La Segunda Guerra Mundial no solo se libró con tanques, aviones y barcos, sino también con pastillas, ampollas y jeringas. Todas las potencias beligerantes recurrieron a sustancias estimulantes para mantener a sus soldados despiertos, alerta y combativos durante operaciones que exigían días sin dormir. La metanfetamina alemana, la bencedrina estadounidense, la morfina como analgésico universal y otras sustancias desempeñaron un papel mucho más importante en la SGM de lo que la historia oficial ha reconocido durante décadas. El conflicto más destructivo de la historia fue también, en muchos sentidos, una guerra química librada dentro de los propios cuerpos de quienes la combatieron.

Caja de ampollas de Pervitin, la metanfetamina utilizada por la Wehrmacht durante la Segunda Guerra Mundial
Caja de ampollas de Pervitin (clorhidrato de metanfetamina) fabricado por los laboratorios Temmler, la droga que impulsó la Blitzkrieg alemana. Komischn · CC BY-SA 4.0

Pervitin: la droga milagrosa del Tercer Reich

La sustancia más emblemática de la relación entre drogas y SGM fue el Pervitin, nombre comercial de la metanfetamina fabricada por los laboratorios Temmler de Berlín. Lanzada al mercado en 1938 como un estimulante de venta libre, la Pervitin se convirtió rápidamente en un fenómeno social en la Alemania nazi antes de ser adoptada masivamente por la Wehrmacht.

La metanfetamina producía efectos que parecían diseñados a medida para la guerra moderna: eliminaba la sensación de fatiga, suprimía el hambre, aumentaba la concentración y generaba una euforia que reforzaba la sensación de invencibilidad. Para un ejército que basaba su doctrina en la velocidad y el movimiento continuo — la célebre Blitzkrieg o guerra relámpago —, una droga que permitía a los soldados permanecer despiertos y operativos durante días era un recurso táctico de primer orden.

El doctor Otto Ranke, director del Instituto de Fisiología de Defensa del ejército alemán, realizó pruebas sistemáticas con Pervitin en soldados durante 1939 y concluyó que la droga mejoraba significativamente el rendimiento en condiciones de privación de sueño. Sus informes fueron decisivos para que el alto mando alemán autorizara la distribución masiva de metanfetamina entre las tropas de la Wehrmacht .

La Blitzkrieg bajo los efectos de la metanfetamina

La invasión de Francia en mayo de 1940 fue, en cierto sentido, una victoria de la farmacología tanto como de la estrategia militar. Las divisiones Panzer que atravesaron las Ardenas y alcanzaron el Canal de la Mancha en apenas diez días lo hicieron bajo los efectos de la Pervitin. Se estima que durante la campaña de Francia se distribuyeron más de 35 millones de pastillas de metanfetamina entre las tropas alemanas.

Los conductores de tanques y vehículos blindados fueron los principales consumidores. Las instrucciones médicas del ejército recomendaban una o dos pastillas de Pervitin para mantener la vigilia durante las marchas nocturnas, con dosis adicionales si la operación se prolongaba. Los tripulantes de los Panzer que cruzaron las Ardenas sin detenerse durante tres días y tres noches consecutivos lo lograron, en buena medida, gracias a la metanfetamina.

Los pilotos de la Luftwaffe también recibían Pervitin antes de las misiones de combate, especialmente las que exigían vuelos nocturnos o de larga duración. Los submarinistas de la Kriegsmarine, sometidos a patrullas de semanas en condiciones de estrés extremo, fueron otro grupo de consumidores habituales.

Sin embargo, los efectos secundarios no tardaron en manifestarse. Tras el subidón de energía venía un bajón brutal: agotamiento extremo, ansiedad, paranoia, comportamiento errático y, en los casos más graves, episodios psicóticos. Los médicos militares comenzaron a reportar soldados que sufrían colapsos nerviosos, arritmias cardíacas y dependencia que los hacía inútiles para el combate sin su dosis diaria.

El lado oscuro: adicción y deterioro

A medida que la guerra se prolongaba, los problemas asociados al consumo de Pervitin se hicieron imposibles de ignorar. El doctor Leonardo Conti, jefe de salud del Reich, intentó restringir la distribución de la droga clasificándola como sustancia controlada en 1941, pero la medida tuvo un efecto limitado. La Wehrmacht seguía necesitando soldados que pudieran combatir sin dormir, y la Pervitin seguía siendo la solución más rápida.

Las cartas de soldados alemanes a sus familias revelan la dependencia generalizada. Muchos pedían explícitamente a sus madres y esposas que les enviaran Pervitin al frente, tratándola con la misma naturalidad que pedían calcetines o chocolate. La droga estaba tan normalizada que se vendía en farmacias civiles sin receta durante los primeros años de la guerra, y amas de casa alemanas la consumían como ayuda para las tareas domésticas y para combatir la depresión.

El caso más notorio de adicción a las drogas en el Tercer Reich fue el del propio Adolf Hitler. Su médico personal, Theodor Morell, le inyectaba diariamente un cóctel de sustancias que incluía metanfetamina, oxicodona, cocaína y numerosas vitaminas y hormonas. Los historiadores han documentado hasta 74 sustancias diferentes administradas a Hitler durante los últimos años de la guerra, y su deterioro físico y mental progresivo ha sido vinculado, al menos parcialmente, a esta polimedicación extrema.

