la historia. Se calcula que entre 1939 y 1945 más de 100 millones de personas sirvieron en los ejércitos más grandes de la Segunda Guerra Mundial, una cifra sin precedentes que transformó sociedades enteras. Países que en tiempos de paz mantenían fuerzas armadas modestas se convirtieron en potencias militares capaces de desplegar millones de soldados en frentes separados por miles de kilómetros.

Comandantes del ejército polaco liderando sus tropas durante el desfile de la victoria en la Plaza Roja de Moscú, junio de 1945
Tropas polacas desfilan en la Plaza Roja durante el desfile de la victoria de Moscú, 24 de junio de 1945. La URSS movilizó al mayor ejército de la historia. Fotógrafo desconocido / Dominio público · Public domain

Los ejércitos más grandes: movilización total

Para comprender la escala de la SGM hay que ir más allá de los tamaños de los ejércitos en tiempos de paz. Lo verdaderamente extraordinario fue la capacidad de movilización total: países enteros se transformaron en máquinas de guerra, con la industria, la agricultura y la población civil al servicio del esfuerzo bélico. El concepto de guerra total, que ya se había esbozado en la Primera Guerra Mundial, alcanzó en la SGM su expresión más extrema.

Las cifras de movilización incluyen no solo a los combatientes de primera línea, sino también a las tropas de retaguardia, la logística, las fuerzas aéreas, las armadas y las unidades auxiliares. En algunos países, como la Unión Soviética, las cifras incluyen también a mujeres que sirvieron en roles de combate directo. La diferencia entre el personal movilizado a lo largo de toda la guerra y el tamaño máximo del ejército en un momento dado es significativa: muchos soldados murieron, resultaron heridos o fueron capturados y reemplazados por nuevos reclutas.

Unión Soviética: el coloso militar

La Unión Soviética movilizó al mayor ejército de toda la historia humana. A lo largo de la guerra, aproximadamente 34 millones de personas pasaron por las filas del Ejército Rojo , la cifra más alta de cualquier beligerante. En su punto máximo, hacia mediados de 1945, las fuerzas armadas soviéticas contaban con unos 12,5 millones de efectivos en servicio activo.

La movilización soviética fue un esfuerzo titánico que partió de una situación catastrófica. En los primeros meses tras la invasión alemana de junio de 1941, el Ejército Rojo sufrió pérdidas devastadoras: cientos de miles de soldados muertos, heridos o capturados en las grandes bolsas de cerco alemanas. Solo en la batalla de Kiev, en septiembre de 1941, más de 600.000 soldados soviéticos cayeron prisioneros.

La respuesta fue una movilización sin precedentes. La URSS llamó a filas a hombres de entre 18 y 55 años, vació fábricas y granjas para llenar las divisiones diezmadas, y trasladó industrias enteras al este de los Urales para producir el armamento necesario. Las mujeres desempeñaron un papel fundamental: unas 800.000 sirvieron en las fuerzas armadas, muchas de ellas como francotiradoras, pilotos, artilleras y enfermeras de combate. Unidades femeninas como las célebres Brujas de la Noche se ganaron el respeto y el temor del enemigo.

El coste humano fue proporcional a la escala de la movilización. La URSS perdió unos 8,7 millones de militares, más que cualquier otro país. El Ejército Rojo que desfiló victorioso por Berlín en 1945 era radicalmente distinto al que había sido sorprendido por la invasión alemana cuatro años antes: mejor entrenado, mejor equipado y con una doctrina militar que combinaba la potencia de fuego masiva con operaciones de maniobra profunda, como demostró en batallas como Stalingrado y Kursk.

Estados Unidos: el arsenal de la democracia

Estados Unidos movilizó aproximadamente 16 millones de personas a lo largo de la guerra, la mayor movilización de su historia. En su punto máximo, en 1945, las fuerzas armadas estadounidenses contaban con unos 12,2 millones de efectivos, una cifra comparable a la soviética pero repartida entre el ejército de tierra, la armada, el cuerpo de marines y las fuerzas aéreas del ejército.

Lo extraordinario de la movilización estadounidense fue su velocidad y escala partiendo de una base casi inexistente. En 1939, el ejército de Estados Unidos contaba con apenas 190.000 soldados, una fuerza menor que la de Portugal o Rumanía. Tras Pearl Harbor, en diciembre de 1941, el país puso en marcha una maquinaria de reclutamiento y entrenamiento que no tenía rival. El sistema de servicio selectivo llamó a filas a más de 10 millones de hombres, mientras que otros 6 millones se alistaron voluntariamente.

La ventaja estadounidense no residía solo en los números, sino en la capacidad industrial que respaldaba a esos soldados. Cada combatiente americano disponía de más tonelaje de suministros, más vehículos y más apoyo logístico que cualquier otro soldado del mundo. La ratio de tropas de combate frente a tropas de apoyo era de aproximadamente uno a cuatro, lo que significaba que por cada soldado en primera línea había cuatro personas asegurando que tuviera comida, munición, repuestos, atención médica y transporte.

