Antes de la SGM, una simple herida de metralla podía ser una sentencia de muerte. No por la herida en sí, sino por la infección que la seguía. La gangrena, la septicemia y otras infecciones bacterianas mataban a más soldados que las propias balas, como documenta la historia de la medicina de guerra . Todo cambió gracias a un hongo descubierto por accidente en 1928, un equipo de científicos obsesionados con producirlo a escala industrial y la urgencia desesperada de una guerra mundial. La penicilina no solo salvó cientos de miles de vidas en los campos de batalla: transformó la medicina para siempre.

El descubrimiento accidental
En septiembre de 1928, el bacteriólogo escocés Alexander Fleming regresó de vacaciones a su laboratorio en el Hospital St. Mary de Londres y descubrió algo inusual. Una placa de Petri con cultivos de estafilococos había sido contaminada por un moho. Alrededor de la colonia de moho, las bacterias habían muerto, dejando un halo limpio. Fleming identificó el moho como Penicillium notatum y denominó "penicilina" a la sustancia antibacteriana que producía.
Fleming publicó sus hallazgos en 1929, pero no logró purificar la penicilina en cantidades suficientes para uso médico. La sustancia era inestable, difícil de aislar y se degradaba rápidamente. Fleming, más bacteriólogo que químico, abandonó la investigación activa, aunque nunca dejó de creer en el potencial de su descubrimiento.
Durante una década, la penicilina fue poco más que una curiosidad científica. Los laboratorios farmacéuticos no mostraron interés: las sulfamidas, descubiertas en 1935, parecían resolver el problema de las infecciones bacterianas de forma más práctica. Nadie imaginaba que una guerra mundial convertiría aquel moho olvidado en el medicamento más importante del siglo.
Florey y Chain: de la curiosidad al medicamento
El salto decisivo lo dieron Howard Florey, un patólogo australiano, y Ernst Boris Chain, un bioquímico alemán refugiado del nazismo, en la Universidad de Oxford. En 1939, Florey y Chain retomaron la investigación sobre la penicilina con el objetivo de purificarla y demostrar su eficacia clínica.
El trabajo fue titánico. Chain logró aislar y purificar la penicilina en cantidades minúsculas, suficientes para las primeras pruebas en ratones infectados. Los resultados fueron espectaculares: ratones inyectados con dosis letales de estreptococos sobrevivían si recibían penicilina, mientras que los no tratados morían en horas.
El primer ensayo en humanos tuvo lugar en febrero de 1941. Albert Alexander, un policía de Oxford, se había arañado la cara con un rosal y desarrolló una infección masiva que le estaba matando. Se le administró penicilina y su estado mejoró dramáticamente en veinticuatro horas. Sin embargo, las reservas se agotaron antes de completar el tratamiento y Alexander falleció. La lección fue dolorosa pero clara: la penicilina funcionaba, pero hacía falta producirla en cantidades enormes.
La carrera por la producción masiva
Gran Bretaña, sometida al bombardeo alemán y con su industria al límite, no tenía capacidad para escalar la producción. Florey viajó a Estados Unidos en 1941 con muestras del hongo y convenció al gobierno estadounidense de que la penicilina podía salvar miles de vidas en los campos de batalla.
El Departamento de Agricultura de Estados Unidos se volcó en el proyecto. En el laboratorio de Peoria, Illinois, los científicos descubrieron que un melón cantalupo comprado en un mercado local portaba una cepa de Penicillium chrysogenum que producía doscientas veces más penicilina que el hongo original de Fleming. Esta cepa, conocida como NRRL 1951, se convirtió en la base de toda la producción mundial.
Se desarrollaron métodos de fermentación profunda en tanques industriales, sustituyendo el método superficial en bandejas que Florey había usado en Oxford. Veintiuna empresas farmacéuticas estadounidenses, incluyendo Pfizer, Merck y Squibb, participaron en el esfuerzo bajo coordinación gubernamental. La producción pasó de cientos de millones de unidades en 1943 a más de seiscientos mil millones de unidades mensuales en 1945.
El Día D y los campos de batalla
La penicilina llegó al frente justo a tiempo para las grandes batallas de 1944-1945. Durante el desembarco de Normandía en junio de 1944, los médicos militares aliados dispusieron por primera vez de suministros suficientes de penicilina para tratar las heridas de combate. El impacto fue inmediato y cuantificable.