La bencedrina: la respuesta aliada

Los aliados no fueron inocentes en el recurso a los estimulantes químicos. La bencedrina (sulfato de anfetamina), fabricada por los laboratorios Smith, Kline & French, fue la droga de elección de las fuerzas armadas británicas y estadounidenses. Aunque químicamente diferente de la metanfetamina alemana, la bencedrina producía efectos similares: supresión de la fatiga, aumento del estado de alerta y mejora subjetiva del rendimiento.

La Royal Air Force británica distribuyó bencedrina de forma rutinaria a sus pilotos de bombardero durante las misiones nocturnas sobre Alemania. Los vuelos de ida y vuelta podían durar entre ocho y doce horas, y los pilotos necesitaban mantenerse plenamente alerta durante todo el trayecto, especialmente en las fases de aproximación al objetivo y de evasión de la artillería antiaérea y los cazas nocturnos alemanes.

El ejército estadounidense fue más cauto inicialmente, pero terminó adoptando la bencedrina a gran escala a partir de 1942. Durante la campaña del norte de África, el general Dwight D. Eisenhower autorizó la distribución de tabletas de bencedrina a las tropas, y la práctica se extendió a todos los teatros de operaciones. Se estima que las fuerzas armadas estadounidenses consumieron más de 200 millones de tabletas de bencedrina durante la guerra.

Los pilotos de caza y bombardero estadounidenses eran los consumidores más frecuentes, pero la infantería también recibía bencedrina antes de operaciones que exigían periodos prolongados sin descanso. Durante la Batalla de las Ardenas en diciembre de 1944, soldados estadounidenses que llevaban días combatiendo en condiciones extremas de frío y agotamiento recurrieron masivamente a las anfetaminas para mantenerse funcionales.

Japón y las píldoras del espíritu

El Japón Imperial desarrolló su propia versión de los estimulantes militares bajo el nombre comercial de Philopon (metanfetamina), que fue distribuida sistemáticamente a los pilotos kamikazes, a los trabajadores de las fábricas de armamento y a las tropas en primera línea. La cultura militar japonesa, con su énfasis en el sacrificio y el desprecio por la muerte, encontró en la metanfetamina un complemento químico para la doctrina del bushidō.

Los pilotos kamikazes recibían inyecciones de metanfetamina antes de sus misiones suicidas, una práctica que combinaba el adoctrinamiento ideológico con la manipulación farmacológica. La droga eliminaba el miedo y la duda, reforzando la determinación de los pilotos en las horas previas a estrellarse deliberadamente contra los buques aliados.

La producción industrial japonesa también dependía de los estimulantes. Los trabajadores de las fábricas de municiones recibían metanfetamina para mantener turnos de trabajo de hasta 18 horas diarias en las fases finales de la guerra, cuando la producción bélica debía compensar con horas humanas lo que no podía igualar en tecnología.

La consecuencia más duradera del uso militar de la metanfetamina en Japón fue la epidemia de adicción que devastó al país en la posguerra. Millones de pastillas de Philopon almacenadas en depósitos militares fueron vertidas al mercado negro tras la rendición, y en los años 1950 Japón sufrió una crisis de drogadicción que afectó a cientos de miles de personas.

La morfina: el dolor de la guerra

Si la metanfetamina y la bencedrina eran las drogas de la acción, la morfina era la droga del sufrimiento. Todos los ejércitos de la SGM utilizaron morfina como analgésico principal para tratar a los heridos en el campo de batalla, y su uso masivo generó una epidemia de adicción que afectó a decenas de miles de veteranos en la posguerra.

Las jeringas autoinyectables de morfina, conocidas como syrettes, formaban parte del equipo médico individual de los soldados estadounidenses y británicos. Un soldado herido podía administrarse una dosis de morfina para aliviar el dolor mientras esperaba la evacuación, una innovación médica que salvó vidas y redujo el sufrimiento pero que también expuso a millones de combatientes a una sustancia altamente adictiva.

Los hospitales de campaña y los puestos de socorro consumían cantidades enormes de morfina para tratar a los heridos graves. En operaciones como el Día D o la Batalla de las Ardenas, donde los heridos se contaban por miles en cuestión de horas, la morfina era literalmente un recurso estratégico cuya escasez podía ser tan grave como la falta de munición.

Un legado incómodo

El uso generalizado de drogas durante la SGM es un capítulo de la historia que durante décadas fue minimizado o ignorado por la historiografía oficial. Las narrativas heroicas de la guerra preferían presentar a los soldados como guerreros movidos por el patriotismo y el deber, no como consumidores de estimulantes químicos que a menudo no tenían opción de rechazar.

La publicación de investigaciones recientes, especialmente el libro del periodista alemán Norman Ohler, ha reavivado el interés por este tema y ha obligado a reconsiderar algunos aspectos de la historia militar de la SGM. La Blitzkrieg alemana, por ejemplo, se entiende de forma diferente cuando se tiene en cuenta que los soldados que la ejecutaron estaban bajo los efectos de la metanfetamina: su velocidad y agresividad no eran solo el resultado del entrenamiento y la doctrina, sino también de la farmacología.

El legado más duradero de la guerra de las drogas fue la epidemia de adicción que afectó a los veteranos de todos los bandos. Miles de soldados regresaron del frente dependientes de la morfina, las anfetaminas o ambas, enfrentándose a una sociedad que no estaba preparada para entender ni tratar la drogodependencia. La SGM no solo destruyó cuerpos y ciudades: también envenenó a una generación de combatientes con sustancias cuyas consecuencias perseguirían a los supervivientes durante el resto de sus vidas.