Uno de los hechos más incómodos de la SGM, durante décadas silenciado por la historiografía soviética, es que cientos de miles de ciudadanos de la Unión Soviética combatieron del lado de la Alemania nazi. Se estima que entre 800.000 y un millón de soviéticos sirvieron en diversas formaciones militares y auxiliares del Eje a lo largo de la guerra. Desde el Ejército de Liberación Ruso del general Vlasov hasta las legiones nacionales de los pueblos del Cáucaso y Asia Central, pasando por los batallones del Este y los auxiliares voluntarios (Hiwis), la colaboración militar soviética con el enemigo fue un fenómeno masivo que desafía las narrativas simplistas sobre la Gran Guerra Patria.

El general Andréi Vlasov rodeado de oficiales del Ejército de Liberación Ruso en Dabendorf
El general Andréi Vlasov (segundo por la izquierda) con oficiales del Ejército de Liberación Ruso (ROA) en Dabendorf, al sur de Berlín Bundesarchiv · CC BY-SA 3.0 de

El contexto: por qué colaboraron

Para entender por qué tantos ciudadanos soviéticos acabaron luchando del lado alemán, es necesario comprender el contexto del que provenían y las circunstancias en las que tomaron esa decisión.

El legado del terror estalinista

La Unión Soviética de Stalin no era un paraíso de libertad y justicia. Las purgas de los años 30 habían eliminado a cientos de miles de personas, incluyendo a gran parte del cuerpo de oficiales del Ejército Rojo. La colectivización forzosa había provocado hambrunas que mataron a millones, especialmente en Ucrania (el Holodomor). Las minorías nacionales —ucranianos, bálticos, caucásicos, centroasiáticos— habían sufrido represión cultural, deportaciones y persecución.

Para muchos ciudadanos soviéticos, el régimen de Stalin no era significativamente mejor que el invasor alemán. Cuando la Wehrmacht avanzó hacia el este en 1941, encontró en algunas regiones una población que la recibía, si no con entusiasmo, al menos sin hostilidad. En Ucrania occidental, en los estados bálticos y en partes del Cáucaso, los alemanes fueron inicialmente vistos como liberadores del yugo soviético.

La catástrofe de 1941

La Operación Barbarroja produjo una catástrofe militar sin precedentes. En los primeros seis meses de guerra, el Ejército Rojo perdió millones de soldados, de los cuales aproximadamente 3,3 millones fueron capturados. Estos prisioneros se encontraron en una situación desesperada.

La Alemania nazi trataba a los prisioneros de guerra soviéticos con una brutalidad deliberada. Hitler había ordenado que la guerra en el este fuera una guerra de aniquilación, y los prisioneros soviéticos eran considerados subhumanos. Más de 3 millones de prisioneros de guerra soviéticos murieron en cautiverio alemán por hambre, enfermedades, trabajos forzados y ejecuciones sumarias.

Ante la perspectiva de morir de hambre en un campo de prisioneros, muchos aceptaron la única alternativa que se les ofrecía: servir a los alemanes. Para estos hombres, la colaboración no era una elección ideológica, sino una cuestión de supervivencia inmediata.

Los Hiwis: auxiliares voluntarios

La primera y más numerosa categoría de colaboradores soviéticos fueron los Hilfswillige (voluntarios auxiliares), conocidos como Hiwis. Estos eran prisioneros de guerra o civiles soviéticos que aceptaban realizar funciones auxiliares para la Wehrmacht: conductores, cocineros, cargadores de munición, zapadores, intérpretes y otras tareas de apoyo.

Los Hiwis no eran combatientes en sentido estricto, al menos inicialmente. Pero a medida que la guerra avanzaba y las pérdidas alemanas aumentaban, muchos fueron armados y desplegados en funciones de combate o de retaguardia. Para 1943, se estima que había entre 400.000 y 600.000 Hiwis integrados en las unidades de la Wehrmacht, una cifra que representaba aproximadamente el 15% del personal del ejército alemán en el frente oriental.

La presencia de los Hiwis era un secreto a voces. La Wehrmacht dependía de ellos para funciones esenciales, pero el Alto Mando era reticente a reconocer oficialmente la magnitud de la colaboración, que contradecía la ideología racial nazi de superioridad germánica sobre los eslavos.

