Durante la SGM, cientos de miles de soldados aliados fueron capturados y recluidos en campos de prisioneros repartidos por toda Europa y Asia. Para muchos de ellos, la evasión se convirtió en una obsesión que combinaba la necesidad psicológica de actuar con el deber militar de regresar al combate. Las fugas que lograron llevar a cabo constituyen algunos de los episodios más extraordinarios de ingenio, valor y determinación de todo el conflicto. Túneles excavados con cucharas, uniformes falsificados con mantas teñidas, documentos de identidad fabricados artesanalmente y disfraces inverosímiles fueron solo algunas de las herramientas empleadas por estos hombres para desafiar a sus captores.

Prisioneros de guerra durante un intento de evasión
Las grandes evasiones de la SGM combinaron ingenio, valor y desesperación. Fotógrafo desconocido · Dominio público

El deber de escapar

Para los oficiales aliados, especialmente los británicos, la evasión no era simplemente una opción personal: era una obligación. El código de conducta militar establecía que todo prisionero debía intentar escapar si se presentaba la oportunidad, y esta doctrina fue tomada muy en serio por las fuerzas armadas británicas y de la Commonwealth.

La lógica detrás de esta política era tanto práctica como moral. Cada intento de fuga, incluso los fallidos, obligaba al enemigo a destinar recursos considerables a la vigilancia de los campos: guardias, perros, reflectores, alambradas y sistemas de detección que de otro modo habrían podido emplearse en el frente. Se estima que Alemania necesitaba mantener a decenas de miles de soldados dedicados a la custodia de prisioneros, una sangría de personal que las fuerzas armadas del Reich no podían permitirse.

Los británicos crearon organizaciones específicas para apoyar las evasiones desde el exterior. El MI9, una sección del servicio de inteligencia militar, se encargaba de hacer llegar a los campos material de evasión camuflado en paquetes de la Cruz Roja: mapas impresos en seda que podían ocultarse fácilmente, brújulas diminutas escondidas en botones, hojas de sierra disimuladas en cordones de zapatos y moneda local para facilitar la huida una vez fuera del campo.

La gran evasión del Stalag Luft III

La fuga más célebre de toda la SGM tuvo lugar en la noche del 24 al 25 de marzo de 1944 en el Stalag Luft III , un campo para aviadores aliados situado cerca de Sagan, en la Silesia alemana. Bajo la dirección del escuadrón líder Roger Bushell, más de seiscientos prisioneros participaron en la excavación de tres túneles bautizados como Tom, Dick y Harry.

La operación fue un prodigio de organización. Se crearon departamentos especializados: uno para la excavación, otro para la dispersión de la tierra extraída, otro para la fabricación de documentos falsos, otro para la confección de ropa civil a partir de uniformes y mantas, y otro para la seguridad, encargado de vigilar los movimientos de los guardias y alertar de cualquier peligro.

El túnel Harry, el único que fue completado, tenía más de cien metros de longitud, discurría a casi diez metros de profundidad y estaba equipado con iluminación eléctrica, ventilación mediante bombas de aire fabricadas artesanalmente y un sistema de vagonetas sobre raíles de madera para transportar la tierra. Setenta y seis hombres lograron escapar antes de que los guardias descubrieran la fuga. Sin embargo, la libertad duró poco para la mayoría: setenta y tres fueron recapturados. Hitler, enfurecido, ordenó la ejecución de cincuenta de ellos, un crimen de guerra que sería juzgado tras la contienda. Solo tres fugitivos lograron alcanzar la libertad definitiva.

Colditz: el castillo de los incorregibles

El castillo de Colditz , en Sajonia, fue designado como Oflag IV-C, un campo de alta seguridad destinado a albergar a los prisioneros más problemáticos: aquellos que habían intentado escapar repetidamente de otros campos. Los alemanes consideraban que reunir a todos los «incorregibles» en una única instalación fuertemente custodiada simplificaría su vigilancia. Fue un error de cálculo: al concentrar a los fugitivos más ingeniosos y determinados, crearon un laboratorio de evasión sin precedentes.