Las mujeres también contribuyeron de forma significativa. Unas 350.000 sirvieron en las fuerzas armadas a través del Women's Army Corps (WAC), las WAVES de la armada, las WASP de aviación y otros cuerpos auxiliares. Aunque no servían en roles de combate directo, liberaron a cientos de miles de hombres para el frente al asumir funciones administrativas, de comunicaciones, mecánicas y logísticas.

Alemania: la Wehrmacht y sus límites

Alemania movilizó a lo largo de la guerra entre 17 y 18 millones de personas, una proporción extraordinaria para un país de 80 millones de habitantes. En su punto máximo, hacia finales de 1944, la Wehrmacht contaba con unos 9,5 millones de efectivos, aunque esta cifra incluía a muchos reclutas de baja calidad, ancianos y adolescentes que habían sido llamados a filas en la fase final de la guerra.

La movilización alemana siguió un patrón diferente al de los Aliados. Al inicio de la guerra, en 1939, Alemania ya contaba con unas fuerzas armadas de aproximadamente 4,7 millones de soldados, una cifra enormemente superior a la de cualquier otra potencia europea occidental. Hitler había invertido seis años en rearmar al país, violando las restricciones del Tratado de Versalles.

Sin embargo, la estrategia alemana se basó inicialmente en campañas cortas y decisivas — la Blitzkrieg — que no requerían una movilización total de la economía ni de la población. Fue solo a partir de 1943, cuando la guerra se volvió claramente desfavorable, que Alemania adoptó la movilización total bajo la dirección de Albert Speer en la industria y con sucesivos decretos que ampliaban las edades de reclutamiento.

En los últimos meses de la guerra, la desesperación llevó a medidas extremas. El Volkssturm, la milicia popular creada en octubre de 1944, reclutó a hombres de entre 16 y 60 años que no habían sido llamados previamente a filas. Adolescentes de las Juventudes Hitlerianas fueron enviados al combate con un entrenamiento mínimo. Estas tropas, mal equipadas y sin experiencia, sufrieron bajas desproporcionadas en los últimos meses del conflicto.

Las pérdidas militares alemanas ascendieron a unos 5,3 millones de muertos, la tercera cifra más alta tras la URSS y China.

Japón: el imperio movilizado

Japón movilizó entre 9 y 10 millones de personas a lo largo de la guerra. En su punto máximo, las fuerzas armadas japonesas contaban con unos 7,2 millones de efectivos, repartidos entre el ejército imperial y la armada imperial, que operaban prácticamente como entidades independientes con una coordinación a menudo deficiente.

La movilización japonesa debe entenderse en el contexto de una guerra que comenzó mucho antes de 1939. Japón llevaba combatiendo en China desde 1937, y las tensiones militares en Manchuria se remontaban a 1931. Cuando estalló la guerra en el Pacífico en diciembre de 1941, Japón ya tenía un ejército veterano y curtido en combate, aunque gran parte de sus mejores tropas estaban empantanadas en el interminable conflicto chino.

El reclutamiento japonés se apoyaba en una cultura militarista profundamente arraigada. El servicio militar era un deber sagrado y la rendición se consideraba una deshonra peor que la muerte. Esta mentalidad produjo soldados fanáticamente combativos, pero también significó que Japón fuera incapaz de gestionar de manera racional sus recursos humanos: tropas que en otros ejércitos se habrían rendido ante situaciones sin esperanza combatían hasta la muerte, lo que provocaba tasas de bajas extraordinariamente altas.

En la fase final de la guerra, Japón preparó la movilización de toda la población civil para resistir la esperada invasión aliada de las islas principales. El plan Ketsu-Go contemplaba armar a millones de civiles con lanzas de bambú y explosivos improvisados. Afortunadamente, la rendición japonesa tras los bombardeos atómicos evitó este escenario apocalíptico.

China: la guerra más larga

China movilizó entre 14 y 17 millones de personas a lo largo de su guerra contra Japón, que se extendió desde 1937 hasta 1945. Esta cifra incluye tanto al ejército nacionalista de Chiang Kai-shek como a las fuerzas comunistas de Mao Zedong, que combatían a los japoneses al mismo tiempo que se enfrentaban entre sí.

El ejército nacionalista chino fue, en teoría, uno de los más grandes del mundo, con unos 5,7 millones de efectivos en su punto máximo. En la práctica, sufría de problemas crónicos que limitaban drásticamente su efectividad: armamento obsoleto, logística inexistente, corrupción generalizada entre los oficiales, y soldados reclutados a menudo a la fuerza y alimentados de forma miserable. Las tasas de deserción eran altísimas y las enfermedades mataban más soldados que el enemigo.

Las fuerzas comunistas, por su parte, operaban principalmente como guerrillas. Aunque numéricamente menores — entre 500.000 y un millón de combatientes regulares más millones de milicianos a tiempo parcial —, resultaron más eficaces en sus zonas de operación gracias a su mayor cohesión ideológica y a tácticas mejor adaptadas a las condiciones del terreno.

El coste humano de la guerra en China fue devastador: entre 3 y 4 millones de militares muertos y entre 12 y 16 millones de civiles fallecidos.