Los batallones del Este (Ostbataillone)

Un paso más allá de los Hiwis estaban los batallones del Este, unidades de combate formadas por ciudadanos soviéticos bajo mando alemán. Estos batallones se organizaron a partir de 1942 y eventualmente alcanzaron una fuerza combinada de varios cientos de miles de hombres.

Los batallones del Este se clasificaban generalmente por nacionalidad o etnia. Existían batallones ucranianos, bielorrusos, caucásicos (georgianos, armenios, azerbaiyanos), turquestanos (uzbekos, kazajos, turcomanos), cosacos y de otras nacionalidades. Cada grupo tenía motivaciones diferentes.

Las legiones nacionales

Las legiones nacionales fueron formaciones más grandes organizadas por nacionalidades específicas. Las más importantes fueron:

La Legión Turquestán, compuesta por pueblos centroasiáticos, fue una de las primeras y más numerosas. Los alemanes explotaron el resentimiento de estos pueblos contra la dominación rusa y la represión soviética de sus culturas e identidades nacionales.

Las legiones caucásicas —georgiana, armenia y azerbaiyana— también tuvieron un tamaño considerable. El Cáucaso había sido una región de resistencia al poder ruso desde el siglo XIX, y la ocupación soviética de las repúblicas caucásicas tras la revolución no había eliminado el sentimiento independentista.

Las formaciones cosacas merecen mención especial. Los cosacos del Don, del Kubán y del Terek tenían una tradición militar secular y un resentimiento profundo contra el régimen soviético, que había destruido su modo de vida durante la colectivización. Decenas de miles de cosacos sirvieron en unidades de caballería bajo mando alemán.

El general Vlasov y el ROA

La figura más prominente de la colaboración soviética fue el general Andréi Vlasov, un oficial del Ejército Rojo que había sido capturado en julio de 1942 durante los combates cerca de Leningrado.

Vlasov era un caso singular. No era un oficial menor ni un desertor oportunista: era un general condecorado que había participado en la defensa de Moscú en el invierno de 1941-1942, donde su actuación le había valido el reconocimiento de Stalin. Su captura y su posterior decisión de colaborar con los alemanes fueron un golpe propagandístico de primer orden.

El Manifiesto de Praga

Vlasov argumentó que no era un traidor a Rusia, sino un patriota que luchaba contra el régimen estalinista. Propuso a los alemanes la creación de un Ejército de Liberación Ruso (Russkaïa Osvoboditelnaia Armiia, ROA) que combatiría junto a la Wehrmacht pero con un programa político propio: la liberación de Rusia del comunismo y la creación de un estado ruso libre aliado de Alemania.

En noviembre de 1944, Vlasov publicó el Manifiesto de Praga, que proclamaba la creación del Comité para la Liberación de los Pueblos de Rusia (KONR) y establecía un programa político que incluía la abolición del trabajo forzado, la libertad religiosa, la propiedad privada y las libertades civiles. El manifiesto estaba diseñado para atraer a los millones de prisioneros y trabajadores forzados soviéticos en territorio alemán.

Las contradicciones fatales

El proyecto de Vlasov estaba condenado desde el principio por contradicciones insalvables. Hitler despreciaba a los eslavos y no tenía intención de crear un estado ruso libre. Para el Führer, los pueblos del este eran mano de obra esclava, no aliados. La idea de un ejército ruso luchando por su propia libertad era anatema para la ideología nazi.

Los líderes nazis que apoyaban a Vlasov —principalmente oficiales de inteligencia y propaganda— lo hacían por razones tácticas, no porque compartieran sus objetivos. Vlasov era útil como herramienta de propaganda para debilitar la moral soviética y atraer desertores, pero la colaboración plena que él pretendía nunca se materializó hasta que fue demasiado tarde.

No fue hasta enero de 1945, con el Reich al borde del colapso, cuando Hitler autorizó finalmente la creación de dos divisiones del ROA bajo el mando de Vlasov. Para entonces, la guerra estaba perdida y las divisiones apenas tuvieron tiempo de formarse antes de que todo se derrumbara.