En la Primera Guerra Mundial, la tasa de mortalidad por heridas infectadas era del dieciocho por ciento. En la SGM, gracias a la penicilina, cayó por debajo del uno por ciento. La diferencia se medía en cientos de miles de vidas. Los cirujanos militares podían ahora operar con la confianza de que las infecciones postoperatorias, antes casi inevitables, podían controlarse.
Los hospitales de campaña se transformaron. Antes de la penicilina, los heridos graves con infecciones eran casos casi perdidos que consumían recursos médicos durante semanas o meses antes de morir. Con el antibiótico, muchos de esos heridos se recuperaban en días y podían ser evacuados o incluso devueltos al servicio.
La penicilina también cambió las tácticas quirúrgicas. Los cirujanos militares se atrevieron a realizar operaciones más agresivas —extracción de metralla profunda, reparación de órganos internos— sabiendo que la infección postoperatoria ya no era una sentencia de muerte casi segura.
El dilema ético de la distribución
La producción de penicilina, aunque creciente, no alcanzaba para cubrir todas las necesidades. Esto planteó dilemas éticos angustiosos. ¿A quién tratar primero: a los soldados heridos en combate o a los soldados hospitalizados por enfermedades venéreas?
La respuesta del mando militar fue pragmática y controvertida: se priorizó el tratamiento de las enfermedades venéreas. Un soldado con gonorrea tratado con penicilina podía volver al frente en días; un soldado gravemente herido necesitaba semanas de recuperación antes de ser operativo de nuevo. Desde el punto de vista estrictamente militar, tratar la gonorrea era más eficiente.
Esta decisión provocó un intenso debate moral. Florey y otros médicos argumentaban que la penicilina debía reservarse para los heridos de guerra, no para soldados que habían contraído enfermedades por conducta imprudente. Churchill, informado del dilema, supuestamente respondió: "Este admirabilísimo medicamento no debe desperdiciarse. Debe utilizarse al máximo para los mejores resultados militares".
Un secreto de guerra
Los aliados trataron la penicilina como un secreto militar. Se tomaron medidas extraordinarias para evitar que Alemania y Japón accedieran a la tecnología de producción. Los envíos de penicilina al frente se realizaban en contenedores sin identificar y las técnicas de fermentación industrial estaban clasificadas.
Alemania intentó desarrollar su propia producción de penicilina, pero nunca logró las cantidades necesarias. Los científicos alemanes conocían las propiedades del moho —la investigación de Fleming era pública—, pero carecían de la cepa adecuada y de la capacidad industrial para la fermentación a gran escala. Alemania dependió de las sulfamidas durante toda la guerra, un antibiótico menos eficaz y con más efectos secundarios.
Japón tampoco logró producir penicilina en cantidad. La escasez de antibióticos en el ejército japonés contribuyó a la altísima mortalidad por heridas e infecciones en el teatro del Pacífico, donde las condiciones tropicales favorecían las infecciones.
El legado: la era de los antibióticos
En 1945, Fleming, Florey y Chain recibieron el Premio Nobel de Medicina por el descubrimiento y desarrollo de la penicilina. En su discurso de aceptación, Fleming advirtió proféticamente sobre el peligro de la resistencia bacteriana: si la penicilina se usaba en dosis insuficientes o de forma indiscriminada, las bacterias desarrollarían resistencia. Ochenta años después, la resistencia a los antibióticos es una de las mayores amenazas sanitarias del mundo.
La penicilina abrió la era de los antibióticos. Tras la guerra, se descubrieron y sintetizaron decenas de nuevos antibióticos —estreptomicina, tetraciclina, eritromicina— que transformaron la medicina. Enfermedades que habían sido mortales durante milenios —neumonía, tuberculosis, septicemia— se convirtieron en curables con una simple inyección o unas pastillas.
La historia de la penicilina en la SGM es también una historia sobre la capacidad humana de movilizar recursos ante la urgencia. Un hongo descubierto por accidente, ignorado durante una década, rescatado por dos científicos obstinados y producido a escala industrial por un país entero: esa secuencia improbable salvó más vidas que cualquier arma de la guerra. La penicilina fue, literalmente, el arma secreta contra la muerte.