Reino Unido: el esfuerzo imperial

El Reino Unido movilizó aproximadamente 5,9 millones de personas procedentes de las islas británicas, pero si se incluyen las tropas del Imperio y la Commonwealth — India, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y las colonias africanas y asiáticas — la cifra se eleva a unos 11 millones.

La contribución india fue particularmente notable. El ejército indio británico creció de unos 200.000 efectivos en 1939 a más de 2,5 millones en 1945, convirtiéndose en la mayor fuerza de voluntarios de la historia. Estos soldados combatieron en el norte de África, Italia, el sudeste asiático y Oriente Medio, a menudo con un reconocimiento insuficiente por parte de la metrópoli.

El Reino Unido implementó una de las movilizaciones más completas de cualquier democracia. A partir de 1941, el servicio militar fue obligatorio para hombres de entre 18 y 51 años, y las mujeres de entre 20 y 30 años fueron llamadas al servicio nacional, ya fuera en las fuerzas armadas, en fábricas de armamento o en la agricultura. Al final de la guerra, prácticamente toda la población adulta británica contribuía de alguna forma al esfuerzo bélico.

Otras potencias: Italia, Francia, Polonia y más

Otras naciones realizaron movilizaciones significativas que merecen mención:

Italia movilizó unos 3,4 millones de personas antes de su armisticio en septiembre de 1943. Tras la rendición, unos 600.000 italianos combatieron del lado aliado como cobeligerantes, mientras que otros sirvieron en las fuerzas de la República Social Italiana bajo control alemán.

Francia tenía un ejército de unos 5 millones de efectivos en mayo de 1940, pero la derrota fulminante en seis semanas desmanteló esa fuerza. La Francia Libre de De Gaulle reconstruyó un ejército que llegó a contar con unos 550.000 soldados hacia 1944-1945, nutrido en buena parte por tropas coloniales del norte de África.

Polonia movilizó 1,8 millones de soldados para la campaña de septiembre de 1939. Tras la derrota, decenas de miles de polacos escaparon y formaron unidades que combatieron junto a los Aliados en todos los frentes, desde la batalla de Inglaterra hasta Monte Cassino y Normandía.

Canadá, con una población de apenas 11 millones, movilizó más de un millón de personas, una de las tasas de movilización más altas en proporción a su población entre las democracias occidentales.

Movilización en proporción a la población

Las cifras absolutas no cuentan toda la historia. En proporción a la población, los esfuerzos de movilización variaron enormemente:

La Unión Soviética movilizó a cerca del 18 % de su población total, la proporción más alta entre las grandes potencias. Esto significó que prácticamente todos los hombres en edad de combatir sirvieron en las fuerzas armadas, y la escasez de mano de obra masculina en la retaguardia fue suplida por mujeres y adolescentes.

Alemania alcanzó una tasa similar, movilizando entre el 21 y el 23 % de su población si se incluyen todas las formas de servicio militar y paramilitar. Esta sobremovilización fue posible gracias al uso masivo de trabajo esclavo y forzado — millones de prisioneros de guerra y trabajadores deportados — que mantenía funcionando la economía mientras los alemanes iban al frente.

Japón movilizó entre el 12 y el 14 % de su población. Estados Unidos, pese a sus impresionantes cifras absolutas, movilizó solo al 12 % de la población, lo que refleja su enorme base demográfica y su capacidad para mantener simultáneamente un ejército gigantesco y una producción industrial sin rival.

El legado de la movilización masiva

La movilización de más de 100 millones de personas tuvo consecuencias que se extendieron mucho más allá del campo de batalla. Las sociedades que enviaron a la mayoría de sus hombres jóvenes a la guerra experimentaron transformaciones profundas e irreversibles.

Las mujeres accedieron masivamente al mercado laboral industrial por primera vez, un cambio que resultó imposible de revertir completamente tras la guerra. Las estructuras sociales tradicionales se resquebrajaron cuando millones de veteranos regresaron transformados por sus experiencias. La convivencia en el ejército de personas de distintas clases sociales, regiones y, en el caso de Estados Unidos, razas, aceleró cambios sociales que habrían tardado décadas en producirse en tiempos de paz.

La desmovilización posterior a la guerra creó sus propios desafíos. Reinsertar a millones de veteranos en economías devastadas fue un problema gigantesco. En Estados Unidos, la G.I. Bill proporcionó educación y vivienda a los veteranos, creando la clase media que definiría la segunda mitad del siglo XX. En la Unión Soviética y otros países, los veteranos regresaron a un panorama de destrucción y miseria que tardaría décadas en reconstruirse.

La SGM demostró que la guerra moderna exigía la movilización de sociedades enteras, no solo de ejércitos profesionales. Esa lección influyó decisivamente en la planificación militar de la Guerra Fría y, en última instancia, en la decisión de las grandes potencias de que un nuevo conflicto global sería intolerable. Los ejércitos masivos de la SGM fueron, paradójicamente, tanto la expresión máxima de la guerra total como uno de los argumentos más poderosos para que nunca volviera a repetirse.