En las trincheras, los bombarderos y las playas de desembarco de la SGM, millones de soldados convivían diariamente con la posibilidad real de morir. Ante una amenaza tan constante e impredecible, muchos recurrieron a supersticiones, amuletos y rituales que les proporcionaban una ilusión de control sobre un entorno dominado por el azar. Desde talismanes personales hasta complejas rutinas previas al combate, estas creencias atravesaban rangos, nacionalidades y culturas, revelando un aspecto profundamente humano de la experiencia bélica que los relatos oficiales rara vez recogen.

Soldados con amuletos de la suerte durante la guerra
Las supersticiones y amuletos acompañaron a los soldados de todos los ejércitos. Fotógrafo desconocido · Dominio público

Los amuletos de la suerte: objetos contra la muerte

El amuleto de la suerte fue probablemente la superstición más extendida entre los combatientes de todos los bandos. Los soldados llevaban consigo objetos a los que atribuían propiedades protectoras: monedas, medallas religiosas, fotografías de seres queridos, mechones de cabello, pañuelos, naipes, juguetes de la infancia o cualquier objeto que asociaran con un momento de buena fortuna.

Los pilotos de bombardero, expuestos a un riesgo estadístico de muerte especialmente alto, eran particularmente supersticiosos. Los tripulantes de la Octava Fuerza Aérea estadounidense, que operaba desde bases en Inglaterra, necesitaban completar veinticinco misiones sobre la Europa ocupada para ser relevados, una cifra que las estadísticas hacían improbable alcanzar. Muchos aviones llevaban nombres y pinturas de la suerte en sus morros, y las tripulaciones desarrollaban rituales colectivos que debían repetirse exactamente antes de cada misión.

Un caso célebre fue el de un osito de peluche llamado «Mr. Doobry» que acompañó a una tripulación de la RAF en todas sus misiones. Cuando el oso fue olvidado accidentalmente en una ocasión y el avión sufrió un ataque especialmente peligroso, la tripulación quedó convencida de que la ausencia del talismán había sido la causa. El oso no volvió a quedarse en tierra.

Las Biblias de bolsillo y los devocionarios fueron amuletos especialmente comunes. Existían numerosas historias, algunas documentadas fotográficamente, de soldados cuyas vidas se habían salvado porque una Biblia llevada en el bolsillo del pecho había detenido una bala o un fragmento de metralla. Estas historias circulaban ampliamente y reforzaban la costumbre de llevar el libro sagrado como protección física además de espiritual.

Rituales antes del combate

Muchos soldados desarrollaban rituales que debían ejecutar escrupulosamente antes de entrar en combate. La lógica era simple: si habían sobrevivido a una acción anterior siguiendo cierta rutina, alterarla podría romper la racha de suerte.

Los pilotos de caza eran especialmente ritualistas. Algunos insistían en entrar en el avión siempre por el mismo lado, ponerse las botas en un orden determinado o llevar una prenda específica. El as estadounidense Richard Bong, el piloto con más derribos de la aviación americana, tenía la costumbre de dar una vuelta completa alrededor de su P-38 Lightning antes de cada misión. Los pilotos de la Luftwaffe alemana no eran diferentes: Hans-Joachim Marseille, el «Estrella de África», tenía sus propios rituales antes de despegar desde los aeródromos del norte de África.

Los infantes de marina estadounidenses en el Pacífico desarrollaron rituales colectivos que combinaban elementos de sus diversas tradiciones culturales. Algunos soldados de origen nativo americano realizaban ceremonias tradicionales antes de los desembarcos anfibios, y sus compañeros, lejos de burlarse, a menudo pedían ser incluidos en ellas.

En el ejército soviético, donde la ideología oficial era atea y materialista, las supersticiones persistían con fuerza. Los soldados del Ejército Rojo llevaban amuletos escondidos, rezaban en secreto antes del combate y mantenían tradiciones campesinas que la revolución bolchevique no había conseguido erradicar. Los comisarios políticos miraban hacia otro lado mientras las supersticiones no interfirieran con la disciplina militar.

El número trece y otras cifras fatídicas

La aversión al número trece, extendida en la cultura occidental, se intensificaba en el contexto bélico. Muchos pilotos se negaban a volar en misiones programadas para el día trece del mes, y algunas unidades evitaban asignar el número trece a sus aviones o vehículos.

La superstición numérica más extendida entre los pilotos de bombardero aliados era la relacionada con la misión número trece. Las estadísticas no mostraban que esta misión fuera más peligrosa que cualquier otra, pero la aprensión era tan real que afectaba a la moral de las tripulaciones. Algunos comandantes intentaban combatir esta creencia asignando deliberadamente misiones fáciles para la número trece.

Los submarinistas alemanes tenían sus propias cifras de la mala suerte. Zarpar en viernes se consideraba de mal agüero, y algunos comandantes de U-Boot retrasaban la salida al sábado si era posible, a pesar de las presiones operativas. La superstición marítima, heredada de siglos de tradición naval, se combinaba con el estrés extremo de la guerra submarina para crear un ambiente cargado de presagios y señales.

Los japoneses, con una rica tradición de supersticiones numéricas, evitaban particularmente el número cuatro (shi), cuya pronunciación es homófona de la palabra «muerte» en japonés. Esta aversión influía en la numeración de unidades y en pequeños detalles de la vida militar cotidiana.

