La SGM fue el último gran conflicto de los acorazados y el primero de los portaaviones. En los astilleros del mundo se construyeron los buques de guerra más grandes, más pesados y más fuertemente armados de la historia, monstruos de acero que representaban el poderío industrial y la ambición estratégica de las naciones que los botaban. Algunos se convirtieron en leyendas; otros, en tumbas de acero para miles de marineros. Estos son los colosos que dominaron los mares durante el conflicto más devastador de la historia.

Los acorazados clase Yamato: los más grandes jamás construidos
Los acorazados japoneses de la clase Yamato fueron, son y probablemente serán siempre los buques de guerra más grandes jamás construidos. El Yamato y su gemelo el Musashi desplazaban más de setenta y dos mil toneladas a plena carga, medían 263 metros de eslora y montaban nueve cañones de 460 milímetros, los más grandes jamás instalados en un buque de guerra. Cada proyectil de estos cañones pesaba mil cuatrocientos sesenta kilogramos y podía alcanzar objetivos a más de cuarenta y dos kilómetros de distancia.
La construcción de los Yamato fue el mayor secreto naval de Japón. Los astilleros se cubrieron con lonas enormes para evitar la observación aérea, y los trabajadores tenían prohibido revelar cualquier detalle del proyecto. Japón sabía que no podía igualar la capacidad industrial de Estados Unidos en número de barcos, así que apostó por la calidad extrema: cada Yamato debía ser capaz de enfrentarse a varios acorazados enemigos simultáneamente.
El Musashi fue hundido en octubre de 1944 durante la batalla del mar de Sibuyán, tras recibir un castigo extraordinario: diecinueve torpedos y diecisiete impactos de bomba de la aviación naval estadounidense. Murieron más de mil de sus dos mil cuatrocientos tripulantes. El Yamato corrió una suerte similar en abril de 1945, hundido por aviones estadounidenses durante la Operación Ten-Go, un ataque suicida hacia Okinawa. Más de tres mil marineros perecieron con él.
La ironía de los Yamato es que estos buques, los más poderosos jamás construidos, nunca tuvieron la oportunidad de demostrar su superioridad en un duelo artillero contra otros acorazados. La guerra naval había cambiado: el portaaviones había sustituido al acorazado como arma decisiva, y los Yamato fueron destruidos por aviones sin poder usar sus enormes cañones contra un enemigo que estaba a cientos de kilómetros.
El Bismarck: orgullo y pesadilla del Atlántico
El Bismarck fue el buque insignia de la Kriegsmarine alemana y, con sus cincuenta y un mil toneladas de desplazamiento a plena carga, el acorazado más grande construido por una potencia europea. Botado en 1939 y comisionado en 1940, representaba la ambición naval del Tercer Reich de desafiar el dominio británico en el Atlántico.
Su primera y única misión operativa, la Operación Rheinübung de mayo de 1941, se convirtió en una de las sagas navales más dramáticas de la guerra. En el estrecho de Dinamarca, el Bismarck hundió al HMS Hood, el orgullo de la Royal Navy, con una salva que hizo explotar el pañol de municiones del crucero de batalla británico. De los mil cuatrocientos dieciocho tripulantes del Hood, solo tres sobrevivieron.
La destrucción del Hood desató la mayor caza naval de la historia. La Royal Navy movilizó prácticamente toda su flota del Atlántico para encontrar y destruir al Bismarck. Tras una persecución de tres días, un torpedo lanzado por un biplano Swordfish del portaaviones Ark Royal inutilizó el timón del acorazado alemán, dejándolo navegando en círculos. Al día siguiente, los acorazados británicos King George V y Rodney lo sometieron a un bombardeo devastador antes de que los torpedos del crucero Dorsetshire le dieran el golpe de gracia. De los dos mil doscientos tripulantes del Bismarck, solo ciento quince fueron rescatados.
El Tirpitz: la amenaza invisible
El Tirpitz, gemelo del Bismarck, nunca disputó una gran batalla naval, pero su mera existencia ató a la Royal Navy durante años. Estacionado en los fiordos noruegos, el Tirpitz representaba una amenaza permanente para los convoyes árticos que llevaban suministros a la Unión Soviética. Los británicos debían mantener una flota considerable en Scapa Flow simplemente para contrarrestar la posibilidad de que el Tirpitz saliera a mar abierto.
Churchill lo llamó "la bestia" y ordenó su destrucción a toda costa. El Tirpitz sobrevivió a ataques de submarinos enanos, bombardeos aéreos y misiones de comandos antes de ser finalmente hundido en noviembre de 1944 por bombas Tallboy de cinco toneladas lanzadas por bombarderos Lancaster de la RAF. Su casco volcado permaneció en el fiordo de Tromsø durante años, visible como un monumento oxidado a la guerra naval.