El destino de los colaboradores

El final de la guerra fue catastrófico para los soviéticos que habían servido al Eje. Los acuerdos de Yalta entre los Aliados incluían la repatriación forzosa de todos los ciudadanos soviéticos, independientemente de sus deseos. Miles de colaboradores que intentaron rendirse a los ejércitos occidentales fueron entregados por la fuerza a las autoridades soviéticas.

La repatriación forzosa

Las escenas de la repatriación fueron a menudo dramáticas. En varios campos de prisioneros en Austria e Italia, los soldados británicos y estadounidenses tuvieron que usar la fuerza para entregar a los prisioneros soviéticos, que sabían que les esperaba la ejecución o el gulag. Hubo suicidios, motines y actos de desesperación cuando los prisioneros comprendieron que serían devueltos a Stalin.

Vlasov fue capturado por los soviéticos en mayo de 1945, juzgado por traición y ejecutado en la horca en Moscú en agosto de 1946. Otros líderes del ROA y de las legiones nacionales corrieron suertes similares. Los soldados rasos fueron enviados masivamente al gulag, donde muchos murieron.

La repatriación forzosa es uno de los episodios más controvertidos de la posguerra. Los Aliados occidentales entregaron a cientos de miles de personas a un régimen que sabían que los trataría con brutalidad, en nombre del cumplimiento de los acuerdos con Stalin.

Las cifras

Las estimaciones sobre el número total de ciudadanos soviéticos que sirvieron al Eje varían considerablemente según las fuentes y los criterios de inclusión.

Si se cuentan solo los combatientes armados (batallones del Este, legiones nacionales, ROA, cosacos), la cifra oscila entre 250.000 y 400.000. Si se incluyen los Hiwis y el personal auxiliar, la cifra se eleva a entre 800.000 y un millón. Y si se contabilizan también los policías auxiliares, los guardias de campos y otras funciones de retaguardia, algunos historiadores elevan la cifra por encima del millón.

Estas cifras son enormes, pero hay que ponerlas en perspectiva. La Unión Soviética movilizó a más de 30 millones de personas durante la guerra. Los colaboradores representaban una fracción del total, aunque una fracción significativa.

El debate: ¿traidores o víctimas?

La cuestión de cómo juzgar a los colaboradores soviéticos sigue siendo controvertida.

La historiografía soviética los clasificó uniformemente como traidores, sin matices ni contexto. Para el régimen de Stalin, cualquier forma de colaboración era traición, y la pena era la muerte o el gulag. Esta visión ignoraba deliberadamente las circunstancias que habían empujado a muchos a colaborar: la brutalidad del cautiverio alemán, la represión estalinista previa y la ausencia de alternativas.

La historiografía occidental ha tendido a una visión más matizada, distinguiendo entre los colaboradores ideológicos (que genuinamente odiaban al régimen soviético y eligieron luchar contra él) y los colaboradores circunstanciales (que actuaron por supervivencia, por coacción o por la ausencia de opciones viables). Esta distinción es importante pero no resuelve el dilema moral: muchos de los que colaboraron por supervivencia acabaron participando en crímenes contra sus propios compatriotas.

Legado

La historia de los voluntarios soviéticos del Eje fue durante décadas un tabú absoluto en la Unión Soviética y sigue siendo un tema sensible en la Rusia actual. Reconocer que cientos de miles de ciudadanos soviéticos combatieron contra su propio país complica la narrativa heroica de la Gran Guerra Patria, el mito fundacional de la identidad rusa contemporánea.

Sin embargo, esa historia es esencial para comprender la complejidad real de la SGM. La guerra en el frente oriental no fue solo un enfrentamiento entre dos estados, sino también una guerra civil dentro de los pueblos de la Unión Soviética: entre quienes luchaban por el régimen de Stalin y quienes luchaban contra él, entre quienes veían en la URSS su patria y quienes veían una prisión de la que querían escapar.

Los voluntarios soviéticos del Eje fueron, según la perspectiva, traidores, patriotas antisoviéticos, víctimas de circunstancias imposibles o simplemente supervivientes que hicieron lo que pudieron para no morir. La mayoría, probablemente, fueron un poco de todo. Su historia recuerda que en las guerras totales, las líneas entre héroes y traidores, entre víctimas y verdugos, son mucho menos nítidas de lo que las narrativas nacionales quieren hacer creer.