Mascotas de la suerte: animales en el frente

Prácticamente todas las unidades militares de la SGM adoptaron mascotas, como el célebre caso del oso Wojtek del ejército polaco. Perros, gatos, cabras, monos y todo tipo de animales acompañaron a los soldados al frente, y su presencia se consideraba no solo reconfortante sino protectora.

El gato Unsinkable Sam es quizás la mascota más legendaria de la SGM. Según la tradición naval, este gato negro sobrevivió al hundimiento de tres buques de guerra: el acorazado alemán Bismarck, el destructor británico HMS Cossack y el portaaviones HMS Ark Royal. Aunque algunos historiadores cuestionan los detalles de esta historia, refleja la importancia que los marineros concedían a la presencia de gatos a bordo, una tradición naval de siglos.

El perro Chips, un pastor alemán mestizo del ejército estadounidense, se convirtió en el perro de guerra más condecorado del conflicto tras atacar un nido de ametralladoras italiano en Sicilia. Su presencia en la unidad era considerada un talismán por sus compañeros humanos.

Las unidades aéreas adoptaban mascotas con especial fervor. Muchos escuadrones de la RAF tenían perros que «asistían» a las sesiones informativas previas a las misiones y esperaban el regreso de los aviones en la pista. Cuando un avión no regresaba, la reacción del perro —aullar, buscar inquieto— se interpretaba como confirmación de la pérdida.

El poder de las oraciones y los capellanes

La religión y la superstición se entrelazaban constantemente en el frente. Los capellanes militares desempeñaban un papel fundamental en la moral de las tropas, y sus servicios religiosos antes de las batallas eran seguidos con una devoción que muchos soldados no habían mostrado en tiempos de paz.

La expresión «no hay ateos en las trincheras» se popularizó durante la SGM para describir cómo incluso los soldados más escépticos recurrían a la oración cuando las balas silbaban. Los capellanes de todos los ejércitos informaron de un aumento notable de la religiosidad entre las tropas en combate, aunque muchos reconocían que esta piedad era más supersticiosa que teológica: los soldados no buscaban tanto una relación con Dios como una protección contra la muerte.

Las medallas de santos protectores eran extremadamente populares. San Cristóbal, patrón de los viajeros, era el favorito de los conductores de tanques y vehículos blindados. Santa Bárbara, patrona de los artilleros, adornaba cañones y piezas de artillería. La Virgen María, en sus diversas advocaciones, era invocada por soldados de todas las nacionalidades católicas.

Supersticiones específicas por arma y servicio

Cada rama militar y cada especialidad desarrollaron sus propias supersticiones particulares, adaptadas a los riesgos específicos de su función.

Los paracaidistas, que saltaban al vacío desde aviones en vuelo, eran especialmente supersticiosos respecto al empaquetado de sus paracaídas. Muchos insistían en que una persona específica preparara siempre su equipo, y cualquier alteración en la rutina de preparación generaba ansiedad. Algunos paracaidistas guardaban un trébol de cuatro hojas o una moneda de la suerte dentro del propio paracaídas.

Los tanquistas desarrollaron supersticiones relacionadas con sus vehículos. Bautizar al tanque con un nombre propio se consideraba esencial para su «personalidad» protectora. Los tanques anónimos o renombrados tras una pérdida se consideraban de mala suerte. Las tripulaciones de tanques Sherman estadounidenses, que sabían que su blindaje era inferior al de los Panther y Tiger alemanes, tenían una necesidad particular de creer en la buena fortuna de su vehículo.

Los francotiradores, que operaban en un mundo de paciencia extrema y muerte súbita, desarrollaban supersticiones muy personales. Muchos consideraban que hablar sobre el número de sus víctimas traía mala suerte, una creencia que convenientemente coincidía con el secretismo operativo que su trabajo requería. Algunos se negaban a usar un rifle con el que otro francotirador hubiera fallado un tiro crítico.

El efecto psicológico: ¿funcionaban las supersticiones?

Desde un punto de vista racional, las supersticiones no podían influir en la trayectoria de una bala o en el impacto de una bomba. Sin embargo, los psicólogos militares de la época reconocieron que cumplían una función psicológica importante.

Las supersticiones proporcionaban a los soldados una sensación de control en un entorno donde el control real era mínimo. El acto de tocar un amuleto, repetir un ritual o rezar una oración permitía al combatiente canalizar su ansiedad hacia una acción concreta, reduciendo la parálisis que el miedo podía producir. En este sentido, las supersticiones funcionaban como mecanismos de afrontamiento que ayudaban a los soldados a seguir cumpliendo su misión.

Los mandos militares, en general, toleraban e incluso fomentaban ciertas supersticiones siempre que no interfirieran con las operaciones. Un soldado que se sentía protegido por su amuleto era un soldado más dispuesto a avanzar bajo el fuego. La moral, esa cualidad intangible pero decisiva en la guerra, se alimentaba de creencias que ningún manual militar podía proporcionar.

El contraste entre la tecnología más avanzada de la época —radar, cohetes, bombas atómicas— y las creencias más primitivas —amuletos, rituales, oraciones— revela una verdad profunda sobre la naturaleza humana. Incluso en el siglo XX, enfrentados a la muerte en el frente de Normandía o en las selvas del Pacífico, los seres humanos recurren a los mismos mecanismos de consuelo que sus antepasados. Las supersticiones de los soldados de la SGM no eran debilidad ni ignorancia: eran la respuesta de millones de hombres y mujeres que necesitaban creer en algo para seguir adelante cuando la razón no ofrecía esperanza.