Los portaaviones clase Essex: la fábrica de victorias
Si los acorazados representaban el pasado de la guerra naval, los portaaviones eran su futuro. La clase Essex de la Marina estadounidense fue la más numerosa e importante de la guerra. Veinticuatro portaaviones de esta clase fueron ordenados y diecisiete entraron en servicio antes del final del conflicto. Con treinta y tres mil toneladas de desplazamiento y capacidad para entre noventa y cien aviones, los Essex eran verdaderas bases aéreas flotantes.
Los portaaviones Essex participaron en prácticamente todas las grandes batallas del Pacífico a partir de 1943: las Marianas, el golfo de Leyte, Iwo Jima y Okinawa. Su capacidad para proyectar poder aéreo a miles de kilómetros de cualquier base terrestre cambió fundamentalmente la naturaleza de la guerra naval. Un solo portaaviones Essex podía lanzar más potencia de fuego que toda una flota de acorazados.
Ningún portaaviones clase Essex fue hundido durante la guerra, a pesar de los ataques kamikaze japoneses. Su diseño, con blindaje reforzado y compartimentación extensiva, los hacía extraordinariamente resistentes. Varios sufrieron daños graves —el USS Franklin sobrevivió a dos impactos de bomba que mataron a más de ochocientos tripulantes— pero todos los que fueron alcanzados se mantuvieron a flote.
Los portaaviones japoneses: los pioneros
Japón fue el país que más avanzó en la doctrina del portaaviones antes de la guerra. El Kido Butai, la fuerza de portaaviones de la Armada Imperial, atacó Pearl Harbor en diciembre de 1941 con seis portaaviones que transportaban más de cuatrocientos aviones. Fue la mayor operación aeronaval de la historia hasta ese momento.
Los portaaviones japoneses más grandes fueron los de la clase Shokaku, con treinta y dos mil toneladas y capacidad para setenta y dos aviones. El Shokaku y el Zuikaku fueron los únicos portaaviones japoneses que participaron en Pearl Harbor y sobrevivieron a la batalla de Midway (porque no estuvieron presentes). Ambos fueron hundidos en 1944: el Shokaku por un submarino en la batalla del mar de Filipinas y el Zuikaku en la batalla del cabo Engaño.
La reconversión más espectacular fue la del Shinano, originalmente el tercer casco de la clase Yamato, convertido en portaaviones tras la desastrosa pérdida de cuatro portaaviones en Midway. Con setenta y dos mil toneladas, el Shinano fue el portaaviones más grande de la guerra. Su carrera fue la más breve de la historia naval: fue hundido por el submarino USS Archerfish apenas diecisiete horas después de zarpar en su viaje inaugural, en noviembre de 1944.
Los acorazados clase Iowa: potencia estadounidense
Los cuatro acorazados de la clase Iowa —Iowa, New Jersey, Missouri y Wisconsin— fueron los acorazados más rápidos de la guerra, capaces de alcanzar los treinta y tres nudos, lo que les permitía escoltar a los portaaviones. Con cuarenta y cinco mil toneladas y nueve cañones de 406 milímetros, combinaban potencia de fuego con velocidad de una forma que ningún otro acorazado igualaba.
El USS Missouri se ganó un lugar en la historia como el escenario de la rendición japonesa el 2 de septiembre de 1945 en la bahía de Tokio. La ceremonia, con el general MacArthur presidiendo la firma, se celebró deliberadamente en la cubierta de un acorazado para simbolizar el poder naval que había derrotado a Japón.
Los submarinos tipo XXI: el futuro sumergido
Aunque no eran los buques más grandes, los submarinos alemanes tipo XXI merecen mención por su carácter revolucionario. Con mil ochocientas toneladas sumergidas y una velocidad subacuática de diecisiete nudos —más del doble que los submarinos convencionales—, el tipo XXI fue el primer submarino verdadero, diseñado para operar permanentemente bajo el agua en lugar de ser un barco de superficie que podía sumergirse.
Llegaron demasiado tarde para cambiar la guerra —solo dos realizaron patrullas operativas antes de la rendición—, pero su diseño influyó directamente en los submarinos de la Guerra Fría, tanto soviéticos como estadounidenses.
El ocaso de los gigantes
La SGM demostró que el tamaño no siempre equivale a poder. Los acorazados más grandes del mundo fueron hundidos por aviones que costaban una fracción de su precio. Los portaaviones, que podían destruir objetivos a cientos de kilómetros sin exponerse al fuego enemigo, los volvieron obsoletos. Tras 1945, ninguna nación volvió a construir un acorazado.
Los colosos de acero de la SGM representan el final de una era y el principio de otra. Son monumentos a la ambición industrial de las naciones que los construyeron y, en muchos casos, a la tragedia de los miles de marineros que perecieron con ellos en el fondo del mar. Sus restos, esparcidos por los océanos del mundo, son las tumbas de guerra más grandes y silenciosas del planeta.