Los intentos de fuga en Colditz fueron tan numerosos como variados. Los prisioneros se ocultaron en carros de basura, se disfrazaron de oficiales alemanes con uniformes meticulosamente falsificados, construyeron un planeador en el desván del castillo —aunque nunca llegó a ser utilizado porque la guerra terminó antes—, y excavaron túneles a través de los gruesos muros medievales.

El teniente francés Alain Le Ray fue el primer prisionero en escapar de Colditz con éxito, en abril de 1941, saltando un muro durante un paseo y cruzando Alemania hasta alcanzar Suiza. El teniente británico Airey Neave escapó en enero de 1942 disfrazado de oficial alemán con un uniforme confeccionado a partir de una manta pintada y cartón. Neave atravesó Alemania, cruzó Suiza y finalmente regresó a Inglaterra, donde se incorporó al MI9 para ayudar a organizar futuras evasiones.

En total, más de treinta prisioneros lograron escapar de Colditz y alcanzar territorio neutral o aliado, una cifra notable para un campo considerado a prueba de fugas.

Las evasiones masivas del frente oriental

En el frente oriental, las condiciones de cautiverio eran incomparablemente peores que en los campos alemanes para prisioneros occidentales. La Unión Soviética no había ratificado los convenios de Ginebra, y Alemania utilizó este pretexto para tratar a los prisioneros soviéticos con una brutalidad que rayaba en el genocidio: más de tres millones de soldados soviéticos murieron en cautiverio alemán, la mayoría por hambre, enfermedades y ejecuciones.

En estas condiciones desesperadas, los intentos de fuga eran aún más arriesgados pero también más frecuentes. La evasión más espectacular tuvo lugar el 2 de febrero de 1945 en el campo de Mauthausen, en Austria. Alrededor de quinientos prisioneros soviéticos, en su mayoría oficiales, protagonizaron una fuga masiva asaltando las torres de vigilancia con piedras y mantas mojadas para cortocircuitar las alambradas electrificadas. Aproximadamente trescientos lograron salir del campo, pero la posterior cacería, conocida como la «Mühlviertler Hasenjagd» (caza de liebres del Mühlviertel), en la que participaron no solo las SS sino también civiles locales, resultó en la recaptura y asesinato de la inmensa mayoría. Solo unos pocos sobrevivieron, escondidos por campesinos austriacos que arriesgaron su vida.

Fugas del Pacífico: supervivencia extrema

Los prisioneros aliados en poder de Japón enfrentaban condiciones de cautiverio terribles. Los campos japoneses se caracterizaban por el hambre sistemática, el trabajo forzado, los castigos brutales y una tasa de mortalidad que superaba con creces la de los campos alemanes occidentales. La evasión era extraordinariamente difícil no solo por la vigilancia, sino porque los prisioneros se encontraban a miles de kilómetros de cualquier territorio amigo, a menudo en islas remotas o en la jungla tropical.

Una de las fugas más notables del Pacífico fue la de diez prisioneros del campo de Davao, en la isla de Mindanao, Filipinas, en abril de 1943. Los fugitivos, entre los que se encontraban los oficiales estadounidenses Austin Shofner y Jack Hawkins, escaparon a la jungla y contactaron con guerrilleros filipinos que los ayudaron a llegar hasta territorio seguro. Su testimonio fue crucial para informar al mundo de las atrocidades cometidas por los japoneses contra los prisioneros de guerra.

En Sandakan, Borneo del Norte, se produjo una de las tragedias más terribles relacionadas con los intentos de evasión. Cuando las fuerzas australianas se acercaban, los japoneses forzaron a los prisioneros a realizar las llamadas «marchas de la muerte» de Sandakan a Ranau. De los aproximadamente dos mil quinientos prisioneros originales, solo seis sobrevivieron, todos ellos gracias a que escaparon durante las marchas y fueron ayudados por la población local.

Los evadidos célebres

Algunas evasiones individuales alcanzaron una notoriedad especial por su audacia o sus consecuencias.

El piloto neozelandés Bill Ash fue derribado sobre Francia en 1942 y capturado por los alemanes. Durante los tres años siguientes intentó escapar en al menos trece ocasiones, utilizando métodos que iban desde túneles hasta disfrazarse de trabajador polaco. Aunque nunca logró una evasión exitosa hasta la liberación del campo, su persistencia se convirtió en leyenda entre los prisioneros.

El caso de Patrick Reid, oficial británico capturado en Francia en 1940, ilustra otra faceta de las evasiones. Tras varios intentos fallidos en otros campos, Reid fue enviado a Colditz, donde organizó y ejecutó una fuga exitosa en octubre de 1942 junto a otros tres oficiales. Atravesaron Alemania hasta Suiza y eventualmente regresaron a Inglaterra. Reid escribió posteriormente varios libros sobre sus experiencias que se convirtieron en referencia sobre la vida en Colditz.

Las mujeres también protagonizaron evasiones extraordinarias, aunque sus historias son menos conocidas. Agentes del Special Operations Executive (SOE) que fueron capturadas por la Gestapo intentaron fugas desesperadas, y algunas civiles judías escaparon de transportes hacia los campos de exterminio saltando de trenes en marcha.

Las líneas de evasión: redes clandestinas de rescate

Las evasiones no habrían sido posibles sin las redes clandestinas que operaban en la Europa ocupada para ayudar a los fugitivos. Estas líneas de evasión, organizadas por civiles que arriesgaban sus vidas, proporcionaban refugio, documentos falsos, ropa civil y guías que conducían a los evadidos a través de territorio enemigo hasta países neutrales.

La línea Comète, organizada por la joven belga Andrée de Jongh, fue una de las más exitosas. Desde Bruselas, la red guiaba a aviadores aliados derribados a través de Francia y los Pirineos hasta la España neutral, desde donde podían regresar a Inglaterra. Se estima que la línea Comète ayudó a evacuar a más de ochocientos aviadores aliados entre 1941 y 1944.

La línea Pat O'Leary, dirigida por el belga Albert Guérisse bajo la identidad falsa de un oficial canadiense, operó desde Marsella y evacuó a cientos de militares aliados por rutas que atravesaban la Francia de Vichy hasta España o los puertos del Mediterráneo. Guérisse fue finalmente capturado y enviado a Dachau, pero sobrevivió a la guerra.

Estas redes funcionaban con una cadena de casas seguras, correos y guías que en muchos casos eran mujeres, monjas o sacerdotes que no despertaban sospechas. El riesgo era enorme: los alemanes infiltraron agentes en varias líneas, y muchos de los colaboradores fueron capturados, torturados y ejecutados.

El legado de las grandes evasiones

Las evasiones de la SGM dejaron un legado que va más allá de las historias individuales de valor. Demostraron que el espíritu humano puede resistir incluso en las circunstancias más opresivas y que la determinación de unos pocos podía desafiar al aparato de un estado totalitario.

Desde el punto de vista militar, las evasiones cumplieron su propósito estratégico al desviar recursos enemigos y proporcionar información de inteligencia valiosa cuando los evadidos regresaban a las líneas aliadas. Desde el punto de vista humano, representaron la negativa a aceptar la derrota y la pasividad como destino.

Muchos de los protagonistas de estas historias dejaron testimonios escritos que se convirtieron en clásicos de la literatura bélica. La gran evasión, Colditz y otras narraciones inspiraron películas, series y libros que mantuvieron vivo el recuerdo de unos hombres y mujeres que, incluso tras las alambradas, nunca dejaron de